Morir de risa VIII

Releyendo los últimos capítulos, de carácter autobiográfico, de un yo exacerbado, consulto las palabras del ensayista centroeuropeo Louis Vicent, en las que nos alerta de los peligros de la autoficción, alumbradora por lo general de páginas sin estilo, ni ambición literaria, simplemente un desahogo, un descargo del peso del yo, una deposición, la mayoría de las veces. Autoficción con el aspecto de un siluro capaz de esquilmar y arrasar todo cuanto de bueno haya en las aguas (hasta entonces) claras y nutricias de los ríos literarios.

Desconozco lo que tardará el Autor en restablecerse, y si merece la pena seguir entretanto hollando el camino del yo, a lo Montaigne. A falta de un Torreón, tengo mi propia celda monástica, recoleta, de paredes limpias y blancas, que de buena gana, y a pesar de no haber vigas maestras a la vista, cubriría de versos de Uribarren, aforismos de Uriarte, letras de Guccini, palabras de Ribeyro, y cómo no, citas y más citas de las Cartas a Lucilio de Séneca, como esta: A la esperanza le sigue el miedo. La previsión, el mayor bien dentro de la condición humana, se convierte en un mal. Nosotros nos atormentamos tanto por el mal venidero como por el pasado. Muchos bienes nuestros nos perjudican; la memoria, en efecto, nos trae el tormento del temor, la previsión lo anticipa; nadie es desgraciado solo por la situación presente.

Me quedo con esto último.

Nadie es desgraciado solo por la situación presente.

La teoría balsámica del carpe diem, exprimir el ahora, el momento, el instante. Y es curioso, porque volviendo a la novela de Enard, en la misma, plantea la transmigración de las almas. Así morimos y nos convertimos en animal, planta, tormenta, y de nuevo en ser humano, hombre, mujer, bebé, con distintos oficios, en distintas épocas, ad perpetuam. Y paradójico me parece atormentarse tanto con la mortalidad como con la inmortalidad, con tener que irnos demasiado pronto como con no poder irnos nunca. Siempre entonces sobre la mesa y a la vista nuestras eternas contradicciones, quizás porque son nuestro verdadero estado natural.