Morir de risa VI

No sé si el arte imita a la vida o viceversa, pero si toca hablar de un libro cuya lectura resulte transformador (donde el arte sí afecta a la vida, la mía), pienso en la última novela de Enard. Hacía meses que, más por vagancia que por convicción, había abrazado la causa pisci-vegetariana, dejando de lado el consumo de carne. Por pereza digo, pues las últimas tres veces que había tratado de acceder a la carnicería del barrio, “Rojo amanecer”, había gente fuera, separada entre ellos por un metro y medio escasito, que bien podían, a falta de un Parlamento, haber abrazado la manzana entera. Poco amigo de las multitudes, me di la vuelta y cambié la carne y el embutido por barritas de pescado congeladas y melocotón en almíbar, adquiridas en el supermercado en cantidades industriales. No me dan grandes alegrías, ni grandes disgustos tampoco, acordes por tanto con mi espíritu moderado. Y traigo aquí la novela de Enard, porque sin probar la carne desde abril, me pongo a leer al autor galo y ya sabemos que los franceses pueden escribir mejor o peor, Enard es de los primeros, pero que tienen una gastronomía que te cagas, esto es, que uno piensa en Francia y piensa en ambrosías, gollerías, y es empezar a babear ipso facto. El Enard, que es zorro viejo a pesar de su edad, dedica un extenso y desenfadado capítulo, proclive a la desmesura, en el que sienta a la mesa a una legión de sepultureros para darse un festín pantagruélico. Y bien de quesos de todas las regiones de Francia, bien regaditos con los mejores caldos franceses y carnes y aves y verduras de toda clase y condición, cocidos, asados, a la parrilla, estofados, acompañadas tan excelsas viandas con una miríada de salsas cuya lectura me hizo dejar el libro, salivando y lanzarme a la calle, pasar de largo de la carnicería, que según lo previsto seguía hasta la bandera de público perimetral y en el supermercado hacerme con un solomillo en medallones y carpaccio de buey con parmesano, que en casa acompañé, no con un caldo francés, sino con un Rioja, un crianza Luis Alegre, que me puso tal y para luego depararme una de esas siestas que hacen que la (be)vida valga la pena.

Quiero pensar que este arrebato ha sido algo puntual, y una vez finalizada la novela de Enard, y toda vez que parecen no vislumbrarse más banquetes en el horizonte de la novela, seré subsumido por la corriente pisci-vegetariana. Es de justicia apuntar que en el capítulo de marras aparecen unas anguilas y unas lampreas (que no me puedo borrar de mi mente desde la lectura del libro de Torrente Ballester, ese que tiene nombre de güisqui) que le quitan a uno el gusto de comer en general, y de aborrecer el pescado en particular. En verdad deseo que esto no me suceda, pues entonces estaría ya franqueando el umbral del veganismo. Y uno de los tres pilares de mi Santísima Trinidad existencial se vería entonces fatalmente socavado.