Archivo del Autor: Francisco Hermoso de Mendoza

Robinson Crusoe

Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe (Daniel Defoe)

Para mí la figura de Crusoe era la del náufrago capaz de sobrevivir contra viento y marea en una playa desierta. Leído el libro descubro que Crusoe pasó la friolera de 28 años en la isla. Una vez allí se empecina en sobrevivir. No se adapta al medio, sino que adapta el medio a su circunstancia. Crusoe es él y su circunstancia, y si no la salva a ella, no se salva él, que diría el filósofo.
A Crusoe lo mueve un instinto utilitario y la necesidad de no parar de hacer cosas. De esta manera aplicará toda su inteligencia en su día a día para garantizar su supervivencia. Logra en una isla salvaje, proveerse de alimento, de vegetales y animales. Adecuar una vivienda digna, bien protegida merced a una empalizada.
El afán contable de Crusoe es el resultado de una mente analítica, matemática; así hay un arqueo con cosas en el debe y en el haber, y un buen número de listados de todo lo que Crusoe hace, fabrica, almacena. Incluso cuando más adelante descubra la presencia de salvajes caníbales, y tengan lugar unas cuantos enfrentamientos, se nos detallará las bajas de la contienda, los muertos y los heridos.
La idea que tenía de Crusoe se agotaba para mí en la isla, en la del náufrago que sobrevive por sus propios medios. Sin embargo, cuando Crusoe deja la isla y regresa a casa 28 después, su alma errante le anima a seguir moviéndose. Cuesta creer que alguien como Crusoe, tan dado a la aventura y al movimiento hubiese sido capaz de pasar 28 años en la prisión que supuso la isla. Eso explicaría que cuando vuelva a su hogar, descubra que a pesar de casarse y tener hijos; una vez muera la mujer, el cuerpo le pida marcha y como la cabra tire al monte. Crusoe tira para el agua, y decide, aquejado del síndrome de Estocolmo, volver a la isla. Pero no se queda allí, pues sería un claro ejemplo de masoquismo, sino que decide como Marco Polo surcar el vasto y ancho mundo.
Si la primera parte son 300 páginas, la segunda son 280. En la primera son 28 años de cautiverio. En la segunda son casi 11 años dando tumbos por ahí.
La segunda parte es una sucesión de aventuras, donde a menudo tienen que hacer frente, no ya a caníbales, o salvajes o indígenas, como en América, sino a paganos e ignorantes, allá por China o Siberia. Para Crusoe los chinos son unos ignorantes, unos paletos y la Gran Muralla China es objeto de mofa. Nada puede compararse a su Dios. Un Dios con el que Crusoe tiene sus más y sus menos, porque si en la isla, en un principio, echa pestes de su situación, entiende luego que la Providencia le ha permitido sobrevivir, y cuando lee la Biblia entiende mejor su situación, le da sentido a cuanto le pasó y luego cuando deja la isla y ve mundo, reprocha las actitudes paganas, la magia, todo aquello que se aparte del camino de Dios y de la fe. En la batalla entre Occidente y Oriente sale ganando claramente Occidente. Esa es la idea de Crusoe: la del conquistador, la del colonizador; aquel que habla de salvajes, de indígenas, alguien a quien, curiosamente, el mucho viajar y las muchas andanzas, no parece haberle abierto mucho las entendederas, porque la segunda parte supone un continuo trajín, un no parar de moverse, de librar batallas, de salvar el pellejo por los pelos, sin que nada de esto parezca ir haciendo mella en Crusoe, cuyas ideas fijas parecen hechas de piedra. Resulta notorio que Crusoe no es nada permeable al cambio. Es incapaz de adaptarse a cuanto ve, a otras culturas u otras religiones, las cuales desprecia, pues todo le resulta bárbaro, primitivo y salvaje. Incluso Crusoe es capaz de jugarse la vida, si es necesario, para ir en contra del paganismo, de la idolatría, y entonces prender fuego, por ejemplo, a una figura a la que llaman Cham-Chi-Thaungu. El puntito de superioridad moral de Crusoe brilla en todo momento. Es muy posible que lo primero que aprendieran a decir sus hijos fuese: Señor, porque cuando Crusoe libera a un indígena, para convertirlo en su esclavo, además de cambiarle el nombre y llamarlo Viernes, pues fue el día de la semana que lo liberó, naciendo así a su nueva vida, le enseña a decir Amo. Cuando Viernes le habla de su Dios Benamuckee, Crusoe le hace ver que el verdadero Dios es su Dios, y que se vaya olvidando de Benamuckee. Otro punto interesante en la novela es el de la paternidad irresponsable. Una vez que Crusoe deja la isla, y vuelve a casa, frisando los 60, tiene tres hijos. Y lo primero que hace Crusoe al morir su esposa, con los hijos entres tres y cinco años es coger las de Villadiego.
Una novela que he leído a la contra, que me he impuesto y que me ha resultado muy pesada y reiterativa, donde, además, la figura de Crusoe no me ha resultado nada atractiva.

