Archivo del Autor: Francisco Hermoso de Mendoza

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El crimen del cine Oriente (Javier Tomeo)

Una visita a las urgencias de un hospital en calidad de acompañante y las casi seis horas de espera crearon las condiciones propicias para darme a la lectura y sobrellevar (relativamente) el aburrimiento con esta novela breve (113 páginas) de Javier Tomeo, al que hacía un porrón de tiempo que no leía.

El título de la novela no hace honor a la verdad, pero no dudo de que es más impactante colgar ahí un crimen, que la «muerte» o el «accidente».

La historia es una pieza de cámara, como si fuese una película que estuviese pensada como una obra teatral, si bien aquí los diálogos no son lo mejor de la novela. La historia nos cuenta cómo el destino de una prostituta que deja el lupanar de la noche a la mañana y también a su chulo después de recibir una paliza de este, se liga, de buenas a primeras, a la de un acomodador (del cine Oriente), sin encontrar acomodo, por mucho que ella quiere conquistar a su amorcito (con querencia por el trasnoche y el pimple) por el estómago, y le prepare reiterados estofados, resultando ella a la postre estafada, pues le dejará a su Juanito (que así se llama el susobicho) dos mil duros (la novela data de 1995) que no volverá a ver.

Ella maneja un lenguaje sanchopancesco, abundante en frases hechas y refranes, y Juan tiene la mente tan nublada por el sexo que logra ir poco más allá en su pensar de la idea de follar (un pensamiento que a duras penas (a falta de un pene duro pues el alcohol desarbola cualquier pasión) logrará materializar mas que en contadas ocasiones.

Creo haber leído que Tomeo prefería los personajes masculinos en sus novelas. Y lo entiendo, porque aquí María parece un muñeco en manos de Juan. Como si ella hablase por arte de la ventriloquía.

Por darle algo de alegría (o misterio) a la cosa, la novela despunta con lo que podría ser un triángulo amoroso, o un crimen pasional, como se denominaban entonces a los crímenes de las mujeres a manos de sus parejas, pero ni por esas.

La novela se resuelve de esta manera (podía haber sido de cualquier otra), porque de alguna manera había que ponerle fin a una historia en vía muerta casi desde su comienzo.

En 1997 la novela fue llevada a la gran pantalla… pero esa ya es otra historia.

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¡Devuelva usted el Nobel! (Enrique Gallud Jardiel y Roberto Vivero)

El Premio Nobel de Literatura siempre ha sido objeto de polémica, pues los galardonados a menudo son cuestionados (lo cual es absurdo pues a muchos de ellos no los conoce nadie, entendiendo por nadie, el resto del mundo que no los ha leído), dejando sin premio a otros escritores que se supone lo merecen muchísimo más, y no escribo aquí la palabra Murakami para no abrir la caja de Pandora y liarla parda.

La pareja de escritores Enrique Gallud Jardiel y Roberto Vivero, abundando (han escrito con este, que yo sepa otros cuatro libros conjuntamente) en el género del humor escriben el libro a cuatro manos, pero no revueltas, ya que queda claro en cada texto quién es el autor de los fragmentos.

Y nos vamos nada menos que a comienzos del siglo XX, a 1901. Ahí el premio se lo llevó Sully Prudhomme. La mecánica de los textos consiste en entresacar alguna de las frases del libro (porque hogaño el galardón se daba al Libro y no a la Obra) y cuestionar si con una frase así el Nobel es merecido. Sabemos que la técnica de entresacar párrafos de un libro no dice nada del libro, porque no hay ningún libro genial y pensemos por ejemplo en Dostoievski, al que no le dieron el Nobel, como en otros muchos que cobraban por palabras, así que a menudo escribían al peso, escritura a granel pensemos, por lo que dichos libros pueden ser podados sin que la obra se venga a bajo, al contrario, y verse vigorizada al verse liberada de ramas muertas… pero no quiero irme por las ramas y sí centrarme en el estudio de este libro. En otros autores lo que se tiene en cuenta no es alguna frase del libro sino lo que el jurado dijo para conceder el premio, a saber, a Anatole France que lo recibe en 1921, el jurado se lo da por su «genuino temperamento galo«. O a Eugene Gladstone O´Neill, que lo recibe en 1936, porque sus obras encarnaban un «concepto original de la tragedia«.

