Archivo de la categoría: 2024

IMG_20240430_181009

Cúbit (Vicente Luis Mora)

En un correo, un amigo me hablaba el otro día del calor de la belleza, de leer y no entender nada (algo relativo a la mecánica cuántica), pero disfrutarlo.

Cúbit, de Vicente Luis Mora, ofrece la cálida belleza de la palabra bien escrita que requiere una lectura atenta y así comprensible. Y como le reprocha Alcio -uno de los personajes-, a su mujer, el que sus ideas sean las de cualquiera, los lugares comunes, los tópicos en su escritura, Vicente trata y consigue en su novela superar todo esto y ofrecernos una novela muy original, desubicada, poliédrica y proteica, que nos ofrece muchos textos con múltiples narradores y cuyo final me recordaba el de relato de Don DeLillo, Momentos humanos de la tercera guerra mundial, la guerra que libran aquí también los humanos y las máquinas, las cuales han dado un paso más en su evolución hasta la IAR, la inteligencia artificial real (la cual, al contrario de lo que creemos, no trabaja para nosotros, sino nosotros para ella); la guerra concluirá con una desconexión de las máquinas.

Y dentro de la novela, una de las grandes creaciones es Cúbit, la que vemos en la cubierta del libro; ni humana ni máquina, tampoco extraterrestre, más bien intraterrestre o supraterrestre, o diluida en la tierra. Paradójicamente la escasa presencia de Cúbit es pura esencia, como la de un mineral denso, ese mercurio que desborda la mesa y cuyo lento avance nos mantiene embobados, aquí subyugados por su inteligencia y lo mejor: por su “personalidad”. Cúbit y los Itrios. El Itrio, cuyo elemento químico es “Y”. ¿Casualidad? No lo sé, pero aquí, el espíritu de la novela, si lo hay, y creo que lo hay, es la de la cópula, la del ineludible hermanamiento, la pretendida fraternidad, el necesitado sentido comunitario, no solo entre los humanos, sino entre todas las formas vivas.

Y como en los cómics de la Marvel, Cúbit debe tener un rival igual de poderoso: Ibris, epílogo de la IAR. Y al lado de Cúbit, en su cruzada, esta se verá acompañada por una humana, Selva Preston, y su palabra como herramienta de construcción masiva.

El mensaje que nos deja el final de la novela, ese mensaje que puede ser una sonda galáctica, o una botella lanzada al mar con un mensaje dentro, es la poderosa idea de que aún estamos a tiempo de cambiar la cosas, que el planeta cada día más vejado, recalentado y vandalizado, emboscado en guerras, precisa de seres que luchen por la supervivencia y el mantenimiento de tanta belleza, por la preservación de los ecosistemas, sin hacer ascos a la técnica, pero regidos por la ética en nuestras acciones.

La narración bascula entre el pasado y el futuro (vemos cómo se cifra en la imaginación del autor ese escenario a través de holocines, visiochips, algoritmes de tercera generación…) pero nos la jugamos en el presente, en el ahora.

Muchas más cuestiones son las que aborda Vicente en su fascinante narración, ya sea con sus interesantes reflexiones, valiéndose por ejemplo de Alcio y Cúbit, acerca de la personalidad (y su naturaleza), la conciencia, el subconsciente (infravalorado), la memoria (no siempre tan completa y dispuesta como nos gustaría) o cuestiones como la valoración (negativa) de la autoficción en la escritura o la diferencia entre el conocimiento y la inteligencia o el tratamiento del lenguaje (la manera en la que maneja Cúbit los tiempos verbales y su rápida adaptación; el lenguaje que emplearía una rutina, ni masculino ni femenino, así las piezas de Ibris y elle misme se conectó; o incluso la búsqueda, no del asesino como en las novelas de Agatha Christie, sino del posible narrador, y hay donde elegir: Cúbit, un archinarrador, la IAR, Hansi, Nadia B, Hibris…).

Hay aquí calor y belleza, en este libro tan especial cuya prosa (deslumbrante) parece manar de un hontanar bien escondido.

Lecturas periféricas2222, Psicojuego, Últimas noticias de la humanidad.

Por el Camino de Santiago

Quería sentirme un peregrino más, al menos por unas horas. Aprovechando que el Camino de Santiago pasa por Logroño, partiendo de esta ciudad, me encaminé en bicicleta hacia Santo Domingo de la Calzada, sito a poco más de cuarenta kilómetros de Logroño. La salida se hace por el parque de la Grajera, para luego encaminarte hacia Navarrete. A la salida del pueblo de Navarrete recomiendo parar un momento a ver la puerta románica, en la entrada al cementerio, con la idea del tempus fugit en mente.

Navarrete

Sin entrar en Sotes, antes de llegar a Ventosa, el bello paisaje, mezclando sus verdes y amarillos ofrece a la vista del viajero un kilómetro artístico, con paneles fotográficos. En ellos vemos señoras charlando, una puerta azul en una fachada que se mimetiza con el paisaje, o fotos de época aferrada por una mano nervuda.

Ventosa

IMG_20240421_100348

Había animación en Ventosa, a pesar de ser aún temprano, con La Mielería en su entrada. Subimos a ver la iglesia y me gustó una placita, en la cuesta que conduce a la iglesia, muy simpática, bajo el cartel de El Rincón de los abuelos.

El rincón de los abuelos

En Nájera hicimos una parada junto al río. Los peregrinos de todas las nacionalidades (en el camino la mayoría eran asiáticos, muchos peregrinos de avanzada edad, como un grupo de “Grannies from Taiwan”) charlaban animadamente, hermanados en su peregrinaje, intercambiando anécdotas y peripecias de su viaje (comenzando en Roncesvalles, una vez en Logroño ya se han completado 136 kilómetros, aunque aún restan más de 600), que para algunos ya había sido completado más de una vez.

Nájera

Luego el camino ofrece al ciclista algún momento en el que ha descender de la bicicleta ante el mal estado del firme y hacer ese corto tramo andando. Proseguimos luego hacia Azofra, la pista es ancha, y pica hacia arriba, para pasar luego delante del campo de golf de Cirueña y arribar finalmente a Santo Domingo de la Calzada.

IMG_20240421_114553

Antes de llegar, por una pista que deja de ser de tierra, veo cómo la Torre Exenta compite en altura con un silo. Recomendable es echar un ojo a las bonitas vidrieras de la Catedral. A su vera, la referida Torre Exenta. Si alzamos la mirada al cielo raso, repararemos en un reloj, que data de 1780, restaurado en 2005 y todavía en uso.

IMG_20240421_123850

IMG_20240421_123705

IMG_20240421_123732

Vidriera Santo Domingo de la Calzada