Archivo del Autor: Francisco H. González

Muro (de papel) de las lamentaciones

El escritor sabe que a la página en blanco se viene llorado de casa. Pero a Vergílio hay ciertas cosas, se lee, que lo traen por el camino de la amargura.

106 Trabajar un libro hasta la minucia de una palabra. Y después el lector lo engulle todo deprisa para saber “de qué trata”. ¿Vale la pena mimar un vino para que se beba como un tintorro?

Pensar. Acantilado. 2006. Traducción de Isabel Soler

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kapital (Adolfo García Ortega)

Venía de la biblioteca leyendo por la calle un libro, Kapital, de poesía, qué importante son aquí las comas, y el relato de los hechos, en un ramalazo autobiográfico, es que sin venir a cuento, o mejor, viniendo, y a la altura de la Letanía de los retrógrados me empecé a reír, repitiendo una y otra vez entre bisbiseos Volved al pasado, captando así las miradas de la gente que al ver a un fulano andando por la calle, leyendo un libro a media voz y riéndose, generaba en su mirar una estampa no sé si aterradora pero cuando menos curiosa, y a medida que iba leyendo, jugándomela en cada paso de cebra, me extrañaba el aire de levedad de lo leído, el poco empeño por lo literario, de quien por las siglas de las siglas llamaremos A.G.O, como alguien que va camino de estar de vuelta de todo y pisotea las flores clamando La **** está sobrevalorada y cargando las tintas po(l)émicas contra los políticos, directivos televisivos, escritores infantilizados, la sociedad consumista, Trump, los reyes, la muchedumbre parlamentaria y un largo etcétera, sabiéndose a estas harturas de la película zorro viejo que no sabe nada o no sirve de nada saber, que todas las biografías las alienta el vacío, un vientecillo del más allá, en estos poemas que repiten las palabras como letanías, menos rimas que rimeros, que destierran los arabescos para arañar el papel con sacrilegios consensuados, con marbetes marca de la casa, destilando una bilis algodonosa si tal es concebible y cómo arranca el libro es la pregunta que toca en este final, pues con algo que cae por su propio peso y que todo aquel que haya manejado la biblia de la literatura sabe: En el principio fue Beckett. Pues eso.

Ya lo dijo Casimiro Parker. 2020. 80 páginas.

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Bazar (Emilio Gavilanes)

Leer es como
la luz entre tinieblas
¡oh¡ fértil Bazar

La escritura aquí como sumatorio de fragmentos, paradojas: Toda la noche el gallo cantando. Tras horas de intento, por fin acierta y amanece, confesiones: el miedo a las muchedumbres y las manifestaciones, reflexiones: El placer tiene algo de efímero que no tiene el sacrificio; El relámpago deja en evidencia la mentira de la noche, aforismos: Lo que no se ve, si se imagina, acaba por verse; El escritor que no tiene qué contar, o qué decir, tiene estilo, pensamientos: Cómo me gustaría que alguien escribiera el Libro del sosiego, aunque fuera con una décima parte de la inteligencia de Bernardo Soares, citas: La poesía es un faisán desapareciendo en la maleza (Wallace Stevens). Un puñado de hojas abigarradas bajo el título de Bazar, con el que Emilio Gavilanes (Madrid, 1959) dará salida a un material heterogéneo que me trae en mientes otras lecturas satisfactorias como El libro del desasosiego de Pessoa, Pensar de Vergilío Ferreira o El murmullo del mundo de Tomás Sánchez Santiago, por citar algunas, aunque cada texto es tan distinto como lo es su autor.

La escritura como un medio de acceder al pasado y evocar recuerdos, ya sean los juegos de la niñez, los arrumacos maternales, las horas de encierro escolar y la algarabía una vez fuera, el cuño que imprime la paternidad y las ausencias irreparables –Por muchos hijos que tengas, hasta que no mueren tus padres no sabes nada de la paternidad-, un pasado -el de la niñez- que Gavilanes ya había registrado en La primera aventura.

