Me gusta el título de la novela, El corazón habitante, también la cubierta. En ella vemos dos ciervos salir del corazón de un astronauta. La urdimbre en la novela de Daniela Tarazona es la relación entre pasado y presente, entre prosa y poesía, entre vida y muerte.
Son tres historias que discurren en paralelo, escritas en órbitas diferentes. En una de las historias volvemos al tiempo en el que los humanos vivían en cuevas, los años del descubrimiento de la conciencia, del despertar de la inteligencia, y, por ende, del estímulo del arte. Presentes están las pinturas que en la cueva pergeña una mujer.
En otra órbita está William Harvey, a mediados del siglo XVII, descubridor de la circulación sanguínea. La curiosidad a saciar, la necesidad de saber, le lleva a abrir en canal a personas y animales, porque no hay otra manera, en aquel entonces, de saber qué había dentro de esos cuerpos.
La tercera historia es la de dos astronautas. Uno de ellos solo piensa en la muerte. A su regreso a la tierra, siente la ingravidez del no lugar, del no ocupar el espacio que cree habitar.
A pequeños arreones van las historias avanzando hasta su tramo final, donde todo se revuelve. Ese momento resulta imperceptible, pero casa bien.
¿Podían haber seguido cada una de las tres historias por su lado? Sí. Pero la novela precisaba un remate, una conclusión, ¿cuál? No alcanzo a verla.
A pesar de lo cual he disfrutado de una prosa nada aparatosa que, sin embargo, me logra emocionar, desde la filosofía e inteligencia en sus palabras atesorada.
El corazón habitante (Daniela Tarazona)
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