Archivo de la categoría: 2019

El murmullo del mundo (Tomás Sánchez Santiago)

El murmullo del mundo (Tomás Sánchez Santiago)

Desde el viernes por la mañana acarreo este libro de Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) como el enfermo que arrastra su tanque de oxígeno. A fin de cuentas un buen libro -como el presente- ha de cumplir para el lector el mismo fin. De habitación en habitación, de la cama al sofá, del sofá al orejero, de un inmueble a otro, de la ciudad al campo, el libro siempre entre manos. A qué tanto trajín, se preguntarán (bajo la hipótesis de que ahí haya alguien), cuando este no es un libro de novela negra, en el que no hay que poner cara al asesino, ni desentrañar ningún crimen. Quizás, para decirlo con Amaral, porque leyendo estos Diarios iba en busca de la emoción perfecta, a lomos de un interés que me arrastraba de página en página sin remisión. Sucede esto cuando el escritor logra lo que persigue, a saber: El escritor, ese timador que tiende puentes más o menos sólidos con palabras propias o robadas para llevar al lector hasta un lugar imprevisto y allí, zas, darle el sablazo emocional.

Ahora que escribo esto recorro el libro adelante y atrás haciendo una paquitochocolaterada y veo en el texto manchas de sangre de un dedo, el índice, que me tajé partiendo cebolla (en ese momento no estaba leyendo a Tomás), un dedo dicho por otra parte que es ya más puntero que índice, pues anteriormente, meses atrás, le había dado un tajo en el lado opuesto partiendo jamón. Lo curioso es que el libro está subrayado y hollado con anotaciones de todo tipo y veo otras manchas rojas que pertenecen al culo de un lapicero, así que quizás veo sangre donde no la haya.

El murmullo del mundo, título que me resulta muy sugerente, publicado por la editorial asturiana TREA agrupa tres libros de diarios publicados anteriormente: Para qué sirven los charcos, Los pormenores, La vida mitigada, a los que se añade un cuarto: Muda de siglo, que recogen anotaciones que van desde 1984 hasta 2016.

Los cuatro libros de diarios presentan textos heteróclitos, dispares, libro que viene a ser un cajón de sastre donde cabe todo sin ceñirse a un molde. ¿La eternidad que surge de lo confuso?.

Hay citas de otros autores que Tomás ha leído. Muy sagaces por cierto, como esta de Renard:

Uno prodiga alabanzas sobre otro tal como mete sus ahorros en un banco: para que le sean devueltos con creces.

Otros textos bien pueden ser aforismos: La madurez es solo es estado en que hacemos creer a los otros que no nos conviene hacer aquello que en realidad ya no podemos.

Quien tiene buena memoria está más cerca de la muerte.

A cierta edad uno debería poder elegir también el árbol por su sombra, no por sus frutos.

La necesidad de las fechas en la vejez; la de los hombres en la infancia.

Se registra aquello que se lee, lo que yace en un pintada.

No a la pena de muerte, ni a la muerte de pena.

Tomás puede ponerse en plan Bernhard:

Estas liturgias ostentosas gustan mucho en una ciudad cuyo empeño mayor sería que cada ciudadano fundarse una cofradía propia, con hábito y normas llenas de gesticulacion para pasear de acá para allá cristos y vírgenes de continuo. Las concentraciones de danzas regionales, los bailes de gigantes de cartón, las marchas ciudadanas reivindicativas encabezadas por dulzaina y tamboril, las romerías ya desecadas por el intervencionismo municipal, todas esas maneras ruidosas de visibilidad folclórica se tienen aquí mucho en cuenta, en esta ciudad «oscura como un trueno», como lo denominábamos en aquel poema remoto que hoy, a la vista de esto se nos antoja tristemente reciente.

Hay comentarios sobre nuestra forma de actuar, de relacionarnos con el medio:

Nuestro hiato con la naturaleza permanece.

Tomás huye como de la peste del ruido, lo vocinglero, lo aparatoso, así se encarece lo paciente, lo silencioso, aquello casi invisible.

