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El hombre transparente. Cómo el mundo acabó convertido en Big Data (Javier Moreno)

Presos del móvil: el ruido digital nos asfixia, Mi vida sin WhatsApp. Artículos como estos, presentes en los medios, indican que las redes sociales y el uso del móvil es algo que nos ocupa y preocupa a todos. La nueva religión es la tecnología. Bien provista de adoradores, de interactuantes (para someteros a un móvil-ización continua que reclama su fruto en forma de datos). Vivimos inmersos en esa realidad. Todo avanza (si no se ha consumado ya) para que el móvil se convierta en una herramienta indispensable. Reservamos un hotel, compramos la entrada para un concierto, recibimos las facturas de la luz, y todo va a parar al móvil (que nos sirve para echar fotos, como GPS, como videocámara, y como ordenador portátil; un cordón umbilical que nos conecta al mundo), nada aflora en papel, tal que si acontece el gran apagón (algo así plantea DeLillo en su novela El silencio, si el móvil desaparece nos veríamos perdidos. Y si la nube falla, ese gran repositorio virtual, lo mismo. Vivimos pendientes de las notificaciones, las luces que nos avisan de nuevos likes, retuits, publicaciones, etc… todos aspirando al reconocimiento, un Narciso que pretende el feedback continuo, que todos queden prendados de su reflejo.

Javier Moreno, en este extenso y cundido ensayo (325 páginas), El hombre transparente. Cómo el mundo real acabó convertido en big data, aborda todo este asunto desde múltiples puntos de vista, en un texto proteico e interesante (convertido para mí en un manual de consulta), por el que se irán deslizando conceptos como el de La Gran Singularidad, el ciberproletariado, el selftrackig, la pax algoritimica, el transhumanismo, etc. Este mismo año, Javier ha publicado la novela Omega, que aborda a su vez este mismo tema.

El ser humano convertido en un simple interfaz/transmisor de la comunicación digital. Una mina extractiva, a cielo abierto, de la que ir barrenando hasta su inexistencia, o lo que es lo mismo: su total transparencia. Las redes sociales ejercen de confesores, quieren saber qué estamos pensando (Facebook), qué está pasando (Twitter), qué estás haciendo (Instagram, y dímelo con imágenes), ¿sobré que quieres hablar? (nos demanda LinkedIn). Asimismo el Big Data, bien puede reemplazar a la ontología; en su manejo de los datos y la estadística, para lograr deducciones muy probables. Ante un presente cada día más acelerado y evanescente, la reivindicación de la nostalgia, la restauración del sistema, todo aquello que era sólido; en mientes me viene aquel libro de Antonio Muñoz Molina, aquel mundo analógico, sólido, plomizo, lento, pero real. Hoy habitamos una ficción sin fricción, pues la realidad cada vez nos resulta más fluida, y líquida. El objetivo es la transparencia: enseñarlo todo. A pesar de que aún hoy hay quien guarda como oro en paño, su intimidad, su secreto, una buscada opacidad. La tecnología de internet parece haber obtenido como resultado la sociedad transparente.

Decía Alex de la Iglesia que en su última película, Veneciafrenia, sucede un crimen y la gente, los circunstantes, los espectadores, sacan sus móviles y graban. La realidad se convierte en ficción. El crimen se cosifica y de esa manera puede ser asumido. La realidad hoy es esa: pantallas grabando pantallas, y todo parece formar parte de una representación, ya sea un bombardeo, una guerra, un crimen.

Y ante el exceso de oferta, ante la desproporción entre la oferta de posibilidades y la capacidad de acción y de atención, la machine learning, parece ser capaz, mediante sus algoritmos, de recomendarnos un libro, una películas, una serie, una relación. Una tecnología, como se ve, muy posibilista.

