Archivo del Autor: Francisco Hermoso de Mendoza

Screenshot_2025-12-21-22-42-11-818_com.miui.gallery-edit

Las formas del olvido (Diego L. Monachelli)

El título de la última novela de Diego L. Monachelli me resulta muy evocador y poético: Las formas del olvido. No confundir con el ensayo de Marc Augé.

La manera que tiene aquí el autor de soslayar dicho olvido es a través de la palabra y la memoria (la de Helmut Brodovsky) como cantera extractiva. El formato elegido son las epístolas; un puñado de cartas que Helmut dirigirá a un tal Ulises. Una correspondencia devenida en monólogo. No sabremos qué relación guarda Helmut con Ulises. Si este último existe, o si bien es un destinatario cuyo nombre fue elegido al azar por Helmut. Pero dado que leo que volver no es un verbo, es lo es imposible, quizás Ulises haga aquí mención a la metáfora del viaje, del regreso, del volver. O también a ese Nadie (que somos todos), tal y como se presentó Ulises (fecundo en ardides) al Cíclope. Ardid que le salvaría la vida.

El narrador y su tía Nelly (Anneris), con el pretexto de hacer limpieza, encuentran en un cuartucho, casi escondida, en lo más lejano de una baulera, una maleta con libros, diccionarios, enciclopedias, sobres con papeles y libretas. Abrir la maleta oficiará para Nelly un regreso al pasado. Relatará cómo cuando Ángel estuvo enfermo, antes de su muerte, recibió la visita de un hombre, que le hizo entrega de una caja. El extraño era Helmut. Nelly en la posterior entrega de la maleta y su contenido a su sobrino, le cederá el testigo de la memoria familiar.

Vemos cómo las historias se nos sirven aquí fragmentadas, desubicadas en el tiempo y el espacio. Sí sabremos que estamos en Argentina, en un pueblo llamado Tandil (en el interior, no muy lejos de Mar del Plata), en el Cerro Largo, en Cerro de Leones, que hay una cantera, que se vive del campo. Sabremos de El Ligerini, el almacén, también mentidero local. Sabremos de la relación que se afianzará entre Helmult y Varela a través de una historia que se nos ofrece diferida, quizás porque Todo sucede en el pasado, irremediablemente. Sabremos, porque en el texto hay también fotografías, que Ángel Gómez Varela nació en Lugo, en 1888. Que en 1956 estaba en Argentina, que en 1906 ya había cruzado el charco, que la mala sombra de Jacinto Maldonado marcará su existencia con el sello de la tragedia. Que hallaremos exilios, ausencias, reencuentros y regresos. Que hubo un hombre, una bala, un encierro.

Tengo la sensación de que las historias aquí narradas, o evocadas, se ofrecen en negativo, como si hubiera que expedir un certificado de la Imposibilidad, como ejemplifica ese Nunca, nadie, nada, que principia las cartas, parejo al Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate dantesco. De tal manera que las historias de amor no pasan de presuntas y morirán siendo potencia, sin llegar al acto. Y precisamente son esas vidas insignificantes pero trascendentales para cada cual, (entre otras cosas porque, a diferencia de los videojuegos, nosotros, pobres mortales, solo disponemos de una vida), las que aquí se refieren y son una manera de resistirse al olvido. Son vidas minúsculas (las de Varela, Helmut, Anneris, Eulalia, Lucía, Maldonado…) que conoceremos a través de las misivas de Helmut, el cual parece habitar entre libros y palabras y por cuyo organismo uno duda si corre sangre o tinta. Son epístolas que una vez leídas abundan en la idea del negativo, porque es evidente que es muy poco lo que se logrará rescatar del pasado a través de dichas cartas, porque todo lo demás ya habrá sido pasto del olvido.

Las formas del olvido no encadena acciones trepidantes ni respira como un thriller. La narración va en la dirección totalmente contraria. Diego ofrece al lector una prosa minuciosa, morosa y prolija. Abunda en las descripciones y crea atmósferas densas, tal que la narración (o la historia que va armándose con las cartas) se irá cociendo a fuego lento, sin prisa ni aspavientos, enriquecida por un lenguaje sustancioso, evocador y marcadamente poético.

