Archivo del Autor: Francisco Hermoso de Mendoza

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Lo absurdo (Javier Pastor)

Lo mucho que haya habido de importante para mí, los recursos de los que me haya valido para armar el libro, una vez impreso, en manos del lector, se volatiliza. Lo dicho, lo que haya entre el libro y su lector… no me concierne.

Esto que dice Luis Rodríguez en este artículo es una forma de verlo, porque Lo absurdo, de Javier Pastor, sitúa a este al otro lado, al lado que concierne, afecta y mueve.

Javier Pastor escribió en 2016 la novela Fosa Común. Un crítico literario la reseñó en Babelia, bajo el título de Grotesca miseria moral y como el conjunto de tu obra (la del crítico de marras, aquí bautizado como Perico Collazo) no da ni para un breve excurso hay que dedicarle una novela (la que escribe Pastor), no sé si captas la lógica, leo en la novela.

Y por abundar algo más en el tema, apuntar que recientemente leí Garravento, la garra al viento de Álvaro Cortina, donde la mujer de un escritor damnificado por tres críticas demoledoras a un ensayo de su marido, decidía tornarse la justicia por su mano recurriendo a Garravento como arma (plumífera) de destrucción masiva.

Fosa común se integra en la novela, y el autor de la misma se convierte aquí en personaje, en un escritor entretenido en bucear en la obra de Perico, que además de crítico literario (o veterano camorrista de la prensa escrita) es también escritor, con algunas novelas a sus espaldas, para ir también espigando textos. Arrimar la inventiva para a la muerte de un padre, un especular de oído, como aquellos Coños que mosén De Prada solo había visto en el Interviú mientras discurseaba sobre ellos como si los hubiera hurgado en el confesionario. Y no solo espigar las novelas, sino también algunos artículos aparecidos en El País, como Un crucero entre vides por el Rin (el original era “por el Mosela”).

A Perico Collazo, según se deja caer en la novela, se le puede endiñar eso que Cercas (al que no se nombra) calificó en un artículo como El crítico matón. Y en la novela sucede de este modo, porque valga la ironía, un escritor joven (ya saben, cuarentón, un tal Marcos Zuazo), se tira por un balcón después de que aparezca una reseña demoledora de Collazo en Homeria (trasunto de Babelia).

-Es lo más absurdo, lo más descabellado… Una reseña provocando el suicidio del reseñado. ¡Absurdo! ¡Absurdo! ¡Hombreee…, no-me-jodas!

Una marea humana, un ruido ensordecer incendia las redes y más de cienmil almas recalentadas piden la cabeza de Collazo; estas mareas humanas tan proclives a la cancelación, que firman lo que no no entienden, suman estrellitas o caritas sonrientes o pulgares hacia arriba. Y siguiendo con las cancelaciones:

Ni me siento aludido ni cometeré el error de Ursúa de azuzar a esa jauría que en su vida ha leído un libro ni sabe quién es Ursúa y aún así firmaba no sé donde para expulsarlo de la Academia. Ciento y pico mil indocumentados firmando, nomejj.

Curiosamente, ahora tengo entre manos unas cartas que le escribe José Antonio Martínez Climent en El ángel del manzano.

El caso es que Collazo no está por la labor de dar su brazo a torcer. Eso al comienzo. El desarrollo de la novela dará lugar a un ligero cambio de parecer, que no de perecer, porque Collazo nunca sopesa la idea de quitarse también de en medio, y Pastor tampoco decide eliminarlo, así que seguirá vivito y coleando, aunque su relación de pareja sí que parece camino de irse al garete, a pesar de tener al lado a Emma, tan atractiva, sensata, culta, desinhibida, sincera, amable, una profesora popular y respetada, cocinera de nota con sexto de piano aprobado. E incluso quien sabe si Pastor le ofreceré a Collazo una especie de redención, si este se decide a no usar otra arma que el filo de una página, una línea, un verso indiscutibles.

