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20 años

20

Devaneos, este pasatiempo o distracción, ha cumplido 20 años.
Gracias por la atención prestada por algunos de vosotros todo este tiempo.

La palabra efeméride, no sé por qué, pero me hace pensar en hemorroides.

A la sombra (o al sol) de Devaneos, surgió hace cuatro años Madera de antihéroe, y hace cuatro meses Breviario del instante. Os lo comento por si queréis echarles un ojo, o incluso (si no es un abuso) los dos.

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El corsario negro. Honorata de Wan-Guld (Emilio Salgari)

No leí a Emilio Salgari en mis años de mocedad, como si hicieron otros muchos, como Miguel Rodríguez Muñoz (así lo cuenta en La entrada por la estación). Salgari forma parte de la educación sentimental de muchos de los nacidos en los años cuarenta, cincuenta y sesenta del pasado siglo. Quizás, si hubiese leído entonces a Salgari y releído ahora, lo haría desde la melancolía. No es mi caso. Las aventuras de Salgari, aquí con El corsario negro (la primera novela de una trilogía), también conocido como el señor de Ventimiglia (el primer pueblo italiano cuando pasas de Francia por la costa) como personaje principal son divertidas. Eso queda fuera de toda duda.

En el libro se suceden las aventuras y el ritmo digamos que es trepidante. Lo que aviva la narración es ver si el corsario será capaz de salvar el pellejo por muchas difíciles que se le pongan las cosas. En el libro habrá abordajes, asedios a fortalezas, secuestros, corsarios, filibusteros, amenazas animales, tribus antropófagas, venganzas, ajustes de cuentas, arrojo, valentía, lealtad, y una mujer desaparecida: Honorata de Wan-Guld, con cuyo padre el corsario negro tiene una manifiesta inquina, dado que el flamenco ha asesinado a dos hermanos del corsario negro, al corsario verde y rojo.

Algún apunte más allá del reguero de impetuosas aventuras es hacer ver cómo las tribus indígenas fueron maltratadas por los conquistadores españoles, así que cuando por allí se deja caer el Corsario negro y sus hombres no esperan que les reciban con palmas sino con hogueras humeantes y cuchillos bien afilados.

El texto, editado en 1977 por la Editorial Molino, va servido con unas pocas ilustraciones en blanco y negro de C. Freixas. La persona responsable de la traducción no consta. El libro me lo hizo llegar un amigo, que lo adquirió en su día en el establecimiento DULMA en el pueblo de Neda.

La grazia

La grazia (Paolo Sorrentino)

La grazia (el indulto) supone un dilema moral para el protagonista de la última película de Paolo Sorrentino, el presidente de la República Italiana, Mariano de Santis (brillantemente interpretado por Toni Servillo, cuyo gesto severo y concentrado me trae en mientes el Titta Di Girolamo de Le conseguenze dell´amore), reconocido jurista. Apodado «Cemento armato» se define a sí mismo como aburrido y gris y en los seis meses que le quedan como presidente tendrá sobre la mesa diversos asuntos espinosos: dos indultos y una ley sobre la eutanasia (si no la firmo seré un torturador, si la firmo seré un asesino, dice de Santis). Puede De Santis dejar correr el tiempo y no actuar, o bien tomar decisiones. El subtítulo de la película es la belleza de la duda. Y lo que Sorrentino ofrece al espectador son muchos dilemas, preguntas, dudas y también algunas respuestas motivadas, porque De Santis se verá finalmente obligado a decidir. Asimismo se irán operando cambios en su interior, aunque hablaría más de un desvelamiento de su ser que de una transformación (patente al sustraerse De Santis a la diaria dieta estricta y comerse una pizza, o rapear cuando nadie cree verlo; pequeñas acciones, en suma, con las que irá abandonando la vía estrecha de los rituales y las convenciones). Además De Santis tendrá la ocasión de comprobar el efecto que las leyes ejercen sobre las personas, cuando visite a un reo (sujeto del indulto) en la cárcel. Y también reflexionar acerca de la eutanasia cuando tenga ante sí un caballo moribundo.

En una conversación que De Santis mantiene con el Santo Padre, este último le dice que el pasado es un peso y el futuro un vacío. Y sí, De Santis concede una gran importancia tanto al pasado como a los recuerdos (aunque recordar sea para él morir). Por eso piensa en su mujer muerta cada día y siente la necesidad de ir al lugar exacto donde se conocieron. Hay también un asunto que cuarenta años después le trae a De Santis por el camino de la amargura y que genera cierto suspense en la película. La clave del enigma lo tendrá la animosa Coco, de afilada lengua, habla atropellada y amiga de la infancia de De Santis.

