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Las formas del olvido (Diego L. Monachelli)

El título de la última novela de Diego L. Monachelli me resulta muy evocador y poético: Las formas del olvido. No confundir con el ensayo de Marc Augé.

La manera que tiene aquí el autor de soslayar dicho olvido es a través de la palabra y la memoria (la de Helmut Brodovsky) como cantera extractiva. El formato elegido son las epístolas; un puñado de cartas que Helmut dirigirá a un tal Ulises. Una correspondencia devenida en monólogo. No sabremos qué relación guarda Helmut con Ulises. Si este último existe, o si bien es un destinatario cuyo nombre fue elegido al azar por Helmut. Pero dado que leo que volver no es un verbo, es lo es imposible, quizás Ulises haga aquí mención a la metáfora del viaje, del regreso, del volver. O también a ese Nadie (que somos todos), tal y como se presentó Ulises (fecundo en ardides) al Cíclope. Ardid que le salvaría la vida.

El narrador y su tía Nelly (Anneris), con el pretexto de hacer limpieza, encuentran en un cuartucho, casi escondida, en lo más lejano de una baulera, una maleta con libros, diccionarios, enciclopedias, sobres con papeles y libretas. Abrir la maleta oficiará para Nelly un regreso al pasado. Relatará cómo cuando Ángel estuvo enfermo, antes de su muerte, recibió la visita de un hombre, que le hizo entrega de una caja. El extraño era Helmut. Nelly en la posterior entrega de la maleta y su contenido a su sobrino, le cederá el testigo de la memoria familiar.

Vemos cómo las historias se nos sirven aquí fragmentadas, desubicadas en el tiempo y el espacio. Sí sabremos que estamos en Argentina, en un pueblo llamado Tandil (en el interior, no muy lejos de Mar del Plata), en el Cerro Largo, en Cerro de Leones, que hay una cantera, que se vive del campo. Sabremos de El Ligerini, el almacén, también mentidero local. Sabremos de la relación que se afianzará entre Helmult y Varela a través de una historia que se nos ofrece diferida, quizás porque Todo sucede en el pasado, irremediablemente. Sabremos, porque en el texto hay también fotografías, que Ángel Gómez Varela nació en Lugo, en 1888. Que en 1956 estaba en Argentina, que en 1906 ya había cruzado el charco, que la mala sombra de Jacinto Maldonado marcará su existencia con el sello de la tragedia. Que hallaremos exilios, ausencias, reencuentros y regresos. Que hubo un hombre, una bala, un encierro.

Tengo la sensación de que las historias aquí narradas, o evocadas, se ofrecen en negativo, como si hubiera que expedir un certificado de la Imposibilidad, como ejemplifica ese Nunca, nadie, nada, que principia las cartas, parejo al Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate dantesco. De tal manera que las historias de amor no pasan de presuntas y morirán siendo potencia, sin llegar al acto. Y precisamente son esas vidas insignificantes pero trascendentales para cada cual, (entre otras cosas porque, a diferencia de los videojuegos, nosotros, pobres mortales, solo disponemos de una vida), las que aquí se refieren y son una manera de resistirse al olvido. Son vidas minúsculas (las de Varela, Helmut, Anneris, Eulalia, Lucía, Maldonado…) que conoceremos a través de las misivas de Helmut, el cual parece habitar entre libros y palabras y por cuyo organismo uno duda si corre sangre o tinta. Son epístolas que una vez leídas abundan en la idea del negativo, porque es evidente que es muy poco lo que se logrará rescatar del pasado a través de dichas cartas, porque todo lo demás ya habrá sido pasto del olvido.

Las formas del olvido no encadena acciones trepidantes ni respira como un thriller. La narración va en la dirección totalmente contraria. Diego ofrece al lector una prosa minuciosa, morosa y prolija. Abunda en las descripciones y crea atmósferas densas, tal que la narración (o la historia que va armándose con las cartas) se irá cociendo a fuego lento, sin prisa ni aspavientos, enriquecida por un lenguaje sustancioso, evocador y marcadamente poético.

A fin de cuentas lo que Helmut consigue con sus cartas, creo que es abolir sus propias palabras y conjurar aquel Nunca, nadie, nada. Por eso escribe y pelea a la contra del tiempo. Por eso quiere resistirse al olvido, para hacer del nunca un instante eterno y como en un Arca de Noé salvar del naufragio temporal a su amigo Ángel, a Lucía, a Eulalia, a Clemente…, para mantenerlos vivos en el recuerdo, en la gota de ámbar que siempre es el papel, dejando entonces de ser nadie y prestando, finalmente, atención a las cosas, avivando el seso y despertando, porque tal y como se apunta en una de las citas de Onetti que principian el libro, Llega el momento en que algo sin importancia, sin sentido, nos obliga a despertar y mirar las cosas tal como son.

