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El viento en las hojas

El viento en las hojas (J.Á. González Sainz, 2014)

J.Á. González Sainz
Anagrama
2014
140 páginas

Hoy toca hablar de El viento en las hojas libro de relatos del soriano J.Á González Sainz publicado este año.

El primer relato Unos pasos aún ante el umbral (el aire de su sonrisa) juguetea con el concepto de la libertad, aplicado a un niño que puede elegir el helado que quiera y quien tras probarlos todos siempre elige el mismo helado, el de sabor a limón, que para él significa la libertad. Y sí, el niño es libre para elegir, aunque siempre elija lo mismo (y lo bueno es que los adultos dándonos cuenta o no, también al ejercer nuestra libertad a menudo nos limitamos y censuramos, impidiéndonos crecer). Mientras esto sucede, su padre se exaspera y fantasea con la heladera y con una madre del parque al que acude a jugar su hijo, imaginando como sería disfrutar de su compañía (de las dos) en la intimidad, cómo sería el roce de sus cuerpos, si así colmara su deseo, su arrebato. Un relato que se cierra al compás del azar de nuestras existencias -tan veleidosas éstas como lo son nuestros afanes y deseos- tan caprichosas como el soplar del viento entre las hojas.

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En Los ojos de la cara una pareja de ancianos mientras caminan por la acera agarrados uno junto al otro, bamboleándose, se ven increpados, injuriados y agredidos primero verbalmente y luego, casi caninamente, por un perro tan irascible como su amo, un joven broncíneo y musculado que se autoafirma y (pone en) evidencia denigrando a los demás. Ese acto de agresión genera diferentes posicionamientos morales en los videntes de tal escena. Unos pasan de largo como el que oye llover, otros se quedan mirando como el que ve una película violenta, que repela y atrae al mismo tiempo, antes de ponerse de nuevo en movimiento, hay quien se indigna y sin mover un dedo increpa al resto al grito de “pero hagan algo” y finalmente queda la pareja de ancianos restablecidos tras el empellón y la agresión, fortalecidos en su dignidad, al constatar que los dos solos se bastan y se sobran, a la “vista” del apoyo real, efectivo y eficaz que pueden recibir de esa masa informe que entendemos por ciudadanía. Un relato pues acerca del punto ciego de nuestra hiperbólica (in)humanidad, valga el pleonasmo.

El tercero es La línea de la nuca (la curvatura de la espalda). Un café es el paraíso del voyeur. Allí parapetado tras un periódico o manoseando una revista uno puede ver el fragor del mundo, y su representación, ser testigo de lo cómico que puede llegar a resultar una puerta giratoria, osarse a lanzar miradas a mujeres afanadas entre sus papeles, recorriendo palmo a palmo su cuerpo, su nuca, su espalda, merced a cristales que amplían los horizontes del voyeur. Un café que si es (o puede serlo) sinónimo de vida, de ajetreo (ahora que no se fuma no faltarán los niños, dando guerra), también puede ser el escenario trágico de una despedida, la de un usuario asiduo al café que se despide de sus amigos de café toda vez que una enfermedad es muy posible que les prive para siempre de su presencia.

En La amplitud de la sonrisa (la dirección de la corriente), tenemos a una pareja con su hija pequeña. La niña haciendo gráciles pompas de jabón apoyada en el murete de un puente, pompas tan precarias y contingentes como parecen serlo las relaciones de pareja. Donde antes hubo amor, pasión, sonrisas, hay ahora otra cosa -una rutina mortecina- donde la presencia de una hija lejos de fortalecerlos, los debilita, y si ya dijo Heráclito que todo fluye, que todo cambia, a veces la pasión, el amor, los proyectos comunes, se van corriente abajo y no queda otro que dejarlo correr, dejarlo todo fluir río abajo, hasta que desaparezcan.

En Durante el breve momento que se tarda en pasar. Un hombre camino de la oficina se queda prendado de una imagen que ve de refilón cada día, una imagen que se convierte en obsesión. Una imagen que es la visión de un maniquí. Sobre esa obsesión se articula un discurso acerca de la función del observante, de la creación de la realidad circundante a través de nuestra mirada, o de nuestra imaginación, de la concreción de los pensamientos a través del lenguaje.

