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Cosmos (Witold Gombrowicz)

Cosmos publicado en 1965 es un libro que me produce extrañeza, incluso rechazo, como las películas de Haneke, por eso me resultan adictivas. A medida que uno va leyendo va acumulando los interrogantes. Lo que Gombrowicz plantea parece una tomadura de pelo, una charada, una chaladura. Dos jóvenes polacos: Witold y Fuks, en una casa de huéspedes comienzan a desvariar fijando su atención en cosas absurdas: un pájaro ahorcado, un palito ahorcado, otro gato ahorcado (aquí Witold es protagonista en una serie letal (o inerte) que va generando ¿el azar?) embutido todo ello en algo que podemos calificar como misterioso. En la casa hay un puñado de personajes extravagantes. La palma se la lleva Leon. El yo narrador, Witold, es una montaña rusa. Va de lo macro a lo micro. Del fuera adentro. Del terrón al cielo. De una boca, la de Lena, a la de Katasia. De un ahorcamiento a otro. El hilo de su pensamiento es una goma que jugando le asesta reiterados zurriagazos. Establece Witold una conexión especial o incluso espacial con Leon: Berg. Leon está como las maracas de Machín y habla su propio lenguaje, como eso que hacíamos con las palabras cuando éramos críos y cambiábamos unas letras por otras o añadíamos terminaciones haciendo de la aliteración un arte. Me pregunto cómo sería para Sergio Pitol (al que Gombrowicz buscó tras leer su traducción al castellano de Las puertas del paraíso) traducir una ida de olla, tan dada a la experimentación con el lenguaje como la presente.

Cosmos es una novela, si esto es una novela, coral. El autor se lleva a sus personajes de excursión a la montaña: tres parejas de luna de miel, una pareja que lleva casada dos décadas, dos jóvenes desnortados y un cura perdido y desorientado que pasa a formar parte del grupo. Los diálogos de Gombrowicz así como las situaciones que crea son hilarantes de puro absurdas, su humor es muy particular y cuesta entrar, pero luego ya no hay escapatoria. Sobre este absurdo zigzagueante flotan pensamientos, afirmaciones !Cuando no tienes lo que amas, entonces ama lo que tienes¡, palabra de Leon. Te alabamos señor.

Creo haber escuchado en una conferencia que la palabra cosmética tenía la misma raíz semántica que la palabra cosmos que en griego significaba orden. Así tal Gual lo cuento.

Pero aquí no hay cosmos, orden ni concierto, por mucho empeño que ponga Witold en ordenar las concordancias, las relaciones, las sinergias, los ahorcamientos, sí desvarío, obsesión y desconcierto. Y un lector atropellado cuyos ojos como canicones son los de un emoticón plenos de asombro ¿o es estupor? con las neuronas hechas chicle de mascar. Y un final que nos deja !atención¡ ante un pollo. No, ahorcado no, pero sí muerto, en un plato. Ufff.

Sabemos que todos los caminos de la literatura conducen a EV-M y creo que fue a través del mismo como di con Gombrowicz. Y me da que esto va a ser el principio de una bonita amistad.

…al finalizar la lectura ya en la ducha mientras sacaba la diestra para abrazar el bote de gel miraba a mi derecha y veía un mosquito ascendiendo por la ventana le costaba lo suyo ascender y al poco rato volvía a caer que era un deslizarse y no sabía si echarle una mano o un dedo algo que de no hacer con precisión quirúrgica podría acabar con él espachurrado y prestaba atención a su esfuerzo denodado y veía lo fácil que sería acabar con él lo mismo de fácil que nos resulta a nosotros caer fulminados bajo el mazo del destino y el secador apagó el rumiar de mis pensamientos y cuando se disipó el vapor se desveló el misterio en el cristal de la ventana en posición oscilobatiente pues no se apreciaba mas que el edificio de enfrente inmaculado y pensaba entonces y ahora que Gombrowicz jugaba en su Cosmos al ahorcado con nosotros y que solo él sabía qué palabra tenía en mente y que nosotros por mucho que lo intentáramos al leer no haríamos más que ir dando palos de ciego…

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Ana de las Tejas Verdes. La llegada (L. M. Montgomery)

A principios del siglo XX la canadiense L. M. Montgomery escribió la saga Ana de Las Tejas verdes, que sería llevada luego a la televisión y al cine.

