Archivo de la categoría: 1972

2020 (Javier Moreno)

Javier Moreno 2020 Portada Libro Lengua de Trapo
Javier Moreno
Lengua de Trapo
2013
264 páginas

Qué mejor manera de empezar el año -en un alarde de originalidad sin precedentes- que recuperando la reseña de la novela 2020 de Javier Moreno que escribí en 2013.

Hay quien no lee libros. Hay quien se los descarga. Hay quien los coge en la biblioteca. Hay quien los coge en la biblioteca y una vez mediada su lectura, reemplaza el alquiler temporal (y gratuito) por la compra onerosa y definitiva. Esto es lo que me ha sucedido con 2020, la última novela del murciano Javier Moreno (Click).

Uno lee la sinopsis y piensa que la novela tiene buena pinta, tanto como la portada del libro, un fondo todo negro, con el nombre y apellido del autor y el título en blanco, junto a la editorial que lo publica. Luego lo lees y resulta que como sucede en los libros de Rafael Reig que tienen a Carlos Clot como protagonista, la resolución de los casos es lo de menos. Lo relevante es el contexto, lo accesorio, lo periférico. Lo importante es el medio, el durante, el todavía, no el final.

Así se toma Javier Moreno esta novela. Sobre esa realidad, un futuro a corto plazo, el año 2020, donde los Casinos de Eurovegas ya han sido inaugurados, donde la crisis ha obligado a unos cuantos naúfragos del tsunami financiero en particular y de La Crisis en general, a morar en las entrañas de unos aviones abandonados en la T4, emplaza el autor a sus personajes: Bruno Gowan un alto cargo de una multinacional que desaparece sin dejar rastro. A su vera su escudero Nabil. En su búsqueda su hija Josefina y la mujer de Gowan, al mando de la investigación Lázaro. Carlos creando productos financieros, creando realidad. Jorge saciando su sed láctica en los regazos de mujeres estrenadas como madres.

Estas pinceladas conforman la sinopsis que permite escribir algo en la contraportada del libro y no dejar ese espacio en blanco, pero el libro es más, mucho más.

Si en Click los devaneos filosófico-científicos que se traía el autor, daban como resultado una novela descompensada, que atesoraba no obstante, unos cuantos fogonazos de chisporreante literatura, en 2020, si el planteamiento narrativo es similar (Moreno tiene en su haber, entre otras, formación matemática, y eso aflora en sus libros, de ahí la terminología y metáforas científicas empleadas o la cita con la que abre el libro acerca de la fórmula matemática de unos Derivados Exóticos), y Javier Moreno escribe como Javier Moreno, porque no puedo negar que no he leído antes a nadie como él, ya que se copia a sí mismo para ser único y sus influencias, que las tendrá, se alimentan en su interior como un circuito cerrado, todo esto opera en un dirección: asistir y relamerse uno con la lectura de una novela hipnótica. Leo a Javier Moreno y me parece estar viendo una película de Sorrentino (Le conseguenze dell´amore, similar no por el contenido sino por ese estado de hipnosis que genera).

Y allí donde uno leería y releería lo mismo de siempre en novelas clonadas, empapadas del mismo espíritu, lenguaje, planteamientos y objetivos, Javier no nos pasea por caminos trillados, no, porque Javier vuela por encima de todo eso, para llevarnos en volandas y asistir a la realidad (o a la copia de la misma) desde otro punto de vista, retorciendo el lenguaje hasta hacer de la sintaxis un proceso alquímico, para luego admirar y reconocer la creatividad del autor, capaz de meter tanta tralla científica, filosófica y sociológica dentro de un producto realista a la par que futurista, sin que se resientan las costuras.

