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nefando

Nefando (Mónica Ojeda)

Pero también en el dolor se esconde
placer, si no lo tratas como a un enemigo

Carlos Alcorta (Ahora es la noche)

Nefando: Que resulta abominable por ir contra la moral y la ética.

La ecuatoriana Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) va a derechas desde el título. No hay que llevarse pues a engaño. Lo que el texto ofrece es toda clase de vilezas y abyecciones, las de unas mentes monstruosas o simplemente las de una humanidad abyecta. Como cebo, Nefando, un videojuego que opera como Macguffin que está ahí y actúa como aglutinante de las opiniones (de usuarios o del creador del juego) que se vierten sobre dicho juego, que sería clausurado por las autoridades al ofrecer contenidos que violaban las leyes y superaban los límites de la moral, o eso parece, porque la autora sagazmente va construyendo su historia a retazos, a cachitos, con una prosa poética poco habitual, donde lo porno y lo gráfico de la narración se alimenta de microensayos que tocan las similitudes entre el BDSM y la religión católica en su vis más gore o sangrante, el artista y la propiedad intelectual, el rol de la víctima de abusos sexuales, las novelas porno y de ciencia ficción, cuestiones metaliterarias, o todo aquello que tiene que ver con la deep web (el interesante libro de Ivan Mourin, Un paseo por el lado más oscuro de internet, descendiendo hasta el infierno, nos acerca a lo que hay por debajo del internet normalizado e indexado que manejamos habitualmente).

Lo interesante de la novela, además de lo extraño y morboso de la propuesta es lo bien que Ojeda maneja la expectativa del lector ante lo que leemos, ante la página como abismo, o esa sensación de incertidumbre, de amenaza ante lo desconocido, ante la presencia de esa caja negra emocional que en el caso de abrirse sería como una caja de Pandora, que me recuerda a la casa de la novela de Stig, A través de la noche o el concepto del arte que manejaba Montes en Intento de escapada de Miguel Ángel Hernández: la literatura entendida no como un pasatiempo, ni siquiera como una radiografía (colonoscopia en todo caso) o representación de la realidad macilenta, sino más bien como sal en la herida, como alfilerazos en las pupilas, como puños en la garganta. Algo así.

Editorial Candaya. 2017. 208 páginas

www.devaneos.com

Réplica (Miguel Serrano Larraz)

Réplica reúne doce relatos de Miguel Serrano Larraz (Autopsia), algunos ya publicados anteriormente en revistas o volúmenes colectivos. La portada, con las Resonancias de Warhol, nos recordará a otro, Órbita, libro de relatos de Larraz anterior a este. Los relatos que conforman este libro son heteróclitos y como en botica encontraremos de todo.

Las historias pendulean entre el ámbito doméstico, familiar, filial: relaciones entre tía y sobrino, en Oxitocina, en donde los adultos tienen una ocasión de mirar el mundo de nuevo con otra mirada, de volver a su infancia, de jugar con el destino con unos peluches intercambiables; Hermanos unidos en su mal fario, conectados por algo indescifrable, como los de In media Res; relaciones entre padres e hijos, con sus secretos, esos que dan forma a las familias, padres a quienes luego llorar cuando estos falten, como el padre radiactivo de La tabla periódica; la familia convertida en un escudo contra la intemperie, aunque no siempre balsámica como vemos en La frontera. Relatos como Un tiempo muerto que nos llevan a la niñez, al colegio, a las canchas de fútbol y baloncesto, donde un triple puede significarlo todo, donde la mirada del entrenador puede significarlo todo: desprecio, desinterés o absoluta confianza.
En El Payaso Larraz reflexiona sobre su trabajo, en un relato metaliterario donde queda claro que entre lo que el autor plasma en un papel y lo que el lector leer y saca en claro del mismo, a menudo media un abismo, o una falla bajo los pies que es muy posible que acabe devorándolo. Aquí se da la circunstancia que lo que a él le hace mucha gracia a los demás les da la flojera y les afloja el lagrimal, aunque todos sabemos que de la sonrisa a las lágrimas la distancia es mínima.
Relatos como Logos, Azrael o Central me han gustado poco. El que más he disfrutado, es el que da título al libro, Réplica, que también es el más extenso. Sobre una situación absurda pero posible, que es que al narrador lo confunden desde que acabara la adolescencia con cantantes (Bunbury, Michael Bolton, Kenny G…) o actores (Santiago Segura) o incluso con pintores (Durero), Larraz nos brinda un viaje al pasado, a su juventud, a finales de los noventa, donde se explaya con la figura de Bunbury, maño como él, ex cantante de Los héroes del silencio (era leer el relato y sonarme en la cabeza La sirena varada una y otra vez), y nos pone en el brete de que alguien nos alabe, se nos ofrezca sexualmente, nos diga que le hemos salvado la vida o trate de canearnos, al confundirnos con algún famoso. Me gusta su final, la imposición de esa manera de no estar y la manera en la que aquel que nos acompaña y sostiene actúa a su vez como una memoria externa, la cual nos permitirá revisitarnos y acudir a la película de nuestra vida, seducidos por esa voz en off, que ya no es la nuestra, sino la de nuestro carnal.