La distribución de la riqueza, según la Ley de Pareto, parece replicarse en internet. De esta manera el 20% de los usuarios obtienen el 80% de los likes. Lo pueden comprobar por sí mismos. Si hacen un comentario inteligente e internet y tienen pocos seguidores, ese comentario se hundirá en el vacío, en el cero retorno. Si ese mismo comentario lo hace un personaje conocido, cualquier soplapollez que diga, cualquier foto que se haga, cualquier comentario será recibido con gozo y propalado por millones de personas.

El acto esencial de nuestro tiempo no es el pensamiento sino el like, no el juicio sino la emoción. El pensamiento requiere tiempo: elaborarlo, transmitirlo, encontrar un receptor que lo descodifique. Sin embargo, la emoción es subitánea. Su velocidad de contagio supera con mucho a la del pensamiento. La emoción es el equivalente de la luz en el medio social. La emoción lubrica el circuito de la comunicación. La emoción resulta así un catalizador privilegiado de la transparencia.
No descuida el autor el movimiento transhumanista, el cual cree el hombre es una criatura imperfecta y que, por tanto, puede y debe ser superada o mejorada, a través de la tecnología. Y alcanzar la inmortalidad a través de la criogenización
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En lo relativo a las fake news, Javier, expone que la estadística funciona como una nueva autorictas similar a la que en otro momento histórico pudieran haber disfrutado la Iglesia o la Academia. El cogito ergo sum se ve reemplazado por el placet ergo est. Me gusta, luego existe. Nada extraño si la realidad se ha convertido en una proliferación de relatos a gusto del espectador. Si elegimos nuestros ficciones, la tentación de elegir nuestras verdades resulta muy poderosa.

El ensayo da qué pensar, invita a plantearnos la relación que mantenemos con la tecnología, en qué medida estamos enredados (y lo que nos supone), con la porción de intimidad que estamos dispuestos a reservarnos, las energías que estamos dispuestos a emplear para mantener la presencialidad, la fisicidad, para habitar un mundo real en el que nuestra manifiesta vulnerabilidad (explicitada con la pandemia), nos haga recuperar nuestra humanidad.

En todo caso, veremos a ver, hacia dónde muta todo este tinglado que tenemos montado.

Javier Moreno en Devaneos:

Click
Alma
2020
Acontecimiento
Null Island
Omega

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Omega (Javier Moreno)

Una novela supone crear escenarios. Ficción. Aquí Javier Moreno imagina ficciones humanas y no humanas (la primera ficción, en la que un servidor es capaz de crear datos por sí mismos). En mente tenía otras lecturas como Elogio del futuro de Eudald Carbonell. Hablaba este de nuestra especie todavía en construcción, donde hubiera margen para la evolución, la cual parece venirnos propiciada por la tecnología. Pensaba en el ensayo de Baricco, The game, en donde escribía que no habrá en el futuro nada más valioso que todo lo que haga sentirse humanos a las personas. De nada serviría un ultramundo deshumanizado. Pensaba también en El silencio de DeLillo, en un escenario donde sobreviene un apagón y hemos de volver a la fuerza a la era analógica, a la era previa a internet, el mundo a. I.

Javier Moreno publicó hace pocos meses, El hombre transparente. Cómo el «mundo real» acabó convertido en big data. Esta novela parece el paso de la teoría a la práctica.

