Morir de risa IV

El sol se filtra en el cuarto de tal manera que imposibilita seguir durmiendo. Es mediodía. Coge la mascarilla y se tira a la calle. Dar la vuelta a la manzana le parece un buen plan. Desconoce si ahora hay escalada o desescalada, pero se acercará al bar El Hontanar de Teod’Or, le pilla de camino y si lo encuentra abierto se tomará un cafecito. Que el nombre no evoque a nadie algo parecido al Café New York. La máquina tragaperras frente a la entrada, las servilletas por el suelo y una pantalla gigante que tapa la pared del fondo, por no hablar de la música, a un volumen que aborta cualquier concentración e intento de comunicación, son, en definitiva, los atributos propios de un bar de barrio, el bar de la esquina de toda la vida, afortunadamente aperturado y lo más parecido a un oasis después del beneficioso chute de cafeína de un café solo. Reproduce mentalmente mientras bebe, y en prosa, un poema de Iribarren: Una mañana de miércoles. Hace una mañana gris, opaca, triste. Estoy en un bar, con un café, sentado junto al cristal que da a la calle. La música –suave, lejana, indiscernible– acompaña sin pedirte nada a cambio, ni siquiera que la escuches. Cae una llovizna suave –y un poco torcida– que hace que algunos de los viandantes no se la tomen muy en serio y se resistan a abrir el paraguas. Aquí dentro solo estamos el camarero y yo, y ahora mismo esto es lo más cercano a un pequeño paraíso en la tierra. Me siento casi como en el compartimento de un tren. Si lo fuera yo tendría un billete hasta la última estación.

No lejos del bar hay una plaza que gusta visitar. Una plaza que es plazoleta o placita. La mínima expresión. Un terreno seco, rectangular y en medio un árbol famélico, desnudo y arqueado, con un corsé metálico que no surte efecto alguno. Un resistente, como él. En la pared, donde el árbol proyectaría la sombra de su copa, una placa de madera y unas letras descoloridas y casi ilegibles: Plaza del arbolito.

Con una óptima disposición de ánimo va decidido a hacer barrio, a pensar en local, a que el comercio de la zona reverdezca, y entra en la primera floristería que ve abierta. Sin reparar en los nombres en latín, cuyos caracteres minúsculos es incapaz de descifrar, adquiere la primera planta que ve por menos de quince euros. Al tiempo que paga, la florista le informa de que se lleva un Nomeolvides o Myosotis. Añade que es una muy buena elección -ha captado al vuelo que es un perfecto inútil con las plantas- porque el Nomeolvides es muy poco exigente.

!!!Pues vaya mierda de Nomeolvides!!! ha pensado fuera de sí, y del comercio.

La planta, que descansará -en breve eternamente- sobre una mesa camilla al lado del radiador, queda bautizada como Oxímoron.