Candaya. 2017. 192 páginas.

La experiencia dramática

La experiencia dramática (Sergio Chejfec)

Recuerdo que en un curso de PNL nos tocó una práctica que consistía principalmente en mostrar nuestros sentimientos, recurriendo a algún momento decisivo que nos hubiera marcado. Algo parecido a la experiencia dramática que da título a esta novela. El caso es que en esa situación, uno podía optar por ser sincero, o bien por plegarse a cualquier situación dramática e interpretar el papel. Nadie sabría si lo referido era cierto o no, pues lo importante era el sentimiento, la verdad escénica.

Sobre estos elementos reflexiona Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956), quien plantea una novela sin argumento, o con un argumento mínimo que grosso modo pasa por ver como un hombre y una mujer quedan semanalmente para juntarse en cafeterías o caminar por las calles de una ciudad, en la que él es un extranjero. Ella está casada y es actriz y está en un taller en el que debe representar la experiencia dramática arriba referida y le cuenta a él, cosas de su marido. Él no está casado pero le hace ver a ella que sí lo está, para hermanarse ambos en su presunta insatisfacción y compadreo.

Así la pareja anda y dialoga, pero todo es apariencia, porque la personalidad ajena es un baluarte, donde se puede apreciar la calidad de la piedra y poco más; y nada de lo que hay detrás, porque el diálogo es convención, que no conocimiento, porque el tiempo y el espacio es casi un lugar común, y quien se pone el traje cada mañana se inviste también del personaje en que se recrea a diario.

La narración corre el riesgo de resultar insustancial, trivial, pero hay elementos que la inclinan hacia el otro lado, hacia el apunte significativo e introspectivo:

“Cuando se activa el contestador siente vergüenza de su propia voz. No recuerda el año en que puso el saludo, pero sí los ensayos y pruebas a los que se sometió, todos fallidos, hasta dejarlo como estaba por cansancio o pasividad, sin estar convencido, no tanto de lo que dice, porque al fin y al cabo lo que se dice no es importante, sino de su convicción, siempre sintió que su saludo telefónico no convencía a nadie, y en este sentido era revelador de su personalidad más profunda”

Es en esa tensión en la que discurre o deambula la novela, durante 170 páginas, en un paseo que parece físico y lo es, pero que es sobre todo interior, un viaje hacia nosotros, hacia nuestro ser, hacia el centro de nuestras experiencias, recuerdos y existencias; hacia aquello que somos o aparentamos ser, o creemos ser o creen que somos.

Editorial Candaya. 2013. 174 páginas

autopsia

Autopsia (Miguel Serrano Larraz 2013)

Miguel Serrano Larraz
Editorial Candaya
2013
397 páginas

Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977) es maño y esta novela suya transcurre en Zaragoza.

El protagonista de la novela atiende al nombre de Miguel, como el autor, y las cosas que nos va contando nos dice Miguel que son veraces, cambiando eso sí algunos nombres. A saber. Tampoco me parece clave saber si el autor se vacía y expía sus pecados sobre el papel o es ficción. Eso no hace mejor o peor un libro.

Dos hechos hay recurrentes en la novela.

Uno. A Miguel le dieron una paliza unos skinheads. Aquello, además de dejarle el cuerpo hecho polvo, le permitió ganar en Aranda de Duero un segundo premio de poesía, con una poesía basada en el día en que le dieron la tunda los rapados.

Dos. En el colegio, Miguel y su amigo Tomás se dedicaban a hacerle la vida imposible a otra compañera, Laura Buey. Aquello a lo que en su día no dieron importancia, ahora con la fuerza de un boomerang encabitrado, vuelve de modo recurrente para perturbar el ánimo de Miguel, que supera ahora los 30, y entiende que aquello que hacían con la pobre Laura no estuvo nada bien, agravado con el contrapunto de ser Miguel ahora padre y estar dispuesto a hacer cualquier cosa por defender a su hija de los agravios ajenos.

