Wp-Bolano-588

Mi carrera literaria (Roberto Bolaño)

Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad
también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,
Seix Barral, Destino…
Todas las editoriales… Todos los lectores…
Todos los gerentes de ventas…
Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro
para verme a mí mismo:
como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios. Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.

La carpa y otros cuentos

La carpa y otros cuentos (Daniel Sueiro)

La carpa y otros cuentos agrupa once relatos: Felipe “El Marciano”, Mientras espero, La cansera, Hay que cerrar, Horacio, Mi asiento en el tranvía, Hora punta, El hombre que esperaba una llamada, Al fondo del pozo, Algún día nos tocará a nosotros, Último viaje en un tren nocturno, El día que subió y bajó la marea y dos novelas cortas: La carpa y Solo de moto. Relatos y novelas escritas por Daniel Sueiro entre 1958 y 1977, galardonado, entre otros premios, con el Premio Nacional de Literatura en 1959 por su libro de relatos Los conspiradores.

El libro editado por Libros de Itaca (editorial creada en 2014 por Javier Serrano) es un claro ejemplo de la satisfacción que me deparan unos textos que aúnan con éxito forma y fondo. La lectura de estos relatos y novelas me sirve como aproximación a los años en los que España vivía todavía bajo una dictadura, a finales de los cincuenta, los sesenta y mediados de los setenta, si bien el Régimen aunque no tenga aquí una presencia determinante (era menester sortear la censura), y cada cual se buscaba (y ganaba) la vida como buenamente podía, o le dejaban, se irá filtrando en cada relato, en cada actitud, gesto y disposición ante el porvenir, para los personajes aquí retratados a quienes la vida les resulta todo menos fácil.

Lo que en mi opinión hace que estos relatos leídos hoy no pierdan vigencia es que se tratan temas universales y atemporales, a saber, En Mientras espero la narración es mera contemplación, la de alguien que mira, registra y nos cuenta lo que ve bajo un leve zumbido que es el llamamiento a un tal Antonio; Hora punta también se basa en la contemplación, una mirada fragmentada desde distintos puntos de vista, donde uno de los observadores que se sueña escritor trata de filtrar lo que ve para cristalizarlo sobre el papel, mudando las personas que ve en personajes tras calarlos y mejorarlos, si es el caso, con la inventiva; en El hombre que esperaba una llamada, podemos cambiar un desierto tartárico por una llamada que espera con ansia un hombre en un bar, una llamada que cifra simplemente la esperanza de que algo suceda, espera que deviene un llamamiento a acabar consumido, devorado, perdiendo el norte. Otro tanto sucede con Hay que cerrar, Horacio, donde un quiosquero mantiene viva la ilusión merced a una pareja joven que va todos los días a su local a tomar algo y comerse unas papas fritas. La cruda realidad se manifiesta de forma violenta, aunque él no lo sepa, pero nosotros sí, y veremos qué es lo que motiva a los jóvenes a ir (durante una temporada) al quiosco horaciano y no a otro.

En la novela La carpa no me quitaba de la cabeza las imágenes de La Strada de Fellini. Aquí no es un circo, sino una suerte de compañía teatral ambulante, un puñado de artistas que van a la deriva, de pueblo en pueblo, hasta llegar a Valladolid, luchando contra un hambre que los quiere pulverizar, metidos en esto no para hacer negocio, sino como un medio de vida que van camino de perder.

En la otra novela, Solo de moto, tenemos un flujo de conciencia o de inconsciencia pues el protagonista deja el viernes a la tarde los madriles para irse en su Ducati 48, La Ponderosa, rumbo a la costa, a Torremolinos, en busca de las suecas. Su viaje es toda una Odisea, pues la moto no va más allá de los 70 kilómetros a la hora y las carreteras no son las de hoy. El viaje es un ir devorando kilómetros a paso de burra, acopiando recuerdos, donde aparecen los emigrados, los que se quedaron en el pueblo, como la madre del motero, al que no se digna a visitar al pasar al lado de su pueblo. Hay muertos en la carretera, siniestros de todo tipo, reencuentros con amigos en gasolineras donde el viajero bebe alcohol sin tasa, para perderse luego en la inmensidad de la carretera, sufriendo un pinchazo y comprobando que lo de las suecas es mera propaganda, que se le va el finde en la carretera, para como los niños en el patio del colegio, tocar la pared y regresar, así hará él cuando vea el mar a la altura de Málaga, después de día y medio conduciendo. Darse la vuelta sin haber tocado el mar, ni a las suecas quiméricas, para el lunes a las ocho de la mañana estar de vuelta en el taller y vuelta otra vez a la rueda. Otra vez a empezar, siempre la misma historia, cada día siempre igual…