La llegada, con traducción de Ana Isabel Sánchez, es el primer título de la saga. Ana Shirley tiene 11 años, vive en un orfelinato hasta que dos hermanos deciden adoptarla. Se trata de un error porque ellos quieren un chico y a cambio obtienen una chica. Al hermano, llamado Matthew, la niña le cae bien desde el principio. A su hermana Marilla no tanto. La idea pasa por devolver a la niña al orfelinato, pero tras unos días de prueba, y cediendo al buen corazón de ambos hermanos, deciden adoptarla, no sin ciertas reservas.

Ana Shirley es todo un personaje, una niña dotada de una imaginación desbordante, intrépida, que no se achanta ante nadie ni nada, un espíritu libre que Marilla se ve en la necesidad de doblegar, o encauzar a través de la educación.
Como es de esperar las cosas no empiezan bien, Ana no sabe manejar los usos de la cortesía, la diplomacia, y le saca los colores a Marilla frente a sus amigas, o cuando Ana debe acudir al colegio y monta un pifostio, o miente haciendo una declaración falsa a fin de contentar a Marilla. Pero todos estos son pormenores que se pueden enmendar.
Los hermanos descubren en su interior sentimientos inéditos para ellos hasta entonces, algo parecido a la ternura, el afecto, el cariño. Las cosas que la niña les cuenta les hacen mucha gracia, pero también se entristecen cuando Ana llora como una descosida, pues la niña a pesar de ser muy echada p’alante también es muy susceptible y de lágrima fácil, como cuando en el colegio se mofan de su pelo rojo al que le llaman pelo de zanahoria (como la novela de Renard)

El personaje de Ana Shirley, o de Cordelia Shirley como le gusta a la niña llamarse a sí misma le permite a la autora censurar ciertas actitudes de los adultos mediante el proceder de Ana, quién tiene sus más y sus menos con los docentes, los párrocos, los adultos adustos, y con todo aquel dotado de escasa imaginación. Estas salidas de tono, o así le resultan a Marilla, analizadas un poco más al detalle no son tales, y esa es la transformación que experimentan Marilla y su hermano, que dejados llevar por la inercia, aceptan ritos, costumbres, tradiciones, jerarquías, sin pensar apenas en ellas, de una forma automática. La llegada de Ana, su mirada virgen, pone todo este entramado patas arriba, y esto es el gran logro de esta divertidísima novela.

El secreto de Lena (Michael Ende)

El secreto de Lena (Michael Ende)

Este cuento de 1991 titulado El secreto de Lena de Michael Ende, con traducción de Marinella Terzi, me recuerda a la película Cariño he encogido a los niños.

Lena es una cría a la cual le sienta bastante mal que sus padres no le obedezcan. Un buen día gracias a la hada Consolacion Interrogación se verá facultada para reducir el tamaño de sus progenitores -al ingerir estos es un mágico terrón de azúcar- cada vez que le lleven la contraria a la niña, a razón de un 50% de tamaño por cada desobediencia practicada. No tardarán apenas los padres en quedar reducidos al tamaño de una figurita, pasando, por ejemplo, las de Caín frente a un gato. Al principio a la niña todo esto le hace gracia, pero luego empieza a verle las orejas al lobo, pues se ve indefensa para hacer ella sola frente al día a día, y también a la noche si vienen truenos, sin el amparo y la protección de sus progenitores.

En este caso como lo que tenemos es una hada y no una bruja el desaguisado afortunadamente podrá revocarse, tornar todo a la situación inicial. Pero toda la magia conlleva un precio. ¿Estará Elena dispuesta a pagarlo?.