Hay también humor en la novela. Humor sutil y absurdo que aboca a la carcajada, al estremecimiento, y un buen puñado de reflexiones que bien vale releer, comentarios jocosos, fina ironía, asunción de la esterilidad, frivolidad y fatuidad de la literatura, la introducción del propio autor en la novela para brindarnos, entre otras tantas, unas páginas impagables sobre el ejercicio de la docencia (imposible con estos políticos indecentes). Y ahí estará también Vila-Matas y su maestro Walser y la Estantería Literaria aunando vacío e inutilidad y los omnipresentes Chinos, los productos financieros tóxicos, el capitalismo salvaje, la mediocridad ibérica, la idoicia generalizada, los discursos mesiánicos, los Indignados como manifestación informe, etc…

«España se había convertido en un marasmo de seres desnortados que salían despedidos centrífugamente de los lugares que habían constituido el cobijo de sus cuerpos y almas. España era un país donde los jóvenes emigraban en busca de trabajo y en el que los ancianos se aferraban como aves de presa a la carnaza de sus pensiones. España era la sala de fiestas donde unos pocos seguían bebiendo mientras el resto debían contenerse con las sobras aguadas de las copas. Y en medio del desastre la vida continuaba. Es entonces cuando uno aprende que la vida necesita más bien poca cosa , que existe un núcleo adaptativo asombroso en el ser humano que desconoce el lenguaje de la cultura y de la ética, un disco de arranque jurásico que nos acerca al réptil, pero que al mismo tiempo nos pone en contacto continuo con la excepción y la maravilla (pag 212)«.

El gran momento de Mary Tribune

El gran momento de Mary Tribune (Juan García Hortelano)

Hasta hace una semana desconocía a Juan García Hortelano (1928-1992). Un buen día compré por casualidad esta novela suya en un Cash Converters, franquicia donde venden objetos de segunda mano, libros también, por el módico -más bien irrisorio- precio de 20 céntimos de euro, en una cuidada edición de Círculo de Lectores y en un estado de conservación (había puesto conversación y le va al pelo) óptimo: a estrenar. Leí entonces esto de Tallón y comparto ahora su entusiasmo hacia esta estupenda y a la fuerza, propalable novela.

Luis Goytisolo decía esto por boca de sus personajes en Antagonía:

dos recursos que no soporto, creo haberlo dicho antes– así de toda descripción […] como de diálogo, esa maniática transcripción de lo que dice la gente, que no sé si es más farragosa que estúpida o al revés, ya que, si por un lado es falso que la gente hable así, por otro, sobran cuatro quintas partes de las palabras transcritas, al menos desde un punto de vista literario. Pues lo que se habla es un bla-bla-blá que, si cansa en la vida real, en las obras de ficción resulta aún más insoportable, salvo cuando, como en Shakespeare, sobrepasa sus propios límites, deja de ser diálogo…

En El gran momento de Mary Tribune, priman y abundan los diálogos, y aunque sea falso que la gente hable así (que no lo es) o sea un bla-bla-bla (que no lo es) y aunque Hortelano no sea Shakespeare (que no lo es), creo que la grandeza de esta novela viene por ahí, por los corrosivos, hilarantes, jugosos, mordaces, agudos y muchos de ellos gloriosos diálogos, de gran penetración psicológica, diálogos brillantes en su capacidad para representar y poner de vuelta y media a la ociosa clase burguesa, que sustancian y son el armazón de la novela, ya sean los jocosos diálogos entre el narrador y Mary Tribune, una millonaria americana de pas(e)o por los madriles y que acaba prendada -una de esas noches en las que el alcohol y la soledad, ofuscan y enredan- del narrador, tal que decide quedarse en Madrid para vivir a su lado, alumbrando una relación imposible, siempre en caída libre y que de haber seguido juntos hubieran acabado como Joe y Kirsten, tanto como los diálogos mantenidos con el resto de personajes de la novela: Bert, Tub (personaje al que no le ponemos cara, pero sí cuerpo), José María, Merceditas, Guada.*, etc. Diálogos que le permiten a Hortelano depositar en ellos todo su humor, un humor ácido e inteligente y elaborado (la escena en la oficina donde un puñado de funcionarios “se ganan el pan con la abulia de su frente”, sin pegar un palo al agua, entregados al escaqueo en sus múltiples posibilidades, por ejemplo, en la cumplimentación de unos cuestionarios, es memorable y tronchante y acredita el buen ojo c(l)ínico de Hortelano), que abunda en las referencias de todo tipo, como incluir en la novela El Jarama de Ferlosio (autor diez años mayor que Hortelano), que dará lugar a una borrachera literaria, con el riesgo que esto conlleva de que algunas citas, chistes, comentarios u observaciones, se nos escurran entre nuestras entendederas verticales. Diálogos muy plásticos y sugestivos que avivan la narración y nos desplazan por las calles y la periferia del Madrid de los años 60, siguiendo el paso -no siempre firme- de un ramillete de personajes -con su horizonte despejado de ascendientes y vástagos-, siempre de farra, de sarao, de cubata en cubata y tiro porque me encogorzo, de cama en cama, de la cama a la ducha y viceversa, como vampiros crepusculares que se acuestan al alba, al alba….