En La ligereza del pecíolo, dejamos los cafés, los espacios cerrados y nos vamos al monte, de excursión donde se lleva a cabo un relato misterioso, puro suspense, donde el protagonista quiere dar alcance a quien tiene unos pocos metros por delante, el cual de la misma manera que surge, desaparece. Es este el relato que menos me ha gustado, habida cuenta de su corto recorrido, mas allá de que el protagonista ande mucho.

En Como más tarde tuve ocasión de comprobar volvemos de nuevo a un café, que para algunos jubilados es el paraíso de la Posibilidad, ese oásis donde uno es libre de hacer lo que quiera, sin más obligaciones que pasar allá las horas muertas, enfrascado en las lecturas de los periódicos, liberado de las obligaciones laborales y ahora esclavizado de otras rutinas: fotocopiadora de días clónicos. De nuevo sentado en un café somos testigos de las manías de cada cual, de la fiereza y mala educación de algunos jóvenes, de un final trágico, de una vida que es difícil de cuadrar se mire por donde se mire.

En los relatos está muy presente el tiempo, siendo esa urdimbre, ese cañamazo que da consistencia junto al espacio a esta realidad en la que vivimos, relatos en los que se respira una sensación de sorpresa, de contingencia, de precariedad, de deseo y pasión soterrada, relatos en los cuales el autor pone el acento en lo cotidiano, en actos simples, diarios y nada trascendentes, donde una mirada si no es capaz de transformar la realidad, sí al menos la enriquece, porque el buen escritor, J.Á González Sainz lo es, es alguien que «sabe» mirar.

El impostor

El impostor (Javier Cercas, 2014)

Javier Cercas
Mondadori
2014
430 páginas

En la portada de la recientemente publicada novela de Javier Cercas, titulada El Impostor, vemos a un señor tapándose el rostro con las dos manos. ¿Siente vergüenza?. ¿Tiene algo que ocultar?,¿Es el protagonista de la novela?.

Javier Cercas decide ir tras la pista de Enric Marco, aquel abuelete encantador que presidió la asociación Amical de Mauthausen (que reunía a los deportados españoles en los campos nazis durante la II Guerra Mundial), hasta que descubrieron sus mentiras.

Nos cuenta Cercas al comienzo del libro que durante siete años, tras desatarse el escándalo que supuso saber que Marco no había estado nunca en un campo de concentración nazi, y que todo lo que había contando hasta el momento había sido fruto de su fantasía o de sus lecturas sobre el asunto (que conocía al dedillo pues cursó la carrera de historia), el autor de esta novela quiso escribir sobre Marco, lo cual no dejaba de darle cierto reparo, lógico cuando Marco tenía a todo el mundo en contra, y muchos incluso afirmaban que lo mejor que podía hacer éste a la vista de sus viles acciones era suicidarse y no era muy conveniente por tanto volver a airear su historia, menos aún tratar de buscar cualquier justificación a su conducta.

Cercas no busca la concisión, o no del todo, así que el libro resulta extenso, demasiado a mi parecer, con las más de 400 páginas que tiene la novela. Me preguntaba si en este libro Cercas iba a rehabilitar a Marco mediante un relato biográfico, dándole la oportunidad de justificar cada una de sus acciones, de sus mentiras. A medida que vamos leyendo, nos encontramos ante la visión oficial, la que da Marco, y luego la versión corregida y deformada por la realidad, una realidad aguafiestas que deja el relato épico de Marco reducido a una existencia más del montón: vulgar, gris y previsible, donde Marco fue uno más de esa mayoría silenciosa que esperó a que muriera Franco, para recuperar su libertad.

Respecto a una posible biografía, éste no es el interés de Cercas, porque la intimidad de éste sólo le pertenece a Marco, y Cercas maneja sólo la historia oficial (que estuvo a un tris de consolidarse como tal) lo que estaba al alcance de todos y la corrige con las confidencias que Marco a regañadientes le va haciendo, a medida que Cercas vaya desmontando a Marco.