A fin de cuentas lo que Helmut consigue con sus cartas, creo que es abolir sus propias palabras y conjurar aquel Nunca, nadie, nada. Por eso escribe y pelea a la contra del tiempo. Por eso quiere resistirse al olvido, para hacer del nunca un instante eterno y como en un Arca de Noé salvar del naufragio temporal a su amigo Ángel, a Lucía, a Eulalia, a Clemente…, para mantenerlos vivos en el recuerdo, en la gota de ámbar que siempre es el papel, dejando entonces de ser nadie y prestando, finalmente, atención a las cosas, avivando el seso y despertando, porque tal y como se apunta en una de las citas de Onetti que principian el libro, Llega el momento en que algo sin importancia, sin sentido, nos obliga a despertar y mirar las cosas tal como son.

Concluyo:

La incertidumbre es un estilete que hiende la carne, inmisericorde. Y aún así, a pesar de los días transcurridos y el desasosiego, me pregunto en qué se transforman estos signos cuando nadie los ve. Acaso nosotros mismos seamos un texto sobre el que nadie se ha detenido.

Un estupendo libro que cuenta además con la bella edición de la Editorial Graviola.

Las formas del olvido
Diego L. Monachelli
Editorial Graviola
2025
193 páginas

Diego L. Monachelli en Devaneos

Arder de su mano
Quizás nos pase a todos

vigilantes

Las vigilantes (Elvira Liceaga)

Las vigilantes va de muchas cosas. Una de ellas son los vínculos, sean filiales o no. Así Julia, la narradora, regresa de los Estados Unidos a Méjico y comparte con su madre el espacio común de los recuerdos. Ambas perdieron algo muy valioso hace muchos años: una hija y una hermana: Celeste. La herida, como se ve, sigue abierta. Y la escritura siempre ofrece la esperanza de la imposible cauterización del la misma.

Mi madre logró que el dolor de perder a mi hermana no la transformara en un ogro que vive escondido en las profundidades del bosque. Logró que su sufrimiento no exigiera tratos especiales de los demás, ni lástima ni mimos. Que nadie nos malcriara, que nadie viera en nosotros la tragedia.

Julia se maneja bien con el lenguaje, gusta de las lecturas y la escritura y decide ofrecer sus servicios en un centro, comandado por unas monjas, donde unas mujeres hacen tiempo hasta dar a luz. Cada mujer tiene sus razones para estar ahí. Las circunstancias previas pueden ser una violación, un embarazo no deseado… Luego deben decidir si abortar o no. Si seguir adelante con el embarazo. Si, finalmente, cuando llegue el alumbramiento, darán sus hijos en adopción o no. Si quieren saber el sexo de la criatura antes de nacer. Si van a darles un nombre.

Julia, que no es madre, vive todo ese proceso con curiosidad y un distanciamiento que se irá achicando día a día, cuando en su órbita entre la joven Silvia, a la que Julia enseñará a leer, comenzando por identificar las letras, por afianzar las distintas grafías. La escritura puede ser un espacio común, una vía de acercamiento, una forma de cruzar el umbral de la intimidad, pero como se dice en la novela todas ellas están solas. Silvia sabe bien cuales son sus circunstancias, de dónde viene y qué futuro, o no futuro, le espera a su criatura, si decide quedársela.

La mirada aquí no es complaciente porque la herida supura y las ausencias pesan demasiado y el duelo parece un horizonte infinito. Por lo tanto no hay finales felices, más bien puntos de fuga y despedidas a la francesa.

Las vigilantes se erige como el testimonio de una experiencia vital para Julia, un aprendizaje íntimo, una vía de conocimiento, merced a un análisis profundo y consistente, a través de la ficción, de esos vínculos que nos mantienen unidos y sustancian nuestra naturaleza tan frágil y vulnerable.

Las vigilantes
Elvira Liceaga
las afueras
2025
302 páginas

El Esnob

El Esnob (Carl Sternheim)

Hay textos que a pesar de su corta extensión (60 páginas) resultan muy cundidos. Así sucede con El Esnob de Carl Sternheim (1878-1942). Obra teatral en tres actos, publicada en Ápeiron Ediciones, traducida por Roberto Vivero.

