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El héroe (David Rubín)

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Mi amigo Juan Pablo me habló de estos dos cómics que forman el díptico El héroe, de David Rubín, publicado hace algo más de una década. Son casi 600 páginas apabullantes. Ya de entrada, el tema es de mi agrado, pues tiene que ver con la mitología griega, con el héroe Heracles (el Hércules de los romanos), hijo de Zeus y de Alcmena.

Euristeo y Heracles nacen con segundos de diferencia. El primero, Euristeo según decreta la suerte en el Olimpo, será un tirano ávido de conquista y de poder. Su primo Heracles, sin embargo, será un héroe. Si bien, el primero en nacer mandará sobre el otro durante doces años. De esta manera Heracles verá sometido su destino a la voluntad de Euristeo, el cual se convierte a su vez en un títere en las manos de Hera, la mujer de Zeus, que aborrece a Heracles por ser un hijo bastardo de Zeus.

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La trama casa bien con la de un videojuego en el que hubiera que ir superando pantallas, en este caso doce pruebas, las que Euristeo le impondrá a Heracles, con la idea de que en alguna de ellas pierda la vida. Las doce pruebas son:

Matar al León de Nemea y despojarlo de su piel.
Matar a la Hidra de Lerna.
Capturar al Jabalí de Erimanto.
Capturar a la Cierva de Cerinea.
Limpiar los establos de Augías en un solo día.
Matar a las Aves del Estínfalo.
Capturar al Toro de Creta.
Robar las Yeguas de Diomedes.
Robar el cinturón de Hipólita.
Robar el ganado de Gerión.
Robar las manzanas del jardín de las Hespérides.
Capturar a Cerbero y sacarlo del inframundo.

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Las diez primeras pruebas forman parte del primer volumen. Las dos últimas del segundo, aunque los dos libros son similares en extensión, porque en el segundo volumen, Rubín da buena cuenta de su imaginación y nos plantea qué hubiera pasado, por ejemplo, si las cosas hubiesen sido al revés, y Heracles hubiese sido un dios en lugar de un héroe.

Toda la violencia, el ansia de poder, la destrucción, el odio, el deseo de venganza y demás sentimientos exaltados, de los que participan tanto los humanos como los dioses, quedan muy bien ilustrados en las poderosísimos dibujos de Rubín, ya desde su prólogo.

Luego, el resto de las situaciones están tan bien desarrolladas, hay tanto dinamismo y viveza, que resultan subyugantes. Y como si fuese una películas tenemos primeros planos; la cámara se sitúa delante o detrás de los personajes, los visualiza desde arriba, escanea sus entrañas, porque Rubín ofrece al lector un sinfín de elementos, tanto en el tratamiento de los colores (creando páginas asombrosas), en la exposición en las viñetas, en la disposición de las mismas, ya sea con tiradas verticales o fajas horizontales, donde hay páginas en las que no se echa a faltar el texto, texto que por otra parte está perfectamente integrado con las ilustraciones, mediante diálogos parcos pero eficaces, que van directamente al grano, así Heracles irá superando cada prueba, ganándose el fervor de la gente y su confianza, sintiéndose un héroe capaz de hacer un mundo mejor, a pesar de los palos en las ruedas que continuamente le ira poniendo Euristeo, pero sin lograr este su propósito.

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El arco temporal nos llevará desde el nacimiento de Heracles hasta su muerte. Por el camino se enamorará, tendrá dos hijos y una mujer que perderá y volverá a enamorarse y a casarse con Denayira, pero no parece que Heracles esté llamado a gozar de los dones del amor, sino la maldición de una vida exaltada, convertida siempre en un combate, acompañado por Yolae (cual Robin), donde menudee la violencia explícita, tanto como el sexo, también explícito (somos testigos de la violación de Deyanira por Neso), y cuya resolución solo quede asociada a su propia extinción.

Dijo Saramago que El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Lo pienso cuando leo el epílogo.

