Archivo de la categoría: Literatura Española

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8.38 (Luis Rodríguez)

Solo hay mundo donde hay lenguaje

Heidegger

Pero volver y contarlo será maravilloso, canta Xoel. Vale para un viaje a la Patagonia y también para una novela. Conviene autoimponerse en nuestro beneficio algunas lecturas: Don Quijote, Ulises, Rayuela, La Odisea, La broma infinita (bueno, esta me la podía debía haber evitado), las de Luis Rodríguez (con esta ya son múltiplo de cinco las leídas y podemos añadir un relato incluido en la novela: La orcina )…y leerlas hasta al final sin mirar atrás -no porque nos sintamos émulos de Orfeo- hasta concluir la lectura y luego entonces, contarlo.

Leo 8.38 con ansia, con delectación, frente a esos personajes que exigen su derecho a ser bien contados, ante la huella -líquida o no- que dejan los personajes de ficción, que van construyendo una realidad alterna o simbiótica a la real, a la cual creo que llegan a desplazar; pues como se lee aquí todos los textos que abonan la narración son ficción, como todas las novelas mentadas, con una intensidad que casi nunca aplicamos a la realidad.
He disfrutado con la vena teatral, con esa Lotería capilar (como la Lotería de Babilonia de Borges) como un destino sustraído a la mano divina; con las ideas que aparecen ahí sobre el suicidio. Leí lo del suicidio de Roorda en su día y me gustó. Matarse es un acto de cobardía que exige mucho valor, nos dijo Kierkegaard. Creo que el empeño en suicidarse es asomar un pie al borde del precipicio sin saber muy bien qué fuerzas son las que nos retienen y prevalecen sobre las de signo opuesto; lo de suicidarse con los ojos abiertos, el empeño ahí en apurar la vida, son ese tipo de cosas que leídas, luego reverberan. Como las voces (o diálogos de otras novelas). Y esas piedras a lo Woolf.

-¿Vas a suicidarte?
-No, voy a matarme.
-Es lo mismo.
-No, matar lleva implícito un coraje que le falta al suicidio, y a mí, ahora, ese coraje me arropa.

Novela compleja sin complejos que supura literatura desde el minuto cero. No sólo el listado después del final de la novela, con un centón largo de escritores que podemos suponer han influido de algún modo a Luis (o quizás no, pues repasando el listado compruebo que la presencia de todos estos escritores atiende a un denominador común fúnebre: se suicidaron, parando sus relojes vitales por su propia mano). En el primer párrafo asoma ahí la conciencia y reflexión topográfica (el continente) de lo que se escribe y todo el entramado metaliterario en donde está por dilucidar quién escribe cada cosa, encaminándonos de esta guisa hasta el concepto mismo de ficción.

En la primera parte un tal Pablo, escritor, amigo de Luis, escribe sobre la imposibilidad de Luis de llevar a cabo la novela que tiene este en mente, sobre un brigada de la guardia civil y la búsqueda de dos hombres echados al monte (con la premisa de que uno de ellos será un infiltrado, identidad que el mismo autor desconoce, a fin de crear una atmósfera, la siempre pretendida verdad, sin asomo de artificio ni impostura), y luego cuando Luis se evapora va siguiendo sus pasos, hasta Soyube.
Novela que sirve a su vez como ¿biografía? de Luis (personaje) con el mismo nombre este que el autor de la novela.
¿Comparten ambos su poco interés por las relecturas?.

Algunos fragmentos ¿son la novela que Luis (personaje) quiere escribir? ¿es la voz del brigada que sale del texto y va por libre? ¿es la novela que Pablo escribe ¿en la cárcel?? ¿a quién ha matado? ¿Es el narrador confiable? ¿Es la muerte de un personaje o de alguien real? ¿El rincón propicia lo que la esquina no? ¿El suicidio consiste en dejar de escribir o es la imposibilidad manifiesta de poder hacerlo? ¿Por qué somos tan hijueputas que nos vemos impelidos a traicionar tan a menudo el espíritu conradiano de El copartícipe secreto?

Todo este aluvión de preguntas no va en detrimento de la obra, más bien al contrario, pues para decirlo con Piglia: Si tuviéramos que imaginar un relato en el que todo quedara claro, estaríamos fuera de la literatura.

Leo:

Luis es un gran escritor, pero no escribe. Luis no escribe porque sabe escribir. Perdona, lo he dicho mal: Luis no escribe porque sabe leer.

Y el humor, negro, muy negro, pero siempre presente en las novelas de Luis

-Hijo mío, ¿vas a suicidarte con esa ropa?

