Archivo de la categoría: Adriana Hidalgo Editora

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A cielo abierto (João Gilberto Noll)

No hay en la narración de Noll un orden, tampoco una estructura; el texto parece ser fruto de la improvisación. Creo que aquí al leer el lector acaba desleído, pues Noll solapa lo objetivo con lo subjetivo y lo pone en ese punto que está en entre el sueño y la vigilia y no sabremos tampoco si lo que el narrador nos cuenta son recuerdos, algo real o bien imaginado, o si lo ha soñado. Comienza la narración con dos hermanos que van a buscar a su padre al frente de batalla. La guerra es una guerra más; la marca blanca de la destrucción. Noll deja todo en el aire y le imprime a lo narrado un aire cálido de vaguedad; los críos van a buscar a su padre porque el pequeño está enfermo. Y el mayor vivirá experiencias sexuales con adultos y lo considerará un aprendizaje, como si quisiera ser uno más de los providencialistas, para los que no hay que oponer resistencia a las cosas que nos suceden porque todo forma parte de un aprendizaje; aprendizaje que también puede ser doloroso. El narrador a veces desea estar muerto, o mineralizarse o ser un objeto y otras no está nada disconforme con la vida que lleva, que tampoco sabemos muy bien cuál es. Mientras, su flujo de conciencia es espermático, luego pringoso, tal que el lector bien que puede resultar pegoteado. No hay aquí una moral levantando muros sino que todo es campo abierto, y el incesto, la pedofilia y la violación campan a sus anchas, como fruto del referido aprendizaje, y de los impulsos sexuales irrefrenables y experimentadores. El narrador comparte su cuerpo con hombres y mujeres, se refriega con su hermano, el cual también fue poseído por su padre siendo niño, y ahora ya adulto el narrador asimila un trío sexual en el que su compañera de viaje recibe por igual el semen de uno y de otro con la ilusionante idea de que los dos pueden ser padres al alimón. El otro miembro del triángulo es un joven sueco al que el narrador desflora para luego abrasarse ambos en el deseo mutuo. No hay orden y sí desconcierto en lo que Noll nos cuenta, pero ¿cómo poner en palabras el parturiento estado mental cuando todo se atropella en la cabeza y las palabras ven la luz cual coágulos o calostros? Y en su ritmo frenético, ya cuando el protagonista lo mismo está de vigía en un pañol que en un barco, confinado como esclavo sexual de un cincuentón desdentado, para finalmente recalar en Maia, este libro me recuerda, en el frenético no parar, al Cándido o el optimismo, y en su punto escatológico y transgresor a Edén, Edén, Edén. No me pilla de nuevas la lectura de este inclasificable libro de Noll, al haber leído otro suyo, Lord. Y me pregunto lo complicado que tiene que ser verter al castellano, como hace aquí Claudia Solans, la prosa de Noll.

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Los suicidas (Antonio di Benedetto)

Matarse es un acto de cobardía que exige mucho valor

Kierkegaard

Autores como Henri Roorda en Mi suicidio o Édouard Levé en Suicido, habían tratado en sendas novelas este asunto. Ambos se suicidaron, ambos lo hicieron como un acto de libertad. Suicidio que puede abordarse desde el punto de vista de aquellos que sufren la ausencia del que se quitó la vida, como hace Piedad Bonnet rememorando a su hijo en Lo que no tiene nombre.

Esta novela de Antonio di Benedetto (1922-1986), ya desde su título no deja lugar a dudas. El protagonista es un periodista que recibe el encargo de escribir un artículo sobre los distintos suicidios que vienen produciéndose en la ciudad. Esto le dará pie a Benedetto para abordar el tema mudando la narración, a intervalos, en un ensayo, donde vemos cómo las distintas religiones y filósofos a lo largo del tiempo se posicionan o bien criminalizándolo y tachando el suicidio de abominación o bien entendiendo que la libertad del hombre pasa por hacer con su vida lo que quiera, que para eso es suya, podemos añadir. Algo que muchas religiones no ven con buenos ojos, pues afirman que nuestro cuerpo, que nuestra vida no nos pertenece a nosotros. Esto ya cada cual que se posicione en el lado que crea oportuno. No solo se trata el suicidio humano sino que también se vierten ejemplos de suicido en el reino animal.

Benedetto narra empleando frases muy cortas, con un lenguaje poco rebuscado, con extravíos teatrales muy deleitables, y la gracia reside en ver cómo la investigación pasa a un segundo plano y cogen relieve entonces otros aspectos, a priori secundarios, como la relación con su madre viuda, con su hermano, con sus parejas amorosas, los recuerdos que le llegan y se manifiestan sin avisar o la duda que le ronda, a saber, si esto del suicidio se transmitirá en los genes, pues su padre se suicidó a los 33 años, los mismos que tiene el narrador, que no sabe si correrá la misma suerte y morirá a la edad de Jesús.

