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Toni Erdmann (Maren Ade)

Además de un sinfín de premios, para los lectores de la revista Caimán esta fue la mejor película del año pasado. Es una buena noticia porque la película es magnífica y dista mucho de ser un producto palomitero o conformista.

La película es larga, dura algo más de dos horas y media y tiene sentido que así sea, pues esto permite ir dando forma a los dos personajes principales, un padre y una hija, que buscan una forma de entendimiento a través de un lenguaje que se mueve a sus anchas en el humor y en el drama.

El punto de partida es lo que un padre separado experimenta cuando su hija, convertida en una consultora de éxito, se va alejando de él. El padre siente que la está perdiendo, cuando se reúne con su exmujer y refiriéndose a su hija afirma “algo hemos hecho mal”. Es curioso oír decir esto, porque la hija ha estudiado, se ha formado y ha conseguido un trabajo muy bien pagado que la obliga a viajar por el mundo, si bien le resulta tan absorbente que le deja las otras parcelas de su vida tan magras que parecen inexistentes. Ese es el escozor del padre, en parte porque el éxito de su hija no le parece tal (pues no comulga con el discurso neoliberal ni con el trabajo de su hija, intermediaria o facilitadora en despidos masivos. Ya saben, las cosas de la deslocalización), y desde una posición más conservadora quizás el padre no solo piense en su hija, sino también en él mismo, y le gustaría tener un yerno y unos nietos, algo que perpetuase la especie y no una hija que por su ritmo de vida no parece muy posible que le pueda dar descendencia.

En parte sí puede ser esta una película feminista, en cuanto que ella toma sus decisiones y si se equivoca o acierta no le irá con el cuento a nadie, por tanto sí que ella es dueña de su vida -aunque sea un desastre, que ese es otro cantar- y digo en parte, porque como alta ejecutiva y en esas esferas laborales la mujer no feminiza el ambiente sino que se varoniza y debe pasar por alto los comentarios machistas que le toque en suerte escuchar. Como le dice a su jeje “si fuera feminista no trabajaría aquí”. Al padre, aficionado a las bromas, se le ocurre la peregrina idea de ir a visitar a su hija a Bucarest donde ella trabaja y lo hace sin avisar y casi de incógnito, pues es dado a disfrazarse, a usar pelucas o dientes postizos. Este juego de máscaras dará fruto, pues le permitirá al padre ser otro, adoptar otro rol y llegar hasta su hija de otra manera. La escena casi final en el parque con el padre disfrazado de algo parecido a un basajaun me ha parecido desarmante. Un poco antes también hay otra escena clave, aquella en la que padre e hija casi de matute acceden a un domicilio rumano y acaban él al piano y ella cantando The Greatest Love of All, canción que actúa como catarsis y como autoafirmación. La pregunta que cabe hacerse es ¿qué significan el amor propio y la dignidad para el padre y la hija?.

En la película no hay largas parrafadas e incluso las grandes cuestiones que tratan de dirimir padre e hija, como qué es la felicidad, no pueden resolverse de una sola vez, pues no hay aquí discursos prefabricados, sino más bien titubeos, palabras correosas, arrepentimientos súbitos, afectos soterrados, sentimientos encontrados, abrazos que mueren a la mitad, finales abiertos…y todo esto es lo que la directora Maren Ade tan jodidamente bien registra, gracias a un guión complejo que admite múltiples lecturas, contando con dos actores Peter Simonischek y Sandra Hüller que hacen el papel de su vidas y remueven las nuestras, porque esto no es solo cine.

La próxima piel

La próxima piel (Isaki Lacuesta e Isa Campo)