El héroe
David Rubín
2011 y 2012
Astiberri
280 y 286 páginas

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Anti-Nietzsche (Ferdinand Tönnies, Julius Duboc, Franz Mehring)

Leí esta Semana Santa El Anticristo de Nietzsche, y hubo en ese texto unas cuantas sentencias que me produjeron repulsión. Había leído antes Aurora, Ecce homo y Así hablo Zaratustra, y no acababa de entender dónde residía el magnetismo de Nietzsche. Por lo tanto cuando en mi camino se cruzó Anti-Nietzsche no pude resistirme a leerlo yendo en búsqueda de algunas respuestas.

El libro lo componen tres ensayos escritos entre 1897 y 1899. Las fechas nos sitúan por tanto un año antes de la muerte de Nietzsche, en 1900. Los autores de los ensayos son tres filósofos: Ferdinand Tönnies, Julius Duboc y Franz Mehring. El extenso y capital prólogo corre a cargo de Venancio Andreu Baldó, responsable asimismo de la traducción.

El último ensayo, el de Franz Mehring, es un repaso a los anteriores de Duboc y de Tönnies. Franz desglosa la actividad creadora de Nietzsche en tres fases. La primera es la del artista (Nietzsche es el discípulo de Schopenhauer (el despreciador de la historia) y Wagner; Nietzsche vio las formas acabadas del genio en el filósofo, el artista y el santo), la segunda false es la del hombre de ciencia y la tercera es la que hizo popular a Nietzsche: la del desesperado de sí mismo y del mundo, el Zaratustra sin aliento, tempestuoso, vertiginoso, gimiente y fuera de sí, aquel que no puede ser de ninguna manera objeto de comprensión, sino solo de goce estético, cuya filosofía es la sublimación del gran capitalismo, lo que explicaría que hubiese encontrado un gran público, afirma Tönnies.

En su ensayo Duboc liga a Nietzsche con su maestro Schopenhauer, que cuando en 1818 afirma que el pesimismo es el único pensamiento de su obra, nadie le cree. En 1848, treinta años después, vuelve con la misma cantinela, y entonces todos le creen, a él, al profeta de la náusea universal. Para Duboc Nietzsche significa un nuevo despertar a la vida, el nuevo despertar de alguien que ha sucumbido a la sobreexcitación e hipertensión enfermiza, y ese alguien era la propia voluntad. El pesimismo había cedido su lugar al materialismo ético que se celebraba a sí mismo como el paroxismo de la libertad, materialismo ético que compartía muchas aspiraciones con la moral del superhombre. Para Nietzsche la vida era esencialmente apropiación, vulneración, violación de lo extraño y más débil, opresión, dureza, anexión, y al menos explotación. Así se explicaría el gusto de Nietzsche por Napoleón, o por naturalezas humanas depredadoras como la de César Borgia. Por lo tanto, el ser humano servicial, noble y bueno resulta para Nietzsche decadente, y un síntoma de derrumbe. No me explayo aquí (prefiero que los lean ustedes directamente en el texto) en los calificativos tan despectivos con los que Nietzsche despachó a Sócrates, Platón, Spinoza, Carlyle, Darwin o Descartes.

Parte importante del ensayo lo dedica Duroc a hablar de la conciencia. Como síntesis, podemos afirmar que para Duboc, la conciencia representa -no un fantasma moribundo, para decirlo con Nietzsche-, sino una de las mayores palancas en la evolución de la especie humana.

