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El paisaje es un grito (Eduardo Ruiz Sosa)

Si todo fluye y cambia, como nos dijo Heráclito, quien se va volverá siendo otro a un lugar que tampoco será el mismo. Pensemos entonces el espacio como algo lábil, permeables o correosas las fronteras. Vemos una comunidad móvil, despareja y fecunda, que me recuerda a la de Sirat. En el coche van cuatro personas, una de ellas ha muerto: el Genízaro. ¿Pero cuando podemos hablar de muerte? Más allá de lo físico, el Genízaro persiste en las palabras de los otros, en sus recuerdos. Baldor —que viene del Otro lado, de la parte gringa—, Lombardo y la Caticha quieren llevarlo a su lugar de nacimiento: El Presidio.

¿Cómo encontrarlo? Porque el espacio es aquí un eco esquizo. Menudean las ciudades con el mismo nombre, así París. Y el lector flipará al no saber si está en Europa (cuando lea Belfast o Praga), o en el norte de México o extraviado en una pesadilla terrorífica, por real. Sumemos más extrañeza: al llegar a Providence, el Genízaro, el muerto, pasa a ser divisa universal, metáfora de lo extinto que nadie quiere que desaparezca, el muerto a adoptar, aquel a quien llorar.

Y los otros tres siguen su camino, y el hilo es cable con múltiples hilos: acomodemos el cerebro para los saltos temporales. Porque el Genízaro tuvo padres: Eloísa y Ezequiel, y ahí aparecen las minas: empleo, también destrucción del paisaje. Y cada cual busca su espacio, como Lombardo en Quincy. Pienso en el juego del “Tú la llevas”, porque parece que la memoria propia también puede ser transmitida. Si somos el tiempo que nos queda, ya muertos, somos las palabras que los demás guardan de nosotros, los restos de la memoria en la piel ajena; así la Caticha, la Onza y el Perdomo. El hilo sigue despeluchándose en palabras y recuerdos; en las manos la aguja y el hilo de la memoria, siempre tan frágil, ante el empeño humano de hacer sólido el viento.

La novela es un continuo acarreo. Por eso la Caticha subraya párrafos, apresa las palabras y las atesora. ¿En qué medida esa apropiación afecta a su naturaleza y a su identidad?

Las mutaciones en la novela tienen mucho que ver con lo disperso y lo fragmentario; la migración es movimiento y retorno. Por medio, el destierro y el desarraigo. Un volver ¿adónde?

Mat Xante funda 23 ciudades con el mismo nombre: París con la idea de dispersar y destruir la historia del París original. Ya no hay un centro porque la realidad deviene fractal. El desasosiego, el desconcierto de los personajes, se adhieren también al lector y se convierten en tos nerviosa.

Y la sintaxis también muda: las palabras no siguen la puntuación debida, y el lector debe establecer sus propias pausas, cuando las palabras se desangran en los márgenes o mueren a mitad de la línea y pasan al Otro Lado.

Leer es aquí un terreno inestable; un libro del desasosiego en el que me costó tanto entrar que luego —como los pulpos del Elías entre los arbustos— no encontré la manera de salir. Y sigo ahora como la Caticha, puliendo la punta del lápiz en la hoja, hollando las frases de Eduardo, apurando el néctar de la efímera inmortalidad que concede la buena literatura.

El paisaje es un grito
Eduardo Ruiz Sosa
Candaya
2026
398 páginas

Eduardo Ruiz Sosa en Devaneos (Primera silva de sombra, Cuántos de los tuyos han muerto, Anatomía de la memoria, El libro de nuestras ausencias)

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Tragatrufas (1933) y Hitler greñas (1941): Dos sátiras políticas contra el nacionalsocialismo

En la colección de Ápeiron Ediciones «Dokumenta», dedicada al pensamiento, la cultura y la sociedad europeas de la primera mitad del siglo XX, se publicó a comienzos de este año, en una espléndida edición de Roberto Vivero, Tragatrufas (Truffle Eeater) y Hitler Greñas (Struwwelhitler)

