Archivo de la categoría: 2011

IMG_20240128_164905

Días bajo el cielo (José Ignacio Foronda)

A medida que iba leyendo el texto me venía en mente, ¡cómo no! Thoreau, por su relación con la naturaleza, y por títulos como Pasear, porque aquí el paseo es el corazón que irá bombeando su sangre por las páginas del libro. Pasear permite la soledad y la plenitud, quizás en el reconocimiento de cuanto le rodea.

Dice el autor que toma conciencia de que en sus escritos se aleja de la naturaleza y cae en la cultura, si hemos de darle la razón a Mumford. Si bien hay un punto de encuentro entre ambas: el paisaje. Ese paisaje es el que escruta el autor en estas páginas. Si la mirada va dirigida a los cielos, podemos establecer una taxonomía del aliento celestial, ya saben, las nubes; si va dirigida más a flor de tierra, no faltan el cereal, el olivo, los almendros, las viñas. Entre el cielo y la tierra, toda suerte de aves (me venían ecos de ese gran libro que es El desapercibido de Antonio Cabrera). Pero el objeto de estas palabras no es volcar aquí todo el contenido del libro que tiene con ver con las plantas, las flores, o las aves, ni extenderme tampoco en la terminología hortícola. No.

El libro de Foronda (casi doscientas páginas) es un paseo gozoso para el lector, que se convierte en un documentalista, siguiendo al autor por la vereda de sus paseos, navegando por el flujo de sus pensamientos, reflexiones y aforismos; autor que vuelve, como las estaciones, una y otra vez al pueblo de su mujer: El Villar; con sus mellizos, a los que quiere transmitir algo de ese legado inmaterial: los recuerdos para el futuro y también algún conocimiento práctico, por ejemplo, la fabricación de unos barcos con juncos.
Se afianza el sentimiento de pertenencia al lugar, que germinará muy lentamente. Procederá Foronda al estudio del paisanaje (no exento de ironía y ternura) y de la toponimia, e incluso estará dispuesto a elaborar una mínima guía con los tres lugares que le gustaría enseñar a cualquier visitante del municipio. Asimismo levantará acta del avance de la modernidad en el pueblo, en forma de carretera. Si bien al autor parece importarle menos el firme que el firmamento.

Y la escritura busca la permanencia, aunque sea fugaz, como el rastro de las aves en su volar, como la levedad de la huella de un gorrión en la nieve, como ese Walser muerto en la nieve, tan andariego, que no le deseaba a nadie ser como él; y aquí el autor también se confiesa:

Pero no encuentro la paz en esta soledad ni el silencio en mi propio vacío.

A pesar del silencio y la soledad, lo que deja la lectura es la cálida sensación de estar celebrando la vida, la existencia, la paternidad (impagables las réplicas y comentarios filiales), y lo que es más importante para el lector: la escritura, porque si grácil, armonioso o flexible, son epítetos referidos al vuelo de la golondrina por parte de Foronda, creo que se ciñen también a su escritura.

No hace falta apenas nada para celebrar la vida. Basta saber mirar lo que tenemos a nuestro alrededor: el cielo, las aves, la tierra, sus plantas y flores, y poner en ello nuestra atención, aplicar nuestros conocimientos, también algo de imaginación y unas gotas de poesía, y el cóctel está servido. El paisaje se convierte entonces en una ventana polícroma y sustantiva a través de la que mirar, y por la que ser visto.

Pidamos asilo en este aforismo, para concluir.

TRANQUILO: El futuro es solo un paso adelante en el camino.

Días bajo el cielo
José Ignacio Foronda
Pepitas de Calabaza
2011
197 paginas

www.devaneos.com

Viajar (Herman Melville)

Ocho años después de la publicación de la en su día ninguneada novela Moby Dick (que debo releer pues su lectura o me dejó en su día huella alguna) Herman Melville (de quien recomiendo leer su Bartleby el escribiente), entre 1858-1860, escribe estos ensayos que tienen mucho que ver con su espíritu viajero y se manifiestan en el primero de ellos, en Viajar, donde advierte que el placer y el sufrimiento van de la mano en cualquier viaje, nos dice que para ser un buen viajero hay que ser joven, despreocupado y buen paseante. Nos cuenta que viajar nos enseña una profunda humildad, ampliando nuestro altruismo hasta abarcar la humanidad al completo. Enunciado el último que no resulta del todo cierto, pues la estupidez vemos hoy que no se corrige viajando. Hoy hablaríamos más de turistas que de viajeros.
En Los mares del sur, el segundo ensayo, nos habla de Magallanes y su travesía por el Pacifico al que dio nombre, o de aquellos como Christian, el rebelde del Bounty de quien leí lo que escribió Judith Schlansky en Atlas de islas remotas, que se afincó en la isla Pitcairn, donde murió rodeado de hijos un nietos fruto de sus relaciones con las mestizas, y propone que dejen a las gentes de la Polinesia en paz, con su lengua y sus costumbres, si lo único que podemos ofrecerles a modo de progreso son: hospitales, cárceles y hospicios. No le hicieron mucho caso pues estas islas cayeron en manos de franceses, americanos, neozelandeses, etc.
El libro se cierra con el paso de Melville por Roma donde se extasia contemplando las estatuas romanas, eternos ejemplos de la perfección del arte antiguo, estatuas o bustos de Sócrates, Julio César, Séneca (al que presenta como avaricioso y codicioso), Platón
Lo aquí dicho por Melville me resulta demasiado escaso y a día de hoy existen otros textos mucho más jugosos en relación con el arte escultórico o con el acto de viajar. Hace dos siglos lo aquí enunciado por Melville quizás tuviera cierta repercusión pero leído hoy no le encuentro apenas ningún aliciente.

