Morir de risa VII

Dado que está comúnmente aceptado que rectificar es de sabios, siento cómo voy ascendiendo escalones en mi sapiencia a medida que me contradigo a mí mismo, y si antes, hace un par de días, afirmé que las imágenes me aburrían, no he tardado mucho en rectificarme, para acto seguido suministrarme -para esto va muy bien internet- un listado con las cien mejores series y películas de los últimos años. He dedicado el día de hoy a practicar el único maratón al alcance de mis posibilidades (descontados por tanto los deportivos-sexuales) y he visto casi del tirón la serie más vista en una de estas plataformas. Mirando al techo, del que no baja o se proyecta ninguna pieza, me sé (en el caso del que saber tenga algo que ver en el amor) enamorado, y con unas ganas tan locas y tan imperiosas de jugar al ajedrez que guasapeo a Mane para decirle que a las seis lo quiero en mi casa pertrechado con un tablero de ajedrez. Que en el chino seguro venden. El objeto de mi amor (amor platónico que no compromete) y mi deseo, es la actriz Anya Taylor-Joy que encarna a Beth Harmon. No puedo borrar de mi mente esos ojos suyos, su elegancia, su estilo y lo más importante, su inteligencia, desplegada sobre un tablero de ajedrez. Delirando de amor me veo capaz de matar y morir por ella. En ese orden. El amor (el platónico también) o es loco, o no es.

La chavala aprende a jugar al ajedrez de niña, en un orfanato, enseñada por un conserje y poco a poco irá ganando partidas en Estados Unidos, luego en Europa, hasta concluir en Moscú, en donde se enfrentará a Borgov, que juega en casa, ante su gente. Hay una escena que me priva, cuando el conserje le dice a la entonces niña “Ahora, abandonas”, ¿Abandonar? replicará la niña, que no entiende. Al final de la partida, Borgov le ofrece tablas a Beth. Puede convertirse en ese momento en cocampeona del mundo. Pero Beth ya no va abandonar, no ha perdido a su dama e irá hasta al final, hasta alcanzar la gloria. Me gustaría que la historia de Beth hubiera sido real y no ficción. Y ahora que me pica el gusanillo, aunque Uriarte ande por ahí imantando todavía su energía, tengo ganas de leer El peón. Vale que Arturo Pomar no es Beth, pero Arturo fue real y se enfrentó a Bobby Fischer, que en 1992 decía bobadas como que la inferioridad de la mujer en el ajedrez es innata. Son las ocho y el Mane sin aparecer. Otro escaque(o).