Archivo por días: 02/07/2018

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El año del cometa (Álvaro Cunqueiro)

non la sopporto la gente che non sogna

Francesco Guccini (Cyrano)

Será que tengo frescas dos lecturas recientes de Gonzalo Torrente Ballester, su última novela, Doménica, y otra anterior, La saga/fuga de J. B.,que esta novela de Álvaro Cunqueiro me ha recordado mucho a ambas y la he leído, quién sabe, bajo su influjo.

Los dos autores gallegos compartieron una imaginación fértil y desbordante y curiosamente tanto La saga/fuga de J. B. como El año del cometa, se escribieron una en 1972 y la otra en 1974, dejando de lado la realidad del momento, para sustraerse y ensimismarse en novelas mágicas, que cifran muy bien su imaginación y capacidad para ir trenzando con distintos hilos temporales, mitos, fábulas, leyendas, personajes históricos, fino humor (también grueso, como los episodios almorránicos) y una destilada sabiduría, artefactos narrativos que primero epatan al lector, para luego sumirlos sin remisión en una lectura tan alucinada como alucinante, de la mano de su protagonista, el astrólogo Paulos Expectante, que irá recopilando las señales de los cambios que se irán sucediendo ante la llegada de un cometa a la ciudad.

Si en La Saga/fuga de J. B. la ciudad, a veces, por momentos flotaba, aquí la ciudad (Lucerna) y toda la novela también despliegan un aura mágica; curiosamente está también muy presente el universo artúrico. Creo que Cunqueiro lo que quiere decirnos es que la realidad no es sólo lo que vemos, también lo que no vemos y lo que imaginamos y que lo que sustancia y edifica nuestra realidad son, en gran medida, nuestros sueños (no soñar es vegetar. Y ya puestos soñemos en tecnicolor), lo cual explicaría que caminando este fin de semana por Bilbao deambulando por el barrio de Olabeaga me topara con esta invitación a:
Soñar
Si hay libros que no exigen nada del lector, esos libros que pasan por nosotros sin pena ni gloria y que leemos tan pronto como olvidamos, otros, nos exigen (o les debemos) transitarlos a paso de costalero, yendo y viniendo por los párrafos sin prisas, así lo he leído y disfrutado, obteniendo a modo de recompensa algo así como un placer mortificante, que de mortificante tiene poco y sería más bien licuante. Un refrigerio literario como pocos.

Álvaro Cunqueiro en Devaneos | Las crónicas del sochantre