El fatalismo se manifiesta desde su título en Último viaje en tren nocturno. Fatalidad mediada por la bravuconería, la trapacería y el alcohol. El día que subió y bajó la marea es uno de mis relatos favoritos por su halo fantástico (que cada vez lo es menos) y su mensaje. Vemos cada día que aprendemos muy poco de nuestros horrores. Despunta el humor gamberro en Mi asiento en el tranvía, ante un situación cotidiana, como la de ver cómo un joven no cede su asiento en su tranvía a nadie. Nada es lo que parece. O sí. O no. Magnífico relato.
La cansera es el agotamiento que siente un hombre vencido, quien tras cometer un crimen y llevarse por delante al capataz, y pasar toda la noche por ahí en la compañía de un amigo, viendo Madrid desde los desmontes, regresa a casa sin energías para huir, esperando lo que el destino le depare.

Lo literario, centrado en sus artífices se condensa en el relato Al fondo del pozo, donde unos cuantos literatos, intelectuales, gente de la cultura, se amontonan en un edificio para lidiar con la exasperante burocracia administrativa y sus múltiples colas y trámites, que al final les expedirá (tarde y mal) unos cheques por los servicios prestados. Dinero que como se ve, a algunos como el protagonista, les quema en las manos y lo pierden prontamente abrevando en la barra de cualquier bar. El pozo como metáfora de la ciénaga social en la que todos ellos menudeaban es muy acertada.

Para abundar más en la obra de Daniel Sueiro (1931-1986) recomiendo leer el prólogo, obra de Fernando Valls.

el-marne

El Marne (Edith Wharton)

El Marne (batalla clave en la Primera Guerra Mundial) es una novela de apenas 70 páginas (publicada por la Isla de Siltolá, con traducción de José Luis Piquero. El libro además de El Marne comprende otros dos relatos: El ajuste de cuentas y La campanilla de la doncella) escrita por Edith Wharton (1862-1937) en 1918, año del armisticio, con el que finalizaba la Primera Guerra Mundial, cuyo centenario se celebró en el día de ayer

El protagonista es Troy, un joven americano que desde que tiene seis años se embarca cada mes de junio en Nueva York en travesía hacia Francia, donde pasará cuatro semanas muy dichosas.

Esos viajes reiterados en el tiempo, y a medida que Troy va creciendo le hacen ir amando el país galo. Monsieur Gantier se convertirá en una suerte de padre espiritual, cuyas palabras este bebe con ansia.

La satisfacción con uno mismo es la misma muerte, había dicho. Francia es el país-fénix que siempre resurge de las cenizas de sus errores reconocidos”.

El amor que algunos americanos sienten por el viejo continente, y por Francia en concreto, se manifiesta en todo su esplendor en las palabras que Wharton pone en boca del narrador:

Troy pensaba lo maravilloso que debía ser llevar ese extenso y exquisito pasado en la sangre. Cada piedra que Francia había labrado, cada canción que había cantado, cada nueva idea que había expuesto, cada belleza que había creado en sus mil años fructíferos eran un nudo entre ella y sus hijos. Todas esas cosas eran más gloriosas que sus batallas, porque era gracias a ellas que toda civilización le era propia, y nada que la concerniera podía concernirla solo a ella”.

Sea que los años pasan y Troy se ve en Francia el año que estalla la primera guerra mundial. Habida cuenta de su temprana edad no puede combatir con los aliados y se vuelva a los Estados Unidos con la cabeza gacha.

