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Libros

Muy buen año de lecturas. 2016

Este año que finaliza ha sido muy bueno en cuanto al número de lecturas y a la satisfacción que me han deparado la mayoría de ellas. He leído unos cuantos libros que deseaba leer hacía tiempo, libros soberbios, entre otros, como Rayuela, Ulises, La Regenta, La colmena, Historia secreta del mundo, El comienzo de la primavera, Los siete locos, Fedón, Relatos autobiográficos de Bernhard, Días felices en el infierno, La resistencia íntima, Peregrinos de la belleza, La isla, Los ingrávidos, Mujer de rojo sobre fondo gris, Ruido de fondo, Una ambición en el desierto, La noche feroz, Una historia aburrida, El banquete, Sostiene Pereira, Herzog; alguno crucial como el Gorgias y también alguno como Crimen y Castigo, que lo leeré entre este año y comienzos del próximo.

He leído, si no me fallan las cuentas, libros de 66 editoriales distintas, de autores y autoras de distintos países. La mayoría han sido novelas, pero también he leído ensayos, diálogos, poesía y cómics. He descubierto a escritores en los que pienso seguir abundando: Emmanuel Bove, Albert Cossery, Natalia Ginzburg, Roberto Arlt, Thomas Mann, Matilde Serao, Antón P. Chéjov, Fiódor Dostoievski, Álvaro Cunqueiro, Pío Baroja, Stuparich, Szymborska, Cortázar, Borges, Cela, Savinio, Ernesto Pérez Zúñiga…

De todos los libros leídos este año, unos me han gustado más que otros y esto se ve claramente leyendo las reseñas, así que el que tenga tiempo y ganas, ya tiene con lo que matar su tiempo.

Quien siga esta blog creo que ya estará al tanto de mis gustos y de mis disgustos literarios. En cuanto a lo que se ha publicado este año, estos son los libros que más he disfrutado y que gustosamente leería de nuevo: Nemo (Gonzalo Hidalgo Bayal; Tusquets Editores), Nembrot (José María Pérez Álvarez; Editorial Trifolium), Fosa común (Javier Pastor; Literatura Random House), La manzana de Nietzsche (Juan Carlos Chirinos; Ediciones La Palma), Hombres felices (Felipe R. Navarro; Editorial Páginas de Espuma), De profesión, lector (Bernard Pivot; traducción de Amaya García Gallego; Trama editorial), No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Patricio Pron; Literatura Random House), No cantaremos en tierra de extraños (Ernesto Pérez Zúñiga; Galaxia Gutenberg), Un padre extranjero (Eduardo Berti; Editorial Impedimenta), El ojo castaño de nuestro amor (Mircea Cărtărescu; traducción de Marian Ochoa de Uribe; Editorial Impedimenta), Magistral (Rubén Martín Giráldez; Jekyll & Jill Editores), El sistema (Ricardo Menéndez Salmón; Seix Barral Editorial), El vientre de Nápoles (Matilde Serao; Gallo Nero Ediciones)

!Felices fiestas y lecturas!

No cantaremos en tierra de extraños

No cantaremos en tierra de extraños (Ernesto Pérez Zúñiga)

Ernesto Pérez Zúñiga
Galaxia Gutenberg
2016
298 páginas

Podríamos entender la última y magnífica novela de Ernesto Pérez Zúñiga, No cantaremos en tierra de extraños, en clave Homérica. Donde un héroe, no griego sino ibérico, tras librar una guerra, la civil española, y perderla, cruza los pirineos vencido y acaba, primero en un campo de concentración y más tarde en un sótano, bajo el yugo de un vejestorio que lo mantiene cautivo durante un tiempo. Así, nuestro héroe, que atiende al nombre de Manuel o Quemamonjas (en su pasado fue anarquista), no cruzará los mares en barco durante diez años, rumbo a Ítaca -que aquí son Las Quemadas, en el sur de España- sino que lo hace a pata. Abandona Francia y junto a Montenegro, sargento jefe, ex soldado republicano, perteneciente al grupo de los Nueve, a quienes De Gaulle dejó tirados -no cumplimendo éste su promesa de dirigir sus fuerzas hacia España sustrayéndola así del fascismo- al que conoce en un hospital en Toulouse, emprenden su éxodo a dos hacia España, no digo hacia su país, porque para ellos ahora España es también una tierra de extraños. Y el retorno que acometen es una Odisea.

Estamos en 1945, en los estertores de la Segunda guerra mundial. Manuel dejó su pueblo a la carrera, y allí a una mujer embarazada, Ángeles, su Penélope, que no sabe si sigue viva y un hijo en proyecto que tampoco sabe si llegó a ser tal. Su afán, su objetivo, su razón de vivir en definitiva pasa por ir al encuentro de lo que hasta el momento solo son sombras, fantasmas, fantasías, que pueblan sus sueños y lo trastornan. En ese afán es determinante Montenegro o Monteperro, pues para éste, ya sin ejército, sin gloria y sin país, venido a menos, secundar a Manuel se convierte en un objetivo noble que alimentará su porvenir y fortalecerá su quehacer. Y ambos, como dos almas en pena, malnutridos, mal vestidos y con las fuerzas justas se ponen en marcha, y cruzan los pirineos por Navarra, bajan a Soria, cruzan la Mancha, llegan al Sur y el país que vemos a través de sus ojos es el de un país miserable, también en lo moral, algo parecido al lejano oeste de las películas (otra de las claves de la novela), donde todo se sigue resolviendo a tiros, donde la violencia y el odio son el pan suyo de cada día, donde los vencedores lo son en un país apagado y los perdedores son fantasmas que deambulan sin sombra.