En aquella época, la época Guillermina, a comienzos del siglo XX, sin el ascensor social de los estudios, será el vivo ingenio y otras artes ocultas las que propicien que Christian, de humilde origen (el padre, Theobald, fue un funcionario subalterno y la madre, Luise, la hija de un sastre), logre llegar a lo más alto, y alcanzar el cénit laboral, con tan solo 36 años, hasta convertirse en el director general de un grupo económico que maneja una quinta parte de toda la riqueza nacional. Eran esos años del imperialismo y el colonialismo, tras la Conferencia de Berlín. Aquí se hablan de las minas africanas, en aquellos territorios que Alemania compró en África.

Porque la falta de nobleza, la sine nobilitate latina, lo que hoy dio en denominarse esnob, es nada menos que el traje a medida del protagonista de la obra: el joven Christian. Su objetivo lo lleva madurando largo tiempo. Y es formar parte de la nobleza, ostentar un título. Ser bien acogido en ese estamento tan cerrado y escasamente permeable. Para ello quiere borrar a su familia del mapa, que es tanto como borrar sus orígenes, para erigirse, pensemos en una especie de creatio ex nihilo. De cara a la galería los dará por muertos. En la intimidad del hogar les extenderá un cheque por los gastos derivados de su manutención, hasta ser manumitido y les invitará a quitarse del medio e irse a vivir a Zúrich, porque Christian sabrá mucho de números, pero muy poco de sentimientos. Antes romperá los lazos familiares (aunque tendrá la ocasión de reconciliarse con su padre. O su padre con él) y filiales, como sucede con Sybill, la única amiga capaz de obligarle a escuchar unas cuantas verdades.

El facilitador será el Conde Aloysius Palen. Él será la puerta de acceso de Christian a ese mundo que tanto anhela. Para ello, la hija de Palen, Marianne, será una pieza más en el tablero. Algo asumido por ella, así dirá que con el enlace ya no se pertenece a sí misma, que es el destino de las muchachas. Se casará sin dote. El dinero lo pondrá Christian. Pues Palen tiene titulo nobiliario pero no dinero, al contrario que Christian. De la necesidad, no harán virtud, sino negocio.

La historia que se desarrolla con gran dinamismo, sin dar tregua al lector, concluye con un golpe de efecto sorprendente. Si durante todo este tiempo Christian es un esnob, veremos que a veces las cosas no son como nos las pintan (el detonante será un cuadro de Renoir, retratando a Luise) y a veces uno acaba ocupando el lugar que cree merecer, no solo por méritos propios, sino también por la cuna.

El Esnob
Carl Sterheim
Ápeiron Ediciones
2025
70 páginas
Traducción de Roberto Vivero

Otras reseñas de la colección Máscaras de Ápeiron Ediciones en Devaneos.

Hijos del pecado de Ludwig von Ficker
Noche italiana de Ödon von Horvath
La Torre de Hugo von Hofmannsthal
El fin de Sodoma de Herman Sudermann
La isla de Hugo Wolf
Marionetas de Arthur Schnitzler
Tirano Teatro de Roberto Vivero
Fausto de Roberto Vivero

Teoría del tacto

Teoría del tacto (Fernando García Lao)

El primer día en el curro tu jefe dibujará a boli, en un folio, un círculo y dentro un monigote y te explicará que el administrado será el centro de todo. Fernanda García Lao, ídem. Situará al lector en el centro de un buen número de historias humanas, porque aquí todo va de eso, de relaciones humanas, de amores y desamores, golpizas, abandonos, ausencias, exilios, sexo, regresos, violaciones, enfermedades e historias que van y vienen cruzando el charco, de Buenos Aires a Madrid. Incluso comparecerá el instante del 23F, si bien el momento decisivo vendrá en el 83, con la muerte del padre, cuando Fernanda cuente 16 primaveras, agostadas, súbitamente. Los relatos no son muy extensos, lo suficiente para captar tu interés, darte un par de sacudidas y devolverte a la soledad del orejero. Hay una legión de escritores y escritoras partidas en dos, fruto del desarraigo, y pienso en Halfon, en Florencia del Campo. Mis dos hemisferios, el relato que finaliza el libro es mi preferido. Y sí, no iba desencaminada María Zambrano al escribir que El pensamiento, por lo visto, tiende a hacerse sangre.