Las nuevas tecnologías llegan a poner en el mismo plano lo real y lo virtual. ¿Acaso no son la misma cosa? podría decirnos cualquier nativo digital. Hoy la existencia (en muchos lugares del planeta) se desarrolla más en entornos virtuales que físicos. La pantalla del móvil son los ojos de antes. El sexo puede disfrutarse en soledad y poner los cuernos (virtuales). Todo se vive en el instante y está interconectado. El humano parece una mina extractiva a la que barrenar hasta dejarla reducida a nada. Barrenamiento voluntario. Transparencia deseada. Ese el motor de las redes sociales. Los dos protagonistas son la pareja formada por Iratxe, una exconcursante de OT, y cantante de éxito (no exento de sombras: esto me trae a la cabeza la canción de Amaya: Bienvenidos al show) y un gestor de reputaciones de políticos y empresarios. Una reputación que se construye desde el número de likes y retuits, mediante algoritmos. Una farsa. El tercero en discordia es Max un hombre sin párpados, un jáquer que opera por placer, creador de ADN artificial que “lanzaba a los servidores como a una sopa primigenia que fructificase la vida, que los algoritmos de la learning machine hiciese el resto”. Placer que parece devenir en la cuestión sexual. En hacer que mujeres se masturben o practiquen felaciones a diestro y siniestro. Un mundo que se había vuelto más femenino pues toda esta faramalla digital se reducía a clicar y friccionar, acciones necesarias para que la mujer alcanzara el orgasmo digital (pero analógico, vía falanges). De esta manera si Max tuviera el adn de Iratxe aquello podría culminar en un video porno con la cara de aquella (ya hay aplicaciones como FakeApp que permiten en un video porno poner la cara de quien te guste. Algo que ya planteaba hace años Jon Bilbao en uno de sus relatos: Torre). La vida aquí es “una cadena de intensidades dotadas de movimiento”. Hablamos de gifs. “El gif era el haikú de las imágenes”.

Lo que la lectura me depara es una sensación de despersonalización, la contemplación de ese muro que separa a Iratxe de su pareja, a la cual prefiere ver a través de una pantalla para masturbarse frente a ella, que teniendo sexo físico. Hay una cesura que las tecnologías parecen agrandar, universalizar; capaces de alimentar el desapego, una ultravelocidad que no parece conducir a ninguna parte, o sí, a millardos de amigos sin amistades reales, a holografías generadas por algoritmos, a sensaciones inoculadas por un máquina, a deseos predichos, a búsquedas autocompletadas, a una libertad regalada de balde. El protagonista parece ser consciente de todo esto. Y como suele decirse, a grandes males, grandes remedios, por radicales que sean.

Leer a Javier siempre me resulta estimulante, por su pensamiento carnoso, por una inteligencia que necesita el humor y la ironía para respirar.

2020 (Javier Moreno)

Javier Moreno 2020 Portada Libro Lengua de Trapo
Javier Moreno
Lengua de Trapo
2013
264 páginas

Qué mejor manera de empezar el año -en un alarde de originalidad sin precedentes- que recuperando la reseña de la novela 2020 de Javier Moreno que escribí en 2013.

Hay quien no lee libros. Hay quien se los descarga. Hay quien los coge en la biblioteca. Hay quien los coge en la biblioteca y una vez mediada su lectura, reemplaza el alquiler temporal (y gratuito) por la compra onerosa y definitiva. Esto es lo que me ha sucedido con 2020, la última novela del murciano Javier Moreno (Click).

Uno lee la sinopsis y piensa que la novela tiene buena pinta, tanto como la portada del libro, un fondo todo negro, con el nombre y apellido del autor y el título en blanco, junto a la editorial que lo publica. Luego lo lees y resulta que como sucede en los libros de Rafael Reig que tienen a Carlos Clot como protagonista, la resolución de los casos es lo de menos. Lo relevante es el contexto, lo accesorio, lo periférico. Lo importante es el medio, el durante, el todavía, no el final.

Así se toma Javier Moreno esta novela. Sobre esa realidad, un futuro a corto plazo, el año 2020, donde los Casinos de Eurovegas ya han sido inaugurados, donde la crisis ha obligado a unos cuantos naúfragos del tsunami financiero en particular y de La Crisis en general, a morar en las entrañas de unos aviones abandonados en la T4, emplaza el autor a sus personajes: Bruno Gowan un alto cargo de una multinacional que desaparece sin dejar rastro. A su vera su escudero Nabil. En su búsqueda su hija Josefina y la mujer de Gowan, al mando de la investigación Lázaro. Carlos creando productos financieros, creando realidad. Jorge saciando su sed láctica en los regazos de mujeres estrenadas como madres.

Estas pinceladas conforman la sinopsis que permite escribir algo en la contraportada del libro y no dejar ese espacio en blanco, pero el libro es más, mucho más.

