Archivo de la categoría: 2008

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Bajo la alfombra (Ángeles Mora)

Unas cuantas horas de lectura y relecturas gozosas me ha brindado este poemario de Ángeles Mora (Rute, 1952) que lleva el título de Bajo la alfombra.

Poemario dividido en tres partes; De poética, Para seguir viviendo y una tercera parte desdoblada en otras dos, Caminos de vuelta y Luz que no llega.

La lectura es el recorrido del itinerario vital de la autora. La niñez en tiempos de escasez que enseñan que la esperanza es esa mentira zigzagueante que sabe a vino y almendras…; el acicate del deseo, a los trece años, el agua ardiente de la vida; la consumación de ese deseo En el fondo angosto/ de la gruta escondida/ se enciende al fin/ la luz que dormía/ esperando/ quien la alzara; la ruleta rusa de los celos, El pulso agazapado/ de lo que, al fin, vives conmigo/ pero sin mí.; la necesidad del otro, esa sed, algo tan inasible como la plata de la luna en el agua; Del amor a la compañía mutua y por tanto al amor, Nunca estuvimos solos/ tú y yo. No sé si eso es amor.

Y alrededor o dentro de nosotros, el silencio, la certeza de que El tiempo/ pasa y lo he perdido. Cada amanecer, cada nuevo despertar es una oferta envenenada, El despertar de nuevo / el horizonte aprieta una vez más/ sus dientes rojos sobre nuestros deseos.

Luego, vivir (Vivir/ tiene un rumor de fondo/ sordo como el silencio), es decir, ir recolectando pérdidas, ausencias, amueblando la soledad, también construir tus propias ruinas, Quiero solo/ dejar palabras de mi cuerpo/ en la memoria./ Pero no puedo. y a pesar de todo prohibirle el paso a la nostalgia.

Al concluir el poemario llega la savia nueva, la vida ajena a borbotones y entonces todo cambia.

Me parece que aprendo de nuevo/ lo que tus ojos me preguntan./ Cuando ya no pensaba hablar/ los necesito. /Ellos saben decirme lo que yo no me dije/ cuando los miro.

A bordo del naufragio (Alberto Olmos)

A bordo del naufragio (Alberto Olmos)

La cosa va de naufragios. Otra variante del confinamiento.

El libro (finalista del Herralde en 1998) lo escribe un joven de 21 años, que en aquel entonces estudiaba periodismo en Madrid, proveniente de un pueblo, que detesta la Universidad, a sus compañeros, casi todo lo que le rodea. Su tabla de salvación en este naufragio son los libros, que lee a todas horas y que lleva siempre en su mochila (libros prestados de la biblioteca, pues no está la cosa para dispendios). Ese es su asidero. El cerebro del protagonista, en segunda persona, comienza a trabajar y va soltando perlas, describiendo el cuarto en el que vive (al estilo de El hombre que duerme de Perec), la gente de su clase, los profesores, su infancia, su blandura existencial, su patetismo, su flojera, la relación con sus abuelos, su no relación con su madre y su padre (del que dice que hay dos terminos que lo definen: calvo y cabrón), y una fijación visual por los culos y los senos. El autor debía tener en aquel entonces el cerebro anegado de semen de ahí que su pensamiento único fuera seminal (en el resto de sus obras no faltan tampoco ese alma voyeur, las violaciones mentales, los estupros no consumados). Olmos maneja con desparpajo el lenguaje. Hay páginas que pecan de reiterativas, otras que se aceleran y son un auténtico cachondeo. Consciente de su discurso, crítica su falta de coherencia, reducido más bien a una masturbación mental, donde nunca queda claro quienes son Los Otros (Perdidos, en 1998, todavía no se había estrenado).

El libro me ha gustado, porque lo he leído como si tuviera 21 años, y cambiando periodismo por empresariales, hay muchas cosas que ahí se cuentan que uno ha vivido y sufrido y ese discurso poco estructurado, que nace de la visceralidad, del encono, del desencanto y de otras muchas cosas, uno lo entiende.

Aflora la melancolía al leer un libro donde se manejan pesetas, donde aparece Dire Straits, Extremoduro, Carlos Boyero (al cual dicho sea de paso no soporta), Pessoa, Aleixandre, Kundera, Machado, Jaime Gil de Biedma, Nicholas Cage, Bogart, Rimbaud, Max Extrella y tantos otros.

