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Homo Lubitz (Ricardo Menéndez Salmón)

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es un escritor que aparece con frecuencia en estos devaneos literarios míos. Ya sea con relatos estupendos como Los caballos azules, con ensayos pictóricos como La luz es más antigua que el amor, o con novelas como La noche feroz, Niños en el tiempo o El Sistema.

Quien siga la pista a Salmón sabrá la capacidad del autor para reinventarse y ofrecer a sus lectores sorpresas renovadas. Aquí traigo su última novela, publicada el mes pasado, Homo Lubitz, novela de gran f(r)actura (para decirlo en términos fílmicos), muy lograda y consistente. Lubitz quizás les suene, pues fue quien estrelló en los Alpes franceses el avión que pilotaba el 24 de marzo de 2015, causando más de cien muertes.

Podía haber sido el texto un ensayo sobre el devenir humano, el contraste entre el inextricable mundo oriental (para nosotros) y occidental, el nihilismo, la capacidad aniquiladora de la tecnología, esa China convertida en un palimpsesto transparente y en carne viva, la necesidad de recorrer el tronco existencial hasta llegar a la raíz, al origen troglodítico, pero Salmón opta aquí por el formato novela, para reflexionar sobre estos temas y sitúa su historia en un futuro no muy lejano, que se principia en China, donde un ejecutivo exitoso, un tal O´Hara, recibe un buen pellizco merced a una operación que parece exitosa y deviene un fracaso, relativo en todo caso: una purga humana que atiende a un reajuste, a un saneamiento, el que la técnica presta a la eugenesia.

El eje o centro de la novela es un millonario, Control, ente panóptico que como su nombre indica no deja nada fuera de su alcance. Control y O´Hara se complementan. Son tipos curiosos, el tiempo y el dinero juegan a su favor, para ponerlos en pos de un sueño, de una ilusión, de un objetivo que los convierta en diana de sí mismos.

Maneja Salmón distintos escenarios en la novela, que me ha resultado muy dinámica y entretenida, y pienso en cómo sería este libro llevado al cine y la idea me resulta difícil de materializar, porque el gran logro de esta novela, y de todas las de Salmón es el uso que este hace del lenguaje y su manejo de la sintaxis, lo que supone que más allá de cual sea el argumento de la novela, la llama del interés nunca se apaga.

Si en su anterior novela Salmón ya planteaba una realidad distópica, aquí de nuevo hay elementos futuristas pero no fantásticos, pues en todo caso lo que se plantea es una realidad factible, y lo que hay a fin de cuentas es algo tan ancestral como el empeño de un Odiseo inmortal que no quiere tanto regresar a Ítaca como conocer cual es su Ítaca, y en el caso de O´Hara desentrañar su fijación por los accidentes, por esos hechos que hacen que la realidad despierte de su letargo, que fijan mojones en el espacio y en el tiempo, accidentes que a O´Hara lo hermanan y le permiten sintonizar y contactar con David Cronenberg, personaje de la novela, pues dirige este en el futuro una película sobre el avión siniestrado, El cielo desplomado, que recibirá muchos palos porque los espectadores no están dispuestos a soportar ciertas cosas. Los que hayan visto Crash sabrán de la fascinación de los personajes de la película de Cronenberg por los accidentes (de tráfico).

Creo que al igual que Rafael Argullol o Andrés Ibáñez, Ricardo Menéndez Salmón tiene muchas cosas que contarnos y una forma de narrar, un estilo, que hacen que su lectura no vaya solo en horizontal sino también en vertical (leí hace más de diez años lo de «derviche girostático» y todavía lo recuerdo), tal que va dejando una simiente que veremos si la posteridad es capaz de fecundar.

Seix Barral. 2018. 270 páginas.

Examen de ingenios

Examen de ingenios (J. M. Caballero Bonald)

