
Nudos de vida (Julien Gracq; Traducción de Lluís Maria Todó).

Nudos de vida (Julien Gracq; Traducción de Lluís Maria Todó).
Antes de hacer turismo por la zona de Soria estuve hojeando el libro de Dionisio Ridruejo, de título Soria. No lo examiné al detalle ya que concebí el viaje como una aventura, más que como una confirmación de lo que había leído.
Soria es una provincia limítrofe con La Rioja, a la que se accede tras cruzar el túnel de Piqueras. El recorrido nos llevó por los pueblos de Almazán, Morón de Almazán, Monteagudo de las Vicarías, Santa María de Huerta, Rello, Medinaceli, Berlanga de Duero, Burgo de Osma, San Esteban de Gormaz, para luego descender a tierras segovianas, al encuentro de Ayllón, Riaza, Pedraza y Segovia. Al regresar hacia Soria visitamos Calatañazor.
Tanto Soria como Segovia nos hizo disfrutar de pueblos preciosos, de una gastronomía (torreznos, recetas elaboradas con boletus como la tapa micológica, o la sopa castellana y el consabido cochinillo asado en Segovia, sin olvidarnos de un detalle para los más lamerones, hablo de los chocorreznos) para quitarse el sombrero, vimos fortalezas y castillos, monasterios cistercienses, arcos romanos. Y como fue en Semana Santa, tuvimos ocasión de ver también dos procesiones en la ciudad de Soria.

Almazán

Morón de Almazán

Monteagudo de las Vicarías

Monteagudo de las Vicarías

Monteagudo de las Vicarías

Santa María de Huerta


Medinaceli

Medinaceli

Medinaceli

Rello

Berlanga de Duero

Torreznos

Sopa castellana

Burgo de Osma

Ayllón

Riaza

Pedraza

Pilón

Segovia

Segovia

Segovia

Segovia

Calatañazor

Calatañazor y chocorreznos

Antonio Machado entregado a lectura

Procesión de Semana Santa en Soria

Una novela supone crear escenarios. Ficción. Aquí Javier Moreno imagina ficciones humanas y no humanas (la primera ficción, en la que un servidor es capaz de crear datos por sí mismos). En mente tenía otras lecturas como Elogio del futuro de Eudald Carbonell. Hablaba este de nuestra especie todavía en construcción, donde hubiera margen para la evolución, la cual parece venirnos propiciada por la tecnología. Pensaba en el ensayo de Baricco, The game, en donde escribía que no habrá en el futuro nada más valioso que todo lo que haga sentirse humanos a las personas. De nada serviría un ultramundo deshumanizado. Pensaba también en El silencio de DeLillo, en un escenario donde sobreviene un apagón y hemos de volver a la fuerza a la era analógica, a la era previa a internet, el mundo a. I.
Javier Moreno publicó hace pocos meses, El hombre transparente. Cómo el «mundo real» acabó convertido en big data. Esta novela parece el paso de la teoría a la práctica.
Las nuevas tecnologías llegan a poner en el mismo plano lo real y lo virtual. ¿Acaso no son la misma cosa? podría decirnos cualquier nativo digital. Hoy la existencia (en muchos lugares del planeta) se desarrolla más en entornos virtuales que físicos. La pantalla del móvil son los ojos de antes. El sexo puede disfrutarse en soledad y poner los cuernos (virtuales). Todo se vive en el instante y está interconectado. El humano parece una mina extractiva a la que barrenar hasta dejarla reducida a nada. Barrenamiento voluntario. Transparencia deseada. Ese el motor de las redes sociales. Los dos protagonistas son la pareja formada por Iratxe, una exconcursante de OT, y cantante de éxito (no exento de sombras: esto me trae a la cabeza la canción de Amaya: Bienvenidos al show) y un gestor de reputaciones de políticos y empresarios. Una reputación que se construye desde el número de likes y retuits, mediante algoritmos. Una farsa. El tercero en discordia es Max un hombre sin párpados, un jáquer que opera por placer, creador de ADN artificial que “lanzaba a los servidores como a una sopa primigenia que fructificase la vida, que los algoritmos de la learning machine hiciese el resto”. Placer que parece devenir en la cuestión sexual. En hacer que mujeres se masturben o practiquen felaciones a diestro y siniestro. Un mundo que se había vuelto más femenino pues toda esta faramalla digital se reducía a clicar y friccionar, acciones necesarias para que la mujer alcanzara el orgasmo digital (pero analógico, vía falanges). De esta manera si Max tuviera el adn de Iratxe aquello podría culminar en un video porno con la cara de aquella (ya hay aplicaciones como FakeApp que permiten en un video porno poner la cara de quien te guste. Algo que ya planteaba hace años Jon Bilbao en uno de sus relatos: Torre). La vida aquí es “una cadena de intensidades dotadas de movimiento”. Hablamos de gifs. “El gif era el haikú de las imágenes”.
Lo que la lectura me depara es una sensación de despersonalización, la contemplación de ese muro que separa a Iratxe de su pareja, a la cual prefiere ver a través de una pantalla para masturbarse frente a ella, que teniendo sexo físico. Hay una cesura que las tecnologías parecen agrandar, universalizar; capaces de alimentar el desapego, una ultravelocidad que no parece conducir a ninguna parte, o sí, a millardos de amigos sin amistades reales, a holografías generadas por algoritmos, a sensaciones inoculadas por un máquina, a deseos predichos, a búsquedas autocompletadas, a una libertad regalada de balde. El protagonista parece ser consciente de todo esto. Y como suele decirse, a grandes males, grandes remedios, por radicales que sean.
Leer a Javier siempre me resulta estimulante, por su pensamiento carnoso, por una inteligencia que necesita el humor y la ironía para respirar.
Hace años leía Babelia con ilusión, que fui perdiendo, a medida que creció mi voracidad lectora, para ir comprobando cómo aquellos libros maravillosos, espléndidos, obras maestras, no lo eran, o no en la medida en la que nos los vendían los medios, que ejercían la propaganda más que la crítica. Pero sí hubo un crítico literario que me tuvo siempre pillado y fue Javier Goñi. Hace más de diez años leí una reseña suya a un libro de relatos de Pablo Andrés Escapa y cuando contrasté la reseña con mi experiencia hube de darle la razón. Esa vez y muchas más. De ahí que ejerciese para mí como un prescriptor válido. Una fuente fiable, no contaminada por los dictados del mercado. También seguí los escritos de Javier en una web, “El pizarrín”. Javier ha muerto y un lector como yo, que llevo haciendo públicas mis lecturas hace más de quince años, si he de buscar un referente, ahí estará Javier. Siempre.