También encontraremos curiosidades: Sarte rechaza el premio en 1964. O realidades imprescriptibles como el desprecio hacia autores como José de Echegaray, que obtuvo el premio en 1904 (fue el primer español en obtenerlo), y levantó las iras de otros escritores como Unamuno, Azorín, Pío Baroja, Valle-Inclán, que se movilizaron para que la Academia enmendará tan desacertada decisión. Los textos de Gallud Jardiel siempre impregnados por el humor inteligente abordan la obra del premiado y la resume en verso, así sucede, por ejemplo con Los intereses creados, obra con la que Jacinto Benavente obtuvo el premio en 1922, o Doctor Zhivago, que le supuso el premio en 1958 a Borís Pasternak. O bien pergeña un jugoso ensayo sobre Rabindranath Tagore que lo obtuvo en 1913. Los amplios conocimientos de la cultura india de Gallud quedan aquí plasmados, también en el apartado dedicado a Octavio Paz, premiado en 1990. Y no olvidemos también a Camilo José Cela, premiado en 1989, sin dejar caer en el olvido, su oficio de censor del franquismo, y lo que esto le supuso para su obra La familia de Pascual Duarte (donde no falta alguna descripción morbosa) viese la luz, mientras que para otros escritores les estaría prohibido.

Y el libro, objeto de una ambición desmedida, no concluye con el repaso a los nobelados, sino que va más allá y Jardiel y Vivero nos proponen una serie de autores que deberían haberse llevado el Nobel: Agatha Christie, Arthur Conan Doyle, Ibáñez, Stefan Zweig, Umberto Eco o Virginia Woolf, entre otras.
Las páginas dedicadas a Zweig (a la biografía de Fouché) son una delicia y la defensa del nobel para Ibáñez, no, para Paco no, sino para el ilustrador y escritor que nos ha hecho llorar de risa casi hasta reventar, del que tiene más calidad literaria (sí, literaria) en la punta de los dedos que el noventa por ciento de sus contemporáneos.

El libro se extiende, y otro apartado va dedicado a los escritores que no han ganado el nobel y EGJ y RV rezan para que no lo ganen ni a título póstumo. Ahí comparecen entre otros muchos, Eduard Hanslick, Oscar Panizza, Marcel Proust, Karl Krauss, Thomas Bernhard, Paul Celan, Federico García Lorca y los textos a ellos dedicados van en el sentido contrario a lo enunciado. Ejemplo:

Eduard Hanslick

De sus miles de páginas, muéstrenme solo una mala. ¿Creen que así se puede ganar el Nobel? (RV)

Stefan George

¡Un hombre que se adelantó a la comunicación inmediata de la digitación sobre pantallitas con su nueva puntuación! ¡Un hombre que se adelantó a los foros de internet, en los que no se entiende nada! A este hombre no se le puede dar el Nobel de Literatura porque nadie lo lee porque ya nadie lee, todo el mundo escribe en pantallas cosas que nadie entiende. ¡Ahí es donde hay que buscar a los nobeles del presente y del futuro! [RV]

Y ya para acabar, y haciendo honor al título, no solo han devolver el nobel los literatos, sino también los premiados en otras categorías. Para muestra, un botón.

Henry A. Kissinger y Le Duc Tho (1973)

Por negociar un alto el fuego en Vietnam, dicen. Kissinger siempre será nuestro ídolo. Le pidieron que devolviese el Nobel de la Paz y exclamó: «¡Casoplón, no solo lo merezco, sino que antes de devolverlo hago que os rocíen a todos con napalm!». ¡Brutal! [RV]

¡Devuelva usted el Nobel!
Enrique Gallud Jardiel y Roberto Vivero
Ápeiron Ediciones
118 páginas
Año de publicación: 2022

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La sangre helada

The north water (Andrew Haigh; 2021), traducida como La sangre helada y basada en la novela de Ian McGuire, nos sitúa en Inglaterra, en 1859. Un ballenero se dispone a partir para ir a cazar ballenas por el Ártico, en teoría.

