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Arca (Ricardo Menéndez Salmón)

Con Arca Ricardo Menéndez Salmón escribe su novela más extensa y ambiciosa. Ubicada en un futuro a la vuelta de la esquina. En la misteriosa ciudad de Venecia. La ciencia ficción ya venía ocupando los intereses de Salmón, así, por ejemplo, El Sistema.

Aquí acontece La Gran Conmoción. Venecia se hunde.

La novela sigue un curso meandroso y laberíntico como Venecia. El protagonista es capaz de ver lo que ha sucedido en los lugares donde está. Recibe un encargo en Venecia. Debe saber qué ha sucedido en Ca’ Barbarigo.

La suntuosidad y el barroquismo de Venecia son los mismos que exhibe Salmón en su escritura. Y la escritura se demora en las metáforas. Cada «como si» es una pincelada más en el lienzo.

Y el ritmo se sostiene en la acción y en el lenguaje. Y en el pensamiento, porque la novela es también ensayo y reflexión sobre la deriva de la humanidad, así el trasnhumanismo.

La virtud de la novela es la elaborada mezcla de ciencia ficción, ensayo, novela negra y de aventuras, con los elementos del suspense y sin dejar de lado la posibilidad del enamoramiento.

La trama se vuelve compleja y sofisticada y el lenguaje exige esfuerzo y detenimiento al lector, que no debe buscar aquí la inmediatez, lo explícito. No lo hallará.
La prosa leida es un balanceo en el abismo, la frontera entre la hipnosis y la lucidez.

Robinson Crusoe

Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe (Daniel Defoe)

Para mí la figura de Crusoe era la del náufrago capaz de sobrevivir contra viento y marea en una playa desierta. Leído el libro descubro que Crusoe pasó la friolera de 28 años en la isla. Una vez allí se empecina en sobrevivir. No se adapta al medio, sino que adapta el medio a su circunstancia. Crusoe es él y su circunstancia, y si no la salva a ella, no se salva él, que diría el filósofo.
A Crusoe lo mueve un instinto utilitario y la necesidad de no parar de hacer cosas. De esta manera aplicará toda su inteligencia en su día a día para garantizar su supervivencia. Logra en una isla salvaje, proveerse de alimento, de vegetales y animales. Adecuar una vivienda digna, bien protegida merced a una empalizada.
El afán contable de Crusoe es el resultado de una mente analítica, matemática; así hay un arqueo con cosas en el debe y en el haber, y un buen número de listados de todo lo que Crusoe hace, fabrica, almacena. Incluso cuando más adelante descubra la presencia de salvajes caníbales, y tengan lugar unas cuantos enfrentamientos, se nos detallará las bajas de la contienda, los muertos y los heridos.
La idea que tenía de Crusoe se agotaba para mí en la isla, en la del náufrago que sobrevive por sus propios medios. Sin embargo, cuando Crusoe deja la isla y regresa a casa 28 después, su alma errante le anima a seguir moviéndose. Cuesta creer que alguien como Crusoe, tan dado a la aventura y al movimiento hubiese sido capaz de pasar 28 años en la prisión que supuso la isla. Eso explicaría que cuando vuelva a su hogar, descubra que a pesar de casarse y tener hijos; una vez muera la mujer, el cuerpo le pida marcha y como la cabra tire al monte. Crusoe tira para el agua, y decide, aquejado del síndrome de Estocolmo, volver a la isla. Pero no se queda allí, pues sería un claro ejemplo de masoquismo, sino que decide como Marco Polo surcar el vasto y ancho mundo.
Si la primera parte son 300 páginas, la segunda son 280. En la primera son 28 años de cautiverio. En la segunda son casi 11 años dando tumbos por ahí.
La segunda parte es una sucesión de aventuras, donde a menudo tienen que hacer frente, no ya a caníbales, o salvajes o indígenas, como en América, sino a paganos e ignorantes, allá por China o Siberia. Para Crusoe los chinos son unos ignorantes, unos paletos y la Gran Muralla China es objeto de mofa. Nada puede compararse a su Dios. Un Dios con el que Crusoe tiene sus más y sus menos, porque si en la isla, en un principio, echa pestes de su situación, entiende luego que la Providencia le ha permitido sobrevivir, y cuando lee la Biblia entiende mejor su situación, le da sentido a cuanto le pasó y luego cuando deja la isla y ve mundo, reprocha las actitudes paganas, la magia, todo aquello que se aparte del camino de Dios y de la fe. En la batalla entre Occidente y Oriente sale ganando claramente Occidente. Esa es la idea de Crusoe: la del conquistador, la del colonizador; aquel que habla de salvajes, de indígenas, alguien a quien, curiosamente, el mucho viajar y las muchas andanzas, no parece haberle abierto mucho las entendederas, porque la segunda parte supone un continuo trajín, un no parar de moverse, de librar batallas, de salvar el pellejo por los pelos, sin que nada de esto parezca ir haciendo mella en Crusoe, cuyas ideas fijas parecen hechas de piedra. Resulta notorio que Crusoe no es nada permeable al cambio. Es incapaz de adaptarse a cuanto ve, a otras culturas u otras religiones, las cuales desprecia, pues todo le resulta bárbaro, primitivo y salvaje. Incluso Crusoe es capaz de jugarse la vida, si es necesario, para ir en contra del paganismo, de la idolatría, y entonces prender fuego, por ejemplo, a una figura a la que llaman Cham-Chi-Thaungu. El puntito de superioridad moral de Crusoe brilla en todo momento. Es muy posible que lo primero que aprendieran a decir sus hijos fuese: Señor, porque cuando Crusoe libera a un indígena, para convertirlo en su esclavo, además de cambiarle el nombre y llamarlo Viernes, pues fue el día de la semana que lo liberó, naciendo así a su nueva vida, le enseña a decir Amo. Cuando Viernes le habla de su Dios Benamuckee, Crusoe le hace ver que el verdadero Dios es su Dios, y que se vaya olvidando de Benamuckee. Otro punto interesante en la novela es el de la paternidad irresponsable. Una vez que Crusoe deja la isla, y vuelve a casa, frisando los 60, tiene tres hijos. Y lo primero que hace Crusoe al morir su esposa, con los hijos entres tres y cinco años es coger las de Villadiego.
Una novela que he leído a la contra, que me he impuesto y que me ha resultado muy pesada y reiterativa, donde, además, la figura de Crusoe no me ha resultado nada atractiva.

