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Mo Yan

Cambios (Mo Yan)

Comentaba el otro día El mapa del tesoro escondido, novela disparatada de Mo Yan que no me acabó de convencer. Ahora reincido con el Nobel chino y lo hago con Cambios, particular autobiografía escrita un par de años antes de recibir el premio de la Academia Sueca.

Mo Yan espiga de su pasado una serie de hechos acontecidos en su época escolar (incluyendo la expulsión del centro por una nadería), su paso por el ejército, su labor como profesor, sus comienzos en el mundo literario y su posterior éxito inmerecido (según el) y contrasta lo que fue, con lo que es ahora, los cambios del título y que el autor ha visto en la sociedad china durante estas décadas, desde su nacimiento a mediados del pasado siglo XX.

Me resulta curiosa la falta de pretensiones y aires de grandilocuencia de Mo Yan como memorialista, que se sustrae en su rememoración del pasado a cualquier atisbo de solemnidad y lo que le viene en mente y lo que nos refiere son episodios algunos muy graciosos como esa pelota de ping-pong que va a parar de la raqueta de una alumna, Lu Wenli, a la garganta de su profesor y contrincante que a un tris está de costarle a este la vida, si bien quiera el destino que más tarde acaben ambos esposados y luego ella viuda, o las andanzas de otro amigo de la escuela, He Zhiwu, buen negociante que sabrá sacar jugo a la coyuntura social y aprovechar la apertura del mercado chino, o las pretensiones de los chiquillos de conducir un camión (un Gaz 51 convertido en un personaje más) cuando fuesen mayores, cifrándose ahí sus ilusiones y esperanzas primeras, al tiempo que vemos como el pasar del tiempo irá disolviendo las capas sociales, pasando a ser estas algo más permeables tras la muerte de Mao, o las anécdotas relativas al rodaje de la película Sorgo rojo, ópera prima de Yimou, basada en la novela de Mo Yan que acercaría a los lugareños a las estrellas de cine chinas, las cuales como apunta Mo Yan no se daban tantos aires como las actuales.

Seix Barral. 2010. 128 páginas. Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard.

El mapa del tesoro escondido

El mapa del tesoro escondido (Mo Yan)

Cuando Mo Yan (Gaomi, 1955) recibió el Nobel dijo haberlo recibido por sus cuentos, se proclamaba cuentista y en dicho discurso además de hablar de su vida y de sus novelas, las dos caras de una misma moneda según él, intercaló también unos cuantos cuentos y en esta novela, mi primer acercamiento a Mo Yan, cuyo nombre traducido al castellano significa No hables -aunque hable por los codos- nos ofrece aquí una narración que irá anidando cuentos de todo tipo y de todas las épocas.

Aflora la escatología, ese cacaculopis que se plasma en pedos nauseabundos en un autobús, excrementos albardando unos intestinos para darles sabor antes de ser degustados, excrementos que han de ser ingeridos a modo de castigo, pelos de tigre que aparecen en una jiaozi, etc. Mo Yan se pitorrea tanto de los cuadros del gobierno como del funcionariado inoperante y mediante la conversación de dos amigos que se vuelven a encontrar pasados los años frente a un plato de jiaozi hablan de lo humano y de lo divino, y deviene puro disparate (todo lo que se cuenta es verdad y nada de lo que se cuenta es verdad, se nos avisa al comienzo) y se consuma al final el absurdo, hasta traer por los pelos -del tigre- el mapa del tesoro escondido del título.

Tendré que leer algo algo más de Mo Yan para cogerle el punto. No me veo capaz de afirmar que la lectura me haya dejado un buen sabor de boca, pero sí tengo claro que me bajo ahora mismo al japonés de la esquina a echarme a la buchaca media docena de gyozas.

Kailas editorial. 2017. Traducción de Blas Piñero Martínez. 113 páginas.

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El invisible (Ge Fei)

El invisible es la primera novela traducida al castellano del escritor chino Ge Fei (Jiangsu, 1964), merced a la editorial Adriana Hidalgo y con traducción a cargo de Miguel Ángel Petrecca. Seguimos durante un año los pormenores de un audiófilo que construye sistemas de sonido, profesión camino de la extinción, con la que se gana la vida. En lo personal está divorciado y no tiene hijos, vive con su hermana, desprecia a su cuñado y quiere independizarse. Lo que brilla en las páginas es ora el humor, ora la ironía lacerante y la narración emboscada en un día a día, gris y monocorde, como todo sonido reproducido también sufre altibajos y a los momentos hilarantes y más jugosos (como esos puyazos contra cierta intelectualidad o esos mafiosos a quienes su dinero les permite tener “lo mejor del mercado”, sin ser capaces de apreciar nada de lo que atiborra sus existencias) se suceden otros más tediosos, o así se me antojan aquellos en los que el narrador diserta sobre características técnicas de esos equipos de sonido con los que trajina y que le pirran. Hay múltiples referencias a la cultura occidental, así que el que espere aquí encontrar algo del estilo de vida chino no lo encontrará (o no en gran medida), más allá de la cartografía urbana que explicita Cui en su deambular, en la compraventa de aparatos de sonido, pues Ge Fei trasciende las fronteras de su país y el espíritu del narrador, un tal Cui, es extrapolable a cualquier parte del globo, pues este Cui va contracorriente, anhela sentimientos globales como la tranquilidad, el que le dejen a uno en paz, el arrullo del lenguaje universal que es la música brotando por unos altavoces solventes, el amor, alimento que seguirá buscando tras su experiencia fallida en su primer matrimonio y anunciada por su difunta madre, en el regazo de otra mujer, que abocará la narración a lo misterioso, a ese suspense brumoso, con hechuras de cuento final moralizante, a saber, pues como ya dijo (si llegó a decirlo) hace tres siglos Voltaire, vivimos en el mejor de los mundos posibles, por lo tanto, y concretando, la vida –y a pesar de los pesares- según Cui es también maravillosa.