Hay puyitas para la autoficción, para esos irresponsables que desbraguetan intimidades y las de sus excónyuges, exfamilias, examigos, víctimas desbraguetadas contra su voluntad por el autodesbraguetamiento a contrapelo de un noruego irresponsable. Entiendo que es Karl Ove Knausgård, pero como en otros muchos casos no se nombra. Y hay ecos o resonancias, y pienso en Escuela de mandarines cuando leo hígados gratis en todas las universidades que le encajan una muceta.

Y leyendo lo bien que desmenuza Pastor, con buenas dosis de ironía y trazos caricaturescos el mundillo literario me vienen en mientes estas palabras, por el envés, de Monique Lange:

No te envanezcas del éxito circunstancial de tus libros ni de los elogios desmesurados que reciban. Todas las modas pasan. Lo peor que le puede ocurrir al escritor es caer en la trampa del compadraje y halago. Avanzar sus peones de ajedrecista, calcular la rentabilidad de sus pasos, entrar en el juego de la tribu o fratría, someterse a las reglas de lo establecido y asumir su fecunda normalidad»

Esa verbosidad cultista o zafia de la que hablaba el crítico en Fosa Común está también presente en Lo absurdo, si bien lo zafio se me antoja lo vulgar o la capacidad que tiene el autor para impregnarse de otros ambientes con muy buena mano, oído e imaginación y también los constantes estorbos del narrador; estorbo que es más un aliento, la llama que alimenta la novela y la escritura de Pastor. No solo esta, también Fragmenta, Mate jaque y Fosa Común. ¿Qué es el estilo, sino la marca de agua de la escritura? En el caso de Pastor me parece muy reconocible.

Y aquí van algunos párrafos que me han resultado muy interesantes, acerca del valor del libro y de la literatura, de la vanidad del escritor, de por qué y para qué leemos…

aquí, dices la vanidad es el motor, no exactamente de la necesidad de escribir, pero sí, en un grado alarmante, del propósito de publicar.

estupefactos por las imágenes de las piras de Berlín en 1933 -«¡Pero papá, si los estudiantes están quemando lo que tienen que estudiar!»- y que todavía se regodea en aquellos hitos tempranos, ya históricos, de triunfo íntimo porque el libro sigue conservando un nicho en su mochila, la mesilla, el sofá, el fin de semana, el metro, las vacaciones, en la costumbre de su peso en las manos y el siseo y el crujido del papel y la cola del lomo a despecho de tanto dispositivo sin gota de tinta y ya está, es uno, quizá el único de los escasísimos propósitos satisfechos de una paternidad que tampoco calificaría…

crónica a pie o sobre ruedas de un prójimo previamente calificado de exótico, sino porque nada estimulante ni valioso se puede decir de nada, Fulano, nada de nada, incluido México, cuando uno se afana en despojar de pulpa a las palabras y dejarlas en el hueso con el único fin de que quepan más en un saco que se ata y sella con el marchamo DÁTILES DE PRIMERA, se pesa en báscula trucada y a exportar mercancía para disparar con cerbatana o quemar en la estufa. Lo que Koestler llamaba poner en marcha la bicicleta verbal, en tu caso sin cadena.

lo que hay es un pacto general acerca de que leer es bueno, los libros son buenos y son bonitos y hacen que el alma aletee al atardecer es una labor de raigambre cristiana, de visitar a los enfermos y cuidarlos

Un estilo, en suma, que vibra en cada diálogo hilarante, en cada párrafo sorprendente, en cada reflexión inédita, puyazo o mandoble. En cada ju(e)go de palabras:

La pérdida de su único ingreso regular, el grueso de sus ingresos, su ingrueso.

el corte no le ha venido mal porque de la gran obra están aún en pelota -de tenis, como el preuniverso o anteuniverso y a la espera de esas horas interminables mirando al techo que demanda todo escritor alérgico a la grafomanía. Su instinto no lo engaña, la puerta metálica oportunamente lindante con los meaderos que advierte PRIVADO abre al patio donde se almacenan las torres de botellaje con grande presencia de cajas de Coronita, es la globalización. Y a un paño estrecho de cielo anegado por la lefa ámbar con que Madrid mancilla sus estrellas, de cuando en cuando hay que soltar paridas así para que el lector renuncie a seguir leyendo.