Durante más de 300 páginas seguimos las andanzas ficticias de Marco, ya sea en Mallorca con los anarquistas, recluido en el penal de Kiel, luego en el campo de concentración de Flossenbürg, convertido luego en secretario general de la CNT, más tarde y ya jubilado como vicepresidente de FAPAC. En resume, Marco se nos presenta como un mediópata ansioso de estar en todas las salsas, de figurar, de hacerse notar, y salir de la grisura del anonimato. Lo consiguió, de tal manera que en Cataluña le entregaron la Cruz de Sant Jordi, la máxima distinción civil que nadie puede recibir, que tras el escándalo restituiría.

Cercas se lleva unos cuantos quebraderos antes de comenzar a escribir el libro acerca de la pertinencia o no de escribir acerca de alguien como Marco: un impostor. Argumenta Cercas que no habiendo por medio nada personal, no teniendo nada que reprocharle a Marco (a pesar de que en sus primeros encuentros no pudiera menos que juzgarlo), como sí que les sucedía a las víctimas españolas de los campos nazis o a sus descendientes, él se acercaba a Marco con ganas o con la esperanza de saber por qué lo hizo, qué fue lo que llevó a mentir de forma compulsiva, a inventarse un pasado, maquillando su historia y empleando para ello algo tan susceptible como son las víctimas del Holocausto nazi.

Cercas recurre a la figura de Alonso Quijano y a don Quijote. Si Marco es un don Quijote que se inventa un mundo a su medida en el que dar lo mejor de sí mismo, al final, Cercas, o su literatura, o mejor, su libro, en su afán de rehabilitar a Marco, lo que conseguiría sería que Marco dejara de ser don Quijote para convertirse en Alonso Quijano, que se desprendiera éste así de sus múltiples caretas, y asumiera su realidad gris, corriente, vulgar, que dejase de soñar, de fabular y asumiera lo que es, lo que es alguien que pertenece a una mayoría: una medianía sin relieve.

En varios momentos sí que creo que Cercas se va por las ramas, y que esta novela sin ficción, cuya personaje lo es, porque valga la paradoja todo lo que cuenta (o casi todo, o muchas de las cosas) Marco es falso y por tanto ficción, hubiera ganado en intensidad y contundencia con una ligera poda, una mayor concrección y menos reiteraciones, como la cita acerca del pasado de Faulkner por ejemplo o las taxonomías sobre las verdades a cargo de de Platón, Nietzsche, Montaigne o Kant.

Cercas demuestra buen olfato, como buen perro de presa que es, como buen impostor (así se califica él), coge una historia jugosa, la de Marco, una farsante con mil caras, y trata de rehabilitarlo, y si no de quererlo, al menos de comprenderlo, y el hecho de acercarse a él y escucharlo ya es un paso que muchos no están dispuestos a dar. ¿Lo hace Cercas por el interés, por el dinero, por quitarse también el así la careta?. Eso sólo él lo sabe.

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Y si parece que todo gira en torno a Marco, no es menos importante, más bien determinante, la figura del historiador que lo desenmascaró, Benito Bermejo, ese aguafiestas que cumpliendo su trabajo despertó a nuestro particular Quijote de sus delirios de grandeza, llevándolo a una realidad que a punto estuvo de devorarlo, o hacerlo trizas.

Que el libro está vendiendo mucho y bien es algo objetivo, que Cercas ha vuelto a dar en el clavo también. Que a la novela le puedo poner ciertas objeciones (en su extensión, y en cieras reiteraciones) pero que reconozco su originalidad, su valentía (plasmadas en las agudas reflexiones sobre la industria de la memoria histórica, sobre la industria del Holocausto, sobre el papel y/o autoridad del Historiador y de las Víctimas), su solvencia y como buen mago, hace también de la literatura un juego de prestidigitación, pues nada es lo que parece a fin de cuentas con ese Marco de las mil caras, que dijo no ser un falsario y comprobamos al final de la novela que eso también era falso.