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Noche negra (Pilar Quintana)

En su anterior novela, Los abismos, la selva ya era una presencia amenazadora. En Noche negra la baza que juega aquí Pilar no es la de lo explícito, sino la de lo posible. Entonces todo gira en torno a una amenaza, al miedo y la angustia que siente Rosa, la cual dejó la ciudad para ir a vivir con su pareja, Gene, un irlandés, sobre un acantilado, a espaldas de la selva. Cuando Gene marche para hacer unos trámites con la visa, el mucho tiempo libre le hará a Rosa comerse la cabeza y hacer de su día un día un vía crucis introspectivo. Los hombres que frecuentan a la pareja, ahora que saben que Rosa está sola en una casa sin ventanas ni puertas, la miran con otros ojos, la tantean, la amenazan, o así lo siente ella y se convierten pues en presencias acechantes, en ojos en la oscuridad; tal que los cuchillos y los machetes se convierten en una falange más del cuerpo de Rosa. La novela se ramifica en otras direcciones: cuando Rosa era niña, el trato con el doctor, con su abuela, el lance amoroso con el revolucionario Fermín, su graduación como trabajadora social, en suma: el rastro que permite al lector conocer algo mejor a Rosa por dentro, en el plano sentimental y afectivo. Mientras, el clímax se va sosteniendo con mayor o menor fortuna, pues creo que hubiera sido de mucho más calado la historia si esta hubiera tenido la extensión de un relato, o de una nouvelle, porque las 260 páginas me resultan pesadas y reiterativas. Además, como comentaba antes, no se trata aquí de resolver nada, de irse por los derroteros de lo gore o lo truculento, sino de tratar de poner cara al miedo, de dar cuerpo a la angustia; si la desazón es la bilis o la araña negra en el estómago de Rosa. También una reflexión sobre la violencia. Sobre quiénes la ejercen, casi siempre porque pueden.

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Serenísimo asesinato (Gabrielle Wittkop)

Hace tres años leí otra novela de Grabielle Wittkop, El necrófilo, también publicada en Cabaret Voltaire. Una novela algo más corta que la presente. Aquí en este Serenísimo asesinato (traducción de Lydia Vázquez Jiménez) el escenario es Venecia, la ciudad laberíntica. Una ciudad que une al fasto la ponzoña. Se suceden varias muertes de mujeres. El nexo común es siempre el mismo, el marido de todas ellas, un tal Alvise, quien evadirá la realidad en su biblioteca. Lo suyo puede ser mala suerte, o bien ser un gafe, o un asesino en serie. La prosa de Grabielle es tan suntuosa como parca. No rasguña sino que abre en canal a sus personajes, también el lienzo de los cuadros que festonean tanta belleza trágica, con la precisión de un bisturí. Abunda la autora en las elipsis, y va secuenciando la novela, dando saltos en el tiempo y en el espacio. Un ejercicio circense del que disfruto sobradamente. Mecido, cómo no, por las aguas putrefactas de Venecia, que tantos secretos y cuerpos esconden entre los miles de troncos talados que la sostienen en el agua. La resolución de la novela despeja todas las preguntas que flotan en el aire enrarecido. Novela breve y buena.

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Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación (Ricardo Piglia)

Años de formación es la primera parte de la trilogía diarística que se cerrará años más tarde con Los años felices y Un día en la vida.
Cómo se ve en los títulos, el tiempo juega un papel importante.

Esta primera parte va comprendida entre 1957 y 1967. Una década. El tiempo que llevaba este libro esperando ser leído por mi, después de haberlo recibido como un presente, ahora pretérito.

A los dieciséis años, Ricardo piglia tiluvo muy claro que quería ser escritor. Y lo que se evidencia en los diarios es que esa vida que llevará desde que cumpla la mayoría de edad será una vida nómada, ambulante, precaria, fiando todo su porvenir a su éxito como escritor. Y en 1967 le comenta a Rodolfo Wash que en diez años será el mejor escritor argentino.

Afirma que ha abandonado tantas cosas por la literatura que seguir en ese plan es ya una especie de destino. La elección inicial definió todas las demás. Y que como sucede, siempre esa elección fue impensada y sorpresiva.

Manejándose primero en las distancias cortas de los relatos. En seguida, algunos de sus relatos alcanzarán la notoria fama y logrará hacerse rápidamente un hueco entre los escritores argentinos contemporáneos.
Los diarios recogen breves apuntes en los que se va dando cuenta de sus amoríos, sus aventuras y desventuras amorosas, y lo más importante es cómo se va gestando Ricardo como escritor, aquí bajo el nombre de Emilio Renzi.

Al poco de acabar la carrera de historia Piglia encontrará plaza como profesor universitario. Impartiendo asignaturas a alumnos que son casi de su misma edad.
Se demuestra en estos apuntes el afilado juicio crítico de Piglia a la hora de leer.
Más allá de escribir relatos no tardará en encontrar también trabajo como editor, como un lector profesional. Realizará semblanzas de escritores americanos y comenzará a trabajar en la que será su primera novela.
Los elementos históricos están también presentes como el golpe de estado a finales de junio de 1966 o la muerte del Che Guevara el 9 de octubre de 1967. En 1967 comenta también que en la era electrónica desaparecerán los libros.

Me resultan también muy interesantes sus juicios sobre los relatos de Cortázar, sobre El perseguidor afirma que le parece demasiado demagógica y trivial. De Cien años de soledad afirma que la prosa es muy eficaz y también muy demagógica, con remates de los párrafos muy estudiados para producir un efecto de sorpresa. Borges dijo de la misma que le sobraban cincuenta años.
O que lo mejor de Onetti son sus historias cortas, como Para una tumba sin nombre, El pozo o Los adioses.

Unos diarios que me han resultado muy interesantes (no obstante, hay algunos apuntes que me resultan totalmente triviales y prescindibles) para conocer mejor la figura de Piglia como persona y sobre todo como escritor. Una profecía autocumplida.