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El Club de las Cuatro Emes (Juan Ramón Santos)

En estos devaneos de vez en cuando realizo alguna incursión en los dominios de la literatura infantil o juvenil. El Club de las Cuatro Emes del escritor extremeño Juan Ramón Santos pertenece a la primera categoría. Obtuvo este año el premio Edebé de literatura infantil.

Cuatro compañeros del colegio de la misma edad -once años- cuyos nombres empiezan por la letra eme, crean el Club de las Cuatro Emes y tratan en la medida de lo posible, habida cuenta de su edad y de sus escasos recursos ayudar a la tendera de una tienda de chuches con el problema que sufre su marido: la ludopatía. Problema que no solo afecta a la víctima de esta adicción sino también a su entorno familiar y laboral.

El narrador nos irá dando cuenta de los planes de los cuatro niños para quienes esta misión se convertirá en toda una aventura que al lector de cualquier edad le resultará sumamente divertida, ya que el autor no abarata el lenguaje, y se permite algún juego de palabras que da mucho juego como aquel que acontece con la palabra «esclava«.
Otros términos como «guarrerías» para referirse a las chuches», «ojoplático» o «venirse arriba» registran el actual habla cotidiana y la comparecencia de los tigretones o las panteras rosas me llevan casi cuatro décadas atrás, hasta los años escolares.

La edad de los críos no les permite (en teoría) rebasar las barreras del parque llano, aunque su imaginación, además de servirles para fabricar motes a los adultos, que les va de perlas para su lenguaje en clave, les da alas para pergeñar cualquier industria y ese elemento, la mezcla de intrepidez e ingenuidad, lo maneja muy bien el autor. Los niños aprehenden el mundo desde esa edad vestibular hacia la adolescencia por boca del narrador.

No han de acabar todos los libros o cuentos con finales felices, o quizás sí, aunque a primera vista este no lo parezca.

Al igual que en su anterior novela, El síndrome de Diógenes, la historia se desarrolla en Pomares.

Lecturas de Café

Que alguien llene sus páginas de manchas de café, leyéndola en una sucesión de Cafés, a ser posible junto a una ventana. Esta es la recomendación que nos hace Antoni Martí Monterde, en el prólogo a su nueva edición, en su espléndido libro de ensayos Poética del Café. Un espacio de la modernidad literaria europea, editado por Hurtado & Ortega. Y yo en la medida de lo posible, lo he intentado.
Lecturas de Café

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sichel/hoz

Poema anónimo de 1900. Sichel/hoz. Poesía velada. Dédalo. Desafío. Palabras pesadas, sillares para construir versos mínimos, como este:

túneles del sueño
ratas

La hoz como un círculo en potencia. Todo es potencia y vida, segada y sesgada.

tras la poda
retoños
en las horcas

¿Quién narra? ¿Desde dónde?. No se nos dan muchas pistas. Eso sí, la muerte es implacable e inservible, se lee.

pájaros talados por el viento
abono estéril

lombrices
en la lluvia
sin ojos la piel

¿La piel del gusano, de la tierra?

Imágenes muy gráficas

cielo de hierba
cosecha de destrucción

La vida no vale nada, una insignificancia asumida

todo nudo del fruto/ovario
golpe del corazón/latido
de la nada

El ser (que) será postrero como ¿vaticinio, creencia, fe?

No es hoz el poema más alegre, aquí prima la destrucción, la muerte, la nada, las palabras como el filo de una hoz bien afilada y presta a lacerar a quien se arrime a estas hojas a la mínima. Lo exigible, porque la poesía o rasguña o no es.

Sichel/hoz
Traducción de Roberto Vivero
Ápeiron Ediciones
Año de publicación: 2021
80 páginas