Archivo del Autor: Francisco Hermoso de Mendoza

La entrada por la estación

La entrada por la estación (Miguel Rodríguez Muñoz)

De la misma manera que Perec hacía memoria de una manera muy breve en Me acuerdo, Miguel Rodríguez Muñoz (Mieres, 1946) hace lo propio, de una manera mucho más dilatada y extensa en La entrada por la estación (KRK Ediciones).
Miguel hace memoria para poner por escrito sus recuerdos y los de otros muchos, en los años comprendidos en su infancia, pubertad y adolescencia, hasta los dieciséis años, aproximadamente. Recuerdos que acaban a comienzos de los años sesenta del pasado siglo. Miguel aborda cuestiones familiares, filiales, así como su educación sentimental, la naturaleza de las relaciones con el otro sexo, el peso de la religión católica, la influencia del Régimen franquista, la manera en la que las minas, las fábricas, los ríos negros, conforman el paisaje y cincelan al paisanaje.
La mirada que ofrece Miguel es neutra, como si aquel que narrara los hechos mantuviera aquel espíritu cristalino e inocente, pero dispusiera de la capacidad narrativa suficiente como para poder articular aquel pensamiento.
Son más de 400 páginas que no se ven empañadas por la melancolía y que merced al buen pulso narrativo de Miguel ofrecen un texto bien sazonado de anécdotas, recuerdos e historias, que permitirán al lector aproximarse y entender mejor aquella España de los años 50 en un pueblo minero, asturiano como Mieres, durante la dictadura, donde los niños, apoyados sobre las barandillas y balaustres metálicos, pintados de gris, veíamos el incesante vagar del río -un río del que eran tributarios todos los ríos-, escuchábamos el sonido orquestal de sus aguas y notábamos sobre el rostro el frescor de la brisa, y en la fugacidad de ese momento nos sentíamos felices.

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Campos de Níjar (Juan Goytisolo)

En 1960, durante el régimen franquista, Juan Goytisolo visitó Almería. Han pasado solo seis décadas de aquel cuaderno de viaje, pero leyendo el libro parece que habláramos de siglos atrás.
Juan da testimonio de la pobreza que ve en su deambular por Níjar, Carboneras, Rodalquilar, Las Negras, San José, Fernán Pérez, Los Nietos o Los Albaricoques.
El Progreso parece que hubiera pasado por allí de largo. El texto va acompañado de algunas imágenes muy singulares como la del paseo de Níjar.
El sol resulta inclemente y el terreno se torna desértico, si bien el autor tendrá ocasión de ser testigo de una tormenta, que mezclará la lluvia con las lágrimas.
El turismo es casi inexistente (Almería era un territorio desconocido para el resto de los españoles), y cuando Juan se deja caer por allí adquiere la condición de forastero, recibiendo una curiosa atención por parte de los lugareños, máxime cuando sepan que Juan viene de Cataluña, para los almerienses El Dorado.
Su intención es mezclarse con el paisanaje local y lo consigue, frecuentando tabernas, coches de línea e incluso algún velatorio. De esta manera intentará conocer mejor la idiosincrasia almeriense, sumando a su mirada los testimonios que ofrecen los propios lugareños, convencidos de que habitan un país pobre pero hermoso, y que con sol un poquico de ná, uno se las arregla.

Fue una fresca noche de junio

Fue una fresca mañana de junio (T. S. Norio)

La necesidad de huir es para muchos casi una necesidad. Pienso en la novela de Landero Absolución, donde su personaje, un tal Lino, ponía pies en polvorosa y se abrazaba a lo venidero sin resistencia. O Paradoja del interventor de Gonzalo Hidalgo Bayal, donde un hombre perdía un tren y ganaba una vida. O yéndonos a los clásicos, ahí están las andanzas de Don Quijote, en su afán por deshacer entuertos o enderezar agravios. En la novela de T. S. Norio, Fue una fresca mañana de junio (editada por KRK), un veterinario prejubilado que atiende al nombre de Bautista Maese Álvarez decide coger su bicicleta, una tienda de campaña, un infiernillo, algunos víveres, el saco de dormir, una navaja suiza e irse a hacer mundo. La contraportada del libro habla de “viaje iniciático”. Maese deja Asturias y su periplo lo conducirá durante unas cuantas semanas por Logroño, Soria, Valencia, Carboneras y un sinfín de lugares más por la geografía nacional.

Maese que ha ido probando un poco de todo durante todos estos años parece que ha sido el Tao, definitivamente, lo que más mella ha hecho en él y esta filosofía de vida se convertirá en el hilo conductor y columna vertebral de esta disparatada, combativa y divertidísima novela.

El lector advertirá en seguida que se sucederán ininterrumpidamente las aventuras de Maese, que su verborrea inteligente no puede pasar desapercibida en un mundo plagado de cámaras donde todo puede ser viralizado. Norio juega con el Sostiene Pereira de Tabucchi y así Maese, definido a sí mismo como Mehías, enseguida tiene una importante proyección virtual bajo el hashtag #sostienemehías, y allí por donde pasa habrá alguien grabando sus palabras y acciones.