Sabiendo que todos estamos condenados, quizás ciertos tremendismos, ciertos juicios sumarios, sobran. Además, viendo las noticias impostores nos sobran: Pujol, Nicolás, Urdangarín, etcétera.

Jardiel La risa inteligente

Jardiel La risa inteligente (Enrique Gallud Jardiel 2014)

Enrique Gallud Jardiel
Editorial Doce Robles
2014
240 páginas

En abril del presente año leí la tronchante y muy recomendable Historia estúpida de la literatura de Enrique Gallud Jardiel que me encantó. Ahora Enrique ha publicado Jardiel la risa inteligente (Doce Robles, 2014). Lo he leído y su lectura me ha ensimismado primero y entusiasmado después, o al mismo tiempo, no lo sé.

Al comediógrafo, ensayista, escritor y conferenciante, Enrique Jardiel Poncela lo conocía únicamente por sus frases ingeniosas, dado que muchos de sus aforismos aparecen en los bloc buffet de las oficinas, como «citas del día».

Ahí van algunas de ellas que seguro conoceréis:

Los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros.
Se es más esclavo de los débiles que de los fuertes.
La sinceridad es el pasaporte de la mala educación.
Sólo los padres dominan el arte de educar mal a los hijos.

Jardiel es mucho más que su ingenio plasmado en algunas frases mordaces, si nos atenemos a toda su producción, que comprende conferencias, traducciones, guiones cinematográficos, ensayos, novelas y aquello por lo que más se le conoce, sus obras cómicas teatrales.

Me gusta mucho la foto de la portada del libro en la que vemos a Jardiel creando, escribiendo, frente a un folio, con su pluma en la mano, en la mesa de mármol de un café, su lugar de creación por excelencia.

El libro se divide en dos partes. La primera está dedicada al Hombre, la segunda a su Obra. Luego hay un apéndice que recoge una relación de sus escritos.

En cuanto al Hombre, Enrique nos habla de la infancia de Jardiel, de su padre Enrique Jardiel, periodista y escritor, y de su madre Marcelina Poncela, pintora naturalista, quien “desarrolló y cultivó el genio artista de Enrique, la cual se dedicaba a censurar estéticamente los incipientes escritos de su hijo, inculcando de esta manera al joven el amor por el trabajo continuo y unas altas exigencias de calidad”. La muerte de su madre cuando Jardiel cuenta 15 años fue dolorosísima para él.
Jardiel estudió en la Institución Libre de Enseñanza, fue un niño precoz (tuvo nociones de lo que era el socialismo antes de tener nociones de lo que era el fútbol).
Su padre lo llevaba al Congreso de los Diputados, su madre a exposiciones y museos. Se matricularía en Filosofía y Letras, carrera que abandonaría dos años después. Jardiel leía mucho y de todo, sin orden ni concierto: Dante, Dickens, Aristóteles, Arniches, Lope, Dumas, Chateaubriand, Conan Doyle, etc.

Jardiel explica así sus inicios como escritor:

Mi vocación literaria debió despertarse después de llamarla muchas veces. Otra cosa me sorprendería en extremo”. Fue la literatura la que le permitiría mantener el equilibrio mental y superar los malos momentos.

Con 18 años estrena su primera obra de teatro, El príncipe Raudhick, escrita a cuatro manos junto a Serafín Adame. En 1926, decide desligarse de Adame, reniega de sus obras anteriores que considera pésimas y le entrega a Adame 50 comedias inéditas.

En 1927 estrena su primera obra en solitario, Una noche de primavera sin sueño. A finales del 28 nace Evangelina, de la relación de Jardiel con Josefina, quien les abandona poco después. Jardiel vivirá entonces con su hermana Angelina, su hija recién nacida y el hijo de Josefina. En 1931 conoce a la actriz Carmen Sánchez Labajos, con quien estaría hasta su muerte en 1951 y con quien concibió a Mariluz. Tuvo sus deslices y rechazó a muchas mujeres pues ninguna se acercaba a su ideal de “mujer cúbica”, esto es: la que tuviera un 100 x 100 de belleza, un 100 x 100 de inteligencia y un 100 x 100 de sexualidad, todo en una pieza.