Si en Click los devaneos filosófico-científicos que se traía el autor, daban como resultado una novela descompensada, que atesoraba no obstante, unos cuantos fogonazos de chisporreante literatura, en 2020, si el planteamiento narrativo es similar (Moreno tiene en su haber, entre otras, formación matemática, y eso aflora en sus libros, de ahí la terminología y metáforas científicas empleadas o la cita con la que abre el libro acerca de la fórmula matemática de unos Derivados Exóticos), y Javier Moreno escribe como Javier Moreno, porque no puedo negar que no he leído antes a nadie como él, ya que se copia a sí mismo para ser único y sus influencias, que las tendrá, se alimentan en su interior como un circuito cerrado, todo esto opera en un dirección: asistir y relamerse uno con la lectura de una novela hipnótica. Leo a Javier Moreno y me parece estar viendo una película de Sorrentino (Le conseguenze dell´amore, similar no por el contenido sino por ese estado de hipnosis que genera).

Y allí donde uno leería y releería lo mismo de siempre en novelas clonadas, empapadas del mismo espíritu, lenguaje, planteamientos y objetivos, Javier no nos pasea por caminos trillados, no, porque Javier vuela por encima de todo eso, para llevarnos en volandas y asistir a la realidad (o a la copia de la misma) desde otro punto de vista, retorciendo el lenguaje hasta hacer de la sintaxis un proceso alquímico, para luego admirar y reconocer la creatividad del autor, capaz de meter tanta tralla científica, filosófica y sociológica dentro de un producto realista a la par que futurista, sin que se resientan las costuras.

Hay también humor en la novela. Humor sutil y absurdo que aboca a la carcajada, al estremecimiento, y un buen puñado de reflexiones que bien vale releer, comentarios jocosos, fina ironía, asunción de la esterilidad, frivolidad y fatuidad de la literatura, la introducción del propio autor en la novela para brindarnos, entre otras tantas, unas páginas impagables sobre el ejercicio de la docencia (imposible con estos políticos indecentes). Y ahí estará también Vila-Matas y su maestro Walser y la Estantería Literaria aunando vacío e inutilidad y los omnipresentes Chinos, los productos financieros tóxicos, el capitalismo salvaje, la mediocridad ibérica, la idoicia generalizada, los discursos mesiánicos, los Indignados como manifestación informe, etc…

«España se había convertido en un marasmo de seres desnortados que salían despedidos centrífugamente de los lugares que habían constituido el cobijo de sus cuerpos y almas. España era un país donde los jóvenes emigraban en busca de trabajo y en el que los ancianos se aferraban como aves de presa a la carnaza de sus pensiones. España era la sala de fiestas donde unos pocos seguían bebiendo mientras el resto debían contenerse con las sobras aguadas de las copas. Y en medio del desastre la vida continuaba. Es entonces cuando uno aprende que la vida necesita más bien poca cosa , que existe un núcleo adaptativo asombroso en el ser humano que desconoce el lenguaje de la cultura y de la ética, un disco de arranque jurásico que nos acerca al réptil, pero que al mismo tiempo nos pone en contacto continuo con la excepción y la maravilla (pag 212)«.

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Null Island (Javier Moreno)

Conviene no dejar un libro a medio leer sobre la mesilla, viene a ser como un gatillazo, para decirlo con el espíritu de la novela. El libro emite un zumbido, un lastimero ay de abandono, más molesto que los guasaps entrantes superada la medianoche. Me alzo, cojo el despertador, el libro y una manta y voy al salón. Las 4:40. Desvelado, no voy buscando la visa para un sueño, ya pasado. Oigo el silencio. Todo negro ahí afuera. Meto los carámbanos de carne bajo la manta, pero leer sigue siendo para mí, aún hoy, una labor menestral, a saber, pasar las páginas, sentir el cálido aliento del texto, la combustión de la prosa, la literatura como tierra promisoria, la expectativa como zanahoria…