Leo a Tomás y creo que le va al Diario esa voz que es un murmullo quedo, el arcón mínimo en el que guardar con mimo palabras recoletas, talladas a buril.

Observo dos reiteraciones, quizás un despiste, quizás algo intencionado, como sucede con El delito de estar solo.

Tomás, con sorna, le da la vuelta a la tortilla:

Oigo a menudo protestar de cómo les dejaremos el planeta a los jóvenes pero podríamos invertir la queja: qué jóvenes vamos a dejar a nuestro planeta.

Leo, los dominios del gris y yo entiendo, los domingos del gris y con esas la mente se me va, pues son deslices fecundos.

No parece que a Tomás todo esto de la globalización, de estar conectados a todas horas sea santo de su devoción.

…de quienes no necesitan para ser felices la obligación de estar enganchados al planeta entero por Internet. Porque la verdadera sabiduría, pese a quien pese, sigue sin identificarse con la información.

Sí, sobra ruido:

El mundo de este fin de siglo va siendo un gran parque infantil donde nada estará prohibido salvo poner en cuestión la falta de serenidad, la falta de reflexión y la falta de silencio.

Salgo al ruido del mundo. No lo entiendo. Su murmullo a veces me da miedo.

En algunos diarios priman los objetos, que tienen alma y memoria. Lo inerte y lo insignificante cobraban vida y valor si su mirada las atravesaba dice Tomás de Aníbal Núñez. Tomás hace lo propio, pues donde uno ve un objeto, Tomás va más allá, pues vienen a ser lámparas mágicas que con la fricción del lenguaje obra maravillas. Ese mundo de las pequeñas cosas que sostienen el mundo..

…ese otro alcance corto, húmedo y cordial que da la cercanía de cuanto acompaña la aventura de los días de diario.

La visión del campo, de la naturaleza, que aquí se aprehende y vierte me recuerda a los deliciosos textos de Antonio Cabrera en El desapercibido.

El libro son ires y venires (físicos: Burgo de Osma, León, Zamora, La Bañeza, Madrid (El Prado), Toro, Salamanca, Villacariedo, Urueña, Rabat, Los Ancares, Soria, Logroño, cañón del río Lobos, localidades portuguesas, el Norte…) sobre lecturas (No tengo otro refugio: el otoño lleno de luces propias, de pasos y miradas y lecturas en calma) y sobre la escritura. Sobre sus lecturas, en algunos momentos tengo la sensación de estar pasando las yemas por las cuentas de un rosario alborozado al hallar ahí a José María Pérez Álvarez, a Bayal, a Quignard, a Renard, a Rulfo, a Duras, Ribeyro

En cuanto a la escritura:

¿Por qué escribir? Para perderle el miedo a las palabras.

¿En qué creer fuera de las palabras?

El ruido sereno e inseguro de unas cuantas palabras cargadas de incómodo plomo.

Cuidado, delicadeza, verdad. Alegría. Al escribir.

Las palabras tienen revés.

Seguir escribiendo, entre los tirabuzones de las palabras.

Pero los verdaderos poetas, imprevistos y a solas, siguen escarbando con su rumor de uñas sobre la piel del lenguaje y de espaldas al ruido.

…el solitario corredor de fondo, ese que seguiría escribiendo así le cortasen las manos, aún si le oscureciesen el porvenir.

Ya no me interesa escuchar lo que yo suscribo sino lo que me rectifique.

Invisibilidad, discreción agachadiza. Vida literaria poco ruidosa.

…la coherencia centrípeta de la narrativa al uso […] Contemporáneo frente a clásico, o más bien válido frente a inservible.

Leer para salir de dudas:

Los tempranos gorriones de la deshora, los perros sedientos, los colegiales insubordinados y el temblor del cielo duplicado en esas aguas inesperadas nos revelan de pronto para qué sirven los charcos.

Cosas que uno lee y ratifica.

