Morir de risa V

El Autor lleva unos cuantos días guardando cama en el hospital y me ha pedido con voz débil y por escrito, que me haga yo cargo de la novela, digamos que de forma interina, lo que viene a ser como una especie de vacante cuya ocupación no supone en ningún caso la titularidad de la plaza de escritor. Su pronóstico es reservado, está en buenas manos (el Autor y espero que también su Novela) y confío y deseo sinceramente que salga de esta. Es todo cuanto sé.

Ya ven, me preocupaba yo, el Personaje, por mi vaticinado final, vinculado a un ataque de risa, y ahora, a la luz (negra) de los últimos acontecimientos, me pregunto, poniéndonos en lo peor, si podría sobrevivir sin mi creador, pues no soy otra cosa que una secreción mental suya. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos, pues no llevaba nada bien que alguien me narrara, que interpretase mis actos, mis pensamientos, que otro fuera a pasearse por mi cabeza como Pedro por su casa, todo el día con: él por aquí, él por allá, él por acullá, cuando yo tengo nombre y me llamo Eugenio, el bien nacido. !!!Qué poco ha brillado hasta el momento mi pulsión etimológica!!!. Y qué decir de esa obsesión suya con mis mofletes, mis lorzas, mi barba arbustiva, mis berridos, mi cara de alelado (esto no se ha atrevido a ponerlo por escrito, pero sé de buena tinta que lo piensa). Todo tiene un límite, menos el universo que es infinito. ¿Por qué no hablar de mis ojos color verde agua, o mencionar mis manos de finos dedos, o mi voz, que la florista al devolverme el cambio me dijo, azorada, que sonaba como la de Luis del Olmo? ¿Por qué obviar todo eso? ¿Por qué una imagen tan sesgada de mi persona? ¿Por qué analizar mi ser a ojos vista de una mirilla? ¿A qué atiende?: ¿Falta de atención? ¿Ajuste de cuentas? ¿Incapacidad? No lo sé. Lo que sí sé es que lo referido creo que avalará que en ocasiones pensara primero en amotinarme, en declararme en rebelión después, para finalmente decidirme a ver cualquier de vídeo de Faemino y Cansado en Youtube y poner término tanto a mi vida como a su Novela, aunque solo fuese para salirme con la mía, así de cabezón y cerril puedo llegar a ser.

Ahora, soy consciente de que a mi zozobra he de sumar la que me causa el estado clínico del Autor, y más que de risa creo que moriré de pena, tristeza o de un acceso de melancolía. He buscado en Wikipedia si era posible morir de pena. Cómo se nota ahí la mano de mi creador, que me lleva a realizar, como un perro pavloviano, las mismas acciones ante parejos estímulos mentales. Pero no me hace falta en este caso mirar nada en internet, pues la experiencia me dice que sí se puede morir de pena, tanto como de tristeza y melancolía. Conozco casos de matrimonios en los que como fichas de dominó cayó un cónyuge y días después el superviviente. Imaginen un triángulo equilátero que solo existiera cuando los lados alzados, iguales, e inclinados se apoyan en un punto. El punto del amor, la comprensión, la tolerancia, el respeto, la entrega. Ese punto que cuando uno de los dos falta pasa a convertirse en agujero negro, que conducirá al superviviente, por absorción, a la nada cósmica.

¿Y qué decir de los capítulos precedentes tan magros? Es posible que el autor creyese que menos es más, pero como escribe Iribarren en uno de sus poemas, en Método creo, para no decir nada, cualquier método es bueno, y esto también nos vale para la extensión.

Después de oír a un músico tocar su guitarra mientras miraba un cuadro de Kandinsky y explicar cómo para él una línea, un círculo, van asociados a un sonido, a distintos acordes, ando dándole vueltas a cómo sería la analogía a Rothko en la escritura, cómo sería volcar una abstracción radical en la escritura manteniendo el significado de la misma.