Gadir. 2011. 95 páginas. Traducción de Elizabeth Falomir Archambault.

www.devaneos.com

Una autobiografía soterrada (Sergio Pitol)

De Sergio Pitol (Puebla, 1933) sólo he leído hasta al momento la traducción que hizo de Las puertas del paraíso. Gran labor la de Pitol, porque creo que si me gustó tanto la novela, fue por lo bien que estaba traducida y captado el espíritu de Jerzy Andrzejewski.

Esta autobiografía es soterrada y mínima -poco más de cien páginas- con varios capítulos, donde Pitol explica las claves del relato, siempre con Chéjov como referente, con sus finales abiertos y como renovador del género, un genero afirma Pitol, el de relato, siempre ninguneado respecto a la novela; Pitol confiesa que en toda novela es clave la estructura, y por supuesto el lenguaje, el cual ha de renovarse, avivarse, de tal manera que de no hacerse, ciertas novelas son parodias de uno mismo y comenta Pitol esos vacíos que deja en sus novelas, a fin de que sea el lector quien los rellene, unos vacíos que no deben en ningún modo propiciar el caos, sino que más bien creo que nos invitan, al leer, a llevar a cabo una lectura activa, pues como Pitol comenta para él escribir, es como la labor de la Penélope homérica, una tarea de construcción y deconstrucción. Comenta que su labor como traductor fue determinante luego para animarse a escribir, pues le permitirá conocer la trastienda de la novela y sus intersticios, todo lo que guarda relación con la estructura de la novela.

Comenta Pitol anécdotas familiares, como esa abuela que se encastillaba mentalmente leyendo a Tolstói.

«Mi abuela fue hasta su muerte una lectora de tiempo completo de novelas del siglo XIX, sobre todo las de Tolstói. Cada vez que la evoco se me aparece sentada, olvidada de todo lo que sucedía en la casa, inclinada en un libro generalmente Anna Karenina, que debió haber leído más de una docena de veces«.

Según Pitol la novela debe potenciar la realidad y lo confía todo a la trama y al lenguaje, siempre teniendo muy presente estas palabras de Conrad.

«La tarea que me he propuesto realizar a través de la palabra escrita, es hacer oír, haces sentir y, sobre todo, hacer ver. Sólo y todo eso«.

Pitol se aplica el cuento, respecto a las palabras de Carlo Emilio Gadda el cual invitaba a desconfiar de cualquier escritor que no desconfiara de su propia labor. Así Pitol considera que no haber publicado unos abominables poemas de juventud fue una decisión acertada, dado que de haberlo hecho es muy posible que se hubiera cargado su carrera de escritor y su pasión lectora. Algo parecido le pasa con el teatro, que le gusta leerlo pero se ve capaz de escribirlo. Así, Pitol se encaminará por el mundo del relato y de la novela, y en algunos capítulos de esta autobiografía y al hilo de las Obras completas que está preparando y que le obliga a releer todas sus novelas, establece cuales son las características comunes en sus novelas y que puntos marcan una transformación o metamorfosis, como su interés por la novela policiaca.

Confiesa Pitol su entusiasmo por Galdós y dice: en su obra descubrí que como en la de Goya, la cotidianidad y el delirio, lo trágico y lo grotesco no tienen porqué ser caras opuestas de una moneda, sino que logran integrar en plenitud una misma entidad.

Muy presente siempre en estas páginas la figura del escritor y diplomático Alfonso Reyes, el cual según Pitol logró “desasnar a varias generaciones de mexicanos” y de Borges, ese padre tutelar de un buen número de escritores de todas las generaciones y también los viajes, con un Pitol portátil que abandona Méjico a los 28 años y regresa a su tierra en contadas ocasiones, un Pitol que reside en un sinfín de países, si bien lo que nos deja en estas páginas, no es todo lo que ha visto como embajador, agregado cultural, viajero o turista, sino esos momentos en los que las circunstancias le permitieron tener tiempo libre que consagrar a la lectura y a la escritura. Un Pitol nómada que dice que cuando se sienta a escribir no es mejicano, dado que la patria de todo escritor es el lenguaje.

En la entrevista que cierra el libro afirma Pitol que de los autores más recientes, aquellos que cree que van camino de pasar a la posteridad son: Thomas Bernhard, John Banville, Ford Madox Ford, Antonio Tabucchi, Andrzej Kusniewicz, Bolaño, Piglia, Aira, Saer, E. M. Foster, Faulkner, Bellow

Más que soterrada, esta autobiografía de Sergio Pitol me ha resultado escasa. Querría que se hubiera extendido más.

Anagrama. 2011. 140 páginas.

www.devaneos.com

La felicidad de los pececillos (Simon Leys)

Disfruto leyendo. Disfruto mucho leyendo libros como éste. El mejor plan para el fomento de la lectura pasa por leer los artículos de Enrique Vila-Matas, seguir con Papeles falsos de Luiselli luego con Vida secreta de Quignard o con libros tan jugosos y capaces de entusiasmar como este de Simon Leys (1935-2014).

El libro está plagado de hallazgos. Leys es agudo, penetrante y sobre todo interesante. Dice Leys que el mayor placer de leer está en la relectura. Este texto sirve para conocer a otros autores a los que nos apetecerá leer y releer. Creo que será de interés tanto para los escritores como para los lectores.

Si sois capaces de vivir sin escribir, no escribáis, dijo Rilke. Cambiemos escribir por leer. Y leamos.

Para leer buenos libros, la condición previa es no perder el tiempo en leer cosas malas, pues la vida es corta”, dijo Schopenhauer.

Una sentencia con rango de imperativo.

Afortunadamente me queda mucho Leys (por leer) por delante.

Editorial Acantilado. Traducción de José Ramón Monreal. 2011. 144 páginas.