En América, Troy comprueba cómo sus compatriotas ven la guerra en Europa con frialdad y distanciamiento, como algo que deben solucionar los franceses y los alemanes, donde los americanos han de mantenerse neutrales. La guerra es vista como un espectáculo, o así piensa Troy que la viven algunos. Cuando su familia debe dejar Francia al estallar la guerra, comprueba la falsa hipocresía de aquellas mujeres que se quedaron en Francia para ayudar, según ellas, cuando Troy constató que no veían la hora de volver a su país. Troy reprueba a su vez a muchas mujeres vayan a la guerra buscando vulgares emociones. Los americanos escuchan las historias de los que van llegando de Europa con novedades, tal que las aventuras de Troy y su familia en Francia caducan languidecen prontamente en el interés de sus escuchantes.

De Gantier, Troy quiere asimilar en su proceder, la crítica, el análisis y el inconformismo de este. De esta terna lo que más mella hará en Troy es su inconformismo, que llevado a la práctica pasa por ir a hacer la guerra a Europa y pelear codo con codo con los soldados franceses. Sueño que verá finalmente cumplido, aunque quizás no como este esperaba.

La novela de Wharton escrita, podríamos decir, con el olor a pólvora en los dedos, es interesante porque describe los hechos prácticamente cuando estos suceden, poniendo negro sobre blanco la hipocresía americana de ciertas clases sociales, el ánimo belicista (alimentado por la necesidad de ¿tener algo que relevante e incontestable que contar a sus nietos? ¿hacer un mundo mejor? ¿soltar la adrenalina acumulada en la mocedad?) de jóvenes como Troy, y la pregunta que procede hacernos, en el caso de apostar a pies juntillas por el anitibelicismo: ¿qué hubiera pasado si los americanos no hubieran intervenido ni en la primera ni en la segunda guerra mundial? ¿Qué mundo tendríamos hoy?.

Lecturas periféricas

14 (Jean Echenoz)
1914 El año que cambió la historia (Antonio López Vega)
La canción del cielo (Sebastian Faulks)

www.devaneos.com

Jules (Henri-Pierre Roché)

Hay una literatura proclive a la voluptuosidad. Una placentera sensación al leer, como la de sentir que te pasan un plumero por la cara y se entremezclan entonces el placer y el escalofrío. Así, los seis relatos (Jules, Los papeles de un loco, Un coleccionista, Soniasse, El señor Arisse, Un pastor) de Henri-Pierre Roché (1879-1959), publicados por Errata Naturae con traducción de Vanesa García Cazorla, ofrecen estas sensaciones de manera sutil y elegante.

Unos relatos se cierran de manera muy explícita como sucede en Jules, Los papeles de un loco o Un coleccionista. Otros, la mayoría, son finales abiertos a la interpretación como Un pastor, donde se suceden acontecimientos un tanto inexplicables, con ovejas dando vueltas como derviches, azuzadas por la sed y en manos de un pastor al que parecen faltarle varios tornillos y que las va ultimando entre brote y brote. Esa voluptuosidad que comentaba se manifiesta en esos hombres que anhelan, fantasean y sufren con la idea del cuerpo femenino (con su afán de poseerlo entrando en él) y los goces que no obtienen de ellos, aunque los tengan ahí mismo (detrás del tabique) como le sucede al protagonista de Soniasse. Voluptuosidad y deseo que llevado a la práctica y por exceso puede conducir a la locura al protagonista de Un coleccionista, para el que no existe más tragedia que no poder seguir disfrutando del goce carnal. Relato que ofrece esa dualidad entre el amor carnal y la voluptuosa amistad (Cuando digo amigo, no lo digo por decir […] Me había despertado una de esas profundas simpatías, tan raras en mí, que jamás me habían defraudado […] Yo me preguntaba por qué quería a este amigo, por qué las cosas sencillas que él me decía tenían para mí tanto valor, pero no encontré otra respuesta que la vieja contestación de Montaigne: Porque es él). En otra vuelta de tuerca, Roché integra los avances técnicos con el deseo sexual no satisfecho, para brindarnos El señor Arisse, ese tipo de relatos envueltos en un halo fantástico que por mucho que se relean resultan herméticos. Los papeles de un loco es una gozosa ida de olla, donde se alterna la transición de un zumbado que pasa de serlo TODO, y tras la cópula, a los puntos supresivos, a la NADA

www.devaneos.com

Vidas escritas (Javier Marías)

La posteridad cuenta siempre con la ventaja de disfrutar de las obras de los escritores sin el incordio de padecerlos a ellos.