Hablaba antes de Antagonía y si allá el sexo era crudo, descarnado, explícito, con hombres como surtidores de semen y mujeres como sumideros de dicho ímpetu seminal, aquí prima lo previo: la tosca seducción, el zafio galanteo, el toqueteo compulsivo, el arrumaco proclive al patético frotamiento, cuando la imaginación masculina vuela enhiesta y la mirada se embosca en el promisorio canalillo femenino o entre los muslos velados por una minifalda o en los ojos color cubalibre de la amante de turno; los anhelos propios de un deseo varonil tan palpitante como insaciable. Servidumbres de la lujuria.

Una proeza es la que logra Hortelano en este texto, a lo largo y ancho de sus más de 600 páginas, donde sólo hay dos capítulos y donde el texto se nos presenta como un todo indiferenciado, cuyo desentrañamiento erige a Hortelano -en las antípodas de un gramaterio delicuescente- como un magistral ordeñador de esa ubre inagotable -en sus manos- que es el lenguaje, que vivifica con un tono narrativo impecable, y que convierte cada página de esta delirante novela y diría casi que cada párrafo, en una aventura, en una sorpresa, ante lo que el autor nos tiene preparado, víctimas (los lectores) prontamente de una prosa que centripetará nuestro interés sin remisión (el que lea la novela sabrá muy bien de lo que hablo).

Hortelano trabajó durante ocho años (1964-1972) en esta novela, empeño que dio fruto y esta hojarasca devino vergel, porque este gran momento de Mary Tribune, es un gran monumento a una realidad epitelial que se manifiesta como resaca, arcada, murria, hastío, náusea, tedio (rayano en lo infinito, merced a una licencia laboral indefinida), vómito, vacío. La insatisfacción, encarnada en la figura de un indolente y mujeriego oficinista cualquiera, tributario de una educación sentimental escanciada, prostibularia y noctívaga, siempre presto al encuentro con Auroras de amarillentos dedos, maestro del escaqueo laboral y sentimental, diluido entre los vapores de un vaso de ginebra, resucitado en la tierra prometida que es cualquier piel femenina, para el que no hay redención que valga, ni solución posible. Fantaseamos con haber tenido otra vida, pero no pensamos en que todo sería diferente si nosotros fuésemos también de otra manera -se dice en la novela-, más actores que espectadores de cuanto nos sucede, digo yo. Yo soy yo y mi circunstancia dijo el filósofo y añadió y si la salvo a ella, me salvo yo. Nuestro narrador -del que quedan bien claras cuales son sus circunstancias y su modus vivendi– no quiere salvarse, o eso parece, pero no es así dado que cuando uno cree que su idea es apurar su vida hasta las heces y no ahormar su descarriada y errabunda existencia a una (previsible) y apartada vida hogareña, parejil y analcohólica, en la segunda parte de la novela -en las últimas 160 páginas- vemos en qué consiste aquello de sentar la cabeza, y el caso es que será un final feliz, pero acaba uno hecho polvo, como cuando ves a los pobres leones en el circo, tan fuera de lugar.

