Archivo de la categoría: 2012

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Una noche en Amalfi (Begoña Huertas)

Me entero ahora de la muerte de la escritora Begoña Huertas. Hace diez años leí Una noche en Amalfi. Que descanse en paz.

Si el otro día la historia de Fernando Clemot en su libro El Golfo de los Poetas transcurría en La Marina, en Italia, ahora, en el libro de Begoña Huertas, seguimos en Italia, en esta ocasión en el sur, en la Costa Amalfitana.

Hasta allí se va una pareja, Lidia y Sergio a pasar unos días de vacaciones, tras haber dejado el churumbel con la madre de este. Una vez toman posesión de su morada en un B&B un tanto dejado de la mano de Dios, alejado del fragor turístico, pero al que sí llegan los mosquitos que pican y hacen de las suyas.
Lidia se traslada poco después de su llegada a Amalfi a hacer unas gestiones (sabemos que hoy todo es urgente, para antes de ayer, que si no tenemos cobertura nos da el perrencón, que una estancia sin wifi es un camposanto, que si no enviamos un documento de trabajo a la central a pesar de estar de vacaciones nos crujen, etc…).

Luego Lidia desaparece y empieza lo bueno.

La novela de Begoña tiene 154 páginas y lo que consigue en ellas es desasosegar, merced a una atmósfera asfixiante. La situación es verosímil. Tu pareja desaparece y tú que haces ¿esperar? ¿ir a buscarla? ¿devanarte los sesos pensando qué ha pasado? ¿acudir a la policía? ¿dar por buena la ayuda ofrecida por un desconocido medio paranoico y recorrer Amalfi en pos de la amada a horas intempestivas?

Lees el libro y así obtienen las respuestas.

Sabemos que el alma humana tiene zonas de sombra. Es necesario. No todo debe quedar expuesto. Somos humanos, no vasos de vidrio. Con eso juego Begoña. Con la imagen que los demás tienen de nosotros, una imagen que no tiene por qué ajustarse a la realidad ni en lo más mínimo. Con esos espejos deformantes juega la escritora y lo hace bien, porque el libro te lleva sin remisión hasta el final, porque quieres leer a toda costa para saber el final, para saber qué pasa con Lidia, con Sergio, con el amigo misterioso.

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Cinco mil kilómetros por segundo (Manuele Fior)

Publicado en 2011 y reeditado en 2022 por Salamandra Graphic, Cinco mil kilómetros por segundo, cómic de Manuel Fior, con traducción de Regina López Muñoz, nos sitúa en Italia.

Las acuarelas de Manuel con muy pocos colores resultan, sin embargo, muy vívidas y expresivas en la minuciosidad con los detalles. La gama de colores verdes y amarillos en la primera parte es la plasmación del deseo, la voluptuosidad, la juventud en su ánimo explorador. Las relaciones que se principian y abortan. El triángulo formado por Lucía, Piero y Nicola.

Lucía llega a su nuevo hogar y prontamente se enamora de Piero, aunque Nicola siempre está ahí, como el perro del hortelano. Como la vida sigue su curso, Lucía marcha a Noruega, Piero, como paleontólogo, irá a Egipto. En Noruega los tonos son azules, como el espíritu de la lluvia, como la luz glacial; en Egipto, priman los ocres y amarillos, así es la tierra, el cielo parduzco, las pirámides, la fiebre y los sueños eróticos. Las vidas siguen su camino y en su decurso llegan las parejas, el embarazo de Lucia, la paternidad de Piero, etc. Y el deseo, como una llama inextinguible, pide segundas oportunidades, pero a sabiendas de que son imposibles, se contentan con el escarceo y el agridulce sabor de lo que podía haber sido en los labios de los amantes.

Cinco mil kilómetros por segundo

Manuel recrea con virtuosismo el espacio íntimo de sus personajes, lo prosaico del día a día, como la escena en la que Lucía toma un baño mientras su marido defeca en la taza del váter, hay deseo y sexo explícito, hay búsqueda y desencuentro, hay vida latente y patente.

Muy bueno.

Democracia

Democracia (Pablo Gutiérrez)

Antes de leer Nada es crucial y con Cabezas cortadas entre manos recupero las notas de lectura de una novela que disfruté mucho cuando la leí a finales de 2012: Democracia.

Pablo escribe como los ángeles y ¿cómo escriben los ángeles os preguntaréis?. Escriben bien, creo, como entidades celestiales que son, si bien esto ya es objeto de la literatura post-terrenal.

A Pablo no le falta ambición (un escritor sin ambición sirve para escribir prospectos). Con la que está cayendo el autor se pone el mono de trabajo y pluma en mano (es un decir, pues la mayoría de escritores tiran de portátil) se afana en la tarea de describir la situación que vivimos de hace cuatro años a esta parte.