Javier Marías

Vidas escritas es el primer libro de Javier Marías que comento en el blog. Leí, creo que con agrado, en los noventa, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí, pero como esta autobiografía de papel virtual mía comienza su andadura en 2006 no hay registro de los mismos.

Para los griegos no existían las calendas. Así que dejar algo para las calendas era para los romanos una invitación para echarlo en saco roto. Charlaba la otra noche con un amigo, curiosamente, en el café Calenda, cuando me habló con entusiasmo de estas Vidas escritas de Marías. Hice propósito de leerlo, de no posponer su lectura, y aquí estamos. Me hice con un ejemplar de Siruela de 1992, con la foto en la portada del rostro de un jovencísimo Marías.

Por trazar alguna clase de paralelismo, diré que estos ensayos literarios de Marías en los que habla de escritores muertos y ninguno español: Faulkner, Conrad, Isak Dinesen, Joyce, Henry James, Tomasi di Lampedusa, Conan Doyle, Stevenson, Turgeniev, Thomas Mann, Nabokov, Rilke, Lowry, Madame du Deffand, Kipling, Rimbaud, Djuna Barnes, Oscar Wilde, Yukio Mishima, Laurence Sterne, los compararía con el Examen de ingenios de Bonald, pues estas semblanzas van más allá de la bibliografía de sus artífices para ahondar en su forma de ser, empleando para ello anécdotas (que uno no sabe si son verídicas o no) con las que Marías arrima el ascua a su sardina, pues cuando nos habla de Joyce, Mann o Mishima estos no salen muy bien parados y ahí Marías afila el cuchillo, sin punta, en todo caso, ya que lo que prima en estas semblanzas que se leen y paladean, es el humor y la ironía que gasta Marías para acercarse a estos prohombres (¿cuál es su término equivalente para las mujeres?) de las letras, muchos de ellos muy pagados de sí mismos, bajándoles de su pedestal y envolviéndolos en un manto mucho más prosaico, y entonces Lampedusa cree que su Gattopardo es una porquería, Joyce se nos destapa como coprófilo, Faulkner como alguien siempre deseoso de recibir cheques, vemos a un Rimbaud desencantado del arte (al que consideraba una tontería) y tomando cartas en el asunto, poniendo mar de por medio, para desaparecer del mapa literario tras su fulgurante aparición, hasta su muerte, a Stevenson tolerante con los crímenes más abyectos, a Barnes despreciando la admiración de Carson McCullers o yendo de madrugada a buscar por los bares de París a su amante Thelma Wood, un Nabokov para el cual todo era artificio, incluidas las emociones más auténticas y sentidas, a Mishima alcanzando su primera eyaculación al contemplar una reproducción del torso de San Sebastián, con unas cuantas flechas horadándolo, en un cuadro de Guido Reni, a Lowry siempre aferrado a una botella, chamuscando manuscritos y muriendo tocando el ukelele (o este era al menos su visión postrera y lapidaria)…

Este estupendo libro finaliza con el apartado Artistas perfectos que recoge las fotos de los escritores (no de todos) aquí abordados y de otros como Melville, Bernhard, Mallarmé, Baudelaire, André Gide, Borges, Beckett, Mark Twain, T. S. Elliot, Thomas Hardy, a los que si Marías les dedicara también otro libro como el presente, muchos nos llevaríamos una gran alegría, ya que en este sucinto apartado Marías solo apunta unos breves trazos basándose únicamente en las fotos, retratos o máscaras (en el caso de Blake) a su disposición, fotos que por otra parte permiten poner cara a nuestros autores faviritos, que como en el caso de Melville, según Marías es un personaje símbólico salido de sus propias obras.

Por otra parte, libros como el presente convierten en insoslayables lecturas que voy posponiendo como Habla, memoria, Viaje sentimental por Francia e Italia, Elegías de Duino o El bosque de la noche.