Jardiel fue por libre, no perteneció a sindicatos, grupo o sociedad, no apoyó ninguna ideología dotándose así de un sentido orteguiano de aristocracia, siendo individual en su vida y en sus ideas. No fue un hombre familiar, sí fue crítico con el cristianismo, no fue hombre de ritos, tampoco ateo.
«Cuando todo se hunde alrededor de uno, cuando se advierte la total soledad en que se vive, cuando se percibe la inmensa inanidad de la existencia, entonces, ¿a quién se va a volver los ojos? ¿A Carlos Marx? ¿Al presidente del Sindicato de la madera? ¿Al doctor Marañón? ¿Al obispo de Canterbury? ¿Al director de Isveztia? [OC, V: 402!]».

Aficionado al juego y a los coches. Jardiel fue toda su vida un trabajador infatigable, gran viajero y conversador, charlas que mantenía en los cafés, su lugar de trabajo por las mañanas y de tertulias por las tardes. A comienzos de los años 30 y antes del estallido de la guerra civil fue estrenando obras con éxito, como Margarita, Armando y su padre o Angelina o el honor de un brigadier.

Jardiel viaja luego a los Estados Unidos, trabajando allí entre los años 1932-1933 y 1934-1935. Resume su experiencia en el país contando la transformación que él mismo sufrió, describiendo que:

“de España había salido un hombre normal, lúcido y despierto, y una estancia de siete meses en Estados Unidos devolvían a Europa una masa de carne inerte que vivía en medio de una impenetrable neblina espiritual”.

Toda vez que Jardiel es alguien reconocido y alcanza cierto prestigio, surgen los admiradores y los detractores. Jardiel admira a Federico García Lorca, Arniches, Pedro Muñoz Seca y Enrique García Álvarez. No mantuvo buenas relaciones con Miguel Mihura, Valle Inclán ni con la capacidad crítica de Azorín y su vis teatral.

Jardiel Poncela

Jardiel Poncela

Al estallar la Guerra los que se la tienen jurada hacen una falsa denuncia y Jardiel se libra por los pelos. Alega ser escritor y que él sólo dedica a escribir. Lo explica así.

«Mi actitud había alejado para siempre a los milicianos. (Un hombre que escribía tranquilamente en un café era —en el verano del 1936, en Madrid— un hombre que no tenía miedo. Y un hombre que no tenía miedo —en el verano de 1936, en Madrid— era un simpatizante del marxismo) [OC, II: 523]».

De Madrid marchará a Barcelona y de allí a Buenos Aires, regresando en 1938. A Jardiel lo consideraron franquista, si bien el régimen prohibió sus obras. Se consideró “antiizquierdista de las izquierdas españolas” y dijo Jardiel sentirse a gusto en la España nacional, en los años 1940-1941.
El autor del libro cree que esta afirmación de Jardiel es como consecuencia del final de la guerra, más que otra cosa. Aunque no hiciera más defensas del régimen a Jardiel siempre se le echó en cara por parte de la izquierda su «falta de compromiso social”.

Su época dorada vendría tras la posguerra, del 1939 en adelante, en especial los primeros años de la década de los 40. En 1944 hacen gira por Suramerica, triunfa en Buenos Aires y fracasa en Montevideo, donde lo acusan de falangista y fascista. La gira lo sume en la ruina. Además, durante su estancia al otro lado del Atlántico recibe un telegrama informándole de la muerte de su padre.

Desde 1941 todas sus obras se cuentan por éxitos. Resulta muy divertido lo que Enrique nos cuenta sobre los “reventadores”, aquellos que iban a ver las obras de Jardiel en primera representación con el ánimo de echarla abajo, pateando en el suelo con furia, no juzgando la obra, sino prejuzgándola, de entrada.

Jardiel moriría en 1951. Sufría un cáncer de laringe desde 1945. La enfermedad le hizo más costosa su profesión, llevándole más tiempo acabar sus escritos, dejó de viajar, y eso disipó su alegría, a lo que hay que sumar su estado de penuria económica, tanto que sus únicos ingresos al final de sus días los recibió de sus artículos publicados en El Alcázar.

