Archivo del Autor: Francisco Hermoso de Mendoza

Caja de juegos reunidos

Caja de juegos reunidos (Antonio F. Rodríguez)

A Antonio lo conozco porque es el responsable de la bitácora literaria La antigua biblos, que este año cumple 15 años de andadura. Siempre ha sido para mí su blog un referente para orientar mis lecturas en el océano de publicaciones recientes y pasadas. Ahora Antonio se pasa al lado oscuro y resbaladizo y comparece aquí, no como un juicioso, voraz y esmerado lector, sino en calidad de escritor. Y lo hace con un libro de relatos bajo el brazo que lleva por título Caja de juegos reunidos.

Recuerdo en mi infancia, en la casa de mis abuelos, echar unas cuantas horas con mi hermano y amigos entretenidos con una de estas cajas. Es un título que casa muy bien con el espíritu de los relatos. Pensemos que al leer nos desplazamos también por un tablero, o bien por una rayuela, de tal modo que volvemos a ser niños, trayendo el pasado al presente.

De esta manera Antonio va al pasado y sitúa uno de su relatos, Azul y gris, en un colegio de monjas, explicitando muy bien los distintos tipos de alumnas allí congregadas y procediendo a un puntilloso análisis tanto de las alumnas como de las monjas. Siguiendo con los colores, el relato Verde y negro ofrece la magra biografía de un narrador. Aquí las monjas son reemplazadas por los curas. Aquella España de la dictadura educada en la religión, no parece haber dejado marcas indelebles y en todo caso, lo que aquí se transmite es un aprendizaje, una suerte de educación sentimental que no escatimaba la violencia física: las collejas, los moquetones, los tirones de orejas… en la creencia de que la letra con sangre entraba. A pesar de todo, quizás porque se tenía la piel menos fina y se venía de una España de posguerra, la gente estaba más curtida, y asentaba todas estas experiencias como algo inevitable que debía formar parte de su currículo vital.

Regresando al presente, Antonio ofrece relatos ingeniosos como la Historia de un charco o bien pone a hablar a los objetos, ya sea un abrigo en El abrigo o bien unos zapatos en La vida secreta de los zapatos. Al igual que con el relato Catorce entre tres, Antonio, cifra bien en ellos su ingenio, humor y capacidad de inventiva. O deja que el absurdo desquicie un relato como sucede en Inconsciente.

Tampoco descuida Antonio el lenguaje -muy cuidado y sugerente- en el relato Normalidad, ni la realidad ni la crítica social. Muestra de ello es el relato Cotidiana, con una conversación entre un periodista y un político, afines y ambos sin el menor escrúpulo, que de buena gana intercambiarían sus roles.

Lo prosaico pide la palabra y habla por boca del relato Costumbre y silencio, donde un anciano normal encuentra en una actividad ilícita el aliciente para darle algo de lustre a la soledad.

Presentes en los relatos las parejas, algunas de tres miembros y de cuatro, como en Dos cafés, donde está por ver si los cuernos reconvertidos en poliamor resultan una fórmula eficaz o no.

Y hay algo que aquí es una música de fondo: la necesidad de cariño, de amar y ser amado. Puede ser incluso una ilusión, una presencia incorpórea como le sucede a Elena en Molde y figura, o algo más real, como el amor que surge entre dos jóvenes, en ¿Qué quieres de segundo?; jóvenes que van a aprendiendo de sus anteriores relaciones amorosas, de cara a ir corrigiendo lo que no les gusta, afinando en sus sentimientos y deseos, ahormando su mundo al de aquel que puede llegar a ser parte indisoluble de su mundo.

Y el relato que creo que más difiere de todos los anteriores es Tres en dos, donde nos sitúa en algún país de habla hispana al otro lado del charco. Ahí tenemos al docente Camino González convertido en todo un capo de las aulas.

En definitiva, dieciséis relatos diversos, humorosos y vivaces; unos sirven al autor como herramienta para recordar, o bien para fabular, también para criticar la realidad o trascenderla desde el absurdo (como en el relato Barba). En todo caso, como decía al comienzo, nos sirven para desplazarnos por el tablero, para movernos en volandas en unas ocasiones o para caer en el pozo en otras. Pero una vez lleguemos a la casilla final, sentiremos una suerte de bienestar. O esa sensación me queda.

