Archivo del Autor: Francisco Hermoso de Mendoza

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Quizás nos pase a todos (Diego L. Monachelli)

Habitar las palabras para habitar el mundo y espantar el miedo y la soledad, también el abismo y la incomunicación. Rehúye Diego en su relato lo explícito, como cuando llueve a cántaros y a través de cristales vemos figuras, visajes, perfiles y más que ver intuimos y rebañamos sombras; así se van construyendo los personajes que pueblan la narración. Un grupo de amigos a los que el tiempo cubre y escinde. La argamasa siempre son los recuerdos. Que las reuniones no contemplen el porvenir, sino lo pasado. Sí, esto nos pasa (y pesa) a todos a menudo cuando nos reunimos.

Las palabras son los cimientos, ya sea en forma de cartas; las escritas por Nana a Nené y viceversa. Cartas para ser leídas; palabras para conocerse y explicarse. Escribir para pensar (y ser) en voz alta, para corregir el ahora.

Lo indefinido cae en forma de copiosa, desabrida e iracunda lluvia; ruido de fondo que aviva en la prolija prosa de Diego, la extrañeza y la irrealidad —servida de la mano de personajes como Martita, el enano o el facultativo Danhauser y su inflamado lenguaje—. Fuera, el mar golpeando la barcaza del mundo y a los que van a bordo.

¿En qué tiempo discurre el polifónico relato? ¿en qué ciudad? ¿qué le sucedió a Nené? ¿qué pasó con El Negro? Si esto fuese un bestseller, El Negro habría muerto y Nené sería víctima o verdugo y cada uno de los personajes tendría sus razones para haberlo ultimado. Pero, afortunadamente, no van por aquí los tiros.

Creo que la narración busca y consigue ir hacia lo universal desde lo local (el Yacaré como punto de reunión) porque lo que experimentan Bety, Luis, Celia, Edurne, Nana o Nené es la pérdida, la saciedad del vacío, donde la presente fatalidad bien pudiera juntarlos de nuevo en el hospital. Pero no, todos ellos son seres ambulantes, aparentemente fuera de los confines hospitalarios, pero igualmente perdidos en el diluvio, y testigos de la imposibilidad del tiempo curvo y por tanto del eterno retorno.

La cubierta del libro es una mano con ocho dedos y cada falange es un rostro; rostros que bien se miran o se dan la espalda. Acertada síntesis visual donde cristaliza el espíritu de esta plausible novela.

Diego L. Monachelli
Quizás nos pase a todos
2024
172 páginas

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Lamia (Rayco Pulido)

La historia nos sitúa en Barcelona, en 1943. La protagonista es Laia. Trabaja en una emisora de radio, en un consultorio, donde dan respuesta a las misivas que les plantean las oyentes. Laia está embarazada y está esperando a que su marido llegue a la ciudad condal, procedente de Asturias, en donde está liquidando un tema de herencias.

Laia

Esto es lo aparente, la versión oficial, porque la historia tiene un trasfondo mucho más oculto y macabro. Laia contactará con un investigador e hipnotista a fin de localizar a su marido. Mientras la policía irá investigando la muerte de distintos hombres, buscando qué nexo común hay entre todos ellos.

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A medida que avanzamos en la lectura la historia se vuelve cada vez más negra. Y entenderemos quién causa las muertes y por qué. Se evidencia la situación de muchas mujeres en la década de los 40, los maltratos recibidos, el ninguneo sistemático, las celdas de máxima seguridad que suponía el matrimonio, la convivencia de la iglesia con los maltratadores, la presencia del garrote vil, etcétera.

Los dibujos en blanco y negro apuntalan la trágica historia, tan violenta como visceral. Asimismo el aspecto geométrico de muchas de sus viñetas le dan un cariz analítico, matemático, a la violencia.

La lectura de Lamia ha sido un feliz descubrimiento.

Lamia
Rayco Pulido
Astiberri Ediciones
2016
88 paginas

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El juego lúgubre (Paco Roca)

Publicada en 2001 por La Cúpula, posteriormente, en 2007 por Dolmen y finalmente en 2012, y a color por Astiberri. Paco Roca leyó el libro El juego lúgubre de Jonás Arquero y del mismo le llamará mucho la atención las páginas dedicadas a relatar las experiencias que Jonás vivió al lado de Salvador Deseo, para el que trabajó como secretario.

El juego lúgubre

En 1936, los meses previos al estallido de la guerra civil, Deseo dejará Madrid y se mudará al pueblo de pescadores costero de Cadaqués y se instalará en Port Lligat. El artista, con su aura de malditismo, rehuirá el contacto con el paisanaje local, lo cual alimentará la leyenda del pintor surrealista, llevando a cabo prácticas sexuales orgiásticas, reprobadas por sus vecinos. Recibirá a gente extraña, celebrará fiestas, mostrará su querencia por la sangre fresca como por comer carne putrefacta.

El juego lúgubre

En el contacto de Jonás con Deseo, el ambiente misterioso de la casa me recuerda a la novela Aura. Paco imprime en su relato (con predominio de los dibujos sobre el texto) un muy logrado ambiente viscoso y pesadillesco. La ingesta de brebajes alterará asimismo la realidad de Jonás, avivando la confusión y el delirio de este. Jonás luchará contra sus miedos, sentirá la necesidad de marchar y también de quedarse, pues Salvador ejerce una especial fascinación sobre quienes tiene cerca, pues Salvador es como su arte: libérrimo y transgresor; al margen de cualquier atisbo de moral.

El juego lúgubre
Paco Roca
Astiberri Ediciones
2012
80 páginas

Paco Roca en Devaneos| El abismo del olvido

Los surcos del azar

Los surcos del azar me llevaron a conocer hace dos décadas la música de Francesco Guccini. Buscando en la red traducción al castellano de sus canciones, descubrí que José María Micó, traductor de la Comedia y Premio Nacional de Traducción por Orlando furioso, había traducido al castellano algunas de ellas como Incontro e L’avvelenata. Como seguidor de Guccini y Micó este encuentro es un gran regalo.

Guccini

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