Sentía curiosidad por leer esta historia, la de una niña gallega que con ocho años es reclamada por sus padres, y debe dejar a sus abuelos en España para trasladarse a Venezuela, a Caracas. Según leemos, la ciudad sería para la entonces niña una cárcel, un manicomio, una isla del tesoro, una sala de fiestas y finalmente un paraíso perdido.
Leído así, en las primeras páginas del libro, la cosa promete. Pero a medida que avanzo en la lectura la niña se transforma en bruma, en venero intermitente, se ve aplastada por el peso de la historia y la presencia de la autora, donde se explica más que se cuenta, de tal manera que la niña, y lo que esta siente, piensa y toda la transformación que opera en ella, quedará diluida entre cifras, datos, y reflexiones que se apartan de la niña para convertirse en un ensayo. Es entonces cuando el hilo narrativo se pierde, la tensión disminuye y lo conseguido se me desvanece.
Me resultaba interesante saber qué siente una niña de ocho años que es española y poco a poco se siente venezolana, pero que al no renunciar a su nacionalidad española no puede ni siquiera votar en Venezuela, el cambio de familia, de continente, de costumbres…
Me interesaba la novela porque mi historia familiar también se nutre de exilios y migraciones, precisamente en Caracas. Y de la misma manera que unos regresaron, otros familiares se afianzaron allá y echaron raíces y sufrieron los vaivenes económicos y los cambios de gobierno y el devenir de un país que gracias al petróleo podría haber vivido a cuerpo de rrey. Por eso el lenguaje que maneja Miriam me resultaba conocido, al haberlo oído tantas veces, aún hoy, por boca de mis parientes venezolanos, y ahí sí que había un hilo que me conectaba con la lectura.
La edad infinita
Miriam Reyes
Editorial Tránsito
2025
181 páginas
