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Lluvia de agosto (Pilar Carrillo)

¿Dónde acaba la autobiografía y comienza la novela? Siempre es una frontera tan lábil como permeable. Tengo entendido que, al morir su abuelo, Pilar comenzó a recopilar recuerdos sobre sus abuelos. Luego, lo biográfico necesitó las alas de la ficción para coger vuelo y recorrido.

A un pueblo alicantino de la sierra llega una mujer adulta. Va al reencuentro con sus padres. Una vez allí, en el terreno de su infancia, comienza el ejercicio de recordar. La narradora quiere evocar a sus abuelos y también a su madre.

Y de la misma manera que la tierra es socavada para extraer el mineral, en la mina próxima —vemos el desplazamiento de grandes bloques de piedra roja— la narradora, haciendo suyo el libro de Nabokov, Habla, memoria, le tira de la lengua a su madre para que esta recuerde. La narradora se emplaza en la arcadia que es la niñez (no siempre, si damos por buenas las palabras de Bolaño: tal vez si uno permanece en el lugar de la infancia, las posibilidades de ver cómo se corrompe tu propia infancia son mayores. En el fondo siempre vamos a ver cómo se corrompe nuestra infancia) y manifiesta el vínculo tan especial que tuvo con su abuela materna.

Y, al leer las entrañables palabras, tan preñadas de verdad, de la narradora sobre su abuela, no puedo dejar de pensar en un texto de Thomas Bernhard:

Los abuelos son los maestros, los verdaderos filósofos de todo ser humano, siempre descorren el telón que los otros cierran continuamente. Vemos, cuando estamos con ellos, lo que es realmente, no sólo la sala de butacas, vemos el escenario, y vemos todo lo que hay detrás del escenario […] Los abuelos meten la cabeza del nieto allí donde, por lo menos, hay algo interesante que ver, aunque no siempre elemental, y nos liberan, mediante esa continua atención a lo esencial, de la desesperada indigencia en que, sin los abuelos, tendríamos que asfixiarnos pronto indudablemente. Mi abuelo por parte de madre me salvó del embrutecimiento y del desolado hedor de la tragedia terrenal, en los que se han asfixiado ya miles y miles de millones. Me sacó, suficientemente pronto y no sin un doloroso proceso de corrección, de la ciénaga universal, afortunadamente con la cabeza por delante y luego el resto. Me hizo observar, suficientemente pronto, aunque realmente fue el único, que el ser humano tiene una cabeza y lo que eso significa. Que, además de la capacidad de andar, la capacidad de pensar tiene que comenzar tan pronto como sea posible.

Pienso que, cuando un ser querido fallece a una edad tan avanzada, me es fácil olvidar que tuvo otras vidas: una niñez, una adolescencia; también momentos felices, amoríos, sinsabores. Quizás porque la piel marchita crea una foto fija en el tiempo que desplaza el tiempo anterior y las otras vidas vividas.

Aquí, en el texto, hay tres mujeres y una. La que narra es la niña hoy adulta. Escribir es desvelar. Un ejercicio forense.

Me resulta curioso leer que cuando su madre, de niña, se junta con una amiga, se dedican a soñar, ante un porvenir tan romo. Y se pone de manifiesto en la novela que existe cierta maldición familiar, en cuanto a su relación con los hombres, que no salen muy bien parados, en especial su abuelo: Bartolomé, un “borrico”.

Pero aquí la sensación que tengo es que tanto hombres como mujeres tienen muy poco margen de actuación, que hay un determinismo muy fuerte que los lleva a casarse a muy temprana edad, a tener hijos, uno tras otro (dios proveerá), sin ni siquiera llegar a plantearse qué vida les hubiera gustado tener, como si el destino ya estuviera escrito. En el caso de Bartolomé no parece que esté hecho para vivir en pareja, ni para tener hijos, pues tiene el espíritu de un sillar de la mina, una naturaleza agreste. Su lugar parece estar a la intemperie, no solo física, también emocional.

La hija de Bartolomé cree que si no trata a su padre con ternura desaparecerá o no existirá. No sucede, porque muere casi centenario. La madre, Isabel, tampoco tiene mucha suerte. Parece condenada a repetir los mismos errores que su madre Isabela, la abuela. Finalmente, la narradora, tampoco ha tenido suerte en el amor y se ha separado. Volver a la casa de la abuela es volver a un pasado que sigue ahí, pero como un rescoldo imposible de avivar. O no, porque el final de la novela presenta una circularidad, como se verá.

La lectura exige atención, porque los textos, como jirones de memoria, se van presentando de tal manera que hay que estar atentos para poner voz a la madre, la abuela o la nieta. Y es un texto de fuerte carácter antropológico.

No es la novela una oda a la vida campesina, pues la abuela, Isabela, ya manifiesta a las claras que entonces vivían vidas míseras, basadas en el esfuerzo físico y donde carecían de casi todo. Aunque en su caso no pasaran hambre. Unas carencias también extensibles a Isabel, que encuentra una salida en la costura, y finalmente en la nieta, a quien se le abre el horizonte de los estudios.