Javier Moreno (Murcia, 1972) publica en Candaya Null Island. Por aquí han circulado Click, Alma, 2020, Acontecimiento. Seguiré leyendo a Moreno en tanto en cuanto me siga poniendo como aquí el intelecto primero esponjoso luego erecto, fortalecido (en términos de recepción de la lectura hablaría de una onda expansiva), en la medida que sus textos se ubiquen en las antípodas de una prosa alopécica, erial de papel al que Moreno contrapone aquí su esperado y feraz discurso, tocando distintos palos de las ciencias (astronomía, matemáticas, física…), las cuñas etimológicas, los aforismos (La hipotaxis es, al fin y al cabo, la apnea del pensamiento), las reflexiones de todo pelaje –descubre, ese hombre, que la vida, en efecto, no es más que la anestesia de la infancia, de esa enfermedad y ese éxtasis que es la infancia– las continuas digresiones merced a los sueños, la imaginación elástica de la que brotarán ideas, cual esquejes de las Obras de Levé, el empeño por desbordar los límites de la prosatiovivo, del tren de la bruja donde leer, simplemente, esperando el escobazo, el fin del viaje. Me gustaría escribir una novela en la que no ocurra nada, pero que obligue al lector a ser leída de forma compulsiva decía GHB a cuenta de Nemo. Javier Moreno crea un personaje, un escritor, que quiere sacar adelante, o despeñar, su novela sin tener que recurrir a los personajes, prescindiendo de ellos. ¿Se puede? Sabemos por EVM que el concepto de argumento está sobrevalorado. Moreno lo sabe y sube la apuesta de GHB (que también aparece en este libro) y le tira un órdago al lector (bajo la hipótesis de que hubiera alguien al otro lado del libro).

Moreno se convierte en un émulo de Philippe Petit subido al alambre, hollando el vacío. El uno de la literatura contra nadie. Acojonante, piensa. Tiene todas las de perder. Allá arriba la entropía se descojona del equilibrio imposible del escritor funambulista, aquel que ve las torres tan lejanas que siente el vértigo de lo imposible, pero Moreno Petit avanza, es todo posibilidad, potencia pura, la realidad un decorado, su escritura unas gafas de realidad virtual con las que ir moviendo historias, anécdotas, vigilias con las yemas de los dedos como los protagonistas de Minority Report. En el vórtice de la ingravidez, en los márgenes celestiales del texto, se dan cita realidad y ficción, sueño y vigilia, lo subjetivo y lo objetivo, el impulso sexual como principio rector, la impotencia como trama, pero simplemente un señuelo, porque no va detrás de un clímax, de un orgasmo, sino que va disponiendo las distintas cargas explosivas (la gran voladura en mente): un polvazo trabucado por aquí y la presunta enfermedad, una infidelidad por allá, Soria y su olmo viejo por acullá, las compras virtuales y Amazon, Google Earth, Wikipedia, portales de contactos, WhatsApp, toda esta arquitectura virtual (en la que vamos sedimentando tiempo y deslocalizando afectos, mermados estos a base de delegar nuestro sentir no en el habla sino en uniformadores emoticonos de toda clase) del más allá integradas aquí, en la narración de forma plausible, helando la sangre con un bloqueo, zozobrando en la espera de un guasap no leído ni respondido, eviscerados todos nosotros en las ávidas manos de un gran hermano que bebe nuestra sangre y linfa con aspecto de metadatos.

El escritor se exhibe, valga la paradoja, escondiéndose bajo toda clase de máscaras, practicando además una suerte de escapismo de sí mismo, houdinizándose. Dejemos a Moreno Petit allá arriba, divagando, orbitando (imposible órbita lineal), roturando entre las nubes (aliento universal de un escritor que cabe en un bolsillo) su prosa de textura científica y lírica (si ambos epítetos son compatibles, que lo son a la vista (de pájaro o dron) está), lectura que me retrotrae a la ingravidez experimentada cuando leí Momentos humanos de la tercera guerra mundial de DD.

Moreno no es que vaya a más. Sencillamente se propulsiona, creo.

Candaya. 2019. 220 páginas