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La excelsitud de lo breve

En el recuerdo de mis lecturas juveniles hay cuatro novelas cortas escritas por autores que más bien solían escribir novelas largas, cuatro novelas que al cabo de los años conservan toda su carga explosiva original, como si tras estallar en una primera lectura volvieron a estallar en una segunda y en una tercera lectura y así sucesivamente, sin llegar nunca a agotarse. Son, sin lugar a dudas, obras perfectas. Las cuatro hablan de derrotas, pero convierten la derrota en una especie de agujero negro: el lector que meta su cabeza allí sale temblando, helado de frío o cubierto de sudor. Son perfectas y son ácidas. Son precisas: la mano que maneja la pluma es la de un neurocirujano. Y son también una fiesta del movimiento: la velocidad de sus páginas hasta entonces eres inédita en la literatura de lengua española. Estas novelas son El coronel no tiene quién le escriba, de García Márquez, El perseguidor, de Julio Cortázar, El lugar sin límites, de José Donoso, y Los cachorros, de Vargas Llosa.

Esto nos cuenta Roberto Bolaño en su estupendo prólogo al libro de Vargas Llosa, Los jefes, Los cachorros.

El lugar sin límites, me falta de leer, pero las otras tres sí me resultaron magníficas.

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Sugerencias

Me pidieron el otro día sugerencias sobre novelas contemporáneas escritas por mujeres de corta extensión, alrededor de unas 200 páginas. Hice este listado. Ahí va.

Invierno de Elvira Valgañón (Logroño, 1977)
La mucama de Omicunlé de Rita Indiana (Santo Domingo, 1977)
Temporada de huracanes de Fernanda Melchor (Veracruz, 1982)
La perra de Pilar Quintana (Cali, 1972)
Las retrasadas de Jeanne Benameur (Ain M’lila, 1952)
La luz negra de María Gainza (Buenos Aires, 1975)
Permafrost de Eva Baltasar (Barcelona, 1978)
Un invierno en Sokcho de Élisa Shua Dusapin (Còrreze, 1992)
Muerte de un silencio de Clémence Boulouque (París, 1977)
La dimensión desconocida de Nona Fernández (Santiago de Chile, 1971)

Para una tumba sin nombre

Para una tumba sin nombre (Juan Carlos Onetti)

Leer a un autor muerto tiene algo siempre de homenaje póstumo. Como afirma aquí Aínsa, Onetti, apartado voluntariamente de los saraos e inmune a la corrosiva vanidad literaria, no tuvo nunca muchos lectores en vida. Después de su muerte creo que esto tampoco ha cambiado. Quizás todo esto tenga que ver con lo que afirma Ricardo Piglia en su libro Teoría de la prosa, a saber, la referencia política actúa como un elemento atado a una función interna en la historia, nada que ver con el agregado progresista de alguien que enuncia en un texto posiciones políticas para dejar contentas a ciertas redes de lectores o a ciertas buenas conciencias que necesitan que esos elementos circulen en un relato. Por otra parte como afirma también Piglia, Onetti aspira a que sus textos sean leídos solamente en relación a sus propios textos. Esto evidentemente presenta al lector ciertos inconvenientes, tal que te metes de lleno en el universo Onettiano de Santa María, y vas descubriendo los ecos, correspondencias, relaciones, solapamientos, en el espacio y en el tiempo de ese mapa en 3D o te quedas a dos velas.

Lo que presenta Onetti aquí es un texto autorrefencial, donde se van alternando el punto de vista del narrador con testimonios de otros personajes, en cuanto a unos hechos de los que podemos dudar de su veracidad, a cuenta de una mujer, Rita y un chivo blanco, presencia animal que nos puede recordar al gallo de El coronel no tiene quien le escriba. Rita se prostituye aquí para que al chivo, al muy cabrón, no le falte de nada. Bien puede ser esto falso, pues el narrador reconoce haber contado algunas deliberadas mentiras.

Sobre hechos inciertos y diferentes puntos de vista, Onetti emplea la narración para conocer, si bien el saber siempre es elusivo, correoso y aquí aún más. Lo que se me hace muy visible es la atmósfera opresiva, decadente, lúgubre, miserable, en la que transcurre la narración. Hay imágenes muy poderosas como aquellos momentos de la carreta camino del cementerio que me abocan a Mientras agonizo de Faulkner de quien bebe Onetti.

Teoría de la prosa

Teoría de la prosa (Ricardo Piglia)

Teoría de la prosa recién publicado por Eterna Cadencia, recoge nueve clases (magistrales) que Ricardo Piglia (1940-2017) impartió en la Universidad de Princeton en 1995. Antes de morir Piglia dedicó sus últimos meses a revisar el material transcripto. Como herencia para la comunidad de lectores este libro lo considero valiosísimo, pues en él ha cristalizado toda la sabiduría y la experiencia -que es mucha- de Piglia como lector y escritor.

El titulo, Teoría de la prosa, bien podría ir acompañado de un subtítulo: Apuntes sobre el universo onettiano. Esto es así porque las nueve clases, en las que Piglia habla de un sinfín de temas que guardan relación directa con la literatura, todas tienen que ver con Onetti, con su universo de Santa María.