Si la novela fuera un cúmulo de textos ajenos (de Lucia Berlin, Novalis, Valéry, Nabokov, Dostoyevski, David Markson, Faulkner, Kundera, Karl Kraus, Flaubert, Stevenson, West…muy bien traídos, por cierto) sería sólo eso, pero la novela me parece muchísimo más (!qué importantes son los adverbios!), me hace gracia ver ahí algunas cosas como aquello de las edades que parece sacado de un test psicotécnico (aunque aquí los años que sumen unos y otros y los que se llevan importan poco ante un tempus fugit que se nos va con cada bocanada) y otro tipo de juegos y reflexiones científicas (la distancia a la que habría que situarse detrás la tierra para ver el sol, los números primos inferiores a 1000, la velocidad de los átomos y el calor…), vertidas en el texto por boca de personajes de lo más variopinto (como ese empleado de banca que se hace pasar por director atendiendo a los clientes en pelota picada oculto tras el mostrador; Lucía, la niña que entre los doce y los catorce violará reiteradamente a su progenitor o Jacinta que se cree un personaje, una creación de Luis).

Cierro el libro y pienso en Jacinta, Irene, Lino, Duval, Nuria (y sus piedras bucales), Valentín, Gabriel

Hay una literatura que encuentras porque te busca. Así 8.38

Editorial Candaya. 2019. 188 paginas

Luis Rodríguez en Devaneos

La soledad del cometa
novienvre
La herida se mueve
El retablo de no

Sánchez

Sánchez (Esther García Llovet)

Van cuatro: Las crudas, Mamut, Cómo dejar de escribir y ahora Sánchez. Las dos últimas novelas parece ser que forman parte de una trilogía, la Trilogía instantánea de Madrid. He tenido que mirar lo que escribí sobre Cómo dejar de escribir para situarme, porque las novelas de Llovet no dejan ningún poso en mí, pero a la vez reincido.

Instantánea (se abre a derivas fílmicas o visuales) es un epíteto que le va muy bien, pues en esta novela y en la anterior todo es fugaz (esa es la verdadera naturaleza de las cosas), como las estrellas que campan a sus anchas en la bóveda celeste. Los de abajo: Nikki, Sánchez, Bertrán, Filardi, Cromwell (un galgo del que dudo que suyo sea el mañana) llevan en sus bolsillos un vocabulario existencial consistente en el: trapicheo, menudeo, hurto, trile, consumo; las apuestas, la ingesta, recorren el Madrid, del extrarradio, se arriman a Mercamadrid (ese botín producto del saqueo diario del arca de Noé), mientras trasiegan las horas muertas en los chinos que nunca cierran, van en busca de una italiana, una tal Filardi para darle gato por liebre y endiñarle un galgo empastillado.

Esa única noche consume la novela (con algún apunte del pasado como el tiempo que Nikki y Sánchez pasaron juntos, si bien pasar puede consistir en que Nikki fuera su novia invisible) y al lector, que habría de leerla, antes de los alfilerazos del rosicler, a las cinco de la mañana, esas horas que existen pero no las mire nadie […] esperando sentadas a que se haga de día y pase algo de una vez. Ese es el ánimo. Esa sería la sensación de cansancio, precariedad, aburrimiento, expectativa, capaz de propiciarlo todo, incluso la nada más absoluta y fosforescente, ya que a veces, esa y no otra es la auténtica naturaleza de una novela.

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El fill del corrector | Arre, arre, corrector (Adrià Pujol Cruells, Rubén Martín Giráldez)

Me ha costado lo mío, porque tiene lo suyo, hincarle el diente a un libro tan correoso como el presente.
!Qué desfachatez lanzar (¿hablamos de libros o de sondas espaciales?) -hace ahora un año- un libro como este al mercado! !Qué osadía la mía, meterme en semejantes zambras, en tamaños berenjenales bilingües! Quizás sea (que no) que de moete oyera hasta la saciedad el Ne me quitte Pla, que ahora cuál cancerberoplavloviano oiga Pla y menee el rabo y me vea (en plano genital cenital) leyendo un libro en catalán, idioma que a pesar de hablarlo en la intimidad presidencial, leído, se me escurran las paraules , su sentido (y sensibilidad) y significado.

La última vez que hablé de Giráldez comentaba -por su naturaleza de tragasables- que se la estaba jugando y lo decía después de haber leído su Magistral, y no me refiero al personaje Clarineteregentiano, sino a aquel artefacto libresco cimero. En horror a la verdad, apuntar que no ha mucho que (re)tirado a la bartola me leí Vidorra, más que nada porque el traductor era el susodicho, aunque confieso que Nog no me gustaron en demasía.

Avancemos, no nos demoremos en el umbral, porque aquí he venido -es un decir- a hablar del libro escrito por Adrià Pujol Cruells (Begur, 1974), hijo del corrector intermitente de los textos de Pla, del que hasta la fecha no había leído nada. La “traducción” al castellano es obra -y gracia- de Giráldez y el libro, uno y trino (o tríada): porque al texto en catalán (a la izquierda) y en castellano (a la derecha) se adicionan (sí, enganchan) 114 notas al pie, o en medio, o íntegras, que aderezan/desplazan/usurpan/devoran el texto de uno y de otro, con un intercambio de impresiones/digresiones/circunvoluciones, entre el autor, el traductor y alguna esporádica de los editores, que dejan al menda esaurito pero satisfechísimo, como después de correrme una maratón sexual.