La necesidad de una asignatura que fuese Educación para la tecnología, ya que se fragmenta lo grave y lo urgente.. Esto me recuerda a lo que leí en esta entrevista a Tavares: Podemos cambiar la vida si tenemos una especie de arquitectura filosófica en nuestra cabeza. Yo tengo claro por ejemplo que tenemos que decir dos o tres síes y muchos noes. Esto es decisivo porque nos hemos transformado en seres humanos disponibles, seres humanos sin, siempre disponibles para hacer, recibir, responder a un estímulo, y siempre respondemos.Yo no tengo Facebook ni nada. Un mail ¡y ya es un poco demasiado para mí! Si estás siempre diciendo sí a cualquier estímulo exterior estás poniendo todas las cosas al mismo nivel: la comida, el amor… lo conviertes todo en un paisaje plano y es peligroso. Puedes estar haciendo algo esencial y un minuto después estar contestando a un email muy periférico.

Convertirlo todo en transacción, incluso la memoria: Ensalada Doña Rosita.

Tiempo efímero: fundar y clausurar son a menudo acciones consecutivas que se dan la mano.

Tomás habla el idioma de los perdedores. Dedica páginas a los amigos y conocidos que se mueren; entradas en el diario que son una suerte infausta de obituarios. Confirmar lo que ya sabemos, que hay presencias que solo llaman la atención cuando se van.

Lo tecnológico anula nuestras capacidades de sentir a través de los sentidos, lo hermético nos priva de oler, tocar, sentir…

El lenguaje deriva hacia la etimología y Tomás registra palabras, decires, que le llaman la atención, o bien entra en los dominios de la etimología, como sucede al abordar la palabra emborrachar.

Toda tu vida fue servir. Resume a la perfección el rol de nuestras abuelas, nuestras madres.

Hable y diga, cuenta Tomás que decía una señora al teléfono cada vez que contestaba.

Escriba y cuente, le podemos decir a Tomás cuando se presente con estos Diarios bajo el brazo. Y mucho y bien cuenta Tomás.

Aquí quedan registradas tan solo unas impresiones, unos apuntes, unos pocos, aquí hay más. Pero hagan las cosas bien y vayan al grano, a la fuente, al libro, a los Diarios, a las palabras carnosas y ab(and)ónense a su lectura.

IMG_20190529_184127_2_opt

Paprika Johnson y otros relatos (Djuna Barnes)

Sin haber leído El bosque de la noche, me introduzco en el mundo narrativo de Djuna Barnes con este libro de relatos publicado por la editorial La Navaja Suiza en su colección mininavajas (el reducido tamaño del libro permite llevarlo perfectamente en el bolsillo trasero del pantalón) con traducción de Ce Santiago.

El libro se apertura con un provechoso artículo titulado Greenwich Village, kilómetro cero, en el que no me queda claro de quien es la autoría del mismo.

Los siete relatos del libro son Un toque de comedia, ¿Quién es el tal Tom Scarlett?, La broma entre las bromas, La tierra, La cobarde, Paprika Johnson y Una noche en el bosque.

Los tres primeros son piezas de cámara. Un padre quiere proteger a su hijo sin saber muy bien cómo y de qué hasta que el retoño decida coger las de Villadiego y hacer lo mismo que hiciera su progenitor, como si el destino fuese grabado en los genes.
El Tom Scarlett del título del relato parece necesitar un público que levante acta de su crisis existencial, sin que sepamos muy bien si la misma se resolverá con una risotada, unas lagrimillas o con un suicidio ejemplar. La broma entre las bromas tiene bastante poca gracia. El misterio y la resolución del relato se cifran en un encogimiento de hombros por mi parte.

