Morir de risa I

Con los días contados,/ chaval, así vivimos/ todos./ Esperando/ a que nos tachen/ de la lista. Distrayendo/ la espera con tragos/ y canciones. No hay más./ Puedes llorar o morirte/ de risa. Como prefieras.

De copas con Ciorán (Karmelo C. Iribarren)

Con la guerra que dio al nacer, días y noches enteras berreando en la cuna daliniana que su abuelo había hecho a mano -en aquellos tiempos antes de Ikea- y a ojo de buen cubero, con más voluntad que oficio, según le contó su abuela más de un millón de veces, le parece curioso que ahora tenga todos los boletos para morir de un ataque de risa, a la vista de los resultados que arrojan las últimas pruebas diagnósticas cardiacas, tal como le hace saber el Doctor Troncoso. Palabras proferidas por su médico que se le antojan como la predicción de un pitoniso.

Troncoso dicta la sentencia apurado, se diría que al borde del llanto, si el paciente hubiera observado detenidamente su rostro, sorteando las rojeces capilares, para ir a centrarse en sus ojos vidriosos, pues sin ser como un hijo para él, lo ha tratado como pediatra de crío y más tarde como médico de cabecera -cuando el facultativo desertó de las filas de la pediatría para engrosar el batallón de la medicina generalista- ya de adulto.

Abandona la consulta cabizbajo, aturdido, con la idea fija de recabar una segunda opinión, pero antes decide tomar asiento en el primer banco que encuentra camino de casa y saca el móvil. Tira de datos y cinco minutos después tiene una noticia buena y una mala. La mala es que sí se puede morir de risa, según reza la Wikipedia. La buena, si cabe considerarla como tal, es que el último muerto de risa del que se tiene constancia fue un escritor que la palmó en 1893, exitus que acaeció mientras cenaba, cuando sus oídos fueron receptores de unos chistes que resultaron fatales. Él pensaba, pobre inocente, que morir de risa sería una muerte dulce, incluso placentera, idea borrada de raíz al leer que el muerto de marras murió de risa, sí, pero que acompañaron al ataque -y ahora alcanza a entender la magnitud del término- una hemorragia y un aneurisma. Lee también que en la ficción sí que hay muertos de risa a cascoporro, pero la ficción no le interesa, porque él es un tipo de carne y hueso -más carne que hueso- que según el juez/facultativo/pitoniso Troncoso tiene los días contados, porque reír es como respirar, le ha soltado a bocajarro, acompañándolo hacia la puerta.

Alzado y mareado, camina unos escasos quinientos metros y entra en el portal, piensa que no solo él, todos tenemos los días contados. Pensamiento que no le ayuda ni libera ni calma, sino que lo lastra y desazona aún más, dejándolo exhausto, al límite de sus fuerzas, las necesarias para ya en su domicilio ponerse el pijama, lavarse los dientes, bajar la persiana y meterse en la cama, girando cara a la pared -antes de cerrar los párpados que caen a plomo- el despertador, que atónito marca las 12:OO; dos ceros: ojos dilatados, por sorprendidos, a mediodía.