Morir de risa II

Morirá de la risa, pero ni puta gracia le hace ser un desahuciado de la vida y al despertar abre la ventana, grita, o berrea, como cuando era bebé -lloró cuando vino al mundo y ahora que se tiene que ir. En resumen, ya se lo decían los curas en el colegio: La vida es un valle de lágrimas- vomitando su malestar en una carga decibélica sobre el patio de luces. Griterío el suyo que apenas originará movimiento alguno de contrariedad entre el vecindario, en parte porque la mayoría son abuelos que no se ponen los audífonos cuando están en casa, con la idea de alargar la vida útil de sus baterías, y ya podrían estar los U2 tocando Where the streets have no name en el terrado o él haciendo el imbécil con un megáfono toda la mañana, que no se enterarían de nada. Además, una tercera parte son pisos de extranjeros, fuera la mayor parte del día, para quienes no entra entre sus planes llamar a la policía local para informar de que hay un tarado gritando como un loco. El resto de pisos están vacíos, okupados o son apartamentos turísticos. Esos no cuentan. Constata que gritar sin tasa lo calma, sin el auxilio de los gritos podría ser un tipo peligroso, muy peligroso, capaz de protagonizar perfectamente Un día de furia o algún Relato salvaje.

Transcurridas apenas 24 horas desde que salió de la consulta del facultativo tiene un ladrillo en el cerebro y una especie de migraña, no sabe si a resultas de la reciente escandalera. La ducha solo arroja un hilo de agua a través de una alcachofa moribunda. Así pierde casi una hora cada día bajo el agua. Otras las dilapidará tumbado en el sofá, asomado al balcón, mirando el móvil, o leyendo Diarios. Los de Uriarte, por ejemplo. Lo ha intentado con los diarios de otros escritores, pero no ha funcionado. Le parecen demasiado pretenciosos. No todos. Hay quien le echa dos cojones, como Pavese que escribe Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más y días después de escribir esto, consecuente, se se suicida. Él busca y encuentra en Uriarte algo más natural, más suyo, alguien que como él libra también la batalla de la indolencia, pero sin remordimientos, asumiendo que la vida es una, grande y libre y que además pasa rápida y fugaz. Muchas tardes se quedará dormido con el libro de Uriarte abierto como un tejado a dos aguas sobre su rostro mofletudo. No puede decirlo de muchos libros y casi de ningún escritor.

El borborigmo cesa después de desayunar o brunchear (habida cuenta de la hora), leche con cereales, desayuno (hoy brunch) que perpetúa desde que era adolescente, con alguna que otra recaída hacia los dominios del muesli. Cuando no tiene en mente que es un muerto en potencia (todos lo son) que puede morir en cualquier momento (como el resto) que bastaría una risotada (a otros les basta con una aceituna) para irse al otro barrio, puede llevar una vida tan normal como sedentaria, pues apenas abandona el domicilio si no es para ir al médico o tomarse (antes de la pandemia) un café en el bar de la esquina antes de comer.

Reproduciendo los acontecimientos de las últimas horas cae en la cuenta de que en cierta manera es dueño de sí mismo, que al menos en teoría podrá mantener a raya, o alejada de su testa, la espada de Damocles, dado que el ataque de risa es algo exógeno, provocado desde fuera, aunque por otra parte no es menos cierto que alguna vez le ha venido una risa floja estando él solo en una habitación, la mar de entretenido. Pensamiento destinado a Pascal, allá donde more, seguramente sea la Nada.

Y volviendo a Uriarte, ha de reconocer que se parte con sus escritos, no porque sus diarios sean monólogos humorosos, que también, sino porque su prosa se derrama en observaciones inteligentes, pesimistas y por tanto lúcidas y la lucidez dibuja a menudo una sonrisa que ahora sabe letal en su rostro. Sin pensarlo dos veces tira los Diarios por la ventana del salón. Un minuto después se asoma y ve que un fulano con un impermeable amarillo lo ase entre las manos, sin saber qué hacer con él. Reza, es un decir, porque el fulano no lea en castellano, porque no lo confunda con el fabulador o que en última instancia no aprecie la escritura de Uriarte y lo deje donde lo encontró despanzurrado. La Diosa Fortuna le sonríe y le acaricia con sus rosados dedos (¿O era la Aurora?). Bate su récord. Cinco plantas en apenas 25 segundos. Cruza sin mirar. Y luego pensará que ese vehículo que ha estado a un tris de ponerlo en órbita, podía haber significado su final y le cuesta horrores no carcajearse, porque de un tiempo a esta parte todo lo induce a la risa, como si un séptimo sentido del humor se hubiera agudizado en su interior y tuviera más claro que nunca que todo es una gran comedia, un puñetero gran circo mundial. Como lo que viene: con las prisas, ha salido sin la mascarilla puesta, y ahora que algún listo ya ha dado la voz de alarma, ha de emplear el libro a modo de mascarilla, cubriendo su rostro, tapando su boca, y embistiendo de paso una farola, hasta ponerse a salvo en el portal, entre improperios, como si en vez de no llevar una mascarilla puesta, sí llevase puesto un cinturón de explosivos cercando sus lorzas, pero la realidad pandémica es lo que tiene, pero no tiene cuerpo y menos aún mente como para darle más vueltas al asunto y sin esperar al ascensor llega hasta el felpudo sin resuello, empuja la puerta que quedó entreabierta y preguntándose mientras aterriza en el sofá, si un libro vale una vida, la suya en concreto, se queda sopa.