En este tipo de fábulas moralizantes todo acaba bien; los niños aprenden la lección y también los adultos. Algo que a fin de cuentas resulta tan sencillo como es acogerse al sentido común y ser flexible como el mimbre que se dobla antes que partirse, que partirse. Pues eso.

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Breve elogio de la errancia (Akira Mizubayashi)

Akira Mizubayashi hace en este ensayo un breve elogio de la errancia. El género ensayístico no deja de ser a su vez otra forma de errancia y tanteo.

Akira recurre al cine, la música, la literatura, a figuras como Kurosawa, Masaki Kobayashi, Natsume Soseki, Rousseau, Diderot, Rilke, Beethoven, Mozart…, para hablarnos de aquello que él entiende como errancia, apelando a la singularidad humana, y recuperando en su memoria momentos en los que determinadas personas ya sean profesores, alumnos o figuras familiares como su padre deciden enfrentarse al sistema, no como kamikazes dispuestos a inmolarse, sino como ciudadanos que se quieren libres y desoyen los dictados de regímenes totalitarios, y escuchan música a escondidas dentro de un armario, o aquel que está más dispuesto a acudir a una fuente termal que a preservar la foto del emperador en un colegio, como le tienen encomendado, o el soldado que está dispuesto a mejorar las condiciones de sus compañeros a pesar de las represalias, o el profesor (el propio Akira) que no está dispuesto a ejercer su posición de poder, como otros Gran profesores, para achantar y pisotear a otros compañeros.

Akira es consciente de que somos víctimas de un determinismo, en tanto que no elegimos dónde nacemos, tampoco a nuestros padres ni nuestra genealogía ni el país de nuestros orígenes étnicos o raciales, tampoco la época ni la fecha de nacimiento ni siquiera la lengua, a priori. Akira quiere huir de todo eso (con el escaso margen de actuación con el que cuenta), y lo hace sin moverse físicamente salvo sus breves estancias en Francia (esto me recuerda a lo que comentaba Hesse a su amigo Thomas Mann en su Correspondencia cuando el primero, al no poder salir de Alemania llevó a cabo una especie de exilio interior que fue su particular lucha contra el régimen totalitario nazi), y lo consigue en parte al adoptar otra lengua, la lengua francesa que pasa a ser para él la lengua paterna suya.

El libro ofrece detallados y sustanciosos comentarios sobre la obra de Kurosawa y en concreto de películas como Los siete samuráis en la que según Akira, su homónimo logra introducir en el imaginario político japonés cierta idea de República. Algo inaudito, ya que la idea de cuerpo estado-moral, es reemplazada por un cuerpo político que nace de la voluntad común de los individuos reunidos.

Akira traza las diferencias entre la cultura japonesa y la cultura francesa, y recurre para ello al significado de la palabra Okaerinasaï, para pasar a detallar lo difícil que le supone a cualquiera que no sea japonés formar parte de la cultura nipona, ya que los seres venidos de otra parte no tienen cabida en la misma. Si en Europa la sociedad política se presenta como el resultado de una decisión comunitaria y colectiva, como un conjunto de individuos reunidos, en Japón la comunidad nacional es más bien de esencia étnica en la medida en que está caracterizada por la permanencia y la pureza imaginarias de la sangre, nos dice Akira. Habla también de cómo la mentalidad nipona está marcada por lo presentista, solo interesa el ahora, y así se manifiesta por ejemplo esta fugacidad en la literatura a través de los haikus, sumado esto a un conformismo que mantiene en el poder a unos dirigentes que parecen empeñados en desmantelar los principios que inspiraron la Revolución Francesa de 1789, un pueblo que vuelve a votar a los mismos que propiciaron y evadieron cualquier responsabilidad en la catástrofe de Fukushima.

Akira se muestra desconcertado porque ve a su pueblo aletargado, con las conciencias adormecidas, entregado y dispuesto a integrar una “mayoría” sin oponer la menor resistencia ni espíritu crítico alguno. Y quizás de ese malestar surge este estupendo, errabundo y valeroso ensayo.

Gallo Nero. 2019. 143 páginas. Traducción de Mercedes Fernández Cuesta

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