Olmos describe la realidad a su manera, con sus herramientas, con la palabra escrita. Olmos luego escribiría columnas en los periódicos (no en blanco), publicaría libros (daría así su visión del mundo y de sus obsesiones con sus escritos) y no volvería a su pueblo (creo que sigue por los Madriles), quizá porque allí naufragó. Y lo más importante es que ese personaje que SE NOS VA, SE NOS VA, sigue todavía escribiendo y publicando, lo cual como Olmos en alguna entrevista afirma ya es algo prodigioso.

Anagrama. 1998. 176 páginas

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El boxeador polaco (Eduardo Halfon)

El boxeador polaco es un libro de seis relatos de Eduardo Halfon publicado en 2008 en Pre-Textos. Libro hoy descatalogado e inencontrable. Ahí juegan un papel fundamental en nuestro fervor lector con su auxilio las bibliotecas públicas. Tengo una buena noticia: la editorial Libros del Asteroide publica en breve en un mismo volumen El boxeador polaco con estos seis relatos junto a La pirueta, novela breve publicada en 2010 en Pre-Textos.

En uno de los relatos uno de los personajes, Milan, habla de los músicos que tocan sin estar presentes. Algo parecido sucede a veces cuando leemos, que parece que no haya nadie detrás del texto. En el caso de Halfon, en todos sus libros y pienso en Monasterio, Saturno, Signor Hoffman, Biblioteca bizarra, este se sitúa en el centro de sus historias y con él ciertos temas recurrentes como su relación con el judaísmo o su abuelo de Lozd. Aquí nos cuenta que su abuelo salvó el pellejo en Auschwitz gracias a un boxeador polaco, también de Lozd, que la noche previa a un juicio sumario, lo adiestró no con los puños sino con las palabras.

La literatura no es más que un buen truco, se nos dice. Halfon opera su espectáculo de magia y uno no solo no advierte el truco sino que asiste a la función con unas expectativas que una y otra vez no defraudan, pues al final da igual que Halfon me hable de sus clases de literatura y la relación -inexistente- de sus jóvenes alumnos con el mundo del cuento, muy grande ahí la figura de Kalel; de su paso por un garito sito en la Antigua Guatemala en donde rehúsa meterse en el ojo del huracán, en el vórtice de un deseo siempre irrefrenable; la sabiduría derramada entre las bromas y veras a costa de Twain y las exégesis del vestusto Krupp; la figura de un músico clásico serbio con acento argentino que va en busca de sus raíces gitanas, nómadas, para poder cortar así por lo sano; o los dos últimos relatos con el abuelo de Halfon como protagonista, porque hay algo en la prosa de Halfon que al leer te hace ir dando vueltas sobre el ring, en continuo movimiento, viéndote bailar, hasta que ya al final y en la última línea de cada relato te suelta el derechazo o zurdazo, da igual, que te manda besar la lona con una sonrisa beatífica, inconsciente.

Eduardo Halfon en Devaneos

Monasterio
Signor Hoffman
Biblioteca bizarra
Saturno
Oh Ghetto mi amor

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Marcos Mostaza dos (Daniel Nesquens)

Segundo libro de los cinco que conforman la saga de Marcos Mostaza que leo. Aquí creo que brilla menos el humor característico de Daniel Nesquens, pero hay momentos muy buenos, como cuando el padre de Marcos quiere cambiar de ciudad porque no soporta los rigores del cierzo que corren el riesgo de acabar trastornándolo. Si veo más ternura en la relación entre los miembros familiares, prevalece ese lenguaje infantil que es la fantasía, la cual a veces también manejan los adultos, como el abuelo ejerciendo de cazafantasmas.
Nesquens de rondón ejerce una función didáctica y va dejando caer términos como coulrofobia -el miedo a los payasos- o planta un pareado de Antonio Machado, o nos lleva a Cluj-Napoka (o es ¿Cluj-Napoca?), ciudad de Rumanía, a la que acude a trabajar una tía de Marcos (para que veamos cómo se vive en otras partes y levantemos la mirada del ombligo), para quien Daniel es su «cosica«, o aparece por ejemplo en una acalorada discusión filial el femicidio de Ciudad Juárez.
El argumento por decir algo, consiste en buscar el regalo para Lorena, una compañera de clase de Daniel, de 10 años. Si hablamos de un hámster seguro que muchos niños (público al que va dirigido esta saga aunque los adultos disfrutemos también como enanos) se sentirán interesados dado que las mascotas en el reino infantil tiene mucho tirón. Seguiré avanzando en la pentalogía.

Grupo Anaya. 2008. Ilustración de Claudia Ranucci.

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