Estas situaciones dan pie para una sátira a la modernidad bien afilada, donde se van tocando entre bromas y veras temas dramáticos, ya sean las huelgas mineras, los desahucios o la muerte en el mar de quienes lo surcan en pateras. Mehías, como Forrest Gump, es el perejil de todas las salsas. El ingrediente estrella que hace que las viandas (aquí el texto) tengan sabor. Se convierte Mehías por obra de Norio en todo un personaje, entrañable y humano, demasiado humano, un profeta con espíritu de mártir, un Zaratrusta que ama al ser humano por encima de todo; una forma, la suya, de pasar de la teoría a la práctica, a las bravas.

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Schopenhauer, Nietzsche, Freud (Thomas Mann)

Encontré este libro de Thomas Mann al lado de un contenedor, junto a La náusea de Sartre. Estuvo unos cuantos meses esperando pacientemente en la estantería hasta que hace cuatro días me puse con él. Los ensayos de Mann me interesan. Aquí Mann pone el foco en tres figuras relevantes: Freud, Nietzsche y Schopenhauer. Por sus apellidos los conoceréis. Esto lo aprendimos en el colegio.

El ensayo más extenso es el dedicado a Schopenhauer, el discípulo de Kant y Platón. Un texto por el que recibió 750 dólares. No pensemos hallarnos ante un panegírico al uso, porque Mann había leído con gozo, días y noches el libro fundamental de Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación y el ensayo además de exprimir el texto de 1400 páginas al máximo, alienta también a querer leerlo, al tiempo que Mann ejerce su espíritu crítico. Schopenhauer no comparte con Kant que la cosa en sí sea incognoscible. Aquello que Schopenhauer llama voluntad. El intelecto está aquí supeditado a la voluntad.

El auténtico tema de una recapitulación y consideración en el día de hoy de la imagen schopenhaueriana del mundo, el motivo que lleva a evocar en recuerdos su figura espiritual ante una generación que ya sabe poco de él, es la relación entre pesimismo y humanismo: es el deseo de transmitir a un mundo actual, cuyo sentir humanista se halla en una grave crisis, la vivencia de la peculiar asociación que melancolía y orgullo humano realizaron en esta filosofía. El pesimismo de Schopenhauer es su humanismo. Su explicación del mundo a partir de la voluntad, su concepción de la prepotencia de los instintos y la degradación de la en otro tiempo divina razón, del espíritu, del intelecto, a la categoría de mero instrumento destinado a asegurar la vida, es anticlásica y, en su esencia, antihumanista. Pero justo en la coloración pesimista de su doctrina; justo en el hecho de que ésta le condujese a la negación del mundo y al ideal de la ascética; justo en el hecho de que este escritor grande y experto en sufrimientos que escribía la prosa de la gran época de nuestra cultura humanista, colocase al hombre fuera de lo biológico y de la naturaleza y lo situase por encima de ellos, y convirtiese a su alma sensitiva y cognoscente en escenario de la conversión de la voluntad. y viese en el hombre al posible salvador de todas las criaturas: justo en eso reside su humanismo, su espiritualidad.

De Nietzsche, Mann incide en su faceta musical para luego establecer la relación entre Schopenhauer y Nietzsche, filósofo esencial para Mann, que cuando escribe su ensayo sobre Nietzsche ya ha visto los efectos del nazismo y el fascismo, para afirmar lo siguiente:

nos demuestra que su superhombre no es otra cosa que la idealización del Führer fascista, y que él mismo, Nietzsche, ha sido con toda su filosofía un precursor, un concreador y un inspirador de ideas del fascismo europeo, del fascismo universal. Entretanto yo me inclino a invertir aquí la causa y el efecto y a no creer que Nietzsche ha hecho al fascismo, sino que el fascismo lo ha hecho a él. Quiero decir lo siguiente: Nietzsche era en el fondo un hombre que estaba lejos de la política, un hombre inocentemente espiritual; pero en cuanto sensibilísimo instrumento de expresión y de registro, ha percibido de antemano, con su filosofema del poder, el imperialismo ascendente y ha anunciado, como una aguja trémula y vibrátil, la época fascista de Occidente, en la cual estamos viviendo y en la cual seguiremos viviendo largo tiempo, a pesar de la victoria militar sobre el fascismo.

Los ensayos sobre Freud son más flojos. El propio Freud es consciente de ello cuando lee el ensayo, presuntamente a él dedicado y que lleva por título El puesto de Freud
en la historia del espíritu moderno
. Da la impresión de que Mann estaba escribiendo un ensayo sobre el romanticismo cuando tuvo que escribir otro sobre Freud y lo metió con calzador.

Antes de abandonar la librería en donde acabé la lectura de estos ensayos y dándome un paseo por la misma, constaté que el espacio dedicado a la filosofía y la religión (la foto inferior) era claramente inferior al destinado la psicología (foto superior). Cañete vence a Séneca por goleada. Resulta evidente que es más difícil y trabajoso cambiar de vida (y leer ciertos libros) que tomarse una pastilla para tener una erección, perder peso o dormir.

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