Si todo fluye y cambia, como nos dijo Heráclito, quien se va volverá siendo otro a un lugar que tampoco será el mismo. Pensemos entonces el espacio como algo lábil, permeables o correosas las fronteras. Vemos una comunidad móvil, despareja y fecunda, que me recuerda a la de Sirat. En el coche van cuatro personas, una de ellas ha muerto: el Genízaro. ¿Pero cuando podemos hablar de muerte? Más allá de lo físico, el Genízaro persiste en las palabras de los otros, en sus recuerdos. Baldor —que viene del Otro lado, de la parte gringa—, Lombardo y la Caticha quieren llevarlo a su lugar de nacimiento: El Presidio.
¿Cómo encontrarlo? Porque el espacio es aquí un eco esquizo. Menudean las ciudades con el mismo nombre, así París. Y el lector flipará al no saber si está en Europa (cuando lea Belfast o Praga), o en el norte de México o extraviado en una pesadilla terrorífica, por real. Sumemos más extrañeza: al llegar a Providence, el Genízaro, el muerto, pasa a ser divisa universal, metáfora de lo extinto que nadie quiere que desaparezca, el muerto a adoptar, aquel a quien llorar.
Y los otros tres siguen su camino, y el hilo es cable con múltiples hilos: acomodemos el cerebro para los saltos temporales. Porque el Genízaro tuvo padres: Eloísa y Ezequiel, y ahí aparecen las minas: empleo, también destrucción del paisaje. Y cada cual busca su espacio, como Lombardo en Quincy. Pienso en el juego del “Tú la llevas”, porque parece que la memoria propia también puede ser transmitida. Si somos el tiempo que nos queda, ya muertos, somos las palabras que los demás guardan de nosotros, los restos de la memoria en la piel ajena; así la Caticha, la Onza y el Perdomo. El hilo sigue despeluchándose en palabras y recuerdos; en las manos la aguja y el hilo de la memoria, siempre tan frágil, ante el empeño humano de hacer sólido el viento.
La novela es un continuo acarreo. Por eso la Caticha subraya párrafos, apresa las palabras y las atesora. ¿En qué medida esa apropiación afecta a su naturaleza y a su identidad?
Las mutaciones en la novela tienen mucho que ver con lo disperso y lo fragmentario; la migración es movimiento y retorno. Por medio, el destierro y el desarraigo. Un volver ¿adónde?
Mat Xante funda 23 ciudades con el mismo nombre: París con la idea de dispersar y destruir la historia del París original. Ya no hay un centro porque la realidad deviene fractal. El desasosiego, el desconcierto de los personajes, se adhieren también al lector y se convierten en tos nerviosa.
Y la sintaxis también muda: las palabras no siguen la puntuación debida, y el lector debe establecer sus propias pausas, cuando las palabras se desangran en los márgenes o mueren a mitad de la línea y pasan al Otro Lado.
Leer es aquí un terreno inestable; un libro del desasosiego en el que me costó tanto entrar que luego —como los pulpos del Elías entre los arbustos— no encontré la manera de salir. Y sigo ahora como la Caticha, puliendo la punta del lápiz en la hoja, hollando las frases de Eduardo, apurando el néctar de la efímera inmortalidad que concede la buena literatura.
El paisaje es un grito
Eduardo Ruiz Sosa
Candaya
2026
398 páginas
Eduardo Ruiz Sosa en Devaneos (Primera silva de sombra, Cuántos de los tuyos han muerto, Anatomía de la memoria, El libro de nuestras ausencias)


