Luego el relato se fragmenta y va y viene en el tiempo.

De todos los protagonistas del libro, la mayoría secundarios, hay dos con más relieve. Uno es Felipe, al que todos conocen como DJ Hans Castorp, quien en su día pinchaba en el programa Crónicas Marcianas y después por bares y locales de Zaragoza, convertido en un vampiro cultural, aumentando sus ganancias con charlas y derechos de autor.
El otro personaje es Mensajero que trabaja con Miguel y con quien éste sale de fiesta, acuchillando las noches, vaciando jarras de cerveza, lustrando los terrazos y aceras con vómitos festivos.

Miguel que se nos presenta como alguien huidizo, retraído, sin criterio, de fácil conformar, a quien le va bien en el colegio concertado al que acude, que saca buenas notas, con quien nadie se mete o lo hace objeto de sus burlas, que lidia esos años de instituto hasta ser adulto, y deja la carrera que cursa a punto de acabarla para irse a trabajar en los Grandes Almacenes de la Modernidad, dejando a su familia, alquilando en solitario un apartamento en la planta -1 de un edificio.

Miguel nos suelta entonces un rollo sobre cómo sobrevivir con 10 euros al día y cómo no perecer en su refugio ante unas temperaturas gélidas y sin auxilio de la calefacción (central ni lateral).

A los que tengan entre 30 y 40 tacos y sean de Zaragoza leer esta novela les hará ilusión (o no), al reconocer las calles, bares y locales que se nombran, así cómo algunos de los personajes que pueblan estas páginas como Ochaíta (o como realmente se llame). A los que somos de Logroño como yo y la literatura que va de bares, DJs, gente bailando como peonzas sobre una pista, o mantienen charlas etílicas amorrados a las botellas y refrenando así las pulsión suicida del cristal, nos aburre hasta la saciedad y la novela la leo entonces más por empecinamiento que por devoción para poder luego reseñar esto, ya que hasta el momento no tengo la capacidad de comentar (aún menos de alabar/loar/recomendar) un libro sin haberlo leído.

Recuerdo que en su día (31-10-2010) Rosa Montero, en lugar de reseñar un libro, escribía un artículo sobre la reseña de un libro que no había leído (¿reducción al absurdo? ¿intelectual low-cost?). A su vez, muchos de los comentarios que se vierten en las blogs literarias son de personas que expresan su deseo de leer o no el libro reseñado o de arremeter contra el autor/a de la reseña o del libro, en lugar de dar su parecer (tras haberlo leído) sobre el libro. No hablamos/discutimos/reflexionamos pues sobre lo derivado del hecho de leer una novela, sino del interés de los blogueros por leer o no un determinado libro.

Dejo la metaliteratura, sigo con la Autopsia.

A Miguel no sólo le apalizan los skinheads, sino que luego también le sacuden unos rockers (será porque es un blanco fácil), porque para el que no lo sepa en los noventa y no sólo en Zaragoza existían las llamadas tribus urbanas: skinheads, heavys, punkies, rockers, etc.
Ahora los jóvenes llevan unos peinados Bieberianos que parecen que les haya lamido la testa una vaca, y son todos de la tribu de los nativos digitales.

Antes cuando todos eramos primitivos digitales y no había consolas, nos consolábamos rumiando nuestro tedio tirando piedras a la vía del tren, jugando a las canicas o como hacía Miguel buscando alguien a quien buscar las cosquillas, o directamente humillar (en nuestro cole los que iban al grupo B se cebaban con un muchacho al que le tiraban la mochila por la ventana, para comprobar una y otra vez que no volaba, y sobre cuyo cuerpo se hacían melés. Consiguió salir adelante. Aquello también era bullying, pero en aquel entonces, a comienzos de los 80, éramos todos tan primitivos (y no sólo digitales) que todo aquello no provocaba ninguna reacción en contra).

Miguel Serrano Larraz
Miguel Serrano Larraz

La novela se pone en modo presentista al incorporar en el relato la presencia de Facebook. Herramienta virtual que le permite a Miguel ponerse en contacto primero y lograr un encuentro físico después, en un restaurante, con muchos de los compañeros de EGB. Ahí la novela replica lo que hemos visto y leído acerca de los reencuentros, sin aportar nada sustancial al respecto. Además su excompañera Laura Buey no acude por lo que nos quedamos sin la escena reencuentro/arrpentimiento/clemencia/perdón.

