Archivo de la categoría: Ediciones Trea

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Prisciliano. Vida y muerte de un disidente en el amanecer del imperio cristiano (Diego Piay Augusto)

Un viaje en el seno familiar, a mediados de los noventa, nos condujo en coche en un par de días desde Logroño hasta Trier, o Tréveris, en el tiempo de los romanos. Apenas recuerdo la Porta Nigra, y nada de las termas, el anfiteatro y el resto de vestigios romanos que no recuerdo haber visitado y que hoy en día son patrimonio de la humanidad.

Recuerdo haber tomado una cerveza en una plaza que apuré casi de un trago, con un calor ambiente de mil demonios. Fue una de las mejores cervezas de mi vida. El caso es que Treveris fue sede del imperio romano, también donde Prisciliano, obispo (laico) fue ajusticiado. Murió decapitado, tras cinco años de lucha, acusado de herejía (por otros obispos), durante el reinado del emperador Máximo. Fue el primer cristiano condenado a muerte por sus creencias religiosas tras la promulgación en Milán del edicto de tolerancia de Constantino: Máximo había puesto su espada al servicio de la Iglesia.

Prisciliano nació en el 340 en Galicia, no se sabe exactamente dónde (en el período conocido como Antigüedad tardía) y murió en el 385 en Tréveris. La información sobre dónde fue enterrado tras su muerte es hoy un misterio. Se cree que está en Galicia y una hipótesis apunta a que podría estar enterrado en Santiago de Compostela.

Prisciliano sintió muy próxima a él la historia del Nazareno, y sintió «la llamada» tras atravesar «todas las experiencias de la vida humana». Y decidió alejarse del paganismo previo y aceptar el cristianismo, que en el 380 fue adoptado como la religión oficial por el Imperio Romano. Fue obispo de Ávila.

Su pensamiento no fue bien acogido por las altas instancias de la iglesia, que estaba en contra de que las mujeres pudiesen leer las sagradas Escrituras como defendía Prisciliano. El cual fue también muy crítico con la opulencia que veía dentro de la iglesia, predicando y practicando el ascetismo.

La biografía detalla bien cómo vivieron los priscilianistas a medida que cambiaban los emperadores, aunque siempre parecieron estar en el punto de mira. En el año 381 con Graciano como emperador, Prisciliano decide dirigirse a Roma, a fin de poder exponer al Papa Dámaso las circunstancias que le han impulsado a él y a los suyos a solicitar su audiencia. Un periplo bien detallado en el libro que durará alrededor de seis meses entre la ida y la vuelta.

Un cerco hacia los priscilianistas que se fue estrechando hasta que Prisciliano acabó siendo denunciado por otros obispos y Prisciliano tirándose un órdago, para sustraerse de los jueces apeló al emperador. Pero tras ser detenido y verse sometido a las torturas ideadas por los sicarios del prefecto Evodio, admitió practicar la magia, haberse consagrado a doctrinas obscenas, haber celebrado reuniones con mujeres vulgares y rezar usualmente desnudo, lo cual supuso su sentencia de muerte.

Poco a poco el legado de Prisciliano tras su muerte fue difuminándose, sin embargo, la biografía de Diego Piay (la primera biografía histórica sobre Prisciliano, editada por Trea) ayudará a mantener viva su figura, pero a pesar de que Prisciliano fue un erudito que dejó varios libros escritos la biografía apenas abunda en dichos textos (se recurre más a fuentes ajenas a Prisciliano) y no me queda tampoco muy claro qué contenía su prédica para ser tan bien recibida y propalada por tantos. Quizás fue que la gente se vio seducida más por el ejemplo que por la palabra, que sin el primero deviene en puro humo.

Lecturas periféricas | El pecado

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Jugadores de billar (José Avello)

Publicada en Alfaguara en 2001, Trea recupera en 2018 la espléndida novela de José Avello. Justificadas las más de quinientas páginas, en el logrado empeño de José por describir al detalle las naturalezas humanas que conforman la narración; la del grupo de hombres que se reúne para jugar al billar en el Mercurio y cuyas existencias se irán desgranando con prolijidad.

Hilos narrativos que se van desprendiendo de la gran madeja que fue la guerra civil y un hecho sucedido en Oviedo.

Son hijos de los vencedores que atesoran un pasado obscuro, cuyos viles actos son ocultados hasta que una suerte de justicia venidera desvele un crimen pasado, ligándolo a otro presente y renovándolo.

El narrador es el cuarto amigo, anónimo, conocedor de la historia de los demás al dedillo. Así nos referirá los abismos a los que aboca el deseo insatisfecho (el que siente Álvaro hacia Verónica), las crisis de pareja (entre Manolo “Arbeyo” y Carmina), las consecuencias venenosas de la codicia (como la de Borja Molina), el amor timorato (de Floro por Adelina), la maldad en encarnada por el tío Álvaro, los abusos que mancillan dignidades.

Los saltos temporales están muy bien ejecutados y no suponen perder el hilo de la narración en ningún momento.