Paolo Sorrentino crea poderosas y bellas imágenes, a menudo ralentizadas, sustentadas en una potente banda sonora, como el encuentro entre De Santis y el presidente de Portugal, bajo un fortísimo chaparrón. O el astronauta que al llorar ve cómo la lágrima flota en el espacio y le entra la risa. Música y lágrimas que van de la mano, lo vemos en la escena final y que podría llevarnos al texto de Nietzsche, a su Ecce homo.

Un papel clave lo tiene la combativa Dorotea, la hija de De Santis, también jurista, la mano derecha de su padre. Empeñada en que la ley de la eutanasia salga adelante. De quién son nuestros días, pregunta Dorotea. Es evidente que no nacemos, nos nacen. Sin embargo, una vez nacidos, en nuestra mano debería de estar el decidir qué hacemos con nuestras vidas y cuándo y cómo queremos ponerle término.

La grazia he tenido ocasión de verla en el festival Actual, en Logroño, en la Filmoteca Rafael Azcona.

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Mis jardines

Mis jardines (Richard Schaukal)

Ápeiron Ediciones ha publicado recientemente, con traducción de Roberto Vivero, el libro de poesía Mis jardines, versos solitarios, del diplomático y escritor austriaco Richard Schaukal (1874-1942), figura clave del modernismo, decadentismo y el simbolismo de la Viena de fin del siglo XIX.

El libro de 116 páginas consta de un prólogo: La verja del jardín, seguido de cinco capítulos: Coto de caza. Libro de las decepciones; El estanque. Libro del anhelo; Los muros del tejo. Libro del artista; Macizo de flores. Libro del amor; Avenida. Libro de las sombras y las figuras y un epílogo: Misère.

El prólogo: La verja del jardín mantiene el mismo espíritu que las citas que Schaukal recoge de Goethe, citas que hablan del abismo entre el autor y la multitud, de lo mucho que aprendió del sufrimiento o su empecinamiento por instalarse en la soledad y el silencio, en la desnudez (no solo física).

Los poemas datan de 1897, luego Richard constaba 25 años cuando los escribió. Y me resulta extraño que dedique tantas poesías a la juventud, como si esta fuese para él algo ya muy remoto, pasado y casi olvidado; un agua fresca que dejó correr y de la que nunca más tendrá conocimiento, cuando Richard estaba instalado en dicha juventud. Ahora bien, quizás estos jardines del título sean una especie de fortaleza interior, el lugar apartado en donde Richard puede llevar a cabo su vida recoleta, silenciosa y en soledad, dedicando su tiempo a las oraciones y muy poco al amor, amor que aquí se manifiesta como un ideal y que tiene muy poco de carnal y mucho de casto, y que en el caso de consumarse, como queda patente, no traerá aparejada la deseada dicha.

A una mujer

Sufriste y reíste.

El amor encendió la llama.

Cortejo y concepción.

Presa de penas y de niños,

privada de fe y primavera,

marchita, deshojada,

¿lloras?

¿Tu pasado se burla de ti?

Para Schaukal incluso la (ruda) luz resulta ser un tormento. Sin dejar un resquicio para la amistad, porque el camino de sus amigos ya no es el suyo, a quienes ya no puede darles ni la sombra de su yo, solitario y vergonzoso, solemne y silencioso. En estos términos se desnuda y describe.

Y si sale de la fortaleza será para volver rápidamente, quizás porque el mundo es algo hostil y desapacible, vertiendo en sus poemas sal sobre la herida abierta que es la fugacidad del tiempo y su carácter efímero. Son poemas en los que prima siempre el sentido del deber, un rigor y envaramiento del que Schaukal pareciera querer, si no desprenderse, al menos, sí ser capaz de reflexionar sobre estas cuestiones a través de la palabra escrita y la poesía, con una determinación claramente introspectiva.

Es recurrente en los poemas la presencia de las puertas, convertidas en muros físicos y mentales, como esos bárbaros que tratan de romper los cerrojos que permitirían acceder a su alma. Uno de los poemas lleva por título La puerta de la muerte. Y para cruzar dicha puerta hay que hacer méritos. No puede cruzarse cuando hay en el corazón odio, ira, y codicia. Un manantial de vida, en resumen.

Cierra el poemario Misère, que certifica la impostura de las palabras, falseando el mundo, y al mismo tiempo la tenacidad para seguir insistiendo en el lenguaje, buscando las puertas que nos den acceso, ¿a qué? ¿a la verdad, la vida, la luz, la sabiduría?