La narración cambia a menudo de narrador, enriqueciéndola, a lo que hay que sumar los flujos de conciencia de personajes contradictorios y sustanciosos como Manuel y Montenegro y de cuantos personajes van surgiendo, e incluso la voz de los huesos del padre de Montenegro que pasan a ser un personaje de peso más de la novela, la cual me resulta a ratos lorquiana cuando aparecen en escena Leonor la Loca, el resto de las mujeres, el Amo, el Torero, el Cura y cuyo final te desarma de tal modo que solo puedes decir entre lágrimas eso de: siempre nos quedará Toulouse.

La novela, merced al ingenio y al talento de Ernesto es muchas más cosas de lo que aquí se enuncia, porque el texto es muy capaz de sugerir (la prosa que se gasta EPZ raya a gran nivel), de evocar, de inducirnos a la reflexión (sobre la libertad, los ideales, la violencia, la sinrazón, ¡y sobre tantas otras cosas¡), de divertirnos en grado sumo, pues la narración es una aventura épica, suma de muchas peripecias, un cúmulo de afanes y de mal fario, de penurias y de desamparo, de intemperie y también de lágrimas calientes capaces de vivificar cualquier corazón, donde el amor, el desamor, la ternura, la esperanza, la tragedia, el rencor, la envidia y el odio, se unen y se solapan, se confunden y se aniquilan, en un teatrillo sentimental, en un carnaval de máscaras, que nos lleva a pensar en un Demiurgo, titiritero tal que se entretiene con sus marionetas -nosotros los humanos- haciéndonos pasar las de Caín.

En la portada del libro vemos a un hombre corriendo, jugándose la vida, cruzando un puente con un bebé en brazos mientras silban las balas, que no vemos. La literatura no salva vidas. La literatura no hace un mundo mejor. Pero novelas como la presente, sí que creo que hacen mejor el mundo de la literatura, y quizás -digo quizás- sí que hagan también un mundo mejor, si el pasado y la memoria de ese pasado nos permitiesen aprender de nuestros horrores y ser a su vez menos mostrencos y cazurros.

herzog

Herzog (Saul Bellow)

Saul Bellow
Galaxia Gutenberg
450 páginas
2012

Herzog convirtió a Saul Bellow en un escritor famoso y millonario y lo puso en el camino del Nobel, que obtendría en 1976. Algo sorprendente dado que Herzog no se me antoja como una novela fácil, ni un bestseller al uso.

Herzog a día de hoy es ya todo un personaje en el mundo de la literatura. La figura de ese profesor de filosofía en crisis, delirante, cuya angustia existencial puede abocarlo al nihilismo, empecinado en escribir misivas a vivos y a muertos; cartas que no envía y que a menudo son poco más que composiciones mentales; la guerra sin cuartel que lleva a cabo con una de sus ex mujeres, una tal Madeleine, y esa posibilidad de enmienda, de reconstrucción, de abrazarse a la cordura, lejos de la civilización, en una población rural, donde apaciguar ese runrún interior, esa ansia, el fragor existencial que lo atormenta y alienta, para acabar sin tener nada que decir, sin tener que ofrecer ningún mensaje a nadie es el colofón a una novela soberbia.

Bellow echó mano de su divorcio para sustanciar la relación de Herzog y Madeleine, una relación que deja de serlo para devenir un infierno psicológico, acrecentado con la hija que ambos tienen en común, lo que da pie para mostrar el reverso del cariño, cuando la divisa post matrimonial es el odio, el rencor y la venganza. Todo esto Herzog lo refiere con ironía, asumiendo sus errores, su patetismo, su incapacidad de trasladar ese mundo puro de las letras, al mundo real de los sentimientos encontrados, de los deseos incumplidos, de la insatisfacción como el pan nuestro de cada día que amarga el porvenir.

Le secundan en su vía crucis personajes muy bien construidos como Valentine Gersbach, su mejor amigo, que acaba liándose con su mujer, o su abogado Sandor Himmelstein, que le permiten a Bellow ofrecernos unos diálogos corrosivos e hilarantes.

Bellow lleva las situaciones al límite, alimenta la tensión, y no rehuye mostrar a sus personajes tal como son, con sus luces y sus sombras, así, mientras vemos la inquina que Herzog siente hacia Madeleine, ese odio que solo desaparecería con la extinción de la misma (un sentimiento que parece ser recíproco), a su vez empatizamos con la ternura que Herzog siente hacia su hija, con la que se verá experimentando una situación que dista mucho de la típica escenita padreseparado-hija donde el simulacro de la episódica felicidad parental se enmarca en un zoo, en un acuario, en un centro comercial y no en una comisaría, donde el padre deja de ser dios para acercarse más a un mendigo, donde el hombre toma conciencia de su vulnerabilidad, donde la realidad ya no es un libro, ni un razonamiento, sino la posibilidad de acabar en la trena.