A pesar de que la muerte nos rodea y nos ronda a diario (aunque no estemos continuamente pensando en la misma porque nos sería insufrible, y el miedo a morir, nos viene y se nos va como la barca de Torero), a pesar de que los noticieros son una sucesión de actos luctuosos, donde constatamos cómo los humanos perdemos la vida de mil maneras distintas (y allá hay una cámara grabándolo), a fin de cuentas, todos estos muertos quedan muy en la superficie (engrosando las estadísticas y alimentando el morbo y la necesidad de espectáculo de los espectadores) y lo que la novela de Benedetto hace es romper -o al menos intentarlo- ese cerco y acercarse hasta la intimidad del suicida. Las fotos de los muertos con las que trabajan no les aportan no obstante muchas pistas, sus biografías y notas de suicidio tampoco, los porqués no importan, porque cada uno tiene sus motivos para suicidarse, y lo que vale para uno no vale para otro, pero algo se eriza en el espinazo, hasta ser víctimas de un escalofrío, cuando en una conversación hay que defender los motivos para preferir vivir a morir, pues podría ser que este juego macabro desvelara que hay más cosas en el debe que en el haber o que da lo mismo estar vivo que no, como le sucede a Marcela.

La literatura no deja de ser un continuo acto de suicidio, afortunadamente, pues de no ser así toda narración sería un work in process, que precisa un punto y final en algún momento. Sea un éxito (éxitus) o no.

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El invisible (Ge Fei)

El invisible es la primera novela traducida al castellano del escritor chino Ge Fei (Jiangsu, 1964), merced a la editorial Adriana Hidalgo y con traducción a cargo de Miguel Ángel Petrecca. Seguimos durante un año los pormenores de un audiófilo que construye sistemas de sonido, profesión camino de la extinción, con la que se gana la vida. En lo personal está divorciado y no tiene hijos, vive con su hermana, desprecia a su cuñado y quiere independizarse. Lo que brilla en las páginas es ora el humor, ora la ironía lacerante y la narración emboscada en un día a día, gris y monocorde, como todo sonido reproducido también sufre altibajos y a los momentos hilarantes y más jugosos (como esos puyazos contra cierta intelectualidad o esos mafiosos a quienes su dinero les permite tener “lo mejor del mercado”, sin ser capaces de apreciar nada de lo que atiborra sus existencias) se suceden otros más tediosos, o así se me antojan aquellos en los que el narrador diserta sobre características técnicas de esos equipos de sonido con los que trajina y que le pirran. Hay múltiples referencias a la cultura occidental, así que el que espere aquí encontrar algo del estilo de vida chino no lo encontrará (o no en gran medida), más allá de la cartografía urbana que explicita Cui en su deambular, en la compraventa de aparatos de sonido, pues Ge Fei trasciende las fronteras de su país y el espíritu del narrador, un tal Cui, es extrapolable a cualquier parte del globo, pues este Cui va contracorriente, anhela sentimientos globales como la tranquilidad, el que le dejen a uno en paz, el arrullo del lenguaje universal que es la música brotando por unos altavoces solventes, el amor, alimento que seguirá buscando tras su experiencia fallida en su primer matrimonio y anunciada por su difunta madre, en el regazo de otra mujer, que abocará la narración a lo misterioso, a ese suspense brumoso, con hechuras de cuento final moralizante, a saber, pues como ya dijo (si llegó a decirlo) hace tres siglos Voltaire, vivimos en el mejor de los mundos posibles, por lo tanto, y concretando, la vida –y a pesar de los pesares- según Cui es también maravillosa.

Tommaso Landolfi

Cancroregina (Tommaso Landolfi)

Tommaso Landolfi
Adriana Hidalgo
95 páginas
2013
Traducción de Flavia Costa y Rodrigo Milona-Zavalía

Esta novela de Tommaso Landolfi (1908-1979) me recuerda mucho a El Monte Análogo de Daumal. En aquella, dos personas se conocían de repente y decidían emprender una aventura juntos. Si aquella empresa era un como un viaje al centro de la tierra, pero a la inversa, aquí, un recién fugado de un manicomio convence al propietario de la casa donde va a refugiarse para irse al espacio juntos, a lomos de una maquina espacial creada por el pirado que atiende al nombre de Cancroregina.

El relato es delirante, es como una botella con un mensaje dentro, un relato escrito desde el espacio, que por cosas de literatura, somos capaces de leer, si pasamos a convertirnos en lectores de la novela.

El narrador se pone metafísico al constatar que la vida terrenal de mierda que llevaba -y a la que quería poner término- no era tan mala, toda vez que ya en el espacio, a la deriva sideral, con su compañero Filano como una regadera, sin esperanza de volver a la Tierra, ya en ese limbo espacial, flotando en la nada, echa de menos, el mundo, la humanidad, la compañía, pues el tedio humano es irrisorio con lo que él siente allí arriba fuera del tiempo y del espacio.

Me gusta la mezcla de fantasía, humor, suspense, filosofía de Landolfi, cuyo narrador no parece tomarse muy en serio, y su narración tiene ese punto delirante, caótico, deslavazado, azaroso que resulta muy agradable de leer.

El autor no concedía entrevistas ni permitía que sus libros aparecieran acompañados de cualquier juicio crítico. Respecto a los críticos Landolfi ya da su parecer sobre los mismos en esta obra «su verdadera pasión y la necesidad de su ánimo es no entender nada«.