Los últimos cuatro relatos me resultan mucho más interesantes. La acción se traslada al campo en La tierra, en dónde dos hermanas polacas libran su particular batalla filial, con una muy singular manera de fastidiarse y ajustarse las cuentas entre ellas. La cobarde presenta a una mujer coraje, que se ve obligada a ceñirse a la imagen que todos tienen de ella, aunque sea para cavar su propia tumba. En Paprika Johnson volvemos de nuevo a la ciudad y el relato se me antoja como esa música asordinada que uno escucha en la distancia y disfruta sin coscarse de la letra. Una noche en el bosque plantea una situación absurda, mediante la cual un hombre verá cumplido su sueño de habitar la prisión local, para fugarse poco después junto a su mujer e ir dando tumbos por el bosque como alimañas prestas para ser abatidas, paladeando unos postreros instantes de libertad.

A Barnes le gustan los acertijos, los enigmas, los embrollos y pide la participación activa del lector, al que interpela con frecuencia. Si uno entra al juego y se deja llevar es fácil disfrutarlos, al menos los cuatro últimos que me parecen más originales y mejor construidos.

La Navaja Suiza. 2019. 150 páginas. Traducción de Ce Santiago.

De Conatus
www.devaneos.com

Dicen (Susana Sánchez Arins)

Hay unas voces primero apagadas, luego bajas, que forman un murmullo, aquel que coge forma cuando el cantante cede el micro al público, al pueblo, y éste canta y esa voz de muchas voces, pero ya una sola voz, clama y me recorre el espinazo tanto como lo ha hecho el libro Dicen de Susana Sánchez Arins (Vilagarcía de Arousa, 1974) publicado en la joven editorial De Conatus.

Dicen, digo que es un libro valiente, necesario, extraordinario, un artefacto narrativo sostenido por un ritmo salmódico, merced a una prosa poética de largo aliento, alcance y profundidad que echa mano también de canciones, poesías, refranes, secuencias de películas (ya sean de gangsters, del oeste…), humor e ironía, para ir hilvanando los recuerdos de todos los miembros familiares que orbitan en torno al hombre de la foto, que bien puede ser el Manuel de la novela, el tío falangista de la narradora y uno de los mayores represores los años posteriores al final de la guerra civil en Ribadumia y alrededores. Los ajusticiados, los represaliados en aquel entonces siguen hoy todavía con el miedo encima y prefieren olvidar. La autora ahí deviene una aguafiestas, porque la memoria bien podría ser la savia del árbol de la vida, aquel que se agostaría si uno decide olvidarse todo y de sí mismo.

La narradora con esta novela parece querer clavar una estaca en el corazón de la desmemoria para que esta muera y perdure así la memoria (que tiraría más de pan negro que de una magdalena), a fin de no olvidar lo que pasó en España después de la guerra civil, después de aquel glorioso alzamiento; en este país nuestro de santo y saña, paseíllo y cacería, en el que era menester cumplir los dictados del General Mola: debe ser sembrado el terror como grano de maíz. tenemos que dejar sensación de dominio eliminando sin inquietud de consciencia ni dudosa vacilación a todas aquellas personas que no piensen del mismo modo que nosotros. Dicho y hecho. Así las cunetas se sembrarían de cadáveres, de muertos asesinados Dios sabe dónde y por qué, que muchos curas locales luego se negarían a enterrar.

Parece que ciertos temas como el de la guerra civil española y la represión en la posguerra hubieran dado de sí en la novela ya todo lo que tenían que dar. Afortunadamente no es así. Susana Sánchez Arins de forma breve, precisa, poderosa y preciosa (la narración tiene algo magnético y uno se ve al leer frente a una hoguera que calienta más que ilumina, mientras se refiere una historia que te mantiene pegado y sientes cómo las mejillas se encienden, los ojos se humedecen, la sonrisa muere en una mueca, la rabia no pasa con la saliva) logra como los alpinistas que abren otras vías en su escalada, hacer con su narración lo propio sobre el papel, dándole otra vuelta de tuerca a la historia reciente (o no tan lejana), acercándonosla, haciéndonosla sentir más vivamente y en esencia.

De Conatus. 174 páginas. 2019. Título original: Seique. Traducción: Susana Sánchez Arins.

Lecturas periféricas: Antonio Benaiges. El maestro que prometió el mar