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Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación (Ricardo Piglia)

Años de formación es la primera parte de la trilogía diarística que se cerrará años más tarde con Los años felices y Un día en la vida.
Cómo se ve en los títulos, el tiempo juega un papel importante.

Esta primera parte va comprendida entre 1957 y 1967. Una década. El tiempo que llevaba este libro esperando ser leído por mi, después de haberlo recibido como un presente, ahora pretérito.

A los dieciséis años, Ricardo piglia tiluvo muy claro que quería ser escritor. Y lo que se evidencia en los diarios es que esa vida que llevará desde que cumpla la mayoría de edad será una vida nómada, ambulante, precaria, fiando todo su porvenir a su éxito como escritor. Y en 1967 le comenta a Rodolfo Wash que en diez años será el mejor escritor argentino.

Afirma que ha abandonado tantas cosas por la literatura que seguir en ese plan es ya una especie de destino. La elección inicial definió todas las demás. Y que como sucede, siempre esa elección fue impensada y sorpresiva.

Manejándose primero en las distancias cortas de los relatos. En seguida, algunos de sus relatos alcanzarán la notoria fama y logrará hacerse rápidamente un hueco entre los escritores argentinos contemporáneos.
Los diarios recogen breves apuntes en los que se va dando cuenta de sus amoríos, sus aventuras y desventuras amorosas, y lo más importante es cómo se va gestando Ricardo como escritor, aquí bajo el nombre de Emilio Renzi.

Al poco de acabar la carrera de historia Piglia encontrará plaza como profesor universitario. Impartiendo asignaturas a alumnos que son casi de su misma edad.
Se demuestra en estos apuntes el afilado juicio crítico de Piglia a la hora de leer.
Más allá de escribir relatos no tardará en encontrar también trabajo como editor, como un lector profesional. Realizará semblanzas de escritores americanos y comenzará a trabajar en la que será su primera novela.
Los elementos históricos están también presentes como el golpe de estado a finales de junio de 1966 o la muerte del Che Guevara el 9 de octubre de 1967. En 1967 comenta también que en la era electrónica desaparecerán los libros.

Me resultan también muy interesantes sus juicios sobre los relatos de Cortázar, sobre El perseguidor afirma que le parece demasiado demagógica y trivial. De Cien años de soledad afirma que la prosa es muy eficaz y también muy demagógica, con remates de los párrafos muy estudiados para producir un efecto de sorpresa. Borges dijo de la misma que le sobraban cincuenta años.
O que lo mejor de Onetti son sus historias cortas, como Para una tumba sin nombre, El pozo o Los adioses.

Unos diarios que me han resultado muy interesantes (no obstante, hay algunos apuntes que me resultan totalmente triviales y prescindibles) para conocer mejor la figura de Piglia como persona y sobre todo como escritor. Una profecía autocumplida.

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Razón de música (Manuel Fernández Labrada)

Sabemos la relación que guarda el precio del oro con el de la plata en el mercado de valores, pero todavía desconocemos la de una crítica con un like.