Javier Pastor falleció hace dos meses. No sé si llegó a ver la novela publicada; novela que como leo en los Agradecimientos, nació viva pero murió al poco. Gracias a Ediciones del Azar por su resurrección y publicación.

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Barbecho (David Sancho)

Cambiemos a Andrés por Emilio, la novela por el cómic, la lluvia amarilla por los cielos esclarecidos, pero mantengamos un pueblo de la España hoy vaciada (ubicado en el cómic en Teruel), y ampliemos el arco temporal (aquí contenido en la siembra, cosecha y labranza) para ir desde los años posteriores al final de la Guerra Civil hasta nuestros días.

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Echemos la vista atrás y pensemos cómo ha cambiado España en estas siete últimas décadas. El cómic de David Sancho fija su atención en uno de estos pueblos, a quienes la modernidad fue vaciando, a medida que sus vecinos fueron a buscarse la vida en las grandes ciudades, como semillas buscando un suelo más fértil. La tecnología introdujo luego tractores que reemplazaron los arados y la mano de obra en el campo resultó sobrante, a medida que el sector primario perdía peso en el PIB respecto al sector terciario.

El libro incluye los años de la dictadura y el crucifijo, la llegada de la democracia, las primeras elecciones, el advenimiento de la televisión en color, el agua corriente, y más recientemente los pueblos desiertos pero alfombrados de paneles solares.

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Muestra buena mano David para los diálogos; oralidad que cifra bien la esencia rural en su modos y costumbres. Alguna ilustración, ilustra muy bien, valga la redundancia, aquello de Pueblo pequeño, infierno grande, cuando los dimes y diretes, los chascarrillos y las maledicencias conviertan al prójimo en objeto de nuestros ataques.

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Barbecho me ha resultado una interesante aproximación a los cambios acaecidos en nuestro país, desde la perspectiva de un pueblo, a través de los ojos de un nonagenario.

¿Qué pasa con esta tierra? Es la pregunta que pone fin al libro; pregunta muy gráfica y pertinente a medida que la despoblación es ya una realidad inexorable.

El fin de Sodoma

El fin de Sodoma (Hermann Sudermann)

El fin de Sodoma nos puede hacer pensar en el relato bíblico en el que Dios destruye Sodoma y Gomorra por su maldad y por pecar contra el Señor, mediante una lluvia de fuego y azufre. En 1785 el Marqués de Sade escribe los 120 días de Sodoma, un libro pródigo en excesos. En 1890 Hermann Sudermann escribió la obra de teatro El fin de Sodoma, que es la que ahora nos ocupa, después de haber sido traducida al castellano por mano de Roberto Vivero y publicada por Ápeiron Ediciones.

Sin que en la obra medie ninguna lluvia de fuego y azufre, ni sea este tampoco el epítome de la perversión, Sudermann maneja unos materiales que para la época -finales del siglo XIX- debieron resultar escandalosos.

En unas pocas jornadas se desarrollan los acontecimientos, en unos espacios cerrados, en el interior de las casas, donde vamos viendo la lucha que ciertas naturalezas mantienen contra las convenciones sociales (pensemos en el matrimonio) y los roles asignados (el papel dado a la mujer).

El fin de Sodoma nos remite aquí también a un cuadro, obra de Willy. Cuadro que le ha otorgado cierta fama y envanecimiento, también cierto vuelo y la presunción de un Ícaro que se cree capaz de volar hasta el sol, viéndose cegado por la vanidad. También un Casanova de baratillo, un manipulador de sentimientos y mujeres, un pervertido moral que mantiene una relación con una mujer casada, y mayor, Adah, quien oficia como mecenas y benefactora suya, haciendo oídos sordos al qué dirán. Víctimas ambos, en su condición de naturalezas poco domésticas, más bien salvajes, que no entienden de normas ni límites, imprevisibles como el fuego. Así son o se piensan Adah y Willy.

Alrededor de ellos pululan otros personajes menores, como el marido de Adah, o su sobrina Kitty, la cual, en uno de los desvaríos de Adah, y con la intención de domeñar la inestable naturaleza de Willy, es ofrecida a este como esposa.