La próxima piel es una espléndida película de Isaki Lacuesta e Isa Campo, rodada en El Valle del Tena, donde la presencia de las montañas pirenaicas, y un clima hostil, confieren a la película aún más tensión y extrañeza. No hace falta un gran presupuesto cuando se cuenta con unos buenos intérpretes (Emma Suárez, Álex Monner) y un guión soberbio que es una pieza de orfebrería.
Sobre el papel una historia dramática y esperanzadora, la de un niño que se pierde en la montaña con 8 años y que casi con 18 tiene la posibilidad de volver a su hogar, al lado de su madre que no perdió la esperanza de encontrarlo a lo largo de todos esos años. El padre murió cuando el niño desapareció, y ahora el regreso del joven está plagado de interrogantes, de dudas, de elocuentes silencios. El desconcierto del joven, que sufre de amnesia y ataques de ansiedad, permite jugar con los equívocos de toda clase, pues a la identidad del joven, sobre quién sobrevuela la posibilidad de que sea un farsante, se une todo ese pasado que se va filtrando poco a poco, deshaciéndose muy lentamente, un pasado que irá modificando el presente y a cada uno de los personajes a medida que tomen conciencia de lo que son y de lo que hicieron. Pocas películas recuerdo que manejen tan bien la intriga, el misterio, el juego de miradas, la integración del paisaje como un personaje primordial, como hacen Lacuesta y Campo en La próxima piel, un thriller español brillante.

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Días de vino y rosas

Días de vino y rosas es una película demoledora, donde se nos presenta el alcoholismo, no como un solaz inocuo sino como una enfermedad que hará estragos en una pareja de alcohólicos, donde él, Joe (Jack Lemon) reconocerá su adicción y se afanará en mantenerse sobrio (gracias a la ayuda de Alcohólicos Anónimos) y recuperar las riendas de su existencia y donde ella, Kirsten (Lee Remick), no reconocerá que es alcohólica, y no le encontrará ninguna gracia ni sentido a aquello de estar sobria, de tal manera que decidirá amorrarse a su botella y dejar de lado a su marido y a su hija pequeña. La gran virtud de la película es su ausencia de gazmoñería, de discursos moralizantes, donde hablan la crudeza de los hechos. Tampoco hay un final feliz, aquel abrazo parejil que solucione todo y cauterice las heridas al momento. No hay nada de eso porque el alcohol es la bajada a las infiernos de ambos, y en el caso de Kirsten, ésta decide quedarse allí, porque si decide salir, el empuje debe proceder sólo de ella, pues no hay ninguna otra fuerza: ni su esposo, ni su hija, ni su padre, lo suficientemente fuerte como para sacarla a flote. Hay unas cuantas escenas memorables, trágicas, delirantes: Joe empujando a su mujer a beber con él al poco de dar ésta a luz, incitándola a darle a su hija leche embotellada y no el pecho, a fin de que la fiesta continúe, Joe destrozando el invernadero, Joe en el suelo mientras le riegan con alcohol como el que riega una planta, el padre de Kirsten llorando desconsolado ante la imposibilidad de cambiar nada, Kirsten asumiendo que no es capaz de pensar un horizonte en el que no pueda beber más, Joe con delirium tremens en su cura de desintoxicación, y ese impulso final de Joe de ir tras Kirsten, ese momento crucial, en el que todo puede volver a ser como siempre -un infierno- o rumiar su pesar tras la puerta viendo como su mujer se va de él, de su vida, hacia el centro de la nada, mientras la palabra bar se refleja en el cristal de Joe, junto a su cara, ya un poema trágico.

Frantz

Frantz (François Ozon)

Estamos acostumbrados a ver en la pantalla grande conflictos bélicos que muy espectacularmente muestran su cara más brutal, toda la destrucción y muerte que generan. Lo que no es tan habitual es que un soldado, que ha combatido en la Primera Guerra Mundial, en el bando francés, se desplace hasta un pueblo alemán, con el único propósito de obtener el perdón de los padres de un soldado alemán al que mató en una trinchera, en ese momento en el que no matar, implica morir.

Sobre este acontecimiento reflexiona Ozon con profundidad, y la película resulta conmovedora (con una gran interpretación de Paula Beer), y crítica, pues el padre del soldado alemán, sabe que en la guerra todos pierden algo, y que la muerte de los soldados enemigos -jóvenes de la edad de sus hijos- aunque sea motivo de celebración para los vencedores, no deja de ser una bajada a los infiernos, que toda guerra trunca algo.

La narración juega con el suspense y si enseguida descubrimos que las cosas no son como creemos, en un terreno abonado de equívocos, y mentiras piadosas, el sorprendente final, tampoco es un final al uso y deja un regusto amargo, una sensación de impotencia, de imposibilidad.