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El duro oficio del columnista

Los periodistas que escriben sus columnas en los diarios pueden abarcar temas generales o escribir sobre lo que mejor conocen: deportes, gastronomía, política, educación, decoración, cine, música. Los que analizan la actualidad tienen un basto repertorio sobre el que dar su particular punto de vista. Una de estas columnistas es Lucía Etxebarría, columnista en el diario ADN.

Hace días, en su columna comentaba la “directiva Bolkenstein” con un tono desenfadado, propio de estas columnas periodísticas que pretender captar el interés del lector, hablaba de los males que se iban a cernir sobre todos nosotros tras la aprobación de la directiva por el Parlamento Europeo, con términos como competencia desleal, dumping, evasión de impuestos, derechos de los trabajadores, competencia feroz, guerra social, etc..

Hoy el portavoz del presidente del Parlamento Europeo, Ignacio Samper, en el mismo diario, desmenuzaba la argumentación de la escritora, punto por punto, desmontando cada una de sus afirmaciones. La recomendación final que le hacía Samper a la escritora era que se documentase mejor a la hora de escribir. Es un buen aviso para navegantes.

El “derecho de expresión” que recoge la constitución no implica la “obligación de decir siempre la verdad”. Hay en los periódicos, televisiones y emisoras de radio maestros constructores de la falacia.

Como apunta el portavoz, los lectores a los que nos sonaba a Chino la directiva Bolkenstein antes de leer la columna de la escritora, tenemos derecho a la información veraz, a fin de que no retengamos en nuestra memoria aquello que puede no ser cierto, pero que si nadie se toma la molestia de rebatirlo o de aclararlo, lo leído quedará como tal.

Disparos en el Lejano Oeste

Los Estados Unidos parecen una película del Oeste cuando uno lee que a un hombre negro de 23 años, el día que celebraba su despedida de soltero, a la salida de un club, a las 4 de la madrugada, le pegaron 50 balazos, porque el local estaba bajo sospecha y uno de los agentes creyó oir “saca la pistola”. Los agentes ni cortos ni perezosos comenzaron la balacera que se saldó con cincuenta balazos que impactaron sobre el joven, el cual no iba armado. Ni él ni otros dos jóvenes que iban con él, que resultaron heridos. Si hubiera ido armado, ¿se necesitan 50 balas para reducir a un sospechoso?, o la policia en estos casos tiene la orden de abatir o matar al “presunto” delincuente. Quizá se trate de otra variante del presidente y filósofo Bush, creador y adalid del “ataque preventivo”, que consistiría en: primeros disparamos y luego ya veremos si estábamos en lo cierto.

Los policias son profesionales que saben disparar o eso se presupone, así que en casos como estos no entiendo como no disparan a órganos no vitales, afinando la puntería y no masacrando al “presunto delincuente”. Parecido ocurre con las palizas que los agentes de la ley dan a los que trincan. Imágenes en las que se ven a media docena de policías pateando sin miramiento a personas indefensas que no pueden defenderse de las patadas y puñetazos de los que son objetos. ¿En Estados Unidos no hay “presunción de inocencia”?. Veremos que les pasa a estos agentes que reconocieron que se equivocaron, y mataron a un civil desarmado, dudo que alguno de ellos pise la cárcel. Cumplíamos con nuestro deber dirán, existían indicios que nos obligaron a actúar así apostillarán. En el país de las armas, muertes como esta, forman ya parte del paisaje polvoriento del Lejano Oeste.

Trabajar menos para conciliar vida laboral y familiar. Problema o solución.

Los españoles somos los que más horas pasamos en la oficina calentando la silla y los menos productivos. ¿Cómo se mide el rendimiento de un trabajador?. Analizando las llamadas de teléfono contestadas, las personas atendidas, las reuniones mantenidas, la permanencia en el asiento, los expedientes finalizados, los informes cumplimentados. Es una forma de verlo. Lo lógico sería que cuando una persona cumpla la tarea asignada para cada día, se fuera para su casita. Para ello sería necesario saber cual es esa “carga diaria de trabajo” asignada a cada trabajador, lo cual es imposible de determinar en muchas empresas y dificil de llevar a la práctica en aquellas del sector servicios, en la que el empleado debe atender al público durante toda su jornada de trabajo y su actividad depende de las personas o llamadas recibidas (no se va a ir a casa porque no suene el teléfono durante media hora)

Las empresas deberían contemplar la posibilidad de reducir la jornada laboral de aquellos empleados que así lo solicitasen, permitiendo el acceso al mercado laboral de otras personas que ocuparían esas “horas vacantes”. Uno de los argumentos es que de este modo, se fomentaría el empleo, pero si se trabaja menos horas también se cobra menos, y al que cobra 1000 €, los denominados mileuristas, reducirle la jornada, y el sueldo quizá no le parezca una buena idea. Sigue leyendo

La publicidad engañosa

A la hora de vender, los publicistas se estrujan los sesos para alumbrar la idea luminosa, ésa que luego estará en boca de todos. Hay anuncios que crean escuela y perduran en el recuerdo, como los de la Once de hace unos años, o el del calvo de la lotería, que este año ya no lo veremos más en la pequeña pantalla pues canibalizaba el producto que se vendía.

Ahora hay mucha más oferta de productos en las televisiones, pero también tienen más espacio temporal para anunciarlos. Hace unos quince años, veías una película que duraba 90´y te tragabas unos 20´de anuncios o menos. Ahora en una serie que dura una hora, 20 minutos son de anuncios.

Hay chistes al respecto que dicen que los programas y las series son el “relleno” entre anuncio y anuncio. No les falta razón. Hoy es posible en cualquier cadena ver 20 minutos seguidos de publicidad de un tirón. A ello pienso que ha contribuido el zapping. Antes cuando no había mandos a distancia era un coñazo levantarte para cambiar de cadena, ahora con el mando, hacemos media docena de barridos por todas las cadenas, para volver al cabo de un cuarto de hora al programa que estábamos viendo, eso si no has perdido el hilo, o pasa como con CSI, que cuando queda un minuto para que acabe el capítulo te meten el corte, hachazo diría yo, y hay que andar listo porque es muy posible que si te pasas de frenada con el zapeo-barrido acabes perdiéndote el final del capítulo.

Algo que me hace mucha gracia es cuando en el supermercado compras un producto y en el envase pone en letras grandes, “elaborado con aceite de oliva”. Una vez en casa, curioseas analizando en detalle los ingredientes y entonces “el aceite de oliva” del producto es del “1%”. Hay otros muchos ingredientes que forman parte del producto en cantidades mayores, incluso aceites vegetales, pero ninguno de estos forman parte del envase de modo tan visible como lo hace el “aceite de oliva”. ¿Por qué?. El aceite de oliva es un buen reclamo, que favorece la venta. ¿Lícito?. La publicidad en este caso me parece engañosa. No mienten, eso es cierto, el producto lleva aceite de oliva, aunque sea al 1%, pero esa cantidad es tan desdeñable e insignificante para el consumo humano que no merece ser tenida en cuenta y menos anunciarla a bombo y platillo como hacen en algunos productos tales como los grissini