Concluyo:

La incertidumbre es un estilete que hiende la carne, inmisericorde. Y aún así, a pesar de los días transcurridos y el desasosiego, me pregunto en qué se transforman estos signos cuando nadie los ve. Acaso nosotros mismos seamos un texto sobre el que nadie se ha detenido.

Un estupendo libro que cuenta además con la bella edición de la Editorial Graviola.

Las formas del olvido
Diego L. Monachelli
Editorial Graviola
2025
193 páginas

Diego L. Monachelli en Devaneos

Arder de su mano
Quizás nos pase a todos

vigilantes

Las vigilantes (Elvira Liceaga)

Las vigilantes va de muchas cosas. Una de ellas son los vínculos, sean filiales o no. Así Julia, la narradora, regresa de los Estados Unidos a Méjico y comparte con su madre el espacio común de los recuerdos. Ambas perdieron algo muy valioso hace muchos años: una hija y una hermana: Celeste. La herida, como se ve, sigue abierta. Y la escritura siempre ofrece la esperanza de la imposible cauterización del la misma.

Mi madre logró que el dolor de perder a mi hermana no la transformara en un ogro que vive escondido en las profundidades del bosque. Logró que su sufrimiento no exigiera tratos especiales de los demás, ni lástima ni mimos. Que nadie nos malcriara, que nadie viera en nosotros la tragedia.

Julia se maneja bien con el lenguaje, gusta de las lecturas y la escritura y decide ofrecer sus servicios en un centro, comandado por unas monjas, donde unas mujeres hacen tiempo hasta dar a luz. Cada mujer tiene sus razones para estar ahí. Las circunstancias previas pueden ser una violación, un embarazo no deseado… Luego deben decidir si abortar o no. Si seguir adelante con el embarazo. Si, finalmente, cuando llegue el alumbramiento, darán sus hijos en adopción o no. Si quieren saber el sexo de la criatura antes de nacer. Si van a darles un nombre.

Julia, que no es madre, vive todo ese proceso con curiosidad y un distanciamiento que se irá achicando día a día, cuando en su órbita entre la joven Silvia, a la que Julia enseñará a leer, comenzando por identificar las letras, por afianzar las distintas grafías. La escritura puede ser un espacio común, una vía de acercamiento, una forma de cruzar el umbral de la intimidad, pero como se dice en la novela todas ellas están solas. Silvia sabe bien cuales son sus circunstancias, de dónde viene y qué futuro, o no futuro, le espera a su criatura, si decide quedársela.

La mirada aquí no es complaciente porque la herida supura y las ausencias pesan demasiado y el duelo parece un horizonte infinito. Por lo tanto no hay finales felices, más bien puntos de fuga y despedidas a la francesa.

Las vigilantes se erige como el testimonio de una experiencia vital para Julia, un aprendizaje íntimo, una vía de conocimiento, merced a un análisis profundo y consistente, a través de la ficción, de esos vínculos que nos mantienen unidos y sustancian nuestra naturaleza tan frágil y vulnerable.

Las vigilantes
Elvira Liceaga
las afueras
2025
302 páginas

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No-cosas (Byung-Chul Han)

Leo No-cosas de Byung-Chul Han y pienso en los años de mi mocedad, cuando trajinaba con el walkman, el discman, el tocadiscos, los casetes, las cintas de vídeo, los vinilos, los libros. Observaba las portadas, copiaba las letras, grababa canciones de la radio, registraba los episodios de Doctor en Alaska o de Aquellos maravillosos años en videocasetes. Llamaba desde las cabinas para conversar. No existían los audios, que fragmentan y difieren la “conversación” y que deja de serlo como tal. Aquellos objetos de mi adolescencia han sido desplazados o se han vuelto innecesarios con el streaming, con aplicaciones como Spotify, con los libros electrónicos. Describe muy bien todo esto Byung-Chul Han en su ensayo, cómo las cosas se convierten en no-cosas devoradas por lo virtual, porque la digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo. Todos aquellos objetos eran un contenedor de nuestra experiencia y nuestros recuerdos. Recuerdo cuándo compré los vinilos, lo que me deparó su escucha, la ilusión con la que grababa cintas de música de la radio que luego compartía con mis amigos. Hoy se accede a ficheros, se comparten enlaces, listas de reproducción, se almacenan toneladas de datos de gigas con libros, fotos, discografías completas que van a parar a los discos duros de nuestros ordenadores y quedan ahí, presentes pero al margen, porque nada las ata a nosotros. No-cosas que no sentimos porque no nos pertenecen.