Archivo de la categoría: Pilar Quintana

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Noche negra (Pilar Quintana)

En su anterior novela, Los abismos, la selva ya era una presencia amenazadora. En Noche negra la baza que juega aquí Pilar no es la de lo explícito, sino la de lo posible. Entonces todo gira en torno a una amenaza, al miedo y la angustia que siente Rosa, la cual dejó la ciudad para ir a vivir con su pareja, Gene, un irlandés, sobre un acantilado, a espaldas de la selva. Cuando Gene marche para hacer unos trámites con la visa, el mucho tiempo libre le hará a Rosa comerse la cabeza y hacer de su día un día un vía crucis introspectivo. Los hombres que frecuentan a la pareja, ahora que saben que Rosa está sola en una casa sin ventanas ni puertas, la miran con otros ojos, la tantean, la amenazan, o así lo siente ella y se convierten pues en presencias acechantes, en ojos en la oscuridad; tal que los cuchillos y los machetes se convierten en una falange más del cuerpo de Rosa. La novela se ramifica en otras direcciones: cuando Rosa era niña, el trato con el doctor, con su abuela, el lance amoroso con el revolucionario Fermín, su graduación como trabajadora social, en suma: el rastro que permite al lector conocer algo mejor a Rosa por dentro, en el plano sentimental y afectivo. Mientras, el clímax se va sosteniendo con mayor o menor fortuna, pues creo que hubiera sido de mucho más calado la historia si esta hubiera tenido la extensión de un relato, o de una nouvelle, porque las 260 páginas me resultan pesadas y reiterativas. Además, como comentaba antes, no se trata aquí de resolver nada, de irse por los derroteros de lo gore o lo truculento, sino de tratar de poner cara al miedo, de dar cuerpo a la angustia; si la desazón es la bilis o la araña negra en el estómago de Rosa. También una reflexión sobre la violencia. Sobre quiénes la ejercen, casi siempre porque pueden.

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Los abismos (Pilar Quintana)

Había precipicios interiores en La perra, la anterior novela de Pilar Quintana (Cali, 1972). En Los abismos, el foco se amplía o se adensa. La narradora rememora cuando tenía ocho años. Los abismos son una madre depresiva con querencia por la bebida capaz de cometer una locura, un padre que tiene el bicho de los celos dentro, una muñeca que se suicida, una ausencia que flota como una fantasma hasta que el cuerpo aparece. Aquí también la selva, como una frondosidad amenazante, la oscuridad y bruma, que circunda la quinta y vela el desfiladero, el precipicio, el abismo.

Mujeres conectadas por la fatalidad. Los vericuetos por los que la existencia se extravía y reconduce.

Los abismos es una novela pero se me antoja más un relato y bastante menos desasosegante que La perra.

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La perra (Pilar Quintana)

Poco más de cien páginas le bastan a Pilar Quintana (Cali, 1972) para montar una historia robusta, subyugante, que se lee en dos arreones.

Todo bascula sobre la perra del título y el ansia de la cuarentona Damaris por ser madre, sin éxito, junto a su pareja Rogelio, drama que nos puede traer ecos de los parejos sinsabores de la mujer yerma lorquiana.

A pesar de su brevedad la novela irá mostrando distintos recovecos en la forma de actuar de Damaris, que bien pudieran pillar al lector desprevenido, pues de entrada, que Damaris a falta de hijos supla la carencia y se encariñe y encapriche con una perra cachorrita es algo comprensible. La cosa se enrarece y da un golpe brusco de timón cuando esa relación entre la mujer y la perra (ya adulta e indisciplinada) se afile, corte y rasguñe. Donde anidó el amor bien pudiera anidar ahora el odio, alimentado por la envidia, pues vemos, tirando de refranero, cómo a menudo Dios da pan a quien no tiene dientes.

La historia se ubica en una casa frente al mar -océano- Pacífico, en un acantilado, donde la pareja vive en precario, peleando cada día por su subsistencia: Rogelio faenando, ella limpiando las casas de gente adinerada y ausente de la zona, que las mantiene deshabitadas.

La frondosidad vegetal, la selva acechante encarnando el peligro o la muerte, las constantes lluvias, el calor asfixiante, los zancudos siempre ávidos y siempre jodiendo la piel ajena, los gallinazos caligrafiando la parca mirada celestial, crea todo ello una atmósfera tan sensitiva como pegajosa, donde se adhieren también los recuerdos de Damaris, como el del finado Nicolasito, que lejos de corroerse con el óxido del tiempo están siempre ahí rondando, esperando su ocasión para malmeter, aventando la culpa, impeliendo a Damaris a embocarse en el precipicio de su propio ser.

Literatura Random House. 2019. 108 páginas

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