El inicio es la caída del banco de inversión Lehman Brothers. Esa burbuja inmobiliaria que nadie quería desinflar: bancos, ayuntamientos, administraciones, agentes de la propiedad inmobiliaria, hipotecados, etc, finalmente estalla. Por culpa de los derivados financieros, por la codicia de muchos, por la estulticia de otros tantos, por la nula supervisión, por el postulado que siempre se cumpliría que decía que «el precio de la vivienda siempre irá al alza» y que dejó de cumplirse, por querer cumplir sueños que se tornaron pesadillas atiborradas de desahucios y suicidios, todo se acabó yendo al garete.

El capitalismo salvaje sufrió un golpe en la línea de flotación y quienes estaban abajo, como siempre, sufrieron-sufren-sufrirán, las consecuencias en sus carnes cada día más magras, mientras que los que barajaban las cartas, cambiaron de juego, pero no ideales: seguir enriqueciéndose a toda costa.
Coger eso que está ahí delante de tus narices en un mercado liberalizado que facilita el darwinismo social.

De hecho vemos cada día que los políticos dan dinero a los bancos porque piensan que será mejor que se hunda un país con sus ciudadanos-votantes dentro, antes que unas cuantas entidades financieras privadas (ya saben, privatizamos los beneficios y ponemos todos el culo cuando hay pérdidas: es decir las socializamos), porque es mejor servir al capital que atender al capital-humano, porque es mejor desmantelar las ayudas en educación destinadas a la diversidad, proyectos PROA, entre otros, que negarle lo que piden a estas entidades financieras codiciosas, que después de hundirse por su pésima gestión, ahora nos toca reflotar, talonario en mano entre todos.

El día que el banco de inversión Lehman Brothers cae (un eufemismo porque tanto Lehman Brothers como la aseguradora AIG, eran demasiado grandes para caer y el Estado ya tenía puesto el colchón relleno de billetes de 100 pavos debajo para minimizar la caída, con la máquina de hacer billetes a todo trapo), el joven Marco, nuestro protagonista es cesado en su empresa.

Ese momento marcará el punto de inflexión existencial de Marco, quien vivirá también su personal caída, su bajada a los infiernos, su derrumbe, el socavamiento interior, la ruptura con todo lo que era su mundo, una vez dinamitada la relación laboral, la familiar y la afectiva serán piezas de dominó buscando tierra. Dispondrá entonces de toneladas de tiempo libre que la pesarán como una losa. Tiempo en el que conectará con tres anarquistas con los que abrazarse a una idea superior: La ciudad. Primero versos, luego piedras, la algarada.

Sirviéndose de la figura de George Soros, el húngaro que desde la pobreza crearía un Imperio, un hombre (des)hecho a sí mismo, filántropo y multimillonario, capaz de hundir países con sus transacciones financieras, cual trilero sobre el tapete, el autor nos presenta la cara menos amable de ese capitalismo salvaje, de aquellos que sin escrúpulos de ningún tipo y aprovechando(se de) la legislación vigente y el libre mercado especulan con cualquier cosa (apostando por ejemplo cuanto tiempo tardará en quebrar una empresa, o cual será el precio del arroz el año próximo), como quien echa una partida de monopoly en una cafetería, una tarde de domingo, sin importar qué sucede con cada una de las transacciones realizadas, siempre y cuando estas permitan aumentar los beneficios de quien las realiza o de sus inversionistas y cebar así el vellocino de oro.

Es plausible que Pablo Gutiérrez en poco más de doscientas páginas haya sido capaz de decir tantas cosas, de lograr tantas texturas, de alimentar su obra con un sinfín de matices, con hechos actuales (ahí están las cargas policiales, el movimiento 15M, Okupas, Graffiteros, guerrilleros urbanos, trepas, hijos de papá, materiales de deshecho, presentadoras televivisas exitosas venidas a menos, etc..) con iconos modernos como Bansky y otros que no lo son tanto pero que a uno le emocionan, como ver citado por ahí a Ramon Trecet (narrando con voz de bardo las epopeyas de Magic Johnson, Larry Bird, Isiah Thomas), el manejo de los Rotring, esas cositas que a los que somos de la quinta de Pablo nos emocionan.

La prosa de Pablo es musculosa (novelahalterofílica), vibrante (novelaasentimiento: este tío es cojonudo), sugerente (novelaqueincitaaescribir), crítica (novelalarealidadesotra: sobran futbolistas piscineros), esponjosa (novelabizcocho con bien de levadura que hace que crezca según se cuece o lee), gomosa (novelachicle que se pega al paladar), proteínica (novelabovril) y está llena de hallazgos (eso ya depende de cada lector), y nos lo narra todo con un ritmo que nos es imposible dejar de leer, seguir avanzando, seguir gozando.