El proyecto narrativo de Onetti es uno de los proyectos más complejos y más elaborados de la literatura no sólo latinoamericana, sino de cualquier lengua. Va a ser difícil que encuentren a alguien que haya construido un universo narrativo tan amplio, con tantos registros y tan consistente […] una construcción narrativa de largo aliento.

…los textos de Onetti, donde se entra y se sale de los hechos reales a una dimensión asociada a la fantasía privada y el sueño, por tanto nunca se sabe qué es lo que realmente ha sucedido. Onetti aspira a que sus textos sean leídos solamente en relación a sus propios textos, lo que es extraordinario.

Un universo en el que no hay un punto de fuga, la metáfora son los suicidios que abundan en su obra, dice Piglia.

En cada clase Piglia recurre a distintos textos de Onetti, y los que más presencia tienen son El Pozo, Los adioses, La cara de la desgracia, Para una tumba sin nombre.

Nos habla de cómo Onetti lleva al límite la autonomía del narrador, basado en un pacto con el lector, fundado en la incertidumbre y el escepticismo, el narrador es el primero que desconfía de la verdad de la historia. La potencialidad de la ficción reside en “hacer creer“, en la ficción están en juego sobre todo la creencia y la emoción, nos dice Piglia.

Habla y reflexiona mucho Piglia sobre el concepto de nouvelle, viéndola más próxima al cuento que a la novela. La nouvelle sería la reescritura de un cuento, afirma Piglia.

En la nouvelle todo está el mismo plano porque el narrador es un narrador que no sabe y por eso mantiene vigentes las alternativas posibles de una historia que él mismo parece desconocer, de ahí deriva esa simultaneidad de posibilidades que hemos visto en Onetti con mucha claridad y que también se podría encontrar en Faulkner o Henry James. En un cuento importa qué es lo que va a pasar, y en una nouvelle importa saber qué es lo que ha pasado.

Faulkner, con quien Onetti comparte con la idea de que no es en el mundo literario donde se debe buscar la literatura, nos dice Piglia y Henry James están ahí como dos presencias tutelares, maestros en el arte de narrar. De Faulkner le viene a Onetti dice Piglia aquel narrador que no es confiable, el narrador que se liga con la historia y no es objetivo. El relato muestra una cosa y el narrador dice otra, como dice Henry James “se muestra y no se dice”. En Onetti el narrador está escribiendo el relato, ojo, no debemos confundir narrar con escribir. Escribir fija el lenguaje, mientras que la narración permanece inestable y se dispersa. La escritura está ligada al presente, mientras que el relato tiende al pasado y a narrar lo sucedido.

Un amigo me dijo un día que leer era escribir en voz alta. Onetti a su vez también tiene su propia idea sobre lo que implica una lectura para el lector:

La relación con una narración implica la construcción de una historia en la cabeza, es decir, también genera un relato que se va construyendo a medida que avanzamos en la lectura. Comprender es volver a narrar.

Dice Piglia que la ficción no depende solo del que enuncia, sino que depende también de la recepción y experiencia del lector. El sentido de lo leído depende de la lectura que uno haga y esa experiencia es intransferible, dice. Esto es así, nos puede gustar un libro mucho o nada y hacernos sentir un sinfín de emociones, pero esto no se puede transferir, el lenguaje ahí tiene un límite, decir que algo me gusta o no, que me ha apesadumbrado o me ha colmado de felicidad, no va a ninguna parte, porque lo que ha sido nuestra experiencia lectora queda sólo para nosotros. La experiencia libresca y cualquier otra experiencia, del tipo que sea no se puede transferir.

En cuanto a esta experiencia, Piglia recupera las palabras de Walter Benjamin que ya enunciaba hace casi un siglo que los sujetos no tenían experiencia, entendida esta como el modo en que un sujeto le da sentido a lo que sucede.
La experiencia se produce cuando el sujeto construye una significación con aquello que ha vivido, dice Piglia. Norman Mailer, pedía a sus lectores que tuvieran experiencias, porque solo si mis lectores tienen experiencias van a poder leer mis novelas y sentir la emoción que se narra.

Buena parte del universo de Onetti se construye sobre el enigma, el misterio y el secreto, y Piglia se encarga de matizar cada uno de ellos, que podemos sintetizar así, empleando las palabras de Piglia: Si tuviéramos que imaginar un relato en el que todo quedara claro, estaríamos fuera de la literatura.

Habla Piglia de una diferencia abismal entre literatura y periodismo, según la posición que tiene el que conoce la historia: Dónde se coloca el que narra la historia y qué relación guarda esa historia con el narrador; qué pacto, qué interés, qué tipo de intriga une a la historia con el narrador.

También hay un momento, final, para hablar del papel crucial y necesario que desempeña la traducción.

El traductor de un libro impone su manera de leer ese libro y siempre hace aparecer otra cosa, por eso los clásicos tienen que volver a ser traducidos, porque el traductor fija incluso el estado de la lengua en ese momento, y ese estado cambia constantemente.

En suma, esta Teoría de la prosa es uno de esos textos fundamentales que nos conviene siempre tener a mano, lapicero en ristre.

Eterna Cadencia. 2019. 216 páginas

Lecturas periféricas: Teoría de la novela (Gonzalo Torrente Ballester)