Archivo de la etiqueta: Literatura Española

Un centímetro de mar (Ignacio Ferrando 2011)

Un centímetro de mar Un centímetro de mar del escritor Ignacio Ferrando se alzó con el Premio Ojo Crítico RNE 2011 y con el Premio Kutxa Ciudad de Irún de Novela. Uno no sabe si estos premios son importantes, si los premios ayudan o no a los escritores, si estos premios deberían existir, convertidos algunos de ellos en un producto de consumo masivo (ahí tenemos El Planeta), si lo que diga un Jurado va a misa (el que otorgó el Premio Ojo crítico lo formaba, entre otros, los escritores Alberto Olmos, Rafael Reig, Rubén Abella o Eduardo Villas), porque uno está harto (cada vez menos) de leer libros premiados que son infumables, pero yo lo comento para quien el asunto este de los premios literarios le diga algo o le ayude incluso a discriminar sus futuras lecturas.

Un centímetro de mar me lo dejó una amiga que se lo había comprado y leído, la cual tuvo a bien no hacer ningún comentario del libro hasta que lo acabé. Si nos ceñimos a lo que el libro comenta sobre ese principio de incertidumbre, podemos afirmar que lo grande de la literatura y de cualquier otra disciplina artística es que nadie tiene la clave del éxito, así que uno puede juntar elementos a priori interesantes, en este caso una aventura naútica, donde los tripulantes se las tienen guardadas unos a otros, donde un alemán misterioso parece un trasunto del demonio, donde ese centímetro de mar se convierte en el aliciente más poderoso de la novela, en ese mcguffin que nos hará ir leyendo página tras página en busca de ese centímetro de mar hasta acabar el libro, y con todos esos elementos creer que uno parirá la novela perfecta y que luego esto no ocurra, a juicio del lector (no me refiero a los Premios, que los tiene y a pares).

Es un hecho que Ignacio Ferrando ha mezclado como decía antes una serie de ingredientes a priori interesantes y los ha ido hilando, montando una historia, donde las aventuras del presente que se suceden a bordo del Estige se alternan con los recuerdos de los tripulantes, en especial de Berdaitz, a quien la pérdida de su hermano en el mar, cuyo cuerpo nunca se encontró, sigue atormentando, y a quien ese centímetro de mar, esa búsqueda de no se sabe qué, le impelirá a hacer cualquier cosa.
Vamos, como la fe.

Ignacio Ferrando maneja un lenguaje rico, un puñado de palabras que no había oído en mi vida. Términos naúticos y no naúticos. Lo cual no viene nunca mal para quitar las telarañas al María Moliner y de paso adquirir más vocabulario. Eso está bien, pero no creo que sea el objeto de una novela.

Ignacio Ferrando realiza un esfuerzo intelectual que está ahí presente, tratando de aúnar lo lúdico y lo metafísico, y hay algunos pasajes que funcionan muy bien, que resultan en verdad entretenidos, pero uno tiene la certeza de que el libro está descompensado, que sí, que algunos fragmentos funcionan, y otros muchos flaquean, y eso hace que la lectura se resienta mucho, y luego que ese concepto de aventura se adentre en otro más filósofico, en esa búsqueda, en ese camino, que es la piedra angular de libro, creo que hace tambalear la historia, por lo intrincado de la propuesta.

A fin de cuentas poco me ha sugerido o evocado la lectura, más allá de apreciar su riqueza léxica y su empeño por meterse por trochas literarias poco trilladas.

Lo último. La portada del libro es horrorosa. Por momentos pensé que me iba a producir un desprendimiento de retina, o unas cataratas fulminantes. No me recreé mucho en su visión y eso me salvó. Además ves la foto y pensarás: exagerado. Pero si te haces con un ejemplar, me daréis la razón sin objeción alguna. Si me ponen a mí hace quince años a diseñar portadas para libros, me hubiera salido hoy algo así, con ese tipo de letra de cuando Bill Gates todavía programaba y ese híbrido de colores a cada cual más horrendo, pero con la de programas informáticos tan apañados que hay hoy en día, parir semejante cosa duele. Lo importante es el continente, cierto. También lo es, que ante una portada así, le dan a uno ganas de tener el libro, no a un centímetro de mar, sino a muchas millas.

Absolución (Luis Landero 2012)

Luis Landero portada libroLuis Landero ha escrito un libro extraordinario: Absolución. No sé como quieren vender este libro los de la editorial, pero no es el típico de auto-ayuda. Yo leo la palabra Felicidad en una solapa o en la faja publicitaria de un libro y me da mal fario. Está claro que Landero tiene las cosas muy claras como para caer tan bajo y despachar un producto de consumo masivo buscando el refugio de términos tan pomposos y hueros al mismo tiempo.
Es imposible y estéril reseñar aquí el alud de asuntos que están presentes directa o indirectamente en esta obra. Además como sucede con cualquier libro que se precie, una cosa es lo que está escrito sobre el papel, que a cada uno le podrá gustar más o menos (a mí la prosa de Landero me extasia) y otra los efectos que esa lectura causan en el lector.
Hay libros que te hacen sentir más inteligente, más fuerte, más limpio, más consciente, más contingente, más frágil, más.. Absolución es esa clase de libros.

