Queridos amigos. Dos cosas. La primera desearles un feliz sábado. La segunda: invitarles a leer el relato Otra confesión, chapoteo en La Charca Literaria que pueden leer aquí, en la sección Cartas al director.
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Chapoteando en La Charca Literaria
Queridos amigos. Dos cosas. La primera desearles un feliz sábado. La segunda: invitarles a leer una Confesión, chapoteo en La Charca Literaria que pueden leer aquí, en la sección de Cartas al director.
El antropoide (Fernando Parra Nogueras)
El antropoide
Fernando Parra Nogueras
Candaya
Año de publicación: 2021
285 páginas
La naturaleza humana busca ser urbanizada, civilizada, culturizada, a fin de acallar la voz interior que ruge y clama y languidece ante el imperio de la razón y la compostura. La voz, o baladro, del antropoide, necesaria sofocar. Antropoide: término que Fernando Parra Nogueras (Tarragona, 1978) registra en el comienzo de su novela, acogedor vestíbulo, recurriendo a Francisco Umbral. Las palabras umbralianas nos ponen en el camino, apuntan una dirección y lo más importante: un sentido (doble).
¿Hablamos de un doppelgänger, o más bien de un ser horliano? ¿no hay por estos lares asomos suicidas, como en el ente maupassantiano, o más bien es el talante del protagonista el comportamiento propio de Jekyll y Hyde: dos naturalezas que conviven, no exento el conflicto, en un mismo cuerpo?
El protagonista de la novela, Eduardo, trata de templar su antropoide, redimirlo a través de la literatura y la cultura que atesora. Pero la pulsión sexual es como lava volcánica que busca aflorar una y otra vez, con virulencia, arrasando (y fertilizando) todo a su paso, sin miramientos. Eduardo, no obstante, se resiste, trata de mantener su antropoide a raya, pero la inercia y empuje de su monstruo es superior a sus fuerzas, a todo parapeto moral que quiera opugnar al mismo.
Eduardo reparte su tiempo entre el hogar -en el que vive situaciones hilarantes a costa de sus vecinos. A pesar de vivir en una urbanización, las paredes son de papel y acaba hasta las narices de la pelotita del padel, de los escarceos sexuales amatorios, pared mediante, que sufre y al mismo tiempo le facultan para cabalgar a lomos de su deseo vertical que maneja con mano diestra hasta el clímax liberador, viscoso, pringoso. Pero el antropoide pide la palabra: heces, redes rotas…- y los dominios laborales, en los que Eduardo se ve ninguneado. Enchufado por su tío en un diario vive una vida muelle, algo que siempre resulta agradable y los cargos de conciencia son leves apuntes en el debe, insignificantes, en el Libro de Cuentas de la Vida. Rencillas en el laburo no faltan, algo que va más allá de ponerse las zancadillas o pisar al de al lado (o al de abajo) para medrar, tampoco las reflexiones acerca de los bestseller y la ninguneada literatura de calidad.
Eduardo se ve maquillando clasificados, elevando el burdo tono de estos anuncios, hasta darles cierto empaque, lo cual atenta precisamente contra la roma naturaleza de aquellos mensajes que pretenden entrar por los ojos o por cualquier orificio de los potenciales clientes con la urgencia de un puñal.
Los gradientes del amor van desde los arreboles románticos en los que cae Eduardo de la mano (inasible pero asible, merced a un destino dadivoso) de Cloe, pasando por los arrebatos convertidos en desahogos con otros hombres, en espacios (aparcamientos, subterráneos, baños, saunas, las ramificaciones del cruising) donde apaciguar el apremio del deseo, y hollando postreramente las promiscuas tierras pomeranas, fruto dulce del amor libre, abierto, intercambiable, tan líquido como lo es el del placer licuante, insatisfactorio, se ve, cuando el culmen son lágrimas.
Fernando se esmera en darle brillo a su prosa y logra un acertado equilibrio entre lo vulgar y lo refinado: los clasificados, pasados por el cedazo de la literatura son una metáfora perfecta de lo que es la novela. Dejó dicho el Maestro: ¿En qué momento uno se convierte en escritor? Posiblemente en el momento en que traspasa la frontera que separa una frase vulgar de una literaria.
Fernando quiere hacer literatura, va en pos de ella, una sombra siempre correosa, pero su esfuerzo y empeño con la urdimbre de las palabras es ese, huir de las frases vulgares en su escritura, no en su contenido, pues literaturiza lo vulgar, la sordidez, el patetismo de una naturaleza que creyendo encumbrarse va a ras de suelo, deshollándose, purulenta, y para este noble quehacer hay multitud de referencias literarias, palabras que como “ajorca” me remiten al Cantar de Cantares, apuntes mitológicos: las Erinias, Sísifo, Perséfone, un lenguaje dúctil y proteico ceñido a las circunstancias de los personajes, con muchos apuntes irónicos y paródicos hacia nuestra realidad que cifran bien la aguda capacidad de observación del autor. La deriva de la novela ofrece también una puerta abierta a la metaliteratura.
Una novela, en definitiva, que como las clásicas tragedias griegas brinda una posibilidad de redención al lector, su particular purga, el espejo en el que mirarse y reconocer sus bajezas y también sus noblezas, aquel brillo tremolante en el filo de las pupilas en el que anida el antropoide, quien fuera un invasor, sino hubiera ya colonizado (o alcanzado un pacto simbiótico) nuestra naturaleza, ya cruzado el limes.
Gordo de feria (Esther García Llovet)
Gordo de feria
Esther García Llovet
Anagrama
160 páginas
Año de publicación: 2021
Gordo de feria es la quinta novela que leo de Esther García Llovet, también con la que más me he reído, tanto que si algún día escribiera una novela creo que el chascarrillo de las burbujas de la tónica aparecería fijo.
Una novela breve, como es norma de la casa. Unas cuantas secuencias como en un cómic, y un humor absurdo, tan absurdo que me parecía estar leyendo a Eduardo Mendoza, pero aquí la historia se desarrolla en Madrid, en sus calles, en sus barrios, en sus chinos y lo interesante es la mirada de Esther, sacando punta a todas las situaciones. El personaje humorista, que se topa con su doble, a partir de ahí el delirio, hilaridad sosteniendo el relato, las ocurrencias de la autora, muy capaces de arrancar una sonrisa tras otra. Me quedo con eso, con ese humor tan eficaz, tan saludable, trascendiendo el tópico hasta el tópico, exagerando en sus comentarios sobre los hipsters, los jóvenes, los gitanos, los chinos, haciendo caricaturas con la escritura, pero sobre un poso de verdad, de agudeza, de una mirada y una inteligencia afilada.
Bien por Esther.