Los últimos años, a medida que sus amistades lo abandonaban los pasó casi en soledad, junto a su mujer y sus dos hijas. Murió con deudas que serían saldadas con la reposición de sus obras.

Finalizado el estudio del Hombre, Enrique pasar a abordar su Obra, aquella que hizo de Jardiel alguien de especial relevancia y trascendencia en el mundo del teatro y de la literatura. Ahí, Enrique Gallud especialista en la obra de su abuelo con títulos como, Enrique Jardiel Poncela. La ajetreada vida de un maestro del humor (Espasa, 2001) y El teatro de Jardiel Poncela. El humor inverosímil (Fundamentos, 2011), nos ofrece unas sesudas pero amenas (y muy enriquecedoras) páginas donde se desentraña la obra de Jardiel, su propuesta estética, su poética del teatro, la comicidad verbal, su intención satírica, el humor de situación, su renovación del teatro cómico, su aportación al cine, la escuela que creó, con imitadores, seguidores y plagiadores, las obras que sobre su figura se han escrito, y en qué estado se encuentra su obra.

En este último aspecto no parece necesario preocuparse ya que Jardiel está de moda, pues sus obras se siguen estrenando, y hay editoriales como Doce Robles, Rey Lear, Vicens-Vives, Espasa, o Blackie Books, Verbum, Eride, Castalia, entre otras, que siguen a día de hoy publicando sus novelas, cuentos, relatos, incluso su poesía (Hiperión, 2014), y escritos biográficos como éste de Enrique Gallud, sobre su vida y su obra.

El libro estéticamente es una gozada, está muy bien maquetado, con papel satinado, donde podemos disfrutar de un buen número de fotos de Jardiel, así como de sus dibujos, primeras páginas de sus obras manuscritas, o fotos de las escenas de sus obras teatrales.

Este libro es como asomarse a una foto en blanco y negro de nuestra historia reciente, una foto reluciente, palpitante diría, porque la vida de Jardiel me ha resultado subyugante, compleja, jugosa, no sólo por sus viajes, su curiosidad insaciable, sino también por su infatigable labor creadora, innovadora, con la idea de crear un mundo no verosímil -pues según él, el teatro debía representar lo extraordinario, lo imposible, lo que a ningún espectador le ha ocurrido, ni podrá ocurrirle nunca- alguien dotado como nadie para el Humor, con mayúsculas y con hache, un sátiro, del que Jacinto Miquelerana pronosticó allá por 1944 que si continuaba escribiendo sátiras de todos los géneros, acabaría con ellos irremisiblemente. Su idea del amor, sin hache, resulta también igual de luminosa y aciaga.

Jardiel trató de dignificar la intelectualidad del humor, entendido este como un instrumento desmitificador de la norma social, arma de lucha contra los estereotipos y puente hacia la originalidad. Los que entendemos el humor como algo fundamental, valioso, necesario y seña de identidad de todo ser inteligente, la figura de Jardiel no puede menos que resultarnos atrayente.

No iba buscando este libro, no conocía a Jardiel (ahora lo conozco, algo), pero se cruzó en mi camino, y si el objeto de este libro por parte de Enrique Gallud era vindicar la figura de Jardiel, en mi caso se ha obrado el milagro, porque ganas tengo (muchas) de empaparme de Jardiel, y comenzaré el año próximo con la lectura de Tournée de Dios, y luego ya veremos, todo se andará o leerá.

La tournée de Dios (Enrique Jardiel Poncela)

La tournée de Dios (Enrique Jardiel Poncela)

Al que haya llegado hasta el final de este post darle mi más sincera enhorabuena, e invitarle (es un decir) a que se tome un aquarius para que recupere fuerzas.