José maneja con destreza e inteligencia los sagaces diálogos, insufla el texto de humor e ironía, sin sustraerse al dramatismo que menudea de principio a fin, retratando los claroscuros del alma humana, la escala de grises en la que se plasman los sueños, ambiciones y anhelos de todos ellos.

Aquí las palabras tienen peso y gravedad, sentido y significado.

Los años borrosos (José María Pérez Álvarez)

Los años borrosos (José María Pérez Álvarez)

Los tres relatos que conforman Los años borrosos (Trea, 2021) de José María Pérez Álvarez tienen como nexo común un cura, piensen en un pájaro del plumaje de El pájaro espino, el jesuita Ángel Aguirre Iturralde. Aquellos años borrosos son los del franquismo. Años desleídos hoy por la amnesia inducida y evocados y leídos merced a estos tres relatos: «La caja de castaño», «Bonjour, tristesse» y «La confesión«.

En aquellos años estaban de moda las radionovelas. Si nos vamos más adelante en el tiempo y pensamos en una telenovela, creo que por la temática de los relatos esta sería «Los ricos también lloran«.

Los protagonistas son familias de clase bien, profesionales: doctores, notarios o eclesiásticos. Ellas sortean el tedio matrimonial practicando el adulterio; ellos yendo de putas. En estas familias cargadas de hijos el mal fario los ha bendecido con la enfermedad o la muerte, poco sirve ahí el parné.

En La caja de castaño, el primer relato, una niña que iba a celebrar su comunión ha muerto sin haber consumado dicho rito. Marcado por la unidad de tiempo y espacio el autor logra una pieza de cámara de ambiente enrarecido, y toque kafkiano; aquí la niña no se transforma en insecto, pero uno de estos, produce una de las escenas que más nos pueden horripilar; ver el cuerpo infantil yacente y níveo, mancillado por el avance de un insecto, preludio de los gusanos que vendrán a descomponer aquella inocencia a la que el tiempo venció a deshoras y contranatura.

En Bonjour, tristesse se dan la mano las ansias pederastas del jesuita Aguirre y la necesidad incumplida de plegarse a su naturaleza de un joven, Gonzalo Ruano, al que el hecho de que el cura disponga su mano en su entrepierna, lejos de asquearlo lo enciende; fuegos carnales no permitidos aquellos años de censura y represión, condena y cilicio, hipocresía y mendacidad, en los que el joven habrá de domeñar su deseo de tráfico carnal homosexual, esconderlo, domesticarlo, erradicarlo, principiar incluso un conato de huida, pero sin tener una Ítaca a la que volver, un Chueca a la que arribar.

Al leer el tercer relato, La confesión, recuerdo las palabras de mi padre cuando los curas en confesión, siendo él adolescente, querían obtener información acerca de si se tocaba, y dónde, y cuándo y cuánto y pensando en quién. No sabemos si todas estas confesiones no serían el medio propicio para que bajo el hábito y tras la celosía de madera, aquellos enviados de Cristo alcanzaran el séptimo cielo tomándole el pulso a una carne tan erigida y levantisca como rebosante e inútil. Aquí tenemos a un niño enfermo, encamado, tifoideo, pero la narración en lugar de cebarse con el destino del chiquillo, va más encaminado a retratar el fresco -podrido- de un ambiente marcado por la falsedad, donde a pesar de su desahogada posición, los personajes son prisioneros de sus apetencias, pues todos sabemos lo complicado que resulta poner a régimen, dictaduras aparte, las pasiones.

Resulta inconfundible el estilo del autor (relatos creo más próximos, al menos temporalmente, a El arte del puzle, que a otras novelas como Un montón de años tristes o La soledad de las vocales), el humor (esa pareja de infieles que algo se traen entre piernas), la ironía, el toque sarcástico, los guiños a alguna de sus obras (al menos en cuanto al título: Un montón de años tristes), la descripciones descarnadas, el lenguaje profuso, dúctil, arrollador, prosa despojada de cualquier gazmoñería; las referencias librescas a Cunqueiro, La Regenta, a Madame Bovary, el jesuita como un trasunto de El Magistral.

Me quedo, tras la lectura, a deseo de más, como si estos tres estupendos relatos, con una mayor extensión y en mayor número, como las cuentas de un rosario (de cuentas infelices), hubieran alumbrado una novela que no fue.

José María Pérez Alvárez en Devaneos

Tela de araña
Examen final
Nembrot
Predicciones catastróficas
La soledad de las vocales
Un montón de años tristes
El arte del puzle

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El ausente. Cien autorretratos (José Ángel Cilleruelo)

Cien autorretratos, hectoedro proteico. La palabra más repetida es ¿solo? secundada por intemperie, grieta, cautivo, luz, ausencia, diccionario. Habla la voz de la conciencia, busca reconocerse en el lenguaje, los sonidos, la mirada, el tacto, el sentir, la genealogía, el pasado, espejo que devuelve imágenes de eso que es el ¿yo? Escribió Joseph Brodsky, El buen estilo en prosa es siempre rehén de la precisión, rapidez e intensidad lacónica de la dicción poética. Hija del epitafio y del epigrama, concebida al parecer como un atajo hacia cualquier tema concebible, la poesía impone una gran disciplina a la prosa. Así, Cilleruelo.

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