Muy cierto me parece este enunciado que escribió Manuel en su anterior libro, Gradus ad Parnassum. Las redes hoy arrinconan los blogs y directamente los invisibilizan y la foto de un libro tiene mucha más repercusión e impacto que reseñas de mil palabras. Sancionando así el dicho que afirma que Una imagen vale más que mil palabras. Aunque, en todo caso, la cubierta de un libro nada dice por sí misma. Pero bueno, la cosas del marketing tendrán su propia lógica.

Si Manuel ya me había demostrado su sobrado talento con dos libros de microficciones: Ciervos en África y Al brillar un relámpago escribimos. Un talento aquilatado luego en la narrativa con la chispeante novela musical Presto delirando y rematado posteriormente con un ensayo que todo plumífero debería ojear y hojear: Gradus ad Parnassum, ahora Manuel saca brillo a una labor que viene practicando en la blogosfera desde septiembre de 2015, cuando publicó aquella pionera y sucinta reseña de los Relatos fantásticos de Turgueniev. Reseñas que progresivamente irían ganando en extensión y profundidad, con un marcado carácter literario, hasta convertir su Saltus Altus en un referente virtual indiscutible de la crítica literaria.

Ápeiron ediciones publica ahora Razón de música, en la colección de estudios musicales, “tritono”. Es un libro que reúne quince reseñas (que han sido revisadas y ampliamente renovadas) de Manuel, de naturaleza musical, en las que el autor da razón de la música, pero no como un experto en la materia (a pesar de que Manuel haya cursado estudios de Piano, Armonía, Contrapunto, Fuga, Composición y Musicología) sino como un divulgador (algo parecido a lo que Manuel expone sobre Steiner) de aquellos libros que Manuel ha leído estos últimos años y que ha querido compartir con otros posibles lectores, y que por tanto creo que son reseñas aptas también para los no melómanos. Creo que una de las bondades del libro es que además de su reducido tamaño, apenas 100 páginas, ofrece una gran variedad de temas, porque como afirma Manuel en la Nota introductoria: La música ha despertado siempre la curiosidad de los hombres. De toda clase de hombres añadiría, por eso aquí encontraremos textos de novelistas, filósofos, cuentistas, ensayistas o compositores.

El libro está dividido entre tres apartados. El primero dedicado a los compositores e intérpretes. Insoslayables las figuras de Mozart bajo la óptica de Christoph Wolff o Beethoven visto por su contemporáneos, en la obra de O. G. Sonneck. Aunque también tengan aquí cabida libros que abordan La escena operística en España entre 1925 y 1965, obra de Aitor Merino, donde lo histórico incide en lo musical. Y otros libros que sirven como guía, ya sea De la A a la Z de un pianista de Alfred Brendel (que Manuel califica como un vademecum para pianistas) principiantes). O el libro Conversaciones sobre música de Wilhelm Furtwängler. Siete conversaciones que Wilhelm entabla con Walter Abendroth, donde el primero focaliza su interés en Beethoven o aborda temas como el importante papel desempeñado por el público en el desarrollo de la música, o la capacidad que la música tiene para unir a los pueblos, o la última conversación, en la que Wilhem se postula como un acérrimo defensor de la tonalidad.
En el segundo apartado que lleva por título Teoría, crítica y pensamiento musical comparecen Schumann, Wagner, filósofos como Kierkegaard, eruditos como Steiner y otros autores menos conocidos por estos lares, como Molkow (cuyo ensayo versa sobre los filósofos en la ópera).
Y acaba el libro con el apartado Música y literatura. Apartado heteróclito donde Manuel reseña libros de Antonio Pau, Robert Walser, Felisberto Hernández o Wolf Wondratschek. ¿Acaso no dan ganas de leer su Autorretrato con piano ruso después de finalizar la lectura de la reseña?

Las reseñas tienen la extensión justa (entre las tres y las seis páginas) para captar nuestro interés y mostrar las virtudes del texto, o bien hacer hincapié en los aspectos más reseñables, a fin de que este nos resulte interesante de leer. O incluso para desincentivarlo, como puede suceder con el panfleto antisemita de Richard Wagner, El judaísmo en la música.
Manuel asimismo ofrece también reflexiones sobre la cuestión editorial. Así alaba, por ejemplo, la publicación de Diapsálmata de Kierkegard, en una edición exenta, publicada por Hermida editores.

Reivindico la lectura de Razón de música, ya que creo que cae también del lado de lo dionisíaco, y la lectura es una celebración de la música y de la literatura. Además, como también escribió Manuel en su Gradus ad Parnassum, tengamos presente esto:

Recomienda tantos y tan buenos libros en las redes sociales que sus seguidores nunca tienen tiempo para leer los suyos.

Si han llegado a Saltus Altus, den un salto (les aseguro que no será al vacío) a Razón de música y luego sigan recorriendo la obra literaria de Manuel, tanto en la blogosfera como en papel.

Razón de música
Manuel Fernández Labrada
Ápeiron Ediciones
2026
100 páginas