Parquesvr (Stereo; Logroño)

Parquesvr Stereo

Sucedió hace tres años, regresando en coche tras una caparronada en Anguiano, cuando un colega me animó a escuchar una canción: Yo no soy monárquico, soy Juancarlista, sonó el estribillo un buen número de veces. Mi colega flipaba con ese grupo que se llamaba Parquesvr. Sí, como suena, me dijo. Pero mucho ojete, que la u es una v. El caso es que tres años después, un 28 de marzo, los Parquesvr vienen a Logroño de gira (en el circuito Girando por Salas), a la calle Mayor, al Stereo, y agradezco no medir dos metros para no ser decapitado por las lámparas de techo que briosamente la camarera zarandea una y otra vez, creando luces y sombras a su paso. En el mínimo escenario, dispuestos los cinco miembros del grupo. No hay miembras. Batería, guitarra, bajo, teclados. A la voz Javier Ferrara. El tío se ofrece disfrutón en el escenario, sonríe a menudo, se le ve feliz. El bigote es un imán. Esa es la actitud vital: gozar. Y lo hace desgranando ante cien personas canciones humorosas, manejando las luces largas de la ironía, el crimen perfecto de la jocosidad. Comienza el show con El ingles se enseña mal. Miro a mi alrededor todo lo que de mí da mi periscópico cuello y no veo jóvenes, sino gente nacida en los sesenta, setenta y si me apuras, en los ochenta. Por eso triunfa 1992. Somos peña que no sufrimos por amor, ni por desamor (¡pero cómo no deshacerse como un mojicón en leche tibia al oír y sentir el temazo Tu nombre es una puerta por cerrar), sino por alopecia (así lo cantan en ese tema llamado Alfredo’s: Landa, Di Stefano, Kraus). Calvas hoy brillantes que menudean frente al cantante, algunas ocultas bajo gorras de rejilla. Cabezas que se menean en todas las direcciones, cuerpos descoyuntados al ritmo de la rumbia, de la cumbia, de los guitarrazos rockeros; sonidos eclécticos, mezcla de géneros, series: The Last of Us y autores, ¿Debo leer a Baudelaire?. Habría que preguntarle a alguna escritora presente en la sala. Si molesto, os vais, reza el último disco de Parquesvr. Pero allí nadie se va, no sabemos si hay alguien de Murcia en la sala y se molesta, si las inventivas e invectivas contra los peperos, o los ayusistas harán blanco o no. Tampoco nadie dice Que te pares, salvo cuando hay que dejarse la voz para unirla a la de Javier y a su fraseo, a sus ju(e)gos de palabras y así Almodóvor Amenábor. Las canciones se engarzan durante una hora y cuarto como eslabones de una cadena, y la imagen nos lleva sí o sí a la canción que los catapultó al éxito, que los hizo virales, que puso a Parquesvr en el mapa, cuando (!ojo!) hoy nadie entiende un mapa. Hablamos del gran farsante Lance Armstrong. Y hay que ver lo que es el delirio: un grupo casi metido en el escenario, desatado del todo, con gorras de Reynolds (ahí corrió Perico; y hay que lamentarse y echarse la mano a los huevos, porque no sonó Por un puto pico) en la cabeza, gritando como locos !!!Pelotóooooooooooooooooooooooooooooooooon!!!! No, no somos legión. Por los pelos.

Stereo Parquesvr Logroño

Cuando el corazón se cierra hace más ruido que una puerta (Francisco Hermoso de Mendoza)

Portada -- Cuando el corazón se cierra

Sinopsis:

Cuando el corazón se cierra hace más ruido que una puerta es otra vuelta de tuerca más en la singular novelística de Francisco Hermoso de Mendoza. El reencuentro de un grupo de amigos y sus parejas en una Casa Rural durante cuatro días, pasará de ser algo entrañable y amistoso a convertirse en una escalofriante, violenta y claustrofóbica pesadilla. Un contundente thriller, inquietante, oscuro y psicológico en el que el autor muestra las miserias humanas en todo su esplendor. Novela coral, misteriosa y trepidante cuyos inesperados giros mantendrán en suspenso al lector hasta el clímax, resuelto en un desenlace de infarto.