El protagonista de la historia es Lino, un treintañero el cual toda su vida ha estado huyendo de todo. Todo le cansa y aburre. Es como el río de Heráclito que siempre es el mismo río, pero siempre diferente. El tedio forma parte de él. Así cuando parece que su corazón encontrará la paz, o el letargo, en el refugio de un inminente matrimonio, Lino fiel a sí mismo y por una causa concreta, debe poner pies en polvorosa, sin rumbo fijo. En ese vagabundeo conocerá personajes deliciosos como Olmedo o Gálvez, dando lugar a situaciones inolvidables, que le permitirán de paso al autor ahondar en temas de rabiosa actualidad como el desuso de ciertas infraestructuras ciclópeas, convertidas en ruinas en apenas pocas décadas, o ese monstruo de cemento que desbasta el territorio creando ciudades de la nada en lugares idílicos, cuyos residentes se verán obligados a interpretar su papel de ufanos residentes: una suerte de felicidad impostada, inoculada y replicada, sin iniciativa.

Además, Landero de cosas tan insignificantes como unos tomates, un huevo duro o el botón de un chaqueta es capaz de articular un discurso, de precipitar el curso de los acontecimientos. Y figuras como la madre y el padre del protagonista, o el Señor Levin, le permiten al autor hacer gala de la ironía, de un humor impecable, sin dejar tampoco fuera de campo, el poder del amor, de la pasión, de esas miradas de fuego, aunque sea imposible, a veces y por eso tan necesario, el amor.

Transcribo un párrafo de los muchos que me han deleitado de esta obra imprescindible de Landero.

«Yo pienso que la vida es algo así como un viaje en metro o en tren donde tú eres el único pasajero y donde van anunciando por los altavoces. << Próxima estación, Escuela Elemental; próxima estación, Primer Amor; próxima estación, Desengaño Amoroso...Y luego vendrán las estaciones Grupo Pascual, Matrimonio, Paternidad, Adulterio, Suicidio, Divorcio, Crimen, Exilio... y así hasta llegar, que a veces llega cuando menos lo esperas, a la estación Hospital, y luego la última de todas, el fin del trayecto, cuyo nombre todos conocemos".

Como el personaje de la deliciosa novela Paradoja del interventor, y quizá porque el mundo es contingente y azaroso, Lino también se ve arrojado al mundo exterior, con una mano delante u otra detrás, para redescubrirlo, en esa encrucijada en el que se mueve el ser humano desde el comienzo de los tiempos, entre destino y libertad, entre la realidad y el deseo, entre las necesidades de huir y el anhelo de permanecer, entre la inmortalidad y el tedio de vivir.

Reseña de Absolución (Imprescindible)

Entrevista a Luis Landero en El País (26-01-2013).

La ciudad feliz (Elvira Navarro 2009)

Elvira Navarro La ciudad feliz portada libro

En esta novelita corta publicada por Mondadori Elvira Navarro (1978) escribe dos historias o relatos que convergen por los pelos. Sara es el nexo, si bien se leen de modo independiente.

En la primera, nos cuenta la historia de un niño chino que es arrancado como una flor del tiesto, en China, para instalarse en España junto a su familia: su hermano, su madre, su padre, su abuelo y su abuelastra.
Como no podía ser de otro modo, en un alarde de originalidad, su familia monta en España algo parecido a un restaurante, que comienza siendo un asador de pollos, para luego irse poco a poco aventurándose con nuevos platos a medida que ven que la cosa funciona.

El niño, que atiende al nombre de Chi-Huei, debe ponerse las pilas pronto, aprender las costumbres ibéricas, el castellano y otras tantas cosas más hasta mimetizarse con el entorno circundante. La autora opta por la introspección y consigue transmitir bastante bien lo que puede sentir un niño cuando se traslada a otro país, a otra civilización, lo duro que es empezar de cero, el sentirte extraño, el tener que luchar más que el resto contra las circunstancias por ser extranjero, el muro de la incomprensión ante el que a menudo nos estrellamos, casi a diario. En los devaneos mentales de Chi-Huei y sus enzarzamientos dialéticos con su madre se consume parte de la historia, que se apaga como una cerilla y pasamos a otra historia.