Como en Historia secreta del mundo lo ponderable aquí no son las grandes gestas ni hazañas ni batallas ni fechas que cambiaron el rumbo de la historia -presente ésta siempre, no obstante: En las ruinas de Cartago aún se oye a la caída de la tarde el entrechocar de los metales que la destruyeron– sino las notas a pie de página, el día a día del común de los mortales, a saber, el camino de la casa al trabajo y del trabajo a casa, los paseos por Madrid, por pueblos Zamoranos, los comentarios favorables a lecturas de Cunqueiro, Baroja, Azorín, Hemingway, Stevenson, Robert Graves y nada o poco favorables sobre Ferlosio, Henry James, o sobre obras como La Regenta; apuntes sobre la escritura de Juan Benet o sobre la escritura en general, como que la emoción debe ser el fin último de todo escrito o que la inteligencia es lo que conforma el estilo de todo buen escritor; el visionado de películas como El gatopardo, o de Berlanga, o del oeste, las más disfrutadas y listadas: Sin Perdón, El fuera de la ley, Los valientes andan solos, Las aventuras de Jeremías Johnson…, la mirada del autor se posa a menudo en el paisaje, en lo ajeno a la piel, así el escrutinio de las nubes, la luna llena, los ríos, las piedras pulidas -con el mismo brillo que tienen las palabras en la mente y que trasvasadas al papel se agostan, mudan mates, mundanas, prescindibles- los vientos, el palimpsesto sonoro urbano, el oír cantar a los pájaros en primavera -y la remisión a Thoreau-, las sardinas (este texto luminescente me trae a los labios la palabra ardora) una naturaleza enhebrada con el hilo de los haikus, a veces una deriva natural hacia lo etimológico, y así uno descubrirá que en latín los nombres de los árboles son femeninos y el de los vientos masculinos.

El autor busca un sentido y lo encuentra en la escritura, con la posibilidad que esta brinda de organizar una vida con las hechuras de un relato, una narración que le permitiría a uno verse desde el otro lado, su vida como algo explicable. Recordar es, sobre todo, un acto creativo. Al relatar, la gente crea, redacta, su vida (Svetlana Alexiévich). Y si no, invéntate a ti mismo. Cambia el relato y modifica los hechos. Anida en los textos la zozobra de la identidad, el qué somos, el qué nos constituye, la terminología de los átomos, las moléculas y el nucleo y el precario auxilio de la religión, la innecesitada inmortalidad, la unión de cuerpo y alma, ¿la existencia de esta última?, la materia y la conciencia como su destino inevitable.

Emilio presenta esbozos de posibles relatos y materializa alguno (uno horripilante, ambientado en el seno familiar sobre un secador volador rumbo a una bañera ocupada), ofrece microrrelatos (El hombre célebre imitaba tan bien, con tanta naturalidad, a sus imitadores que dejaba de parecerse a sí mismo), piezas humorísticas: Hace un calor irresponsable; Hay muchas películas que tienen guiones inadaptados; Qué mala suerte tengo, en los últimos quince años se me han muerto tres oncólogos; abunda en la naturaleza de los sueños porque estos forman parte de nosotros, nos explican, nos abren puertas, como hace el lenguaje con sus metáforas. Las palabras crean realidad al ser nombradas, al escribir este Bazar, el empeño del autor parece ser el de la portada: poner la aspiradora a todo trapo y en su vientre albergar máquinas de escribir, edificios, cerillas ardiendo, lapiceros, libros de latín, libros de piratas, botellines de cervezas, pétreos rostros de faraones, labios, gafas de sol, faros, máscaras, acantilados y parabrisas.

La succión, todo ese afán centrípeto, en el ser del lector equivale al arrobamiento de una revelación estética que lo sumirá en un estado próximo al sosiego, anclado, según el caso, por la gravedad de la experiencia.

La Discreta. 2020. 248 páginas