1914 El año que cambió la historia

1914 El año que cambió la historia (Antonio López Vega, 2014)

Antonio López Vega
2014
Editorial Taurus
243 páginas

Durante el presente año y al cumplirse el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial las estanterías de las librerías se vieron abarrotadas de libros que abordaron este hecho histórico. Libros como el de Max Gallo, 1914, El Destino del Mundo, 1914: De la paz a la Guerra de Margaret MacMillan, 1914 El año de la catástrofe de Max Hastings o 14 de Jean Echenoz. Un libro que recomiendo sobre los pormenores de esta guerra es La canción del cielo (Seix Barral, 2009) de Sebastian Faulks

El historiador Antonio López Vega (Madrid, 1978) decide aportar también su grano de arena con su ensayo 1914: El año que cambió la historia. Si los libros arriba citados salvo el de Echenoz que es una novelita breve, son buenos mamotretos que explican la guerra al detalle, Antonio decide fijar su atención en ese año, 1914 (determinante no tanto por ser el año que da comienzo a la guerra, sino por todo aquello que estaba aconteciendo en todo el mundo ese año y los siguientes) y lo hace con un breve ensayo de poco más de 200 páginas, siguiendo la estela de su maestro Fusi que hizo algo igual de breve recientemente con su Historia mínima de España (Turner, 2012)

El libro está dividido en doce apartados, cada uno correspondiente a un mes del año, recurriendo el autor al comienzo de cada capítulo a algún hecho que sucedió un día de ese mes (estreno de la ópera de Stravinski el 26 de mayo, el asesinato el 31 de julio del lider socialista francés Jean Leon Jaurès, el fallecimiento el 19 de octubre del general argentino Julio Argentino Roca, etcétera), para luego llevarnos hacia las décadas siguientes, incluso hasta el presente año, pues se menciona por ahí el referéndum escocés, que todavía estaba pendiente de celebrarse cuando se publicó el libro, y cerrar cada capítulo con un titular sobre el siglo XX: el siglo de las mujeres, el siglo de los intelectuales, el primer gran siglo americano, el siglo del nacionalismo, el siglo de la lucha por una mayor justicia social, el siglo de la globalización económica, el fin de la era europea, el siglo de la guerra total o en definitiva, referido a 1914, el año que cambió la historia.

Habida cuenta de la reducida extensión del ensayo, poco más de 200 páginas y siendo tantas las figuras relevantes que aparecen (algo más de 500 según el índice onomástico), así como los abundantes acontecimientos que se narran, marcados todos ellos por su brevedad, su lectura puede atosigar e incluso apabullar a los no iniciados, a quienes un libro de estas características les puede resultar árido por sus hechuras enciclopédicas, donde el autor más que elaborar una teoría propia, coge aguja e hilo, y va cosiendo los ribetes de la historia, para crear un ensayo luminoso y vivaz que alberga cien años de historia, siendo 1914 la primera puntada, un año axial dice Antonio, pues en esos 365 días se condensó buena parte de lo que iba a ser el siglo XX, donde la ciencia y la investigación dotaron al ser humano en todos los órdenes, de posibilidades con las que tan sólo se habían atrevido a soñar algunos intrépidos novelistas -como Julio Verne o H.G. Wells (página 214)-.

Antonio Pérez Vega

Antonio Pérez Vega


Un ensayo que reconozco valioso, tanto por la lograda concisión y fluidez del texto, como por la labor divulgativa de Antonio, por haber sido capaz éste de aglutinar tanta historia de este corto siglo XX en palabras de Hobsbawm, acontecimientos como la reivindicación del sufragio femenino, la voz pública de los intelectuales, el auge de los nacionalismos, las distintas corrientes artísticas (surrealismo, impresionismo, dadaísmo..,), los progresos en la ciencia, en la técnica, en la física, en el psicoanálisis -con otras formas de entender la sexualidad- el auge y caída de los nacionalsocialistas y del los regímenes comunistas, los aviones empleados como armas bélicas, la guerra nuclear, la caída del Muro de Berlín, la construcción del Canal de Panamá, etcétera.

Una lectura que considero provechosa, enriquecedora y propiciatoria para otras lecturas que vendrán de la mano de esta, para conocer mejor el siglo XX en el que nacimos.