Morir de risa III

En días como hoy siente envidia de los móviles y de su razón de enser; una hora de carga y listo, al 100%, porque él lleva unos cuantos días apagado, o a media carga y no ve cómo pelechar. Presiente que no alcanzará a experimentar la obsolescencia programada acorde a la esperanza de vida octogenaria reservada a los de su sexo, y que la parca cortará el hilo de su vida mucho antes, cualquier día de estos. Hete ahí el vaticinio.
Siente estar cayendo, o más bien, hundiéndose en el sofá. Acude al baño, da un respingo al pasar delante del espejo que ya comienza a empañarse. Nunca ha llevado esas barbas tan luengas, consteladas de canas, creciendo descontroladas. Pone la radio y entre el chapoteo del agua sobre el plato de ducha, ni sintoniza a los Stones ni hay recuerdos del pelo largo, sino que oye algo de los ciegos, las pensiones de los ciegos, la once, la edad de jubilación de los ciegos, algo que parece una queja y exige una reparación, o eso le parece entender entre el vapor y cuando sale de la ducha:

1° Piensa cómo sería el país que lo vio nacer y le ha amamantado hasta ahora en un estado de bienestar sostenido, si hubiera en el poder un gobierno de coalición compuesto sólo por tertulianos, obligados a hacer algo más que blablablablear de todo y sin tener ni pajolera idea de nada.

2° Apaga la radio, y a fin de hacer de su vida algo más chispeante, porque muy en el fondo de su ser sobrevive aún un alma aventurera, decide prepararse el desayuno a ciegas. Cierra los ojos y se encamina al frigorífico, abre la puerta y siente el felpudo bajo sus pies y una corriente. No sabe por dónde le da (o le viene) el aire. Totalmente desorientado cierra la puerta de casa, gira sobre sus talones, maldice el puto taburete, siempre en medio del salón, cae al suelo de bruces, para tendido sobre la alfombra y aún con los ojos cerrados llegar a la conclusión de que no ha de exigirse tanto: su vida está bien así, sin todos estos sobresaltos artificiales y en teoría, chispeantes. Cada día tiene más claro que es el suyo un espíritu de estilita (cambiando eso sí la columna por un sofá; mudanza muy acorde a los nuevos tiempos) y al abrir los ojos y regresar a la realidad cree firmemente que a los ciegos no solo hay que darles una pensión, la más alta, sino ponerles también un piso, porque salir así adelante tiene muchísimo mérito y muchísimo sentido de la orientación. Después de su fallido experimento casero cree comprender la problemática de los invidentes con otros ojos, aunque se sabe tan estilita como veleta, así que tampoco lo iría proclamando por ahí.

Come y despierta cuando ya anochece, luego de una siesta olímpica y un sueño raro, raro, raro. Y más raro todavía es que lo recuerde una vez reingresado a la realidad: Un sueño que sucede más o menos así: Timbran abajo, abre la puerta del portal y poco después, la misma matraca arriba. Aparece un tipo con aires de gringo: una cabeza magnífica, amplia, soberbiamente calva, casi un superviviente geológico. Ojos azules firmes y profundos, que lo miran de buen grado para apartarse después, cuando han recogido la información necesaria. La boca es grande y generosa, unida a una nariz redonda por dos pliegues profundos y móviles, las mejillas cuadradas se cierran sobre un mentón cuadrado bien definido (pero que muy bien definido por O´Doherty)… Hostias, ¿Hopper? Pregunta retórica. El artista sonríe, mira hacia el interior de la casa desde el umbral, mira al sujeto, que le devuelve una mirada entreverada de sorpresa y estupefacción. Sabía que no me había equivocado contigo dice estrechando su mano. Un espachurramiento propio de Trump. Pobres pinceles, piensa. No se anda por los cerros de Úbeda ni por el bosque de Susquehannock. Lo quiere en un cuadro suyo. Ahora. Ya. El aludido, que algo de los cuadros de Hopper conoce, le propone una pose tipo Sol de la mañana. Como ves hay de todo: cama, ventana, sol, y soledad, solo falta la chica. Tú a lo tuyo, le ordena, como si yo no estuviera. Dicho y hecho. Bien mandado coge posición en el sofá y pasa del pensamiento a la somnolencia sin transición. Cuando despertó, todavía dentro del sueño, Hopper no seguía allí. Al lado del frigorífico verá a un fulano con camiseta de asas, pelo revuelto, un matojo por barba, tumbado medio girado en el sofá. No aprecia si tiene los ojos abiertos o cerrados, pero sí capta la gran soledad que nimba a ese hombre hacia el borde del sofá, a punto de despeñarse sobre la alfombra gris: boca presta a engullirlo. El cuadro es espléndido, pero reconocerse en el lienzo como el protagonista de la intimidad, el aislamiento, la soledad, que el/él mismo irradia, es un espejo ante el que le cuesta mucho sostener la mirada.