    La generosidad es el único egoísmo legítimo

    J. M. Caballero Bonald

    Examen de ingenios de José Manuel Caballero Bonald habría de ser de observancia general. Sé que es pedir peras al olmo, pero que quede constancia de la propuesta. Bonald nos acerca un centón de personalidades famosas, en el buen sentido de la palabra, aquellos que lo son pues sus obras han obtenido el debido reconocimiento con el correr de los años. Encontraremos en mayor número escritores (Onetti, Fuentes, Octavio Paz, Borges, Neruda, Gelman, Echenique, Carpentier, Brines, Mutis, Cunqueiro…) que Bonald frecuentó en París, en México, en Colombia, en Madrid, en Palma de Mallorca, a los que sumaremos pintores, actores, músicos, cantaores e incluso algunos políticos. Las semblanzas -algunas ya aparecidas en La novela de la memoria o en Oficio de lector, y ahora actualizadas con el peso de la experiencia- aúnan de forma espléndida el fondo y la forma. Bonald en toda su plenisenectud gasta una prosa espléndida, lúcida, nutricia, seductora e incluso tierna (como en lo dicho sobre Ana María Matute) y la pone al servicio de esta particular autobiografía para acercarnos a nosotros los lectores esas figuras -muchas de ellas encumbradas- a las que Bonald despoja de la corona de laureles, de las galas de la fama y de la imagen -casi siempre distorsionada- que tenemos de ellos, para mostrarnos una cara más humana (me ha gustado mucho lo referido sobre Hortelano o Umbral), más cercana, no siempre amable (como la sorna que gasta con Víctor García de la Concha o José Hierro, la manera en la que como zorro viejo que es el gaditano, al hablar de Delibes padre y de su figura sin fisuras, acaba hablando de Delibes hijo), como consecuencia del trato e intimidad que Bonald tuvo con ellos, en mayor o en menor medida durante su ya dilatada existencia. De algunas figuras Bonald pone de relieve su aspecto más humano, de otros se muestra más fervoroso de la obra que de su artífice y son muy jugosos los devenires de escritores como Cela o Vargas Llosa toda vez que pasan a ser objeto de la prensa del corazón. Denotan las semblanzas, o así me parece, cierto aire crepuscular, otoñal, un acercamiento a esos dioses caídos cuando se acercan ya a su ocaso, apartados de la vida social, cuando ya han perdido notoriedad y relieve; es muy gráfica la semblanza de Alberti a este respecto, aunque hay otras más luminosas como el repliegue voluntario y balsámico de Pepa Flores, de Ferlosio (que sigue recibiendo premios) o de Rulfo, que dejaron su impronta y se retiraron de los focos antes de que los arrollara la muerte. Creadores en toda su extensión, amalgama de luces y sombras, donde transpira la tensión entre el creador y la persona, entre lo que el creador plasma en sus escritos y lo que luego es su conducta, aquella que Bonald registra y en algunos casos censura, porque Bonald rehuye el panegírico gratuito y no se anda con remilgos a la hora de censurar conductas y abaratar la obra de escritores consagrados como Azorín o Baroja o resaltar aquellas obras que no han envejecido bien como Tiempo de silencio. De la misma manera rescata del olvido, sin pomposidades canonizadoras, obras que bien pueden pasar a poblar nuestros horizontes librescos. Encontremos en el texto reflexiones de mucha enjundia sobre la pintura y en especial sobre la literatura, ya sea poesía o cuando al hablar del autor, Bonald enjuicia también alguna de sus obras: Tiempo de silencio, Mortal y rosa, El coronel no tiene quien le escriba, Pedro Páramo, Alfanhuí…
    Como reflejo de los materiales temporales que maneja Bonald durante el siglo XX, están presentes la guerra civil, la posguerra, la dictadura y la llegada de la democracia y Bonald registra las mudanzas ideológicas de algunos escritores generalmente de la falange hacia posturas más centralistas o izquierdistas, buscando luego acomodo entre las prietas filas democráticas, o nos habla de los que se fueron exiliados, los que se quedaron y comprobaron que el tiempo era el mejor disolvente ideológico, los que se asentaron en un comunismo opulento como Neruda, los que se entregaron a una creación compulsiva y fructífera o a una dipsomanía sin freno. Alcohol muy presente en estas semblanzas, pobladas de escritores noctívagos, de noches de farra y demasías etílicas y se ve que fructuosas.
    Bonald ofrece párrafos muy interesantes sobre las consecuencias del ejercicio crítico: Ya se sabe: existen círculos de adeptos que interceptan de muchas insolentes maneras el atrevimiento alevoso de la disensión.
    Cualquier reseña sobre Examen de ingenios es terreno propicio para intercalar un buen número de párrafos deliciosos, pero no quiero privaros de esa sensación de gozo que he experimentado leyendo y que se mantenía y renovaba después y antes de cada semblanza, tal que un centón me ha sabido a poco. ¡Larga vida a Bonald y bendita senectud¡.

    Seix Barral. 2017. 464 páginas

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El dependiente (Bernard Malamud)

Desde que leí este insoslayable artículo de Enrique Vila-Matas, leer a Malamud era una necesidad. Recorriendo las estanterías de una franquicia de esas que venden libros de segunda mano, me di de bruces con esta obra de Malamud, El dependiente, publicado en Estados Unidos en 1957 y aquí en 1984. Su segunda novela.

Bernard Malamud (1914-1986) no ofrece concesiones. El escenario es una tienda, donde su dueño y dependiente, el judío Morris, sobrevive a duras penas, trabajando siete días a la semana y 16 horas al día, en el barrio neoyorkino de Brooklyn en la América de mediados de los cincuenta. Le ayuda Ida, su mujer, y ambos constatan con pesar que esa tienda convertida en una tumba les está sepultando en vida, mientras van entregando todas sus horas y toda su energía, a cambio de un magro beneficio que apenas les permite subsistir y que de paso irá lastrando los sueños de su hija Helen, la cual quiere acceder a la universidad, donde se cifran todas sus esperanzas de cambiar de vida, para mejor.