No sé cúantos ejemplares despachará esta novela, si serán 200 o 2000, si será un fracaso o un éxito (eso ya es cosa de Miguel y de la Editorial Candaya). Este libro lo he cogido de la biblioteca, así que en ese cómputo quedo fuera, pero si ya van por la segunda edición, señal de que el libro vende.

La lectura de Autopsia me ha dejado apático, ni me ha entusiasmado, ni me ha parecido una novela aborrecible, quedándome en un término medio. He encontrado algunas cosas que me han gustado por la forma que tiene Miguel de narrar determinadas situaciones, pero otras muchas me han parecido planas y prescindibles. Creo que para hacer una autopsia en vida de Miguel, o para eviscerar el pasado, 400 páginas son demasiadas, por mucho que la narración fragmentada en el espacio y en el tiempo, hagan la lectura más digerible. Además mi interés ha ido de más a menos. La primera parte me pareció intensa, el resto no tanto.

Eso sí, el manejo que Miguel Serrano Larraz hace de los paréntesis es notable (de auténtico maestro, diría), si bien, tampoco entiendo que haya Ninguna necesidad en el uso y abuso de tanto signo de puntuación (como este punto y final).

Próxima parada | La sustancia interior (Lorenzo Silva, 1996)

Click (Javier Moreno 2008)

Click Javier Moreno portada libro Candaya Ediciones
Javier Moreno
2008
264 páginas
Editorial Candaya

En el prólogo, Carlos Pardo, ya nos pone sobre aviso. Quizá esto no sea una novela sino más bien un texto fragmentario, nos dice. Ya saben, así uno siempre puede defenderse luego con aquello de “ya te lo dije”, “avisado ibas“no me vengas con cuentos, mucho menos con novelas que no son tales“, etc. Pero a fin de cuentas (o de cuentos), en cualquier texto, fragmentado o no, su apariencia es lo menos importante. Lo relevante es la sustancia interior, su alma, lo que las palabras nos susurran al oído.

El protagonista de esta historia es Quisque Serezádez, quien ha comprado un billete hacia el más allá, con forma de pistola, una Peacemaker, con la que poner término a su existencia. Mientras juega a la ruleta rusa con la pistola en una mano con la otra mano pluma en ristre, escribe, se desangra en tinta para que sepamos de la ristra de amantes que Quisque ha tenido a lo largo y ancho de su vida. Ha habido un poco de todo: una adolescente convertida en Diosa, la mujer de su jefe, una reportera, una actriz, una astrónoma y algunas más. Mujeres a las cual cortejar y luego abandonar en pos de su siguiente amor, de su siguiente víctima, porque como en cualquier otra disciplina, el amor también requiere aprendizaje, prueba y error, he ahí ese tráfago de cuerpos, oquedades saciadas, corazones palpitantes, promesas incumplidas, deseos insatisfechos, etc.

El autor, que ha cursado estudios de Matemáticas, Filosofía y Literatura Comparada, mezcla todo esto en su novela, lo cual le otorga a la misma cuanto menos originalidad y así nos encontramos un texto abonado con frases como La Ley del Deseo (que parece hecha con Word Art), gráficos, radiografías espirituales, test, principios de física, reflexiones filosóficas, algunos diálogos hilarantes, devaneos mentales, cuestiones astrológicas, sexo, pornografía, amor, anécdotas históricas, y un sentido del humor soterrado y absurdo. Eso en la superficie, en el vacío que dejan las palabras, otras tantas cosas más.

En su lectura he tenido altibajos, momentos en los que he estado embebido y otros en los que ha cundido el desanimo. Su falta de estructura es evidente. La novela se compone de retazos. Como esa Cruz de Cristo que aparece en la novela, donde las reliquias se juntan atendiendo a una voz interior, aquí parece que el autor hubiera ido pergeñando distintos textos y párrafos y los hubiera ido cosiendo a la piel de cada mujer que aparece como si cada polvo, cada felación o relación, cada ofrenda al Dios del amor, fuera ese denominador común que cimente esta historia, la de Quisque, en sus postrimerías.

Javier Moreno cual púgil bien entrenado y con recursos, va lanzando los puños al aire y en unas cuantas ocasiones acierta, alcanza el estómago, el bazo, el corazón de su oponente. Un combate desigual, porque a otro lado está El Mito, La Leyenda, La Obra perfecta.
Javier seguirá peleando, asomando los puños, fajado en su oficio y alumbrará una gran obra: ¿será 2020?.
No es seguro
nada lo es
pero dicho queda.

Bang, bang. Libro finiquitado.

¿Por qué será que siempre leo la palabra bang, me acuerdo, no de Carolina, sino de Point Blank de Springsteen?