Hay en la novela muchos momentos que me han emocionado, merced a la precisión en las palabras, a la limpieza del texto, a una memoria que se va drenando ante nuestros ojos lectores. Y se puede escribir largo y tendido sobre el amor, el sacrificio, la maternidad, la entrega, la renuncia, etc. O verlo cristalizar en un diálogo:

—Siempre pensé que si estudiabas te perdería.
—Entonces, ¿por qué me ayudaste?, ¿por qué fuiste contra tus deseos?
—No lo sé… Era tan importante para ti…

Una sensación de abandono y muerte me impidió hablar. Fue como aquella vez, cuando pensé que nunca recuperaría las oraciones de mi abuela.
Mi madre dijo:

—¿Por qué has vuelto?
Me encogí de hombros.
—Quería volver a comenzar.
—Hija, estás perdida. Aquí no queda nada.
—Lo sé, y sin embargo…

Al final de la novela, ya en agosto, llueve. Y el agua siempre trae la vida, la renovación, la esperanza. Y algo vuelve a latir, porque quizás el regreso sí es posible.

Lluvia en agosto
Pilar Carrillo
El Nadir Ediciones
2012
186 páginas

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Madame Vargas Llosa (Gustavo Faverón Patriau)

Después de Vivir abajo o Minimosca, Madame Vargas Llosa podría ser un peso mosca. No lo es. Faverón sigue en forma. O mejor dicho. Lo estaba ya hace muy tiempo, porque esta novela bellamente editada por la editorial riojana Fulgencio Pimentel, es anterior a las mentadas ¿La escribió en 2009? ¿Conocen la sensación de tirarse al agua y ver cómo la corriente te arrastra y te sumerge y boqueas y te hundes y boqueas y pierdes la conciencia y la recuperas y al final el agua te expulsa en un galacho de piedras aristadas que te trabajan las lorzas? Pues algo así es leer Madame Vargas Llosa. Un texto plagado de referencias en las que quedar enredado. Una fina gamberrada selvática de inusitada feracidad. Un tributo a Vargas Llosa y su obra. Un juego de espejos y tiovivo mareante. Un texto que hacer reír y bulle a borbotones. Faverón fía todo a su imaginación y desata la logorrea para propiciar encuentros imposibles, tal que el orbe queda reducido, por momentos, al espacio de un barco ¿recuerdan Fitzcarraldo?, otra idea peregrina y realizable por imposible. Son cuatro los testimonios cruzados aquí. Unos dicen y otros desdicen. Y la verdad se aleja así de su sombra. Por medio la suplantación autoral, por duplicado, y la mente extraviada camino de la locura. Un director de cine, un autor de telenovelas, su mujer (otra María Lejárraga más), Vargas Llosa y su alter ego. Y una creación impagable: Zebodé Anzesul. Todo bien meneadito aquí, en una coctelera de letras que propicia el disparate y la carcajada a partes iguales. Algo menos de doscientas páginas muy cundiditas.

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Remover la tierra (Antonio Sánchez Gómez)

El extremeño Antonio Sánchez Gómez no va a Bolivia a hacer las américas, sino a defender a una comunidad del poder extractivista. Porque Bolivia es un país extraordinariamente rico en recursos naturales, pero esa riqueza no parece haberse traducido en un bienestar equivalente para buena parte de su población, como sí ha sucedido por ejemplo en Noruega.

Durante siglos, la explotación de sus minas ha alimentado fortunas y abastecido mercados internacionales, mientras muchas de las comunidades que habitan esos territorios siguen viviendo en condiciones de extrema pobreza. Esta contradicción atraviesa Remover la tierra, de Antonio Sánchez Gómez, un magnífico libro que combina la crónica de viajes, la denuncia ambiental y que atesora mucha calidad literaria.

Antonio llega a Bolivia para colaborar con una organización que prepara una demanda por la contaminación minera que afecta a la comunidad indígena de San Agustín de Puñaca, junto al lago Poopó. Ese es el punto de partida de un recorrido que lo llevará desde el altiplano andino hasta las tierras bajas de la Amazonía, a través de paisajes de una belleza extraordinaria, que uno quisiera conocer.

El viaje de Antonio es para el lector una experiencia inmersiva. Doy fe: mineros que enferman y mueren prematuramente por las condiciones en las que trabajan; poblaciones indígenas obligadas a alimentarse de peces contaminados por mercurio; ríos envenenados por los vertidos mineros; bosques arrasados por los incendios o una agricultura intensiva que va devorando extensiones cada vez mayores de territorio. Cuesta creer que, en pleno siglo XXI, todavía existan comunidades que carezcan de servicios tan elementales como la electricidad mientras sus tierras proporcionan recursos de enorme valor económico que no redundan en las comunidades.