Una niña en la preadolescencia cuando va a comprarse un bolso de Hello Kitty, decide entregar su dinero a un vagabundo. Ese hecho marcará un antes y un después en su vida. Porque ese vagabundo es un precipicio al que asomarse, ese otro mundo por el que se muere de ganas de conocer. Sería entonces un Vagamundo.
Y así, ambos, el vagabundo y la niña llegarán a tomar a contacto y parece que vaya a ver sexo porque él es un hombre que la espía, acecha y ronda y ella casi una mujer curiosa que quiere experimentar y crecer y porque quizá crea que el sexo aceleraría su aprendizaje y de esa manera madurase antes de tiempo. Tras una parrafada del padre de la criatura ante los personajes de esta historia que parece sacada de una teleserie, aquello, la novela, el relato, la micronovela, se acaba.

Es patente la voluntad de Elvira Navarro de ofrecernos a nosotros lectores, que nos metemos en vena, tinta un día sí y al otro también, algo apañado, vistoso, bien presentado, con unas historias que si lees la sinopsis tienen muy buena pinta. A saber:

«Los personajes que deambulan por este libro buscan restaurar una identidad rota; la necesitan para poder caminar por un mundo que ha dejado de hacerles felices».

Me he perdido algo. Chi-Huei, Sara, Julia y el resto, son jóvenes de unos catorce tacos. El vagabundo tiene veintitantos.

¿Restaurar la identidad rota? ¿Un mundo que ha dejado de hacerles felices?. ¿Quién ha escrito esta sinópsis?.

La escritora construye su historia con una prosa limpia, cuidada, en apariencia sencilla pero rebuscada al mismo tiempo, que tiende hacia la introspección, al detalle, para describir la mirada de un niño o de los adolescentes ante un mundo que extrañan y desconocen o el empeño de un vagamundo en no ser catalogado, etiquetado, libérrimo a más no poder.

La novela de Elvira Navarro es de las que se leen tan rápido como se olvidan, dado que no he encontrado en ella nada reseñable.

Después de haber leído estos días Naturaleza Infiel o Matate Amor las expectativas del menda son cada vez más altas y ya todo me sabe a poco.

Naturaleza infiel (Cristina Grande)

Cristina Grande Naturaleza infiel portada libro

Dicho y hecho. Sigo con otra escritora, Cristina Grande. Naturaleza infiel es su primera novela !Y qué novela!.
A mí me gustan las novelas que me hacen reír, las que no me hacen reír, también, pero me rio menos que con las otras. Con Naturaleza Infiel me he reído de lo lindo y no porque en el ánimo de la autora esté propiciar la risa del lector en cada párrafo, no lo creo.

El caso es que Cristina en este libro, que a mí me parece un sentido homenaje a la familia, empezando por su madre, su difunto padre y su hermana (en caso de que se trate de algo autobiográfico, que lo desconozco y lo dudo), a medida que nos va contando su vida, sus anécdotas, su existencia y la de las suyos, va removiendo algo en nuestro interior, porque la risa o la sonrisa propiciatoria por su lectura brota del patetismo humano, de ser capaz de asumir nuestras limitaciones y contradicciones, de entender que la vida es ir peleando a la contra contra la muerte cada día, en cada traspiés, en cada cada recaída, hasta que ese hilo de seda que nos separa del más allá se rompa.

Quien nos cuenta la historia, mediante fragmentos o relatos de 2-3 páginas, a modo de diapositivas escritas, es Renata, quien tiene una hermana melliza llamada María. Viven con sus padres, quienes tras unos meses separados vuelven cuando en España se aprueba la Ley del divorcio en el 81, hasta que poco después el padre fallece. Cristina se aplica en el sexo y María en las drogas. Una se mete hombres entre sus piernas, la otra jeringuillas y sustancias varias. Lo cantaba Sabina: al infierno se va por atajos, jeringas, recetas….

Para mí, la auténtica protagonista de la historia es la madre, mujer hecha a sí misma, luchadora, trabajadora, emprendedora, cabal, ese tipo de mujer que hace que este país, paraíso de la corrupción, no se desmorone y todavía sea un lugar habitable y respirable.

Me hacen gracia muchas de las cosas que nos cuenta Renata: sus primeros amores, el sexo vampírico, la llegada de la televisión en color al hogar, el descubrimiento del término «habladurías«, su empeño en no trabajar, la no plasmación de los sentimientos en el seno familiar, los devaneos amorosos de Jorge con sus no beldades, y un sinfín de cosas más que forman parte también de uno y de casi todos y siempre con la muerte del padre muy presente, de telón de fondo, forjando el carácter de los supervivientes, en ese limbo en el que se quedan los que permanecen. Superando la pérdida cada cual a su manera.

«Sólo me faltaban las gafas para parecer una aburridísima rata de biblioteca, pero con tetas parecidas a las que veía en las portadas de Playboy, y que yo escondía tras una carpeta verde forrada con fotos de Paul Newman, Robert Redford y Udo Kier. (pag. 114)»

Naturaleza infiel. Cristina Grande: 142 páginas que dan mucho de sí.
Si quieren perder tres horas leyendo un libro.
O ganarlas
Ya saben.

Blog de Cristina Grande