Y cambiando de tercio y ya que tenemos al Autor encamado y a Eugenio al mando y como escribiera Gala, y qué poco se habla de Antonio, Ahora, hablaré de mí. Largo y distendido.

Todos estos agravios coronavíricos que se zampan casi el telediario al completo, dejando unos minutillos escasos para el deporte, apenas han afectado a mis rutinas, y no hablo de las rutinas de aquellos influencer que pretenden poner a todo quisque a hacer deporte, sino a las rutinas básicas de dormir-comer-leer. La Santísima Trinidad de mi existencia. He de confesar que hace un porrón de años soñé con el día que pudiera satisfacer mis necesidades sin tener que pisar la calle, una entidad bancaria, una agencia de viaje, una barbería. Ese día ha llegado de la mano de un confinamiento impuesto por un estado alarmado.
Así, la pared que hace ángulo recto con la que reparte su espacio entre una televisión de 32″ y un par de estanterías atiborradas de libros, ha desaparecido a mi vista detrás de un muro de latas de alubias, garbanzos, lentejas, sardinillas (en aceite, picantes, en escabeche, con tomate), albóndigas, melocotón y peras en almíbar, cajas de cervezas y sidras apiladas -como el Autor aborrece las listas, aprovecho la ocasión para resarcirme- hasta tocar el techo, y hace imposible concretar dónde acaba la estalactita y empieza la estalagmita alimenticia/alcohólica.

Mi habitación, mi santuario, presenta el aspecto de una de esas celdas que buscaba Fermor en sus recogimientos espirituales: cama estrecha y dura, mesilla de noche (y de día) y un perchero. Crucifijo aquí no hay -un regalo a Resurrección Aurora, la beata del Segundo Derecha-. Que Dios me perdone.

La wifi que me permite internetear fue obra del Mane. Enganchó la de algún vecino. No he querido saber más. Colegas desde que fuimos juntos a los menesianos, Mane siempre está dispuesto a echarte un cable cuando se hace necesaria la asistencia informática o bien el continuo suministro de libros de la biblioteca pública. Pero no solo de libros vive el hombre, y de vez en cuando cae alguna peli o serie, en alguna de las muchas plataformas disponibles en el televisor, más que nada para ponerlas luego a caldo perejil en webs y foros cinéfilos, porque las películas cada día me aburren más. Y no me extraña, porque lo último que visioné fue una supuesta comedia en la que tres americanas se iban a Méjico de parranda, pero con la pretensión de hacerse con el ordenador del novio de una de ellas, pues la novia después de unos días sin saber nada de su churro, muy mosqueada y al borde de un ataque de nervios le había puesto a bajar de un burro en un correo electrónico lleno de insultos, palabras malsonantes y menciones familiares de pésimo gusto, que ahora quiere eliminar a toda costa. En una de las escenas, mientras la chica está en una barca con las piernas colgando contemplando el gran azul, no junto a su churro, sino al lado de un amigo que se convertirá en su amante, un delfín tan juguetón como libidinoso se abalanza sobre la chica hasta acabar eyaculando entre sus piernas, tras un breve pero acelerado frotamiento. Algo había leído sobre el ímpetu sexual de los delfines y su conducta sexual parecida a la de los humanos, pero no recuerdo que ningún guionista se haya servido hasta la fecha de la zoofilia en una película que parece propia de la sobremesa.

Hoy leí sobre los hikikomori y creo que su descripción se ajusta bastante a mi persona, y aunque no cace pokémons, ni eche horas a saco en internet, sí que ando bastante desconectado del mundo y de la gente. Por voluntad propia. He constatado que si primero se olvida uno del mundo, luego el mundo se olvida de ti. Así paso días sin que reciba llamadas ni me entren guasaps. Tan desconectado de todo y de todos que no sabría decir ni el día ni la semana en que vivo. El año es más fácil, porque 2020, a pesar de ser un número redondo, es ya un annus horribilis.