Ápeiron Ediciones, 2025. 126 páginas.

A la venta en Santos Ochoa (Logroño), Bar de libros Olavide (Madrid), Librería Cervantes (Oviedo) Letras a la taza (Tudela). Y en las plataformas online Todostuslibros, Distriforma, Ápeiron Ediciones, Casa del libro, Elkar, Agapea.

Santos Ochoa

mbc

Manuel Bartolomé Cossío. El arte de educar (Luis Alfonso Iglesias)

Francisco de Cossío escribió en septiembre de 1935 que Manuel Bartolomé Cossío murió para la masa absolutamente inédito. No parece exagerada esta afirmación de Francisco porque si decidiésemos hacer hoy un sondeo, casi un siglo después, entre las personas más cercanas a nosotros y les preguntáramos por Cossío, a lo sumo, obtendríamos alguna respuesta relacionada con el tratadista taurino, no con el pedagogo. Por eso resulta necesario el presente ensayo de Luis Alfonso Iglesias Huelga, que nos ayudará a conocer mucho mejor a Manuel Bartolomé y sobre todo su obra, porque parece que su falta de vanidad y su humildad mediaron para que su estrella no brillará tanto como la de gente mucho más mediocre. Y esto me recuerda la anécdota de Gonzalo Torrente Ballester y Camilo José Cela. Al primero, muchos le recriminaron que no había obtenido el Nobel porque no se la había trabajado tanto como el segundo. Ya sabemos cómo era Cela y Bartolomé Cossío vemos que optó siempre por la discreción, consecuencia de su ánimo sereno y reflexivo. Incluso su labor como crítico de arte (Cossío era historiador de arte) resulta también inédita, cuando fue uno de los mayores críticos de arte de su tiempo, como manifestó en su obra de 1908, titulada El Greco, convirtiéndose en su «descubridor».

En el libro leeremos varias veces que para Bartolomé saber era saber ver; saber ver la belleza y democratizarla. Sapere aude, atrévete a saber, reza hoy la inscripción de un instituto Logroñés, el Instituto Mateo Práxedes Sagasta. Pero pensemos lo difícil, lo imposible que resultaría atreverse a saber en la España de 1930, donde uno de cada tres españoles era analfabeto.

Leyendo el ensayo de Luis Alfonso creo que lo más revelador en el caso de Bartolomé fue que todas las ideas que tenía en la cabeza, todo aquel aparato intelectual, toda su afanosa labor investigadora -aquel caudal de datos, información y conocimientos adquiridos en sus múltiples viajes por Europa analizando los distintos sistemas educativos- fue capaz de ser sintetizada y llevada posteriormente a la práctica. Es decir, fue capaz de pasar de la palabra a la acción, como se vio con la puesta en marcha de la Institución Libre de Enseñanza (cuyo creador fue Francisco Giner de los Ríos con quien Manuel siempre tuvo una gran amistad, y al que consideraba un padre), su intervención fundamental para la creación de la Fundación Sierra Pambley (el encuentro entre Manuel, Francisco Giner de los Ríos y Francisco Sierra-Pambley lo registra Luis Mateo Díaz en su libro Las lecciones de las cosas), o bien con la creación y puesta en funcionamiento de las Misiones pedagógicas, en los años previos al estallido de la Guerra Civil en 1936.