El amor también se manifiesta en otra relación, la de la sirvienta Clara, muchacha que ha salido del estercolero que ha sido su vida cuando tiene la inmensa fortuna de conocer a María, la señora Janikow; una madre para ella, y que tiene la mala fortuna de caer en las redes de Willy, el hijo de María, para el que todo es un juego, incapaz de ponderar el efecto de sus acciones y palabras. ¡La pobre Clara! Enamorada de ella está el joven Kramer, opositor para profesor.

Está también Riemann, que al restablecer contacto con Willy se empachan ambos de pasado, rememorando aquellas jornadas de farra y mujeres muniquesas, entregados a su labor creadora desde el amanecer hasta bien entrada la noche, para luego darse a la bebida…

Todos estos personajes secundarios son una especie de decorado, pues el busilis, lo mollar de esta historia es el devenir de Willy, la capacidad que tiene este para echarlo todo a perder, comenzando por sí mismo, sin que su mano negra sea incapaz de resultar inocua y sin que se le logre la posibilidad de la redención, el borrón y cuenta y nueva, el reseteo y purificación de toda la maldad que lo ciega y ensimisma.

Cuando llegué al final del libro, cuya intensidad acrece a cada página, hasta su resolución final, pensé en la novela Stoner. En la novela era un libro, aquí es un caballete, un lienzo, el preludio de la caída (final y definitiva) del telón.

El fin de Sodoma
Hermann Sudermann
Ápeiron Ediciones
Traducción de Roberto Vivero
2025
221 páginas

Crítica de la razón maquinal

Crítica de la razón maquinal (Basilio Baltasar)

Tras haber leído con satisfacción hace unos meses los ensayos de Basilio Baltasar, bajo el título de El intelectual rampante, me he visto abocado ahora a querer seguir ahondando en su pensamiento. En mi auxilio viene Crítica de la razón maquinal. Aquí no hay una colección de ensayos, sino un tratado filosófico, servido en nueve capítulos con títulos tan sugerentes como Cartografía del espíritu seminal, Plenitud del orbe imaginal o La razón espectral.

Una posibilidad es ofrecer aquí un buen número de párrafos que me han gustado, pero esto restaría asombro al lector que se asomara, o paseara por estas páginas, así que trataré de ofrecer unas líneas generales marcadas por su brevedad.

A medida que leía proyectaba en mi mente el lanzamiento de distintas monedas a un estanque. Cada moneda (capítulo) ofrecía ondas distintas, si bien el estanque era el mismo y las monedas, en apariencia, también. De esta manera el autor va dando forma a su pensamiento.

La razón maquinal es la del poder, la sumisión y el control. Sus aliados el cientifismo, la cibernética, el algoritmo, el pragmatismo, el positivismo, el mecanicismo. Sus enemigos la Naturaleza que se derrama sin cesar en la inmensidad del Cosmos y el Lenguaje que no deja de fluir. El protagonista es el filósofo agonista, el pensador ambulante. Y si no lo he entendido mal, aquí no hay certezas, más bien perplejidad, indagación, acertijos, incógnitas seminales, enigmas existenciales y/o universales, abismos ancestrales, vacíos imaginales, verdades germinales, mitologías a recuperar que deben fermentar en la mente del hombre proverbial. Hablamos por tanto, como indica Baltasar en el prólogo, de una guerra cultural entre el hombre artificial, el autómata, el androide y el hombre autónomo, el hombre interior o emancipado.

Escribe Baltasar acerca del pensamiento ondulante, aquel que aborrece verse plasmado, aquel que se escabulle al verse atrapado. Es curioso, porque este texto se me antoja igual de correoso, difícil de atrapar, y a ratos de entender. Y surge mi asombro al leer esta plausible conjunción, inaudita, de poesía (entendida como la más bella forma de decir) y sólido pensamiento, como si las palabras tuviesen también aquí una naturaleza sideral, límbica y fuesen desfilando por la cuerda floja del lenguaje, dejando tras de sí un rastro de tiza que (ójala) otros muchos reescribirán.

Crítica de la razón maquinal
Basilio Baltasar
KRK Ediciones
242 páginas
Año de publicación: 2024