En Truffle Eater (1934), Humbert Wolfe se encargó del texto y Archibald Louis Charles Savory de las ilustraciones. Leído ahora resulta una sátira profética que esboza las barbaridades que los nacionalsocialistas serían capaces de llevar a cabo más adelante. En 1934 Hitler acababa de llegar al poder. Es un texto con referencias a la Primera Guerra Mundial, caldo de cultivo para la Segunda. Las ilustraciones, principalmente, son en blanco y negro. Está presente la propaganda del régimen nazi, los periodistas ahogándose en la tinta negra, y toda clase de noticias falsas por parte del regimen nazi para negar la realidad. El pasado está muy presente. Se menciona el Lusitania (transatlántico británico hundido por los alemanes, que causó la muerte de 1200 personas) o la enfermera Cavell (enfermera británica fusilada por los alemanes por ayudar a huir a más de 200 soldados aliados). O la quema de libros y la zarza ardiente, que nunca se consume, como ocurre con los libros. Se pueden quemar sí, reducirlos a cenizas, pero lo que los libros representan y contienen no desaparece. Al contrario que el niño que quema los libros, porque el censor siempre está de paso. Vemos también a Hilter con esvásticas, en el lugar en donde estarían las falanges; la mención a Lady Macbeth, ¿la culpa, las manos manchadas de sangre? La manera de empequeñecer y ridiculizar a Hitler es compararlo con Mussolini. Lo vemos probarse el traje del fascismo (que no lo ha inventado él), o la mención a Lenin, con quien podrá medirse Hitler a la hora de ponderar su futura abyección.

Tragratrufas

Tragatrufas

Struwwelhitler fue escrita en 1941 por los hermanos Robert y Philip Spence. La Segunda Guerra Mundial ya estaba en marcha. El desastre ya ha sido consumado. Incluye incluso el hecho de la Operación Barbarroja, cuando salta por los aires el pacto entre Hitler y Stalin para repartirse Europa, toda vez que Hitler decide atacar a Rusia. Las ilustraciones aquí son muy coloristas y vívidas.

El Struwwelhitler toma como referencia el Struwwelpeter de Heinrich Hoffmann. Al final del libro tenemos las ilustraciones de Hoffmann. Podemos comparar las ilustraciones, no tanto los textos. Y ese es otro nivel de lectura. Analizar la imitación con lupa, porque no solo las ilustraciones (aparentemente) son similares, los textos también están sacados del mismo molde, pero en el Struwwelhitler la pretensión es mantener la sonoridad de las rimas pero adaptándolas a otros contextos, con otras palabras.

La sátira consiste aquí en empequeñecer a estos prohombres que tuvieron en sus manos el destino de Europa, como el Little Adolf, o Mussolini, que será mordido por un perro y acabará en el agua. O la pluma envenenada de Goebbels, que como a un niño desobediente o malcriado le puede ser arrebatada. Todas ellas son imágenes muy gráficas, que siguen una lógica infantil. La propia de los cuentos. Por eso los castigos y un manifiesto espíritu pedagógico. Y es ahí donde la sátira manifiesta toda su eficacia. De la misma manera los grandes hombres tienen nombres coloquiales, como los motes que nos ponen en el colegio: Gobby, Ribby o Musso.

En el comienzo de Struwwelhitler los niños buenos tienen que saber mentir o matar. Esa es la premisa en ese contexto histórico (1941). El bien y el mal acaban trastocados. Habría que plantearse qué significan entonces palabras como paz, o el bien.

Hitler greñas

Las ilustraciones, a veces, hablan por sí solas. Vemos el contraste entre un Stalin gigante y unos nazis diminutos, Europa convertida en madre, o las chimeneas y sacos con dinero sustituyendo a los regalos navideños del original de Hoffmann.

Tanto Truffle Eater como Struwwelhitler son una magistral y necesaria lección de historia, que conviene leer con detenimiento, de forma minuciosa, porque cada palabra tiene su sentido y significado, donde nada es fruto del azar. Al contrario. Por eso la tarea del lector concienzudo consistirá en atender a todos los reclamos que las ilustraciones y los textos contienen para destilar toda su carga histórica.

La traducción al castellano, obra de Enrique Gallud Jardiel, mantiene el espíritu del original y brinda al lector unas rimas muy vivaces e ingeniosas, que abocan irremisiblemente al deleite de una lectura que deparará no solo una experiencia estética sino ética.

Hitler greñas