Esto me recuerda a ciertas formas de colonialismo. Sí, han cambiado los protagonistas y las estructuras de poder, pero siguen existiendo relaciones profundamente desiguales entre quienes poseen los recursos, quienes los explotan y quienes obtienen los beneficios. Tampoco los gobiernos de izquierda escapan a esas contradicciones. La figura de Evo Morales, que llegó al poder reivindicando los derechos indígenas y la defensa de la Madre Tierra, aparece cuestionada por algunos de los testimonios recogidos. Su política nacionalizadora aumentó la participación del Estado en los beneficios de los recursos naturales, pero no logró romper con un modelo económico basado en su explotación intensiva.

Una de las cosas más sorprendentes en el libro me resulta la presencia de las comunidades menonitas: grupos religiosos de costumbres tradicionales y aparentemente alejados de la modernidad que, sin embargo, participan plenamente en una agricultura mecanizada y orientada a los mercados internacionales. Su actividad, vinculada a las grandes cadenas comerciales americanas de la soja, pone de manifiesto hasta qué punto la lógica de la rentabilidad y la productividad arraigan en comunidades que parecen vivir de espaldas al mundo. Los menonitas no se consideran bolivianos. No quieren saber nada del Estado. Simplemente son hijos de Dios.

Aquello que hace grande al libro, o suscita mi interés es la multitud de personas que Sánchez Gómez encuentra en su camino y las figuras históricas que convoca para comprender mejor el país. Activistas, periodistas, antropólogos, campesinos, mineros y defensores del territorio van componiendo una realidad proteica. Óscar Olivera, protagonista de la Guerra del Agua de Cochabamba; la antropóloga Alison Spedding; la escritora aymara Quya Reyna o el periodista Roberto Navia aportan distintas perspectivas sobre la historia, y la política de Bolivia. Incluso se nos presente, afantasmado, Simón Patiño, el gran magnate del estaño.

Me gusta mucho leer sobre esas voces anónimas y acalladas, las de las mujeres palliris, que rebuscan entre los desmontes de las minas los restos de mineral que les permiten sobrevivir.

Y algo que me ha gustado mucho del libro es uno de los capítulos finales, La caída. Creo que la feracidad de la naturaleza boliviana encuentra su correspondencia en la exuberancia del lenguaje, en una escritura, la de Antonio, que parece contagiarse de la vitalidad, la diversidad y los contrastes del territorio boliviano que recorre. Como los dias en los que deambulan por un río y parece que nos encontrasemos en el corazón de las tinieblas.

Antonio incorpora en sus escritos las palabras, expresiones y giros de la lengua boliviana. Algo que aporta autenticidad y musicalidad a las crónicas. Por otra parte, las conversaciones están muy bien integradas en el texto y no interrumpen el ritmo narrativo, sino que lo espolean.

Remover la tierra no es una crónica de viajes o un ensayo político al uso, pero permite al lector acercarse a la realidad de Bolivia, y en cierta manera, desentrañarla.

Aunque la mayoría de los testimonios son desoladores, también vemos cómo, siempre, de una manera instintiva, al poder le surge un contrapoder: el pueblo, que con sus huelgas de hambre, bloqueos, marchas, cercos y vigilia, ponen de manifiesto la inextinguible lucha social boliviana.

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La edad experimental (Erri De Luca & Inès de la Fressange)

Erri De Luca compara sus años de vida con los de un caballo. El hombre vive la vida de tres caballos y él va por la tercera. Ahora avanza al paso. Según Erri esta edad que vive ahora es una edad experimental, pues tiene la extraña sensación de que nadie ha sido viejo antes que él, dado que la vejez de quienes le han precedido no le sirve de modelo ni le prepara para nada, porque para el cuerpo de cada uno, cuando sucede, es la primera vez. Esto es interesante, porque bajo el paraguas de la tercera edad hay personas con intereses, necesidades, y biografías muy diversas, que responden de distinta manera ante el paso del tiempo. Ya sea dedicando su tiempo al voluntariado, al cuidado de los nietos, a la práctica deportiva, a viajar, al cuidado de los familiares. Erri piensa que brindar su tiempo y experiencia de forma gratuita infunde un significado más profundo al tiempo que le resta.

Aunque Erri tiene vicios adquiridos de sus años laborales, como madrugar, sigue experimentando en esta edad suya. Piensa que cada vejez es distinta y no reductible a un canon. Para sorpresa de muchos, según él, la vejez va cuesta arriba, no cuesta bajo y esconde vastedades desconocidas. El objetivo no es la longevidad.

A Erri le interesa más el proceso, movido por la curiosidad; la misma que le lleva a escribir (la escritura equivale a Erri a estar acampado) para conocerse y reconocerse. En libros como Imposible Erri ya había dado cuenta de su pasión por las montañas. Ahora sigue yendo el monte y la actividad física es el motor que lo mueve. Llegar cansado a la cama es la condición necesaria para un sueño satisfactorio.

Por otra parte, el inconformismo consustancial a Erri, quizás tenga que ver también con esa calificación de experimental que Erri da a su actual edad.

A los textos de Erri se añaden fotografías y otros textos de Inès de la Fressange, que no me parece que sumen nada al conjunto, dado que no hay apenas contraste, ni mordacidad en ellos. Los considero un añadido superfluo.

Ahora quiero ver el documental del mismo título dirigido por Erri.