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Un tiempo para callar (Patrick Leigh Fermor)

Podemos plantearnos la utilidad de los prólogos o podemos directamente leerlos y congraciarnos luego de haberlo hecho, como me ha sucedido con el de Dolores Payás, responsable también de la traducción.

Le envidio mucho a Payás por haber podido compartir ésta su tiempo con Patrick Leigh Fermor (PLF) al que fue a visitar a Grecia en 2009 y frecuentó luego hasta su muerte en 2011. Fruto de ese encuentro nació Drink Time (!que he de leer sin demora alguna!).

Comenta Dolores que un verano de agosto en Barcelona mientras caía el sol a plomo decidió ponerse con Fermor y acabó leyendo toda su obra completa, en inglés. Luego pensó que estaría bien volcar su obra al castellano, ponerla a nuestra disposición y así fue, tal que podemos leer hoy a Fermor en castellano gracias (entre otras) a Dolores, que por lo que veo se ha encargado también de la traducción de Roumeli para Acantilado. A mí me pasaba como a Dolores, pues tengo en casa cinco libros suyos y hasta el momento no me había dado por ponerme con Fermor, hasta hace un par de días que comencé, avancé y me deleité con Un tiempo para callar.

La única revolución pendiente es la del respeto, dijo Fernando de los Ríos, respeto como el que muestra este hombre y escritor exquisito, Patrick Leigh Fermor, no creyente, cuando decide irse a unos monasterios en busca de soledad, paz y quietud, que encuentra sobradamente. PLF ni critica, ni censura, sino que trata de entender, de ampliar su mirada y sus entendederas (ya de por sí bastante dilatadas pues el hombre fue sobrado de erudición y mundanidad desde muy joven, en su andar nómada y errabundo), y pone por escrito sus experiencias monásticas, al tiempo que ofrece datos históricos sobre los tres monasterios sobre los que versan este libro.

El acicate para leer este ensayo autobiográfico, además de querer leer a PLF hacía mucho, tiempo, fue este artículo de Dorenbaum artículo simplón a más no poder pero que cuenta al menos con unas fotos preciosas de José Manuel Ballester.

PLF describe su llegada a la abadía benedictina de Saint Wanderville en Normandía y cómo la paz, tranquilidad y silencio que anhela para poder escribir lo obtiene con creces, al tiempo que siente la soledad en toda su plenitud, al menos los primeros días, hasta que su cuerpo se adecua a su nueva situación, para luego constatar que descontadas las horas dedicadas a dormir -unas cinco- y el tiempo empleado para desayunar, comer y cenar, dispone casi de 19 horas para sí mismo, para escribir, pasear, leer, sustrayéndose así a los «automatismos agotadores y los cientos de ansiosas trivialidades que emponzoñan la vida diaria«.

PLF se pregunta cómo estos monasterios han superado todos estos siglos y han conseguido plantar cara a la modernidad, sin ser devorada por ella, siguiendo los monjes a rajatabla sus normas de apartamiento, de recogimiento, en sus votos de castidad, de silencio, entregados al ora et labora, ofreciendo su vida a la oración; oraciones que para ellos son necesarias y eficaces. Inevitable resulta la típica pregunta, ¿para qué sirve una vida contemplativa, de reclusión y oración?. Una vida que con los presupuestos utilitarios actuales nos puede parecer desperdiciada. PLF hila fino y si le damos la vuelta al planteamiento, los mismos que puedan afirmar esto, si dedicasen un ratito a conocerse a ellos mismos, y a examinarse, a ver en qué se les van las horas, los días y años, en pos de que objetivos y metas, llegarían sin esfuerzo a la conclusión de que no hace falta estar encerrado en un monasterio para dilapidar sus existencias, pero sin la calma, la tranquilidad, la templanza, de la que gozan los monjes para quienes su estancia en estos monasterios es un trampolín hacia la eternidad, monjes que lo único que lamentaban eran haber demorado tanto en el mundo antes de retirarse a la abadía.

Fermor permanece luego unos días en el monasterio de Solesmes camino del monasterio de la Gran Trapa al sur de Normandía, en este monasterio trapense se ve bien la dureza de la vida monacal, donde el ocio y la diversión son una rareza, donde la dieta consiste en raíces y tubérculos, sin probar carne, pescado ni huevos, donde seis meses al año rige un estricto ayuno, donde no hay celdas y duermen en jergones de paja sobre tablones desnudos de madera, sin calefacción, donde la regla del silencio es absoluta, día a día, donde se practica también la mortificación, la abstinencia, la humillación y el trabajo agotador. Todo esto no es óbice para obtener su justa recompensa: paz del alma, una suerte de divino rapto, indescriptible felicidad que un escritor trapense francés describe como un constante presentimiento del paraíso.

A la vista de todo esto Fermor se pregunta si además de los votos de pobreza, obediencia y castidad, no habría que sumar también el de la ignorancia, pues su fundador, Rancé, se declaró en aquel entonces enemigo del estudio.

Para ir al fondo del asunto, este párrafo aclara la cosas:

El secreto de la vida monástica, esa completa abdicación personal y encumbramiento de la voluntad de Dios que resuelve todos los problemas y conflictos y transforma una vida de agudos padecimientos externos en otra de paz y alegría, es algo que muy pocos ajenos al claustro pueden comprender de forma completa.

O este otro, al hilo del misterio de la vocación a la vida del Císter, con respuesta de su abad:

Es muy especial. Apto solo para ciertas naturalezas, pero son muy raras.

El último viaje lo emprende a la Capadocia, escenario de la cristiandad primitiva, en aquel valle de cáscaras vacías, donde Fermor dice que debemos imaginar a san Basilio, a san Gregorio Nicianceno, a san Gregorio de Nisa.

Fermor después de sumar unos cuantos meses en los monasterios, apaciguado y calmado, los abandona perplejo, lleno de incertidumbre, dice y humilde, se ve carente de autoridad para librar un veredicto sobre las condiciones y posibilidades de vida en aquella e invernal soledad.

Así describe Fermor su vuelta, con energías renovadas, a la vida diaria:

Al principio la abadía fue como un cementerio; el mundo exterior después me pareció, por contraste, un infierno de ruido y vulgaridad enteramente poblado de gamberros, fulanas y sinvergüenzas.

Que un ensayo de estas características me resulte subyugante de comienzo a fin, sólo se debe a una cosa, a la magnética prosa de Fermor que convierte la lectura de este libro, no en una experiencia religiosa y mística, pero casi.

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Paz, soledad, quietud

Allí no existían automatismos agotadores como conversar durante la comida, charlas banales, trenes que tomar, o los cientos de ansiosas trivialidades que emponzoñan la vida diaria. Incluso los principales motivos que causan culpa y ansiedad se esfumaron hasta perderse en lejanos limbos […] esta nueva dispensa me dejaba diecinueve horas diarias de absoluta y divina libertad. El trabajo se volvió más fácil por momentos y, cuando no está trabajando, estaba explorando la abadía y los parajes de los alrededores, o leyendo.

Un tiempo para callar (Patrick Leigh Fermor) con traducción de Dolores Payás

Estas reflexiones de Patrick Leigh Fermor fruto de su estancia en distintos monasterios me recuerdan a las palabras de Thoreau: “Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida”. Thoreau hablaba de sustraerse a las obligaciones autoimpuestas en las que se deslee nuestra existencia y PLF de las trivialidades que emponzoñan la vida diaria. De momento sirva este párrafo para tomarle el pulso a este vívido libro que me está entusiasmando ya desde su estupendo prólogo, de la también traductora del texto, Dolores Payás.