Tzvetan Todorov

El espíritu de la Ilustración (Tzvetan Todorov)

Tzvetan Todorov
Galaxia Gutenberg
Traductora: Noemí Sobregués
2008
180 páginas

En 2006 se organizó en la Biblioteca Nacional de Francia la exposición “Ilustración. Una herencia para el mañana”, y a tal fin Todorov, encargado de la misma, escribió este ensayo, abordando el espíritu de la ilustración desde distintas perspectivas tales como: Autonomía, Laicismo, Verdad, Humanidad, Universalidad.

Uno tiene la sensación de que ante semejante plantel;Montaigne, Diderot, Montesquieu, Rousseau, Kant o Voltaire, Todorov, lejos de aportar algo nuevo, más bien se detiene a reflexionar acerca del pensamiento de estos ilustrados, tratando de conciliarlo con el tiempo presente.

En su día Kant afirmaba en ¿Qué es la Ilustración? que no vivía en una época ilustrada “pero sí en una época en vías de ilustrarse.” Hoy, como siempre, nos dice Todorov es necesario retomar esa labor, sabiendo que es interminable.

El libro resulta entretenido gracias un estilo conciso, ameno, nada farragoso, trufado de anécdotas como esta con la que el autor defiende el proyecto europeo.

Cómo consigue Colón realizar su viaje inaugural: rechazado por un primer príncipe, el de Portugal, este genovés va a ver a un segundo (el rey de Inglaterra), luego a un tercero (Francia) y a un cuarto (España), antes de encontrar en la reina Isabel de Castilla a la mecenas de sus expediciones. Si Europa hubiera sido un imperio unificado, el rechazo del primer príncipe habría significado el final de sus proyectos.”

En el resto del libro se habla acerca de cómo la sociedades abordan su laicismo, despojados del yugo de la religión (lo cual no es igual en todos los países, pues por ejemplo en España se comprueba como a pesar de ser el nuestro un estado aconfesional como reza nuestra Constitución Española, la presencia religiosa sigue siendo importante. Basta ver qué hacen los ¿clubs de fútbol? cuando ganan un título: ir a visitar iglesias y agradecerle el título a la Virgen que corresponda. Esa es una)

Una de las cuestiones más interesantes es cuando Todorov habla de hasta que punto los parlamentos nacionales, los políticos, deben a través de su voto, darle un estatuto legal a los hechos históricos. De tal manera que por ejemplo el Gobierno Francés por Ley determina que los Turcos cometieron un genocidio contra los armenios, y a su vez, también por Ley establecen que su proceso colonizador en África y la cuestión argelina, fue positivo, y beneficioso en todo caso, para las dos partes. La ley, que los políticos aprueban obvian las matanzas, la violencia ciega, los baños de sangre asociados al proceso colonizador. De tal manera que si un francés decide cuestionar ese proceso colonizador, ha de tener en cuenta a lo qué atenerse, que caiga sobre él todo el peso de la Ley. Como le pasó en su día a Galileo.

Decía Condorcet que el poder público no tiene derecho a decidir dónde reside la verdad y que ésta no debe ser producto de un voto decía Hume.

A fin de cuentas creo que dejar la historia en manos de nuestros políticos, es como obligarnos a renunciar a nuestro pasado.

En la novela Trieste, un personaje real, Niklas Frank, contaba como tras la Segunda guerra mundial y la derrota de Alemania, estuvo mucho tiempo haciendo autostop por Alemania y al poco de ser recogido por camioneros o automovilistas comenzaba a echar pestes contra los judíos. Sólo una vez lo hicieron bajar del auto, pues el conductor no daba crédito a las burradas que oía. En ese caso una ley que penalice negar el holocausto judío, sería papel mojado si luego en la esfera privada uno no hace nada por detener esos atropellos como los perpetrados por el autoestopista.

Otro punto interesante es el referido al papel de la crítica. Todorov afirma que el discurso crítico sin contrapartida positiva cae en el vacío. Es decir, de nada sirve criticar si no se propone al mismo tiempo algo, pues de no hacerse así el pensamiento es fruto estéril y de lo que se trata, de lo que precisamente propugna el espíritu ilustrado es atreverse a pensar y a transformar, a desafiar las modas del pensamiento, las fresas hechas y las ideas preconcebidas, algo parecido a la actitud del fallecido hoy Umberto Eco, desencantado con los medios de comunicación, evidenciado en su libro Número cero, medios a los que Todorov también dedica un espacio, para decirnos que si nuestras opiniones se forjan empleando como materia prima la información que nos brindan los medios, siendo ésta parcial y sectaria, el fruto de la misma, solo puede ser un juicio el nuestro, parcial y sectario. Hete ahí que nuestra libertad de pensamiento, ya mediatizado, deja de ser tal.