El riesgo que corremos leyendo libros como el presente es acabar ebrios de literatura. El problema luego es encontrar otros libros que estén a la altura de tal adicción, y tener que echarnos al coleto, para superar el mono, cualquier libro mediocre…

Gran Momento cuando decidí leer a Juan García Hortelano. Habrá más Hortelano y más gozo, seguro.

Peaje (Julio de la Rosa)

Peaje (Julio de la Rosa 2013)

No sabía que detrás de las Bandas sonoras de películas como Primos, Grupo 7 o After, entre otras, estaba Julio de la Rosa (Jerez de la Frontera, 1972), quien además de hacer rock, también ha escrito poesía y ahora debuta con Peaje, su primera novela. A esto ahora le llaman ser un Hombre del Renacimiento. Gente como Leonardo Da Vinci se cuentan con los dedos de una mano a lo largo de la historia, pero como La Historia Moderna cotiza a la baja y tenemos partidos del Siglo cada semana, pues a un tío que haga varias cosas y las haga mínimamente bien, todas juntas y a la vez se le da esa denominación o etiqueta: cosas del marketing.

Hablemos de Peaje. En el prólogo, Joan S. Luna dice que la novela tiene ¿200 páginas?. En realidad son 140 páginas, descontadas el prólogo. 140 páginas que no se leen, se devoran, con el ansia de quien en la autopista hace kilómetros a lo loco, como si no hubiera peajes.

¿Qué tiene Peaje?. Un puñado de páginas en donde Julio de la Rosa sin querer pasar seguramente a la Historia de la Literatura Española con esta novelita, sí que le permite al lector pasar un buen rato, alcanzando éste altas cotas de ensimismamiento: la comencé ayer al filo de la media noche, leí otro tanto en el almuerzo, otro poco de vuelta a casa de nuevo en el autobús, caminé con el libro en la mano sorteando farolas y bolardos por la Gran Vía, esquivando las gotas de lluvia y las puntas de las varillas de los paraguas azuzando mis pupilas, libé otras páginas en el ascensor, y lo acabé hace nada y me he reído una jartá con las salidas, ocurrencias, reflexiones de Julio de La Rosa, a través de su personaje, José Tudela, quien encerrado en esa cabina de la autopista, donde los automovilistas deben abonar esos 6,40 euros, que dinamizan y mucho la novela, crea una historia para cada uno de ellos. Unas veces acierta, otras no.

El caso es ficcionar esas vidas ajenas, dinamitar el tedio, evitar que haga mella la soledad. Y José charlará consigo mismo, echará mano de los periódicos para ver quién deja el barco, rumbo ¿a la nada?. Obituarios que en manos de José darán mucho juego.
Y si no hay amor, pues una historia deviene en un monolito de papel. Y entre amores y desamores, devaneos, escarceos y pajas mentales, Julio nos lleva y nos trae por un sinfín de parajes y estados mentales, cosiendo microrrelatos a las costuras de esta novela, dándole continuidad, un acertado sentido del ritmo, logrando una novela redonda, que una vez eche a rodar, debería llegar muy lejos.