No sé cual es la forma óptima de leer este libro. Yo empecé leyendo solo la parte en catalán, en voz alta, a modo de letanía, pero como muchas cosas se me escapaban, aquello era como una misa en latín de la que me coscaba de la misa la media. Así que fui leyendo primero en catalán y luego en castellano, obviando las notas, luego lo retomé leyendo en catalán, en castellano y las notas tal como iban, diluyendo el texto, incorporándolo, con tal intensidad ocular que mis nervios se convirtieron en fibra -válgame la redundancia- óptica.

Al final Pla es la excusa de Adrià para hablarnos de su padre y de las tabarradas que éste les daba a cuenta del escritor al que corregía, para hablarnos de sus libros publicados, su carrera literaria, sus contactos y todo aquello que se es/cuece en el mundillo literario, del que está visto que hay que huir como de la peste negra. En este sentido está bastante manido que el protagonista de un libro sea un escritor que habla de su escritura, aunque aquí sea a modo autobiográfico, pero no siempre ocurre. Recuerdo cuando leí Mi vida al aire libre, que el vallisoletano, buen amigo de Pla, no hacía ninguna mención a su “faceta” de escritor, lo cual muestra un autodominio propio de un espíritu ciclópeo.

Giráldez que entiende la traducción como escritura (echen un ojo a Cómo me hice monja)
añade a su traducción párrafos de su cosecha, multitud de referencias a textos y autores, con ese gracejo inigualable suyo, codeándose ahí con Pujols, escribiendo por él, (hete aquí, inter nos, Giráldez, un autor vináceo de los que dejan lágrimas en la copa y en los ojos, de risa), con apuntes autobiográficos (ceñidos a lo libresco), y otros momentos más recientes como las movidas referendumianas.

Ante tanto cemento y tanta editorial ladrillar, autores como Giráldez con su labrar labor, han ido a la chita callando arando el campo semántico, inseminándolo, tal que ahora, de aquellos polvos estos log(r)os.

Los intrépidos y sagaces editores encargados de sacar adelante esta idea bilingüe, tan peregrina y deleitable como extravagante, no han sido otros que los muy refrescantes: H(2) & O

Hurtado & Ortega Editores. 2018. 206 páginas. Epílogo de Antoni Montí Monterde. Traducción Rubén Martín Giráldez

He traducido este texto al catalán echando mano de un traductor de chichinabo, el de google y el resultado es tan deplorable como mejorable. Si alguien osa a la encomienda (por la face, !bien sûr!), será bienvenido (por ahí está la dirección del correo) y su traducción apostillada al texto en castellano. Y ya puestos a viralizar estos devaneos, dicha propuesta la hago extensible a cualquier otra lengua distinta del castellano.

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El beso (Carmen Alcaraz del Blanco)

Lo mejor del verano es el beso que mi abuelo me regala cuando vuelve de nadar, antes de que los forasteros tiremos la toalla en la combustible arena. Es el primero a quien saluda la marea cada mañana, ahora que ya nadie faena y en las barcas crecen rebeldes los cardos y las castañuelas. Mi yayo ficha incluso los días de lluvia, porque del mar uno nunca se puede jubilar. Y, antes de acostarme, escuchamos juntos su colección de caracolas, donde todavía pervive el rumor de aquellas olas que nunca más volverán.

Su pelágica relación se inició al nacer, pues mi bisabuela dio a luz mientras recogía ortiguillas; así que antes de llorar, mi abuelo nadó. Su madre, temerosa ella, negaría posteriormente haber roto aguas, no fuera que la responsabilizaran del océano entero. Como era de esperar, dedicó sus años a la pesca y al arte del remiendo, pero de aquellos días de cofradía sólo habla entre fichas de dominó y vermut. Él fue quien me enseñó a nadar, a insultar como una pirata y a escupir en mis gafas de buceo; la Santísima Trinidad de todos los niños del mar.

En su beso madrugador siento su piel, más dura que la de una iguana, inmune a la ponzoña de las medusas, con arrugas tan delatoras como los anillos de una ostra. Siento su fuerza imperturbable, ajena al músculo, supeditada a la dignidad. Me moja la cara, me contagia de mar, me maquilla con salitre y me despierta ante la vida. Con este beso, entrega a plazos parte de su herencia, la intangible, la más valiosa.

En verano, cuando finaliza su travesía, mi abuelo refunfuña y gruñe. Le disgusta la huella de los que creen que la playa es solo recreo, le duele ver desatendido este escenario donde jamás cae el telón. Su única patria resplandecerá de nuevo en septiembre, cuando todos hayan desaparecido, incluida yo. Pero entiendo a mi abuelo, al fin y al cabo, él es el conserje del mar.

El texto helado. Seis escritores inspiran seis helados de Fernando Sáenz Duarte. Grate Ediciones Heladas. 2018.

Ulises (Ángel Olgoso)

Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dactílicos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.

Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica. Menoscuarto ediciones.

Lecturas periféricas | Celos (Ángel Herrero López)