No puedo pedir más a un libro, ni a muchas personas.

El libro me ha gustado muchísimo. Y no sólo a mí. A Lupita (la de la foto) entodavía más. De hecho se le salían los ojos de las órbitas a cada rato: no os digo más.

Pablo Gutierrez en Devaneos | Rosas, restos de alas

Blog de Pablo Gutiérrez | El adjetivo mata

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Relato soñado (Arthur Schnitzler)

¡Qué buena almohada es la duda para una cabeza equilibrada!

Montaigne

Con otras novelas que he leído de Arthur Schnitzler tomé conciencia de la sagacidad con la que la el autor austriaco abordaba todo aquello que guarda relación con nuestra condición humana. En Morir, la manera en la que un hombre arrostraba su final creyendo que su esposa le acompañaría en este trance pero finalmente desligándose ésta de aquel destino fatal. En El teniente Gustl el flujo de conciencia del narrador nos acercaba a su precipicio, sopesando también el suicidio. En Tardía fama la fama se convertía en algo episódico que inflamaba al acreedor de la misma para luego dejarlo con un palmo de narices visto que el reconocimiento y la fama son flor de día y que al contrario que los afectos, este sentimiento que por el autor sienten los jóvenes, en especial uno, se agostará a las primeras de cambio. Relato soñado, es una novela al igual que las anteriores breve, poco más de cien páginas, que fue llevada a la gran pantalla en 1999 por obra de Kubrick bajo el título de Eyes Wide Shut, con una duración de dos horas y cuarenta minutos que recuerdo haber visto sin que me dejara apenas ningún recuerdo. Sí que hubo mucho ruido porque en aquella odisea sexual Nicole Kidman se desnudaba.

Publicado en 1926, Schnitzler, al que Freud consideraba su doble literario, reflexiona en esta introspectiva novela sobre los sueños, el deseo y la muerte. El médico austriaco Fridolin –que en manos de cualquier programa del corazón, apostillaría encontrarse “felizmente casado” y ubicado ya en el punto en el que le sobra todo lo que va después del Te quiero (ella), Yo, también (él)- padre de una hija de seis años le confiesa a su mujer Albertine una aventura que no llegó a consumar en un lugar de veraneo. Albertine por su parte le hace partícipe a su cónyuge de una situación análoga que experimentó con un marinero, un juego de miradas abortadas abruptamente, por ende, su matrimonio puede determinarse como algo casual, fruto del azar (por mucho que uno luego se amolde a lo de “mi media naranja” “el amor de mi vida” y demás enunciados que dejan todo atado (en apariencia) y bien atado y también precario, cuando el deseo viene a ser como poner puertas al mar, un flujo imposible de domeñar.

Fridolin acude con su mujer a un baile de máscaras y al sentirse observados e incluso deseados, él siente ahí una puerta (no sabe si giratoria) que lo conduce hacia un estado que lo sume en la inquietud, removiendo sus cimientos. En su día a día como médico Fridolin se mueve por distintos domicilios y no le faltan oportunidades de poder iniciar aventuras amorosas con distintas mujeres a las que se les antoja o así se puede ver él a sí mismo como una suerte de príncipe azul. Un día, al acabar su labor y sin ganas de volver con su familia se topa con un amigo de juventud que le comenta con mucho secretismo que va a ir en unas horas a tocar el piano a un lugar donde las mujeres se muestran con toda su voluptuosidad, mientras él tocará con una venda en los ojos, que hace falta una contraseña: una palabra, para poder acceder al inmueble… todo esto a Fridolin al escucharlo le resulta irresistible y tras hacerse con el adecuado atuendo y velado el rostro con una máscara allá que irá con el alma en vilo. No dura mucho en el inmueble, pero sí lo suficiente para sentir el aguijón del deseo, la punción de lo inasible, cifrado en el cuerpo de una mujer que sabiendo que no pertenece a ese ambiente se le arrima y le anima y conmina a irse, si no sólo sí con ella.

Las aguas podrán volver a su cauce ya desinflado el deseo y subsumirse Fridolin entonces en la cotidianidad del hogar, en la mansedumbre de los días clónicos y los menesteres prosaicos, abandonar su cabeza en el tibio regazo de su esposa y ver crecer alborozado a su hija, pero aquella pulsión ahora certeza lo sabe que no deja de ser una naturaleza muerta, pues su ser antes y luego buscará el momento oportuno para desbocarse de nuevo a lomos del impetuoso corcel del deseo.

Acantilado. Traducción de Miguel Sáenz. 2012. 136 páginas.