Nada peor que tomarse a sí mismo en serio, sea la profesión que sea. Julio de la Rosa hace de la despreocupación un arte, de lo cotidiano su cruzada, de la realidad su magma creativo

Además de una policía estética añadiría yo también una policía ética (etílica ya tenemos; bueno no, basta darse una vuelta por parques y plazas para ver las consecuencias del botellón en cualquier ciudad de España los fines de semana. Un paseo por ejemplo el domingo a las 8,3O por el Parque del Ebro Logroño), o bien unos corruptos que en un acto de lucidez se suicidaran todos juntos y a la vez. Una catarsis en condiciones. Por pedir…

Tropo Editores. 2013. Prólogo Joan S. Luna. 140:páginas

Próxima parada: Acantilados de Howth

Jesús Carrasco

Intemperie (Jesús Carrasco 2013)

Jesús Carrasco
Seix Barral
224 páginas
2013

Jesús Carrasco (Badajoz 1972) debuta en el mundillo literario con su novela Intemperie. La novela no ha podido funcionar mejor. Se publicará en 13 países y en el nuestro ya hay quien la califica en suplementos culturales o desde algún rincón de la blogosfera literaria como una de las mejores novelas del 2013. Incluso hay ya quien deslumbrado por los efectos secundarios derivados de la lectura de la novela, hacen este comentario durante el mes de enero, cuando restan todavía de publicarse cientos o miles de libros.

Mientras que otros escritores nacidos en los 60 y 70 (Gopegui, Olmos, Rosa, Elvira Navarro, Espigado, etc) dan cuenta de nuestra sociedad en sus novelas, Carrasco decide irse unas cuantas décadas atrás en el tiempo, dejar de lado la actual crisis e irse a aquellas economías de subsistencia en entornos rurales, donde la vida de los hombres era azarosa, al capricho del frío, de los rigores caniculares, existencias marcadas por los tiempos que dictan la siega, la siembra.

La historia se sitúa en un lugar indeterminado, donde el sol atiza sin clemencia, donde el suelo reseco apenas surtirá alimento alguno a las cabras del Cabrero, quien junto al Niño y el Alguacil conforman la nómina de personajes principales, que se nos presentan por sus nombres, más bien arquetipos, así El Niño, El Cabrero, el Alguacil.

El niño huye, no sabemos de qué (en un principio) y logra poner tierra de por medio, gracias al Cabrero, en cuya compañía y siguiendo la estela de la Estrella Polar, y encaminarse al Norte, mientras en su búsqueda se afana el Alguacil y su ayudante.

Estamos ante una historia de supervivencia en dos aspectos. Primero, el hacer frente a las inclemencias meteorológicas: calor y sequía, sumado al escaso alimento y al mismo tiempo el tener que huir de la autoridad, el Alguacil, que quiere cobrarse su pieza, reclamando al Niño como si fuera un dominio suyo más. Mientras los primeros, exhaustos, apenas sin alimento van a pie o en burro, el segundo lo hará en motocicleta.

Carrasco logra enganchar ya desde el primer párrafo y la tensión no se pierde ni un ápice a lo largo y ancho de sus 221 páginas, merced a una atmósfera magistralmente conseguida, donde nos es imposible no sentir el calor, las fatigas, las penurias, la soledad y toda esa intemperie (exterior e interior) que impregna y anega la novela, merced a unos personajes bien construidos, y unos diálogos, sucintos pero contundentes y muy esclarecedores.

Es plausible dotar de tanto calado a unos personajes con tan escasas palabras, lo cual cifra la habilidad de Carrasco en el arte de narrar.

He disfrutado mucho con la potente y subyugante prosa de Carrasco, con su rico lenguaje, logrando una musicalidad que hace casi necesario que ciertas páginas se lean en voz alta, declamándolas, exprimiéndolas, valga el contexto, como las tetas de las cabras, porque su jugo, alimenta y dejará ahíto al lector exigente.

Sí que me ha recordado la pareja formada por El Niño y El Cabrero, a la pareja que formaban el padre y el hijo en la novela de Cormac McCarthy, La carretera, reemplazando aquel paraje apocalíptico por estos eriales (¿manchegos?). Ahí el sufrimiento también era una segunda piel. Los personajes vivían porque no querían morir y anhelaban que Dios o quien fuera, aflojara también las tuercas de su tormento, para que al menos hubiera algún resquicio por donde se colará de rondón la esperanza, por magra que fuera.