En 1960, durante el régimen franquista, Juan Goytisolo visitó Almería. Han pasado solo seis décadas de aquel cuaderno de viaje, pero leyendo el libro parece que habláramos de siglos atrás.
Juan da testimonio de la pobreza que ve en su deambular por Níjar, Carboneras, Rodalquilar, Las Negras, San José, Fernán Pérez, Los Nietos o Los Albaricoques.
El Progreso parece que hubiera pasado por allí de largo. El texto va acompañado de algunas imágenes muy singulares como la del paseo de Níjar.
El sol resulta inclemente y el terreno se torna desértico, si bien el autor tendrá ocasión de ser testigo de una tormenta, que mezclará la lluvia con las lágrimas.
El turismo es casi inexistente (Almería era un territorio desconocido para el resto de los españoles), y cuando Juan se deja caer por allí adquiere la condición de forastero, recibiendo una curiosa atención por parte de los lugareños, máxime cuando sepan que Juan viene de Cataluña, para los almerienses El Dorado.
Su intención es mezclarse con el paisanaje local y lo consigue, frecuentando tabernas, coches de línea e incluso algún velatorio. De esta manera intentará conocer mejor la idiosincrasia almeriense, sumando a su mirada los testimonios que ofrecen los propios lugareños, convencidos de que habitan un país pobre pero hermoso, y que con sol un poquico de ná, uno se las arregla.
