Archivo por días: 01/03/2018

Roberto Vivero

Grita (Roberto Vivero)

Hay escritores que son unos chupones, que van con el balón cosido al pie y desoyen los gritos de sus compañeros, !pásala! !crúzala!, se sustraen al tiquitaca y a la hinchada alterada gritando !dalaaaaaaaaaahhhhh! !pedazo de mamón!, porque el balón es ya una prolongación de su pie y así avanza, driblando contrarios, haciendo metros, la portería cada vez más cerca, y se va de uno, de dos, de tres, de cuatro, saluda con la mano que es ya la de Dios, encara al portero y le puede tirar un caño, o bien hacerle una vaselina para que le entre sin dolor. Así hacen los cracks del fútbol, así hacen algunos escritores como Bernhard, como Vivero, que van a lo suyo, ensimismados en sus párrafos, en las repeticiones salmódicas, en su particular estilo literario (sea esto lo que sea y signifique, que tuve el placer de constatar al leer su Seducciones) en hacer un surco que recorren ellos y algunos lectores -al margen estos de modas y reclamos publicitarios- sagaces, abismados en el flujo o chorreo de conciencia del autor, en una novela como esta que le permite hablar a Vivero de todo y de nada, del ser y del no ser, de lo inerte y de lo vivo, de la maldad, de la inteligencia y la cultura (en tono paródico), de Heidegger y de Auschwitz; o no tanto hablar sobre ello como enunciarlo, airearlo, para ir hilvanando frases, párrafos, ante un mar de fondo, testigo de la futilidad humana. También se puede hablar de historia de desamor, nihilista, en tanto que parece dar lo mismo estar que no estar, ser que no ser, nacer que no haber nacido. Leo a Tavares (Enciclopedia), que recoge lo que decía Borges: que un texto literario se considera terminado y definitivo por dos razones: cansancio o fe religiosa. Me lo planteo a menudo. ¿Cuando sabe un autor que la novela ha finalizado, y debe poner el punto final, o cerrar el paréntesis?. Me cuesta creer que el final viene dado por el cansancio. ¿Novela peregrina?. Sí, pero uno es un peregrino de la belleza, tanto como de las novelas peregrinas pero bellas. Otra cosa, al contrario de lo que se estila que es asediar al lector con datos biográficos (incluso hay blogueros que escriben sus datos biográficos en tercera persona) del escritor, aquí, no hay nada de eso, ni foto, ni biografía, ni nada de nada, tan solo un nombre y un apellido, el del autor, el nombre de la editorial y un cuarto de kilo de la literatura que me gusta. En dos palabras: un oasis.

Solitudine

Abandono

Ronja Von Rönne (Berlín, 1992) parece ser la gran esperanza blanca de las letras teutonas, mejor, germánicas. El caso es que comencé a leer su novela Ya vamos. Y fui viendo que no me gustaba y al llegar la página 23 y después de leer párrafos como el siguiente, lo abandoné.

Jonas dice que yo tendría que salir. Yo preferiría no salir. Yo preferiría estar acostada con Jonas. Yo preferiría que estuviéramos demasiado enamorados para pensar en cosas como salir, que es para gente que no está con Jonas. Afuera hay demasiada. Adentro también, pero es más abarcable con la mirada, y cuando también resulta demasiada, se puede poner una LAN inalámbrica. (página 23)

De Ronja dicen los del Der Spiegel “Ronja Von Rönne limpia el azul del cielo”. Yo ahora podría hacer como el protagonista de Solenoide (esa sí es una novela muy a tener en cuenta) y gritar !!!Socorro!!! un millar de veces. O más. Pero me voy a poner a leer Grita de Roberto Vivero que me saldrá más a cuenta.

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República luminosa (Andrés Barba)

Leyendo esta soberbia novela de Andrés Barba (Madrid, 1975) me venían en mente los 3408 asesinados que aparecían con frecuencia en Cien años de soledad, reiteración que pareciera querer sustraer a los muertos de las fauces del olvido. Aquí los muertos son menos, 32, todos niños. Partiendo de ese luctuoso acontecimiento la narración puede entenderse como una labor arqueológica, una especulación acerca de por qué pasó lo que pasó. Una especulación en todo momento fascinante, pues Barba se las ingenia para ir desgranando muy hábilmente la historia que nos será referida por uno de aquellos que lo vivió en primera persona, hace ahora más de 20 años, un director de los asuntos sociales en San Cristobal, allá donde se cocinó la tragedia.

La narración que no deja de ser una constante especulación, tanto como una toma de conciencia (a posteriori) sobre las decisiones adoptadas tanto por el narrador como por el resto de fuerzas vivas de la comunidad, irá iluminando (con artículos de opinión, ensayos, documentales o incluso el diario de una niña) zonas de sombra, en la pretensión de esclarecer por qué unos niños son capaces de matar, niños que viven como un solo ser compacto -como una república sin jefes- censurado por el vecindario, que no entiende la lengua que hablan los niños, ni el porqué de sus actos violentos, de los robos, del pillaje, de su repliegue y ocultamiento. Un proceder el des estos niños que nos traerán sin duda ecos de novelas y de películas. A mí me recordaba (salvando las distancias) las películas, Melanie: The Girl With All the Gifts y El abrazo de la serpiente.

Lo que la novela deja claro es la incapacidad de los adultos para entender ciertas cosas, o para despacharlas sin apenas abordarlas, toda vez que como aquí sucede la idea de la infancia desborda el molde de los lugares comunes y los esquemas mentales en la que los adultos la encierran, porque como se afirma en la novela la infancia es más poderosa que la ficción, y aquí el sueño de la sinrazón adulta crea monstruos infantiles, ante una situación inesperada, incontrolable, que los sume a todos ellos en la desesperación y en la zozobra y los aturulla, tal que los adultos responderán enérgicamente, en su afán de doblegar a esos niños díscolos -que podrían también llegar a ser sus hijos si a aquello no se le pone coto- que no se atienen a las normas, que son libres para (re)crear un mundo a su voluntad -al igual que hace el autor de la novela-, incluso un hábitat luminoso, siempre y cuando no haya por ahí adultos amedrentados y por tanto muy peligrosos dispuestos en su torpeza a pulsar el interruptor y devolverlos a la oscuridad absoluta.

Editorial Anagrama. 2017. 187 páginas

Andrés Barba en Devaneos | La hermana de Katia, Las manos pequeñas, La ceremonia del porno.