Creía Bartolomé que era necesario un cambio, una regeneración, y esta pasaba necesariamente por la educación, considerándola la tabla de salvación del pueblo. Había que sacar al pueblo del analfabetismo, del dogmatismo religioso. Era necesario tener libertad y aún más, libertad de pensamiento. Pensar por uno mismo, no asumir o replicar sin resistencia alguna las ideas ajenas. Lo revolucionario de las Misiones Pedagógicas (pienso que la palabra misión y misionero parecen estar imbuidos de un carácter religioso, aunque aquí, puestos a depositar la fe en algo para creer en ello a pies juntillas, sería en la Educación, en la capacidad que tiene esta para transformar a las personas y por ende, su realidad) fue que si hacemos analogía con ese dicho que dice que si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña, es decir, si los niños no van a la escuela (en muchas ocasiones porque no existían: solo en 1931 la Segunda República, creó 5000 escuelas, de un total de 28000 que estaban proyectadas en ocho años), será la escuela la que irá a los niños; así los docentes, una selección capaz de llevarse todos los títulos: ¡Atención¡ María Zambrano, María Moliner, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Ramón Gaya, Antonio Machado… se dirigirán a los pueblos más remotos y les enseñarán a los niños y a los adultos, cómo sonaban las canciones en las gramófonos (música clásica, también zarzuelas), o a viva voz con el Coro formado por estudiantes, donde cantaban canciones y romances que el mismo pueblo había creado pero desconocía; qué era el cine y aquellas imágenes en movimiento (en pueblos donde no había luz eléctrica y precisaban de generadores autónomos de gasolina), las satisfacciones que puede deparar la lectura, o la contemplación de un cuadro (aunque fueran réplicas de Goya o de Velázquez), gracias a la creación del Museo Circulante. Qué era el Teatro, o en su versión más sencilla el Retablo de Fantoches con sus guiñoles, a cargo de Rafael Dieste.
Docentes que algunos aldeanos recibían como a los juglares de tiempos pretéritos.

Una pedagogía la que proponía Manuel inédita, que no estaba basada en el castigo corporal, sino en la comunicación, en el contacto, en el diálogo socrático. No olvidemos que para Cossío educar era una arte.

Luis Alfonso dedica un extenso apartado del ensayo, a pasearnos por las leyes del siglo XIX y comienzos del XX, a situarnos la educación entre las dos repúblicas, dando cuenta de todos los avances (en 1882, bajo el gobierno de Sagasta se creó el Museo Pedagógico, nacido como Museo de Instrucción Pública, al frente del mismo estuvo como director Manuel, que obtuvo la plaza por oposición; además de formar a los educadores, el Museo serviría para el análisis permanente de las escuelas españolas) y retrocesos que se fueron llevando a cabo al amparo de los cambios legislativos. Manuel proponía, por ejemplo, la coeducación, el mismo salario para los profesores y las profesores, la libertad de cátedra de los docentes, daba mucha importancia a la formación de los maestros (pues su tarea ni era fácil ni exigía poco esfuerzo) y consideraba también la educación como un todo, siendo igual de importante la maestra de párvulos que el catedrático universitario.

La mejor manera de conocer cómo era Manuel es a través de las palabras que le dedicaron muchas de las personas que le trataron, una nómina extensa: Unamuno, Baroja, Ortega y Gasset, Antonio Machado, Emilia Pardo Bazán, Américo Castro, Ricardo Rubio, Joaquín Sorolla (la cubierta del libro es un cuadro suyo), etc. El lector apreciará que unos y otros, tanto afines como contrarios, valoran la coherencia de Manuel, su serenidad, su entusiasmo en la labor pedagógica, su compromiso con la educación y el diálogo.

Son muchos los temas tratados en el consistente y enjundioso ensayo de Luis Alfonso Iglesias que, sin duda, nos deberían invitar a pensar y reflexionar acerca de la educación, bien como ciudadanos, bien como políticos, por si un buen día deciden sentarse a hablar, ponerse de acuerdo y hacer de la Educación un Pacto de Estado.

Sí, hay inercias difíciles de dislocar; si hoy tenemos a un joven delante, le preguntaremos qué tal las notas, qué tal han ido los exámenes. No le preguntaremos acerca de cómo son sus profesores, qué relación tiene con ellos, si disfruta aprendiendo, si siente que a medida que aprende más cosas las va viendo de otra manera, si está afilando su juicio crítico, si entiende ahora que el terreno intelectual es un horizonte ilimitado… no, la inercia nos hará ir hacia el resultado, hacia el fin, al utilitarismo en esencia.

Sumémonos pues a Manuel Bartolomé Cossío (jarrero de nacimiento, esto es, nacido en Haro, La Rioja) y reivindiquemos con él el consorcio tan necesario entre el arte, la educación y la vida. Y tengamos siempre este libro de Luis Alfonso a mano, así daremos cumplimiento a las palabras de Antonio Machado sobre Cossío: procurando recordarlo bien, que es la mejor manera de honrar su memoria.

Manuel Bartolomé Cossío. El arte de educar
Luis Alfonso Iglesias Huelga
Editorial Renacimiento
2024
342 páginas