A bordo van el capitán del barco, el implacable Brownlee (Stephen Graham); médico venido a menos y dado de baja en el ejército, Patrick Sumner (Jack O’Connell); el arponero, un mal bicho llamado Henry Drax (Colin Farrell). Y otro que tal baila, un malaje de nombre Cavendish (Sam Spruell). Antes de embarcarse vemos de qué está hecho (o deshecho) Drax. Una vez a bordo se comete un crimen, y le cuelgan el muerto a quien no corresponde, si bien Sumner hará todo lo posible por hacer que prevalezca la razón sobre los prejuicios. Y hasta aquí puedo leer si no quiero destapar el pastel.

Si ir a bordo del barco ya supone estar en una cárcel flotante, luego veremos cómo la situación no mejorará, y como si todos sufrieron de agorafobia, un espacio abierto, en donde el horizonte se funde con el manto blanco puede resultar igual de asfixiante que el barco, si no más.

La serie busca más el desarrollo introspectivo que la sucesión de aventuras y desventuras. Por eso, el papel protagonista lo ostenta Patrick Sumner. Poco a poco sabremos qué es aquello que lo atormenta, cuál fue la causa que le hizo causar baja en el ejército y embarcarse. Busca para sí Sumner la redención, y ¡vive Dios! que obtendrá su particular catarsis. Summner como todo hijo de vecino es víctima de sus pulsiones y deseos, por más que quiera engañarse y domeñar su naturaleza bajo el agua helada de la razón, la lectura, la escritura o el placebo del conocimiento. Por eso le repulsa a Summner tanto Drax, convertido éste en un salvaje, más dado a obrar que a pensar, actuando por impulsos, homicidas, si es el caso. Porque Summner sabe que le hace falta una gran labor de contención para no bajar a las calderas de su ser, y convertirse entonces en un fogonero de su negra alma. Es la tensión entre Sumner y Drax la que alimenta la historia (que para nada hace ascos a la violencia y a la crudeza más extrema) hasta su final, engalanada la seriw con una implacable factura, típica en una producción de la BBC.

Hay bellísimos paisajes árticos, barcos de vela, y un paisanaje muy verosímil, gracias a unos actores que dan a cada personaje lo que pide, ya sean almas rudas, toscas o mezquinas, u otras más sensibles y refinadas.

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Dios y mundo (Johann Wolfgang von Goethe)

Para Goethe la poesía era la materia prima de la ciencia. Y aunque Goethe es hoy inmortal merced a sus poesías, siempre mostró interés por la ciencia, ya fuese por la naturaleza de los colores, la astrología, la botánica, la anatomía, etc. Y a tal fin, en su afán por divulgar la ciencia, empleó la poesía y una buena muestra de ello es este libro, Dios y mundo. Lo vemos claro si leemos, por ejemplo, La metamorfosis de las plantas, en la que Goethe se afana por explicar, muy poéticamente, el proceso que lleva a la semilla hasta su transformación en fruto. O cómo el minucioso análisis del cielo y las nubes, le lleva a crear poemas como Estrato, Cúmulo, Cirro, Nimbo o Atmósfera. O a dedicar una poesía En honor de Howard, el inglés que dio nombre a las nubes.
Siempre está presente la Naturaleza y la afirmación del poeta de que esta no tiene núcleo ni corteza, porque ella es todo a la vez. Las cuestiones filosóficas y teológicas también fueron del interés del poeta, aquí con poemas tan explícitos como El alma del mundo, Permanencia en el cambio o Uno y Todo. En las poesías la idea de la eternidad, del continuo movimiento, del hacedor, de la nada y el ser; la materialización del estudio de las ideas de Platón, Aristóteles, Leibniz…
El libro concluye con Los sabios y la gente, en donde Goethe se ciñe a aspectos más concretos y prácticos de la existencia. Son diálogos que la gente mantiene (preguntando), con los sabios (respondiendo); filósofos como Demócrito, Parménides, Anaxágoras, Diógenes, Crates, etc…

La gente

¡Explícame qué significa ser feliz!

Crates

El niño desnudo no duda de eso;
se aleja a saltos con su moneda
y conoce muy bien el lugar del pan,
me refiero a la panadería.

Dios y mundo
Johan Wolfgang von Goethe
Ápeiron Ediciones
Edición bilingüe
Traducción de Venancio Andreu Baldó y Roberto Vivero
Año de publicación: 2023
94 páginas