El ensayo más extenso es el de Ferdinand Tönnies. Está dividido en 27 capítulos. Ferdinand en los escritos tempranos de Nietzsche encuentra más sentimiento que conocimiento. Más tarde, Nietzsche ofrece palabras frescas y sonoras al indestructible optimismo de la voluntad y la fuerza. Sus éxitos van de la mano de los intentos de utilizar la teoría de la evolución para sostener el capitalismo y la libre competencia, cuya consecuencia natural es la supervivencia de los mejores, y para lo cual requeriría también la creación de estamentos, la segregación de la aristocracia y el derecho a la herencia.
Nietzsche ya empieza a diferenciar los débiles de los fuertes, a los exitosos de los malogrados y llega a la conclusión (en su libro Genealogía de la moral) de que la moral representa la voluntad de un cultivo opuesto, que en ella persiste la aspiración consciente a la represión del tipo humano de más alta calidad pues era temido hasta entonces; hasta entonces era casi lo temido y a partir del temor, se quiso, se cultivó, se alcanzó el tipo opuesto: el animal doméstico, el animal de rebaño, el animal enfermo hombre… el cristiano.
El anhelo de una vuelta a la naturaleza puede ser entendido fácilmente como cansancio de la cultura, y este como signo de una cultura enferma y envejecida.
Nietzsche se ve sorprendido por la riqueza de la sabiduría de Schopenhauer y se deja arrebatar por sus escritos chispeantes.
Los pensamientos de Nietzsche interpretan El mundo como voluntad y representación. El mundo como voluntad es en términos estéticos la música. Representación es el texto para la música. El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música lo considera Ferdinand un escrito genial. Más tarde en Humano, demasiado humano, o La gaya ciencia no encuentra Ferdinand demasiados pensamientos originales (algo en lo que coinciden los tres filósofos que aquí concurren).

En lo personal Nietzsche se va apartando del mundo y en La gaya ciencia llega a la conclusión de que la vida es esencialmente apariencia y juego… y que no tendría en absoluto ningún significado interno o moral.
La compasión trágica le parece superficial o le resulta indiferente. Más tarde, mientras aún daba vivas a la física, apareció una idea metafísica, como una estrella luminosa, a saber, el eterno retorno. Quería Nietzsche dejar de estar solo y aprender a hacerse humano.

Ahora su forma de escribir, antes abundante y suelta, se torna a su vez ampulosa y roma -entre 1885 y 1888 los escritos de Nietzsche se centran en la moral-: Más allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, El caso Wagner, Ensayo de una crítica del cristianismo. Ferdinand cree que lo que gusta de estos libros a los lectores inmaduros es lo fluido y torrencial de los mismos, una elocuencia que se agolpa, las violentas invectivas con fuertes expresiones, la manifestación prolija de los sentimientos personales. Su expresión favorita es “decadence”.
Nietzsche critica la moral como negación de la vida, como signo de derrumbe, de cansancio… entiende por moral dar por buenas la compasión y el altruismo, y de la gran revolución económica que atraviesa los últimos siglos y cuya potencia se multiplica en el siglo XIX, que cristaliza como capitalismo y como proletarización del pueblo, no sabe nada, según Tönnies.

Su libro Más allá del bien y del mal, sirve como documento acreditativo de la adoración de Nietzsche por las naturalezas depredadoras: César Borgia y Napoleón. El autor busca una dignificación histórica de los grandes poderes sociales sin aportar nada nuevo o significativo al sociólogo.

En Genealogía de la moral, Nietzsche le da vueltas a la idea de la mala conciencia, a quién fue su creador y llega a la conclusión de que ha sido obra del hombre del resentimiento, y considera la mala conciencia una profunda enfermedad a la que tuvo que sucumbir el ser humano bajo la presión de la más radical de todas las transformaciones que nunca haya vivido -aquella transformación cuando por último se encontró atrapado el hombre por el hechizo de la sociedad y la paz- lo que sin duda vale tanto para los fuertes como para los débiles, pero que necesariamente debía oprimir más a los primeros. Aquí, entonces, la mala conciencia es solo el instinto de libertad reducido a un estado latente de violencia, la crueldad replegada del humano-animal interiorizado, cobijado en sí mismo, por temor, del aprisionado en el Estado para su domesticación.