El gran personaje de la novela es Frank, un joven italoamericano que cae en la tienda por casualidad, donde comenzará a trabajar como dependiente y que trastocará las existencias de Morris, Ida y Helen, al tiempo que atrae nuevos clientes, con sus nuevos bríos, tácticas de venta, y un público gentil que ve con mejor ojos detrás del mostrador al joven italiano que al marchito judío Morris.

Helen es una ávida lectora. Lee a Tolstói, Flaubert, Dostoievski. Frank se quiere congraciar con ella, y lee lo mismo que ella lee. Caen Madame Bovary, Anna Karenina, Crimen y castigo. La cabeza le duele, las historias le deprimen. Se siente hermanado con Raskólnikov y la necesidad de ambos de confesarse. y de redimirse, podemos añadir. Frank viene del fango, de la oscuridad, de la imposibilidad, pero hay algo ahí dentro que le obliga a pensar en sus actos, a reconocer sus errores, a tratar de enmendarlos, pero todo lo sale mal. Se enamora de Helen con locura, pero la caga hasta al fondo y ésta le rechaza. Otro desistiría, cogería las de Villadiego. Frank no. Frank es un coloso. Frank es inteligente, agudo, tenaz. Su naturaleza es un pedernal. El presente va con orejeras y Frank solo mira al frente, al futuro, hacia ese objetivo que se le escapa una y otra vez.

Morris y Frank se parecen porque ambos piensan y reflexionan sobre lo que hacen y los efectos que se derivan de sus acciones y sus certezas nunca lo son. A ambos les mueven sentimientos de compasión, de piedad. Malamud emplea a Frank para reflexionar sobre los judíos, y así Frank habla de cómo el sufrimiento para los judíos es como una pieza de tela, con la que pueden hacerse varios trajes.

Frank en las postrimerías me trae en mientes la canción de Plá, Carta al Rey Melchor. Unos mandan a la mierda sus firmes principios de republicanos, otros se despojan de sus frenillos, llegado el caso.

Deprimente novela, sí. Esperanzadora también. Soberbio Malamud.

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Historia de Irene (Erri De Luca)

De Erri de Luca (Nápoles, 1950) solo había leído La parola contraria. La Historia de Irene es el primer libro de relatos que leo suyo. La historia de Irene es el relato más largo y en el mismo Erri adopta un tono poético mágico para referir la historia de Irene, una joven sordomuda embarazada a punto de ser madre, en una pequeñísima isla griega, que desconoce quiénes son sus padres, criada entre delfines, una mujer que vive a lomos del mar y de la tierra, una especie de sirena o deidad mitológica que encuentra en la figura de un escritor senil alguien en quien confiar, el cual capturará su historia para nosotros. A lo fantástico del relato Erri aporta datos biográficos como sus aventuras en la montaña y su defensa de los animales, de los delfines en este caso censurando la vida que llevan en los acuarios (en las noticias vimos hace poco como en una playa española un grupo de bañistas vieron una cría de delfín, que entre el ruido y los selfies de turno, entre todos ellos con el ruido mataron al delfín). El relato tiene algunos detalles interesantes pero lo encuentro deslavazado.

El siguiente relato cuenta cómo el padre de Erri, Aldo De Luca, logró quitarse la guerra de encima, la segunda, escapando de Nápoles a Capri en una barca con nocturnidad, acompañado de otros hombres, entre ellos un judío que se hace dueño de la historia.

El tercer relato es un intento fallido de mostrar lo jodido que resulta insertar en el hogar familiar a un anciano decrépito y con los esfínteres echados a perder cuando el hambre y el frío pueden más que el sentimiento de piedad y como un rayo de sol, la espuma del mar o el sabor de una almendra es más que suficiente para acariciar, aunque sea brevemente, la felicidad.

Seix Barral.141 páginas. Traducción de Carlos Gumpert.

Literatura italiana en Devaneos | Marcello Fois, Marisa Madieri, Alberto Moravia, Alfredo Panzini, Matilde Serao, Clarice Tartufari, Tommaso Landolfi, Anna Maria Ortese, Andrea Camilleri, Alberto Savinio, Antonio Tabucchi, Natalia Ginzburg, Giani Stuparich, Leonardo Sciascia, Italo Calvino, Claudio Magris, Elvira Mancuso, Nuccio Ordine, Dino Buzati, Scipio Slataper, Margaret Mazzantini, Dacia Mariani, Alessandro Baricco, Vincenzo Consolo, Paolo Giordano, Chiara Gamberale, Ugo Cornia, Edoardo Nesi, Niccolò Ammaniti, Primo Levi, Elena Ferrante.