Respecto al Anticristo, para Ferdinand carece de todo valor científico, a pesar de su aparente lógica, psicología e historia. Son las palabras poderosas, con astucia de abogado y con falsedad artística. Un libro que solo se puede leer como un ejercicio de estilo, del que no se aprende nada, de donde un pensador científico, un sociólogo, no puede extraer nada. En el texto, solo la fuerza y la salud albergarán el futuro de la especie humana. Es bueno lo que eleva, el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el propio poder. Y lo malo es lo que procede de la debilidad.

La evolución moderna hay que entenderla bajo la perspectiva de la economía y de la técnica, y según Ferdinand sorprende la ignorancia científico-social de Nietzsche.

El conjunto de doctrinas, el sistema, de Nietzsche, como lo denomina Andreas-Salomé, es según Ferdinand un aquelarre de pensamientos, exclamaciones y declamaciones, de arrebatos de cólera y de afirmaciones contradictorias y en medio de todo ello muchas chispas de ingenio, luminosas y cegadoras.

Concluye Ferdinand que como una auténtica naturaleza hamletiana, Nietzsche sucumbió a su propia tarea.

Finalmente, en el prólogo de Venancio Andreu, que lleva por título: Un canto de sirenas llamado F. Nietzsche el arco temporal es más amplio y se aborda el impacto que las doctrinas de Nietzsche tuvieron después de su muerte. Una de ellas es la apropiación que hizo de ellas el nazismo, incluso Adorno escribió que Nietzsche, contra su intención, suministró consignas al fascismo. Aunque también tuvo sus defensores, Bataille, por ejemplo, escribe que a Nietzsche le horrorizaba la idea de que se subordinase su pensamiento a alguna causa. Sin embargo vemos cómo Nietzsche se convirtió asimismo en un apologeta indirecto del capitalismo y objetivamente su filosofía supuso un fortalecimiento y justificación del capitalismo. Lukács dijo que exceptuando ciertos capítulos de la filología clásica, los conocimientos de Nietzsche, aunque muy extensos y manejados con viveza y colorido, son siempre muy superficiales y adquiridos de segunda o tercera mano.

Si hay que buscar en sus ideas una cosmovisión, según Lukács sería el “irracionalismo”, una fuga mundi antifilosófica, y en Nietzsche concurren tres tipos de huidas: epistemólogica (le es imposible al ser humano acceder a la verdad, sea en la vida cotidiana o en el complejo ciencia-filosofía), ontológica a negativo (un nihilismo que niega la existencia de determinaciones y, por ende, de causas o legalidades objetuales, tanto en el ser general, como sobre todo en el social; los elementos son el azar absoluto, la fetichización de la apariencia como verdadero ser y la fetichización de la belleza), y ontológica a positivo (fetichizaciones y reificaciones, en la línea del darwinismo social, conceptos pseudocienfícos).
El relato de Rosa Mayreder (autora de El club de los superhombres): Pipin. Ein Sommererlebnis, se nos presente como un texto literario que refleja primorosamente la psicosociología de la pequeña burguesía alemanes de finales del XIX y comienzos del XX. Si es Lukács el autor que más maneja Venancio, es muy interesante ver cómo eran recibidos los escritos de Nieztsche por escritores como Zweig, Thomas Mann, Gide, Ramiro de Maeztu, o por filósofos como Bataille o Deleuze… y cómo en tiempos más recientes, en 1972 se publicó En favor de Nietzsche, con textos de Fernando Savater, Eugenio Trías o Javier Echevarría. Parece claro que Nietzsche a nada que se le lea concienzudamente no deja indiferente.

Y creo que Nietzsche hubiera hoy incendiado las redes sociales, con esas chispas ingeniosas, luminosas y cegadores, y sería el filósofo de moda, porque sus aforismos y salidas de tono harían furor, aunque se convirtiese en una de sus últimas fugas, en un troll.

Aprovecho para recomendar, no solo la lectura de este ensayo indispensable, sino también de otras obras periféricas, editadas también en Ápeiron: Nietzsche de Malwida von Meysensburg, Nietzsche, noble y filósofo de Meta von Salis-Marschlins, autoras que junto a Lou Andreas-Salomé y Elizabeth Förster-Nietzsche conforman las cuatro evangelistas de Nietzsche.

Más lecturas sobre Nietzsche: Mis relaciones con Nietzsche de Carl Spitteler.

Cartas a Kurt Woff

Cartas a Kurt Wolff. Franz Kafka (Roberto Vivero)

Este libro editado por Ápeiron Ediciones, consta de una introducción, las cartas de Kafka a su editor Kurt Wolff (un total de 47 cartas), y dos apéndices. El primero acerca de la relación entre el Círculo de Praga, Der Brenner, Kafka, Trakl y Krauss. El segundo son imágenes de almanaques y libros, como Das bunte buch, Der neue Roman o Gedichte (Trakl).

Como expone Roberto Vivero, al cargo de la traducción y edición del libro, en el prólogo, las cartas que Kafka dirige a Kurt permiten poner en entredicho ciertas afirmaciones sobre Kafka que parecen inamovibles, a saber: que era un solitario empedernido, que apenas publicó, que no obtuvo reconocimiento en vida, que no tenía la más mínima vanidad, ni tenía el menor interés en publicar, ni en la repercusión pública de sus publicaciones, o que Wolff actuó con Kafka como un mecenas.

La lectura de las 47 cartas de Kafka ofrecen poco margen para la interpretación, y las palabras de Kafka resultan muy objetivas. En las cartas se evidencia que Kafka, como todo escritor que escribe, quería ver su obra publicada y divulgada. Que gustaba de las reseñas que se escribían de sus libros (y que Kafka guardaba con celo), que estaba al tanto de los contratos firmados, de las liquidaciones a percibir y las practicadas, que se preocupaba por el resultado final de libro, para que resultase todo correcto, sin erratas, con una cubierta adecuada (es curioso el pasaje en el que no quiere ver el insecto, en la cubierta de La transformación, ni en pintura), el interés que Kafka tenía en alguna de sus obras, como La sentencia, a la que daba especial importancia. O cómo en un carta de noviembre de 1922, dirigida a Brod, respecto a lo que este debe salvar de la quema, Kafka exonera: La sentencia, El fogonero, La transformación, En la colonia penitenciaria, Un médico rural y Un artista del hambre.
Kakfa sí fue reconocido por otros escritores como Hesse o Rilke. Y no parece tampoco que Kurt obrara como un mecenas, sino que vio potencial en Kafka, a pesar de lo cual, quizás porque sus obras iban destinadas al futuro, en vida no disfrutó del éxito, y las ventas de sus libros fuera muy escasas, como se evidencia en una carta de 1923, acerca de las liquidaciones del período 1922/1923 que son insignificantes, y le ofrecen en vez de enviarle la pequeña cantidad de dinerada generada por su obra, enviarle ejemplares de sus libros, como de otros autores.

Cartas a Kurt Wolff En el primer apéndice queda claro que Krauss y Kakfa se conocieron. Kafka le pide a su amigo Robert Klopstock un ejemplar de Die fackel (La antorcha). No quiero negarme ese alimento dulce para todos los impulsos buenos y malos, escribe Kafka.

Un libro muy recomendable para conocer mejor a Kafka (desde el punto de vista del escritor interesado en conocer cómo es recibida su obra y los pormenores de las publicaciones), pues aporta datos inéditos. Asimismo y siguiendo con Kafka, ahora que se cumplen 100 años de su muerte, recomiendo leer el ensayo, también de Roberto Vivero, Y sin embargo Kafka, anteriormente reseñado.

Cartas a Kurt Wolff. Franz Kafka
Traducción y Edición de Roberto Vivero
Ápeiron Ediciones
2024
106 páginas

Kurt Pahlen

El maravilloso mundo de la música (Kurt Pahlen)

Kurt Pahlen, autor de El maravilloso mundo de la música (con traducción de Ángel-Fernando Mayo Antoñanzas) y de otros muchos libros sobre música, además de director de orquesta, decide asumir el desafío que le plantean un día dos niños: Cristina y Juan, y que consiste en escribir un libro de música para niños.

De esta manera el texto que tengo entre manos no es un ensayo erudito, sino que lo que mueve a Kurt es hacer accesible a los niños, y a cualquier lector interesado en la materia, el maravilloso mundo de la música. Y después de haberlo leído, he de decir que Kurt ha cumplido con creces con el objetivo propuesto.

Recuerdo que en el colegio la asignatura de música nunca la disfruté, y creo que atendió a que nunca la entendí. Se me daba fatal el solfeo y además de conocimientos técnicos tampoco recuerdo que en su día se nos hiciera un recorrido por la historia de la música, los instrumentos musicales, las distintas épocas, los grandes compositores, como sí hace Kurt en este ameno ensayo.

El texto se va construyendo gradualmente. El autor se reúne con Cristina y Juan, pero poco a poco se corre la voz y acuden cada vez más niños a las clases magistrales que imparte Kurt. En ellas prima lo práctico. No se trata de que Kurt hable y los niños asientan, sino de que los niños pregunten, practiquen, expongan lo que piensan, expliciten esa curiosidad innata que atesoran.

Así Kurt, a través de unas piedra en un estanque y las ondas en el agua, les explica, por ejemplo, las ondas sonoras que hay en el aire y la pequeña parte de los sonidos que nuestros oídos escuchan; les enseña las propiedades de las doce notas que permiten crear la música; las diferencias entre los sonidos armónicos e inarmónicos; los lleva a un museo en el que los críos pueden ver distintos instrumentos musicales (flautas, arpas, violonchelos, órganos, violines, violas, contrabajos; así como las distintas maneras de tocarlos, ya sea rozándolos, pellizcándolos o golpeándolos, a fin de poner las cuerdas en vibración); les explica el porqué del pentagrama; les descubre el instrumento musical que todos portamos: la voz; lo acompañan a un concierto y ven in situ la disposición de los instrumentos de una gran orquesta (los instrumentos de cuerda, de viento, de percusión), visitan la ópera, descubren quienes han sido los grandes compositores (Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Haydn, Berlioz, Liszt, Chopin, Paganini y muchos más. El capítulo 17 dedicados a los grandes músicos ha sido mi preferido, pues Pahlen va desgranando anécdotas muy divertidas) sirviéndose del gramófono; visitan una emisora de radio (Pahlen dice que el inventor de la radio fue Hertz, no Marconi, en 1896, aunque parece referirse más a las ondas eléctricas capaces de saltar de un aparato a otro sin necesidad de cables, y que recibieron el nombre de su descubridor en 1894, de ahí las ondas Hertzianas), visitan también un estudio de televisión y un estudio de cine. El viaje resulte fascinante, para los niños y para el lector que irá aprendiendo a la par de los niños.

Comenta Kurt que la tecnología ha de ser un medio, porque lo que aporta valor a la música es el ser humano cuando este aplica al hacer música, el corazón y el sentimiento. Esa tecnología que en el libro (escrito en 1980) es incipiente, con el lanzamiento al mercado de los discos compactos, me ha permitido hoy tener acceso, no solo a los audios, sino también a los videos con las orquestas tocando muchas de las obras que en el libro comenta Kurt, como la Sinfonía Alpina de Strauss, La Traviata, La Sinfonía Inacabada de Schubert, Egmont de Beethoven u óperas como Turandot, Madame Butterfly o Tosca.

Ha sido, en resumen, una lectura que he disfrutado muchísimo, pues me he sentido un niño más lleno de ilusión y curiosidad, pleno de ganas de aprender y de